
Conocí a Juan Pablo Villalobos en Barcelona, en la Universidad Pompeu Fabra, a donde llegué a estudiar el máster en Creación literaria; él era el profesor de novela. Casi todos los alumnos proveníamos de América Latina y el aula 512 nos parecía demasiado pulcra para hablar de procesos creativos en bruto. En los descansos subíamos a fumar a la azotea, donde se vislumbraban tres o cuatro torres de la Sagrada Familia. Luego regresábamos a clase. Recuerdo la presentación de Juan Pablo Villalobos: “Distancia, ritmo y paranoia —dijo— son palabras claves para pensar en la escritura de una novela”.
Villalobos, por esos días, acababa de publicar El pasado anda atrás de nosotros y organizó una reunión en su estudio para celebrarlo. Una amiga que tenemos en común me invitó. Entre los asistentes había cuatro alumnos del taller de Juan Pablo y una pareja de editores mexicanos. Pronto descubrí que yo era el único colado, pero dada mi timidez, no alcanzaba a descifrar la relación precisa entre los demás. Abundaba el vino, los embutidos y los quesos. Me gustó que había plantas en los estantes de libros y una ilustración de Kurt Vonnegut en el baño. Luego de algunas copas pude hacer las preguntas necesarias: los alumnos del taller iban a publicar sus primeras novelas con los editores. Villalobos, claro está, los había puesto en contacto.
Terminamos en un bar del barrio gótico escuchando rock en inglés de los años ochenta. Creo que en el delirio del entusiasmo y los nuevos amigos invité una ronda que, un día después, lamenté. Me quedó el consuelo de que podría presumir en clase que me había ido de fiesta con el profesor Villalobos y los misteriosos —para nosotros, entonces— alumnos de su taller, algunos de los cuales, por cierto, eran exalumnos de la Pompeu Fabra.
El máster concluyó; solíamos pensar que el autor de Fiesta en la madriguera, cuya adaptación cinematográfica acababa de estrenarse en Netflix, había sido uno de los mejores maestros. Algunos de mis compañeros y yo permanecimos más tiempo en Barcelona por azarosas y diversas circunstancias. Algunos compañeros se inscribieron en los talleres de Juan Pablo; yo, de repente, me sentí demasiado viejo para seguir inscribiéndome en talleres, pero, con frecuencia, escuchaba que alguien hablaba sobre lo mucho que le gustaba compartir sus textos en aquella comunidad. Villalobos organizaba en su estudio “vermuts literarios”, para hablar de procesos creativos con otros autores o lecturas públicas. Desde la pandemia el estudio de Juan Pablo Villalobos se había convertido en el epicentro de los escritores jóvenes latinoamericanos en Barcelona.
En julio de 2025, más de un año después de haber sido alumno de Juan Pablo, le pedí que me dejara entrevistarlo para preguntarle sobre la enseñanza de la creación literaria. Regresé a su taller, en la planta baja de un edificio del barrio de Gràcia. En aquella segunda visita el estudio me pareció un lugar preciso: para llevar a cabo una obra, responder una entrevista, recibir a grupos de diez talleristas u organizar pequeñas lecturas con hasta treinta oyentes amontonados.
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JPV: Empecé con el taller en 2017, ya son ocho años, y fue de una manera muy natural. Todo comenzó a partir de que fui a dar una clase al máster en Creación Literaria de la Universidad Pompeu Fabra: dos horas en donde debía hablar de mi proceso de escritura. Escribo a mano, así que tengo documentos materiales que son la huella de cómo escribo un libro. Escaneé varias páginas, para proyectarlas, y la sesión, creo, resultó bien: los alumnos me comenzaron a preguntar si yo daba clases en otro lugar, luego me buscaban por Twitter y me preguntaban si impartía talleres. De pronto, lo pensé: “quizá es una buena idea”.
Como bien sabes, no me puedo ganar la vida sólo con los derechos de autor. En los años en los que mis ingresos dependían de estarme buscando la vida escribiendo para medios —Gatopardo, Letras libres, Milenio, periódicos de Brasil— acabé cansado. No me gusta la escritura bajo encomienda, con la presión del tiempo, muchas veces sobre cosas que no me interesan… descubrí que eso también afectaba mi relación con la escritura, me hacía tener una sensación de desagrado, de obligación. En ese contexto surgió la posibilidad de los talleres.
En 2017 junté un primer grupo. Una amiga que trabaja en una agencia literaria me ofreció su oficina: ya prestaban el sitio para hacer clubes de lectura, sólo teníamos que ponernos de acuerdo con el calendario. Estaba en la calle Córcega, muy bien ubicado, y lo impartí allí por tres años, hasta el 2020. Primero fue un grupo, luego fueron dos. Nos juntábamos cada dos semanas, los jueves —siempre ha sido en jueves el taller—, pero con la pandemia se complicó todo. Dado que los talleres iban bien decidí rentar un estudio. El espacio hizo que los talleres crecieran por dos motivos. Tomando en cuenta que es una estructura, se pueden hacer muchas cosas además del taller. Como me estaba echando encima unos gastos, quise abrir más grupos.
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Resulta difícil integrarse a la comunidad catalana cuando se proviene de América Latina. Barcelona es, por otro lado, una ciudad ideal para vivir: está rodeada por el mar y la montaña, su sistema de bibliotecas públicas es un verdadero deleite, el transporte público funciona a la perfección, tiene una vasta oferta cultural, es segura y algunos fenómenos descontrolados del capitalismo tardío, como la masificación del turismo —Barcelona desplazó a París como la más visitada del mundo en 2025— han provocado una oferta de empleos para los estudiantes extranjeros que, de acuerdo con la ley, pueden trabajar hasta treinta horas semanales.
Es común que los latinoamericanos que llegan a Barcelona a estudiar traten de permanecer cuando terminan sus estudios. Pocos lo logran, pero casi todos lo intentan. Existen comunidades de latinoamericanos bien arraigadas, sobre todo de colombianos, peruanos y argentinos, en donde uno puede conseguir amigos de verdad: los lazos en la vulnerabilidad del desarraigo suelen atarse más rápido, con mayor convicción. Bastan un par de afinidades para que, desde la migración, un chileno y un mexicano, por decir algo, comiencen a tejer un vínculo entrañable. Un inocente cruce de miradas entre una peruana y un, vamos a decir otra vez, mexicano, puede llevar a un concubinato. Son cosas que pasan en la Ciudad Condal. Ese cruce de miradas, ese vínculo entrañable, podrían surgir en los talleres de Juan Pablo.
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JPV: Los grupos han ido creciendo de manera orgánica, por el “boca-oreja”; las únicas veces que hice “publicidad” fue en Twitter. Tengo lista de espera, le he dicho a gente que no. Me gusta conocer a la gente que va a entrar porque, para mí, el taller es, principalmente, una atmósfera: si tienes elementos que pueden resultar incómodos —no para mí, para el grupo— el manejo de la atmósfera puede ser un problema. Hago entrevistas. A la mayoría la conozco, pero, cuando alguien que viene es recomendado, le pido que me envíe lo que está escribiendo, le pregunto qué lee, trato de sondear quién es. Lo importante, pensando en que este es mi espacio —no tengo intermediarios—, es la autonomía. Eso, por otro lado, significa trabajo: hago limpieza, cobro, hago facturas, pago impuestos, tengo que hacer un trabajo de preparación que no es solamente el taller en sí: la comunicación, la coordinación, la logística; procesos que sería más fácil delegar a una institución.
Este lugar es como mi casa. El espacio permite distintas formas de relacionarse para la comunidad. Antes de la pandemia yo tenía una especie de “regla”: la gente no podía estar más de tres años en mis talleres, pero resultó que la gente no se quería ir. Inventé formatos distintos, como los laboratorios, donde hago un programa: “cómo narrar la violencia”, “cómo narrar la comedia”. Recomiendo lecturas, propongo ejercicios de escritura: escribe la escena de un asesinato, la primera conversación entre dos personas que se van a enamorar. La idea del laboratorio surgió, entonces, para la gente que no se quería ir.
Después de la pandemia me hice consciente de que el taller era un espacio de convivencia en donde nacieron complicidades y amistades. Cuando hablamos de escritura, no estamos hablando sólo de escritura. La gente se muestra vulnerable y eso crea vínculos más profundos de los que puedes encontrar en otras actividades, con compañeros de oficina o compañeros de la clase de cerámica. Cada quien expresa su sensibilidad, no es raro intuir el trauma, hay una parte que se parece bastante al psicoanálisis, y esto cambió mi percepción. Pensé: “que se queden el tiempo que quieran”, así como yo, que llevo diez años con mi psicoanalista.
Después de todos estos años se ha ido creando una comunidad integrada tanto por la gente que está en el taller como por la que ha pasado por aquí. Es grande: entre los que permanecen, se han ido o los intermitentes, hay más de 120 personas.
Trabajo con cincuenta o sesenta talleristas: hay un taller autogestivo, cuya regla es que yo no propongo los temas, los cuatro talleres de los jueves, más un grupo online en México. El ochenta por ciento son latinoamericanos —mexicanos, chilenos y colombianos, en su mayoría—; veinte por ciento son españoles o catalanes. Es cansado, sí, pero lo disfruto, y además todo trabajo es cansado. Si funciona bien, hasta parece que no estás trabajando.
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El boletín La cultura en Barcelona publicó, con motivo de la FIL Guadalajara 2025 —donde Barcelona es la ciudad invitada de honor— un dato que me provocó estupor: “el sector editorial catalán ocupa un lugar central en América Latina: cerca del 65 % de la facturación del libro en la región proviene de empresas asentadas en Cataluña”.
No encontré datos que permitan calcular esta cifra sólo para México; sin embargo, un cruce preliminar de la información disponible sugiere que alrededor del 15 % de la facturación del sector editorial privado en México provendría de ventas de empresas con sede en España. En cualquier caso, a nuestros gobiernos podría interesarles un poquito más quién lleva a cabo, y bajo qué criterios, la curaduría de los libros que compramos. Quién decide qué visiones del mundo, la cultura y los problemas identitarios, comunitarios y sociales imperan en los aparadores de las librerías, en las ferias del libro, en los catálogos digitales, en los algoritmos que recomiendan lecturas y hasta en los clubes de lectura patrocinados por las editoriales.
Que un porcentaje alto de los libros que se facturan en América Latina provengan de Cataluña —donde, por cierto, el español no es la lengua principal—, es un dato duro que podría observarse de la misma manera en la que se observa un antiguo coloso. Tampoco puede obviarse el hecho de que la capital de Cataluña, y sus más de trescientas empresas editoriales, es y ha sido un espacio de vinculación de autores latinoamericanos y editores y agentes; la ciudad que ha proyectado, al resto del mundo, la obra de autores de la diáspora latina.
Las comunidades lectoras y escritoras que siguen llegando a la franja noreste de España pueden seguir siendo, así como ya lo han sido antes, una pequeña resistencia, una pequeña influencia, en el canon de lo que se lee.
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JPV: Al inicio de los talleres mi visión era la siguiente: soy un buen lector, y eso quiere decir que tengo cierta habilidad para orientar la escritura de otros; además, tengo buena memoria, que es muy importante para un taller. Así me surgió la idea de que podía comentar textos, pero cuando empecé a hacerlo de verdad, me di cuenta de que esa era sólo una parte del trabajo. No la más importante. Tú no le estás enseñando a alguien a escribir, estás propiciando ciertos estímulos, un espacio, un diálogo, para que una persona aprenda a escribir, pero esa persona va a aprender a hacerlo sola. O no.
La escritura es un proceso de aprendizaje. Yo no escribo partiendo del hecho de que sé escribir. Desconozco cómo se escribe ese libro que acabo de empezar. Si soy consecuente con esa idea, creo que en los talleres ocurre más o menos lo mismo: la gente, sobre la marcha, descubre el libro que está escribiendo, y yo no les voy a decir si tienen, por decir algo, que cambiar el narrador. Puedo soltar ideas como preguntas. Creo que la gente va a aprender de lo que escribe y de lo que escriben los demás. Creo que es probable que encuentre la solución a su problema de escritura escuchando a otro. En los talleres ha evolucionado mi manera de entender la literatura.
Hay pocas ideas que aguanten el paso del tiempo en la escritura porque los procesos de escritura tienen que estar atados al presente: cada día hay que renovar el deseo de escritura y por eso los proyectos tienen que ser lo suficientemente libres para que siempre escribas lo que quieres escribir ese preciso día.
Los talleres tienen que ver cada vez menos con el texto y más con las personas. Yo, cuando leo, tomo en cuenta el proceso de una persona dentro del taller, lo que conozco de ella, por eso te digo que es como el psicoanálisis. La gente con la que es difícil trabajar es la que no se abre, la que no se expone, y cuyo mecanismo de defensa es plasmar ideas preconcebidas de lo que es escribir bien. Hay a quien le cuesta mucho trabajo. Lo intento. A veces con más éxito y otras con menos. Hay gente con la que es difícil. A veces no sucede. Y a veces, aunque no suceda, se quedan en el taller porque les gusta.
Lo que he desarrollado en estos ocho años es una especie de sensibilidad para entender a la gente y saber cuándo es oportuno decirles que, ahora sí, es hora de que comiencen a escribir su libro. Me dicen que ya llevan ochenta páginas. Les respondo: “Bueno, pues ya encontraste la voz”. Ese día, tal vez, se sienten frustrados. Con el paso del tiempo se dan cuenta de que sólo podían llegar al punto de partida pasando por lo anterior.
Si yo el primer día del taller le dijera a alguien que su prosa es pobre, que no tiene “densidad”, que le falta no sé qué, sólo provocaría bloquearla. A la gente no le impones una exigencia para la que no está preparada. La gente tiene que escribir, ésa es la primera regla del taller.
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En Cataluña, aquellos que escriben en catalán y aquellos que escriben en español no coinciden en los mismos espacios ni integran algo que pueda llamarse con vastedad el circuito literario de Cataluña; son, más bien, y perdón por la metáfora, pero es óptima, como el agua y el aceite. Es difícil que un escritor, entre los treinta y los cuarenta años, que provenga de América Latina y radique en Barcelona, no tenga algún vínculo con la comunidad de Villalobos. Una mayoría considerable de mis amigos en Barcelona asiste a los talleres y tarde o temprano me encuentro con otros miembros en fiestas o presentaciones de libros. Suelen decirme, cuando los veo, que les gusta pertenecer a esa comunidad que es diversa en cuanto a nacionalidades, estilos y experiencias, y donde basta con el deseo de escribir para poder formar parte de ella.
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JPV: Cuando llegas a conocer a una persona sabes cómo orientarla. Es una cuestión de sensibilidad entender si alguien está en el momento indicado para hacerle un comentario que reoriente su escritura: “llevas un tiempo escribiendo por inercia, has perdido el tono, has perdido tu estilo, te has salido del registro del libro”, o también decides si no es el momento indicado. A veces no lo puedes hacer porque sabes lo que está pasando en la vida de esa persona. Pero confías en que va a salir de esa circunstancia difícil y entonces ya podrás decirle que revise los capítulos anteriores. Lo tienes que hacer el día propicio, no cuando está frágil.
Veo el taller como una instancia de interferencia: ibas hacia algún lugar con tu escritura y el taller te llevó a otro. Partamos de la idea de que no se puede escribir sin aceptar la interferencia: la vida cotidiana, mi familia, mi perro, el trabajo, los viajes, los problemas, y hay que asumir lo que sea que te esté pasando. En lugar de lamentarte y abandonar un proyecto porque parece que no tiene sentido seguir, es necesario ver cómo incorporar esa experiencia a lo que escribes. Si ves que alguien no para de cambiar de un proyecto a otro, te das cuenta de que no está escribiendo lo que le viene de adentro, sino que está preocupado por lo que cree que debe escribir. A menudo nos confunde el contexto.
La gente, pienso, suele entender el lugar desde donde escribe y maneja sus expectativas. En cambio, como consecuencia natural del taller, cuando ocurrió que algunos terminaron sus manuscritos y yo creía en ellos, comencé a apoyarlos en la publicación, pero, insisto, eso pasó en el quinto año.
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Aunque el estudio de Juan Pablo se encuentra en la planta baja de un edificio, y a pesar de que anochecía, el verano barcelonés alarga los minutos de cualquier actividad. La entrevista estaba por concluir y ya sólo hacía falta que habláramos de una idea de Fabián Casas que terminó motivando, en gran medida, mi interés en la enseñanza de la creación literaria. Una oración de la que, por cierto, Juan Pablo había hablado en clase, cuando era mi profesor: “Una técnica que sirve para escribir debe servir también para vivir”. Me dijo que Hebe Uhart había escrito algo muy parecido, y luego se levantó a su librero, tomó el libro de Uhart y comenzó a buscar la oración.
JPV: La atención, la observación, el escuchar a la gente que está en el taller, se ha trasladado a todo en mi vida. Sin sonar muy religioso, pienso mucho en la idea de la misericordia, de la piedad: a veces somos muy injustos con la gente al juzgarla, incluso las personas que nos caen mal. Se supone que la lectura nos tendría que hacer más compasivos, y creo que eso se intensifica en los talleres.
Además, creo que es muy distinto asumir la escritura como la demostración de algo, lo que termina convirtiéndose en un ejercicio de narcisismo cuando los referentes son el reconocimiento, los premios, las becas. Si alguien parte de ahí, creo que es normal que lo haga en otros aspectos de la vida. ¿Para qué haces lo que haces? Son los mecanismos de la ansiedad… como si te sintieras en deuda, en falta, fuera de lugar, y quisieras llegar a un sitio que no depende de ti, sino del reconocimiento de los otros. El problema es que nunca vas a llegar, y se renovará el sentimiento de falta, y volverás a sentir que tienes que cumplir, entrando a un bucle de demostración, es como la aprobación paterna, el prestigio, la venta, la fama, que representan otra cosa.
Me dio pena, en el sentido mexicano, que Juan Pablo se tomara más tiempo del necesario en la noble actividad de buscar la oración perdida en el libro de Uhart: una de las mejores cosas que pueden hacerse en soledad; de las más frustrantes, en cambio, cuando se llevan a cabo en compañía. Me fui del estudio pensando en las asimetrías del mundo y en las sutiles resistencias. En los aparadores de alguna librería de América Latina hay 65 % de libros facturados por empresas catalanas; en un pequeño estudio de Gràcia hay 80 % de escritores latinoamericanos comenzando sus carreras literarias.
César Tejeda
Es autor de Mi abuelo y el dictador y La compulsión autobiográfica. Escribió, en coautoría, el libro de ensayos epistolares Escrituras en fuga (Almadía, 2025). Forma parte de Ediciones Antílope.