En una etapa muy temprana de mi vida como lector encontré en la hoy desaparecida librería El Parnaso de Coyoacán la obra Porque parece mentira la verdad nunca se sabe;1 era el año de 1999. Estaba en uno de los espacios donde más me gustaba perderme, una librería en la que podrías encontrar La metamorfosis, de Franz Kafka, editado por Losada donde se exhibía erróneamente que la traducción era de Jorge Luis Borges,2 lo mismo que laDivina Comedia, de Dante Alighieri, apuntada ésta sí por el autor de El Aleph. Desde un inicio, al hojear Porque parece mentira…, (cuyo título sugiere al lector una visión del mundo escéptica y un tanto nihilista, que derrumba la pretensión romántica —que albergamos algunos— de conocer la verdad aunque sea en la versión más aproximada) me sentí azorado por algo que desde un principio me pareció un lenguaje extraño, contrario a una prosa tersa y a una forma de adjetivar corriente, se trataba de una escritura áspera e indomeñable. Desde ese instante supe que había algo de oculto en ese libro, ininteligible para mí en ese momento, pero al que debería regresar tarde o temprano.

Siempre me había sentido atraído por las novelas de profundidades casi espeleológicas o aquellas que son tildadas de catedralicias, El Conde de Montecristo, de Dumas, Los hermanos Karamazov, de Dostoievsky, Ulises, de Joyce, Paradiso, de José Lezama Lima o La muerte de Virgilio y la trilogía de Los sonámbulos, de Hermann Broch. Ese tipo de novelas con las que se puede vivir y que dotan al lector de una experiencia tan o en ocasiones más rica que la vida misma. Sin embargo, en el caso de Porque parece mentira… no era su volumen lo que se me imponía, sino su construcción —casi diría— palabra a palabra. Me recordaba páginas del Borges de Historia universal de la infamia,donde él mismo se había anunciado como un barroco y había emprendido un ejercicio a la manera de Marcel Schwob de reescribir algunos textos clásicos provenientes de Las 1000 y una noches o del Conde Lucanor. Es decir, me encontraba al leer al joven y muy recomendado Daniel Sada con una prosa que no se sostenía en el suspense, sino en la versión, en algo que Raymond Queneau denominaría: Ejercicios de estilo. Trabajar la historia, a sabiendas de que el desenlace era conocido, pero concentrando toda la atención en la forma en que la historia sería contada, buscando un planteamiento que dotara de dimensión al hecho. Porque la escritura barroca, más que dar cuenta del hecho, busca recrearse en el lenguaje y en la existencia material de éste, dotar a esa argamasa de una presencia vívida, sonora y casi material.
Años después asistí con mucha expectativa a una charla que Daniel Sada iba a dar sobre Madame Bovary, de Gustave Flaubert, en el Centro de Creación Xavier Villaurrutia del INBA. Ataviado con una chamarra azul, un pantalón negro y una gorra de marinero, llegó Daniel y expuso su tesis: el personaje principal de la novela no es Emma, sino Charles Bovary, y a partir de ese momento empezó a defender su argumento. Sintético, imaginativo, a veces burlón, el estilo oral de Daniel Sada era muy diferente a la prosa a la que yo había frecuentado, si el estilo de Sada estaba lleno de figuras retóricas, hipérboles, parentéticas y aposiópesis, el Sada oral era todo lo contrario. Decía lo que había estado pensando y lo decía con contundencia, con temple. Como él admitía, no hablaba como “oráculo ni como encantador de serpientes”, pero al oírlo uno percibía que sus frases no eran producto de ocurrencias ni vaguedades con las que se saliera bien librado. En los juicios de Daniel siempre había una entretela propiciada por haber mascullado las ideas, más que reflexionado con la cabeza, se sentía que Daniel calibraba con el oído. Aproveché y le pedí un texto sobre Juan Rulfo para una revista que estaba armando. Me dio su número y me dijo que lo buscara. Semanas después le llamé y me contestó, siempre firme y generoso, que en ese momento estaba en un proyecto escritural que no le permitía distraerse. Él hubiera querido escribir algo sobre Rulfo, porque fue su maestro y lo admiraba mucho, pero no quería darme un maquinazo. ¿Cómo iba yo a saber que las veces que le llamaba interrumpía a Daniel en la escritura de su Casi nunca (Anagrama 2008)? Cómo iba a descubrir que, del otro lado de la línea telefónica, Sada estaba fraguando la novela que reiterara lo que Porque parece mentira la verdad nunca se sabe había confirmado. Algo de lo cual, en ese momento, yo acababa de recibir una prueba personal, Daniel Sada preparaba sus textos con el mayor de los rigores y no dejaba que nada lo distrajera, ni siquiera un apunte sobre un tema que dominaba ampliamente, como era la obra de Juan Rulfo.
Quizá por eso me he puesto a especular en la génesis de Porque parece mentira…. Debido a El Temple deslumbrante. Antología de textos no narrativos de Daniel Sada,3 una recopilación que hicimos Adriana Jiménez y yo, pude acercarme un poco al mundo de Daniel de esos años. Si pensamos en la última década del siglo XX, puedo recordar que había mucha expectativa en el ambiente, había una sensación de que nuevos aires se acercaban, era como si oliéramos que el PRI iba a dejar el poder en el 2000, al menos esa era la lectura del momento. Sada tenía ya un conjunto importante de libros, había recibido el premio Xavier Villaurrutia y mantenía una columna en el periódico Reforma, “El Buscavidas”, en el cual compartía las lecturas que lo apasionaban de Luis Cernuda, Wole Soyinka, Ludwig Witgenstein, Fortunio Liceti, Émile Zola y de muchos otros; incluso ahí dio a conocer el íncipit de su novela como primicia. Sin embargo, hay una nota del 11 de enero de 1998, un año antes de la aparición de Porque parece mentira…, que me parece reveladora. Se trata de una breve, pero estupenda, reseña de Ruido de fondo (White Noise, 1994), de Don DeLillo. Daniel la tilda de ser “la novela del futuro, misma que algunos se obstinan en llamar ‘posmoderna’ y, otros, ya de vencida, ‘minimalista’”. En la reseña, Sada desdeña algo que denomina “inscribirse en la avalancha frenética de los dizque ‘grandes temas’ de fin de milenio, frívolos, casi todos, por insubstanciales a más no poder (como lo recomienda el marketing)”.
De hecho, poco a poco me fui dando cuenta de que —como ocurre en los resortes de la creación— la historia de Porque parece mentira… podría ser analizada con los mismos criterios que Sada utilizaba para leer a DeLillo, pues en aquélla no sólo se trata de una historia en la que ocurre un fraude electoral, la represión, una fractura familiar o la desaparición forzada de los manifestantes, sino que subyace en la obra un “miedo a la muerte, y aun cuando los personajes tomen conciencia y luchen por escapar de esa maldición, la intrincada maquinaria del establishment terminará por empujarlos a ese alud irrefrenable, endilgándoles, para colmo, un sinfín de culpas”, a decir de Sada. Y él mismo da la puntilla: “DeLillo va más allá. Los personajes principales de White Noise son los miembros de una familia que es el reflejo de la descomposición social, pero que en Norteamérica no deja de ser común y corriente”. ¿Al pensar en la familia de Trinidad, Cecilia y sus hijos Salomón y Papías no vemos esta fractura que denota el contexto social de Remadrín? Incluso, al revisar el íncipit de Ruido de fondo4 en la versión de Gian Castelli, salta al oído algo interesante al compararla con el de Porque parece mentira…
Los automóviles —todos de tipo ranchera— llegaron al mediodía formando una larga hilera reluciente que se extendía a través de la zona oeste del campus. En fila india, rodearon la anaranjada escultura en forma de viga de sección rectangular y avanzaron en dirección a los dormitorios. Concienzudamente aseguradas sobre sus techos, transportaban numerosas maletas llenas de prendas ligeras y ropa de abrigo […]. A medida que los vehículos frenaban y se detenían, numerosos estudiantes saltaban de sus asientos y se precipitaban hacia las puertas traseras para iniciar la descarga de los objetos apilados en su interior.
Pues Sada da arranque a su novela así:
Llegaron los cadáveres a las tres de la tarde. En una camioneta los trajeron —en masa, al descubierto— y todos balaceados como era de esperarse. Bajo el solazo cruel miradas sorprendidas, pues no era para menos ver así nada más paseando por el pueblo tanta carne apilada, ¿de personas locales? Eso estaba por verse.
Más allá de que si en la historia de Remadrín, el sonido blanco de la televisión también hace acto de presencia o si Trinidad ignora, como Jack Gladney de Ruido de fondo, que su mejor amigo se quiere acostar con su esposa, más allá de muchas influencias, me resulta fascinante ver las coincidencias, me atrae la manera en que la creación literaria de un libro se llena de conjeturas al cambiar la perspectiva. Es cierto lo que señala Adriana Jiménez en su prólogo (ex profeso para esa edición) acerca de las justificadas influencias de Joao Guimarães Rosa y su Gran Sertón: veredas, de Carlo Emilio Gadda, y su Aquel zafarrancho de Vía Merulana o de José Lezama Lima y su Paradiso, todas ellas cercanas y referidas por Daniel Sada en numerosas ocasiones. Sin embargo, y por esto —aquí viene la frase enfática con mohín, como diría Daniel— puedo aseverar que Porque parece mentira… es un clásico de la literatura. No porque nos hable de los endémicos males de México, fraudes electorales, desaparición, represión y criminalización de la protesta, “el cinismo consubstancial al poder” (dixit Sada), (¿o quizá también por esto?) sino porque es una obra cuya lectura es inagotable. Dice Sada sobre Ruido de fondo: “En la primera parte de la novela no hay progresión dramática aparente, porque sin ningún tipo de urgencias —justo al contrario del nervioso frenesí que tanto recomiendan los realistas duros— DeLillo se da a la tarea de acumular diversas y aisladas estampas familiares”, o también:
Cuando en la segunda parte de la novela la trama por fin ha desembocado en el centro del conflicto, la agudeza de percepción en DeLillo se torna más incisiva. Parece justo el momento para mostrar la patología del trabajo improductivo, acoplada a la conjugación del ocio, el placer y el miedo. No hay sordidez, pero sí amagos tragicómicos en los miembros de la familia. Algo temen: una fatalidad, una catástrofe, y como nada ocurre en apariencia, el ama de casa se obstina en proyectarla.
Esta catástrofe merodea pertinaz la vida de los personajes, a pesar de que la narración de Porque parece mentira… no es lineal, sino que se revoluciona centrípeta y centrífugamente, que salta del pasado al futuro, vuelve al presente y anuncia perspicacias, la catástrofe está en el centro de todo. En un momento, Jack Gladney, el protagonista de Ruido de fondo, señala:
Todo lo que le digo a Babette acerca de huecos y abismos es cierto. Su muerte me dejaría desconcertado, hablando con las sillas y los almohadones. Siento ganas de implorarle a ese firmamento del siglo V, incandescente de misterio y de luces espirituales: no nos dejes morir. Permítenos a ambos vivir eternamente, en la salud y en la enfermedad, embrutecidos, tambaleantes, sin dientes, con manchas de vejez, miopes, alucinantes. ¿Quién decide esas cosas? ¿Qué hay ahí fuera? ¿Quién eres? (Op. cit. p. 141.)
Quizá por esto, Porque parece mentira…, más que un experimento en sí mismo, es una novela que sintetiza muchas obras, concentra el cambio de espacios temporales como en algunas novelas del Boom latinoamericano; relata la genealogía de un mundo corrompido, rural y absurdo, como Juan Rulfo; muestra una prosa laberíntica, como Faulkner o Gesualdo Bufalino; contiene una extensión lingüística que lo vuelve una gramática del idioma español, como Del Paso y, por si esto fuera poco, presenta un narrador dialéctico que va de la omnisciencia a la sátira de un momento a otro, como en El tambor de hojalata, de Günter Grass. Finalmente, sólo puedo agregar que Daniel Sada no es un autor al que podamos encerrar en una definición y, por ende, lo que digamos de varios de sus libros sólo serán aproximaciones a un clásico que, irrefutablemente, permanecerá como un referente de las infinitas posibilidades que tiene el lenguaje y, de resultas, la infinidad de caminos que tiene la literatura.
Héctor Iván González
Autor de Menos constante que el viento.
1 Daniel Sada. Porque parece mentira la verdad nunca se sabe. Prólogo Adriana Jiménez, México: Tusquets. 4ª. Edición. 2016. Col. Andanzas 445.
2 Véase Alejandro Toledo, “La inverosímil metamorfosis de Borges” en El hombre que no lee libros, México: IVEC-CNCA, 2013. Col. Voladores.
3 Daniel Sada. El Temple deslumbrante. Antología de textos no narrativos de Daniel Sada. Selección y prólogo Adriana Jiménez y Héctor Iván González. México: Posdata editores-CNCA-INBA. 2013.
4 Ruido de fondo. Don DeLillo. Trad. Gian Castelli. España: Austral, 2011.