Las mujeres de ciencia y el artículo dorado

Cuando Jocelyn Bell Burnell formaba parte del laboratorio de Antony Hewish, en Cambridge, una de sus responsabilidades era la de interpretar datos de las transmisiones de radio provenientes del espacio, obtenidos a través de un telescopio que ella ayudó a construir. Una madrugada detectó ondas de radio pulsantes. Sus asesores pensaron que se trataba de señales de vida alienígena, pero ella notó que dichas oleadas provenían de un tipo de estrellas llamadas pulsares. Para entonces, Jocelyn tenía 24 años y su descubrimiento fue publicado en Nature, una de las revistas científicas de más prestigio en el mundo.

Este trabajo, que abonó al conocimiento que tenemos del ciclo de vida de las estrellas, y que además es uno de los responsables de que Jocelyn se convirtiera en Presidenta de la Sociedad Real de Astronomía más tarde, hizo que Antony Hewish ganara el premio Nobel de Física en 1974, justamente por el hallazgo de la radiación electromagnética emitida por estas estrellas de neutrones.

Más que tratarse de un caso aislado, la anécdota de la doctora Jocelyn es una de tantas en la historia de la ciencia. A pesar de que el número de estudiantes mujeres en carreras científicas ha ido en aumento en una importante cantidad de universidades durante los últimos años, actualmente sólo casi 3 de cada 10 investigadores en el planeta son mujeres, de acuerdo a datos de la UNESCO. En México, el 32% de los investigadores son mujeres. Esto significa que la inequidad que existe en las esferas más altas del ámbito científico es un hecho generalizado.

mujeres

La evidencia que existe en torno a este tema es amplia. De acuerdo con un trabajo realizado en 2008, en el área de ecología, el número de autoras aumentó de forma importante después de que una revista arbitrada en el tema decidiera esconder el nombre de los investigadores responsables de los artículos que sometían a revisión. Algo similar sucede con Nature. A pesar de que las mujeres representan el 20% de la fuerza laboral en el campo de las ciencias ambientales, en esta revista sólo un 3.8% del total de sus artículos en el tema han sido publicados por mujeres.

Si esto es así para la biología, un campo de estudio al que se le ha estereotipado como amable para el género femenino, el camino es un tanto más complicado para aquellas que se abren paso en áreas como la ingeniería, las matemáticas, o la física –incluida la astronomía–. Para probar esto, este año un grupo de investigadores del Instituto de Astronomía de la Escuela Politécnica Federal de Zúrich utilizó un algoritmo con el propósito de conocer la proporción de citas que recibe un artículo dependiendo el género del primer autor. Contaron la cantidad de veces que otros artículos hicieron referencia a una publicación en específico, dependiendo de si el autor principal del estudio era hombre o mujer.  Del análisis de dos mil artículos científicos en el área de la astronomía, los resultados mostraron que los trabajos de hombres son retomados como evidencia científica valiosa en su gran mayoría, a diferencia de los trabajos de autoras. Esto sin importar que el número de aquellos escritos por mujeres como autores principales haya aumentado nada menos que un 20% en los últimos cincuenta años –un número que ha crecido de forma bastante lenta sobre todo en Science y Nature.

El mensaje de esta investigación es simple pero profundo: la comunidad científica fundamenta y confía su trabajo, al menos en la astronomía, dependiendo del género del autor de las investigaciones que consulta. Podría decirse, entonces, que la evidencia científica mostrada por un científico es más apreciada en la comunidad y las casas editoriales que la difunden por el simple hecho ser hombre.

Estos resultados son consistentes con otros trabajos. En un estudio publicado en 2014, se mostró que, luego de que las científicas utilizacen el telescopio Hubble para desarrollar sus investigaciones, las hipótesis que generan como parte de su trabajo tienen menos posibilidad de ser aceptadas por la comunidad científica, a diferencia de si las hiciera un investigador.

Dicho esto, es probable que el género de Jocelyn hubiera estado relacionado con el número mismo de sus publicaciones. ¿Cuántos artículos habrá deseado publicar, pero se quedaron en la imprenta producto de su género?

Es verdad que existe la posibilidad de que su carrera, incluso con los obstáculos impuestos por ser mujer, la investigadora tuviera las publicaciones suficientes para que se posicionara como una de las investigadoras más representativas en el campo de la astronomía. Existe el escenario de que, por escribir su primer artículo solamente – el que publicara en Nature a sus 24 años–, hubiera alcanzado la gloria en el ámbito de la astronomía.

Tomemos como ejemplo el caso del físico teórico Frank Wilczek. En 1973, cuando era un estudiante de la Universidad de Princeton halló, junto con el jefe de su laboratorio, que  cuando los quarks están más cercanos entre ellos, la interacción nuclear fuerte –la fuerza que mantiene a los átomos unidos– es menor. A esto lo nombraron “libertad asintótica”. Por dicho trabajo, el primero de su carrera y que publicó cuando tenía 22 años, Wilczek ganó el premio Nobel en Física en 2004 junto con el entonces jefe de su laboratorio. Esto a diferencia de Jocelyn.

¿Será que mientras más jóvenes sean los investigadores, sus trabajos tienen mayor impacto? De acuerdo con un estudio publicado este mismo año, dicha situación está lejos de ser una regla. Tenemos a John B. Fenn, un químico que se hizo acreedor al Nobel de Química en 2002 por un artículo que publicó en los años noventa, en el que propone un método novedoso para la detección de moléculas biológicas. Dicho trabajo se publicó cuarenta años después de su primer estudio difundido en una revista arbitrada. De hecho, para el momento en que salió de la imprenta el artículo que lo hizo acreedor al Nobel, la Universidad de Yale ya lo había obligado a retirarse, pues el investigador tenía más de 70 años. Con esto queda claro que tanto el primer artículo como el último puede ser igual de importante para bañar de éxito a los autores.

Según un estudio del 2016 presentado en Science y que analiza si la publicación de ese “artículo dorado” tiene patrones predecibles –como que mientras más joven el científico, más probabilidad de que su trabajo sea relevante–, estudia si el impacto y la productividad cambian a lo largo del tiempo en una carrera científica. Los resultados del análisis demostraron que, efectivamente, la productividad de un científico cambia a lo largo de su carrera, y que el crecimiento de dicho rendimiento es más rápido si el susodicho es individuo de alto impacto. Esto significa que si una persona de ciencia tiene trabajos de relevancia considerable para su campo de estudio, su productividad tendrá un crecimiento acelerado. Concentrarse en que se amplíe la habilidad o la excelencia, en lugar de enfocarse en la productividad es una mejor forma para de que el impacto de un científico aumente durante su carrera.

Sin embargo, también es cierto que una carrera exitosa temprana tiene sus ventajas. Trabajar por publicaciones que aseguren la entrada de recursos monetarios acarreará en consecuencia más estudios exitosos y publicaciones de alto impacto. Por tanto, se calcula que los primeros 10 artículos de la carrera de un científico están asociados con la longevidad de su carrera, o lo que es lo mismo, con la probabilidad de quedarse en la Academia. Eston además resalta un dato importante: la habilidad de mantenerse publicando artículos de interés está lejos de relacionarse con la suerte, o sólo con un buen artículo, sino que es cuestión de mantener un alto rendimiento a lo largo de toda la carrera.

Pero cuando se trata de predecir el momento en que se publicará el trabajo de más alto impacto, la incertidumbre ataca. En realidad, es imposible predecir en qué instante de la carrera de un científico vendrá ese trabajo que lo coloque en el pedestal de los ganadores. Por el contrario, lamentablemente sí se sabe que el camino al éxito es más tortuoso para las mujeres.

El mundo de la ciencia puede estar plagado de Wilczeks y de Fenns, pero también de Jocelyns que diariamente se enfrentan a ser segregadas simplemente por su género. A pesar de que una carrera científica pueda ser tan exitosa y productiva como se plantee el científico en cuestión, también es verdad que otros factores pueden afectar el crecimiento. Sin importar su edad, las mujeres continúan golpeando paredes esperando que éstas se conviertan en puertas, aun cuando cuentan con todas las herramientas intelectuales a su favor. En un mundo lleno de desigualdades, es deseable que la ciencia aspire a generar oportunidades para todas las personas de ciencia por igual.

Bibliografía:

Budden, A., et al (2008) Double-blind review favours increased representation of female authors. Trends in Ecology and Evolution, 23(1), 4-6.

Caplar, N., et al. (2016) Quatitative evaluation of gender bias in astronomical publications from citation counts. arXiv.

Mujeres en ciencia. Unesco. [Revisada el 15 de noviembre de 2016].

Reid, N. I. (2014) Gender-correlated systematics in HST proposal selection. The Astronomical Society of the Pacific, 126 (944).

Sinatra, R., et al. (2016) Quatifying the evolution of individual scientific impact. Science, 14 (6312).

The Nobel Prize [Revisada el 11 de Noviembre de 2016].

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Publicado en: Ensayo literario