La voz y el fantasma:
un poema de Joan Margarit

No tires las cartas de amor

Ellas no te abandonarán.
El tiempo pasará, se borrará el deseo
—esta flecha de sombra—
y los sensuales rostros, bellos e inteligentes,
se ocultarán en ti, al fondo de un espejo.
Caerán los años. Te cansarán los libros.
Descenderás aún más
e, incluso, perderás la poesía.
El ruido de ciudad en los cristales
acabará por ser tu única música,
y las cartas de amor que habrás guardado
serán tu última literatura.

* * *

Algunos amigos critican, probablemente con buen criterio, mi dudoso amor por Joan Margarit. No saben que en la noche artificial de un departamento casi sin ventanas, poco después de mudarme de la vida que compartí con mi expareja, grabé este poema varias veces. Soy obsesiva; una no bastaba. Sentada en el comedor que no era mío, mirando por la ventana que dejaba entrar una luz anulada y sucia, lo grabé una, lo grabé diez veces. No se trataba de un método TOC para lidiar con el duelo. O no del todo. En realidad, se lo grabé a mi maestro, Antonio Deltoro. Tres semanas antes, nuestro tutor en la Fundación Para las Letras Mexicanas había tenido un accidente que lo había dejado en coma. Por idea de un compañero de la beca, cada uno le grabó un poema para ayudarlo a despertar, para traerlo de vuelta. Un buen poema para mí tiene esa cualidad casi mágica de un hechizo, de una invocación. Quise escoger uno que le gustaba y recordé éste. Nos lo había leído al principio, o en mi principio, cuando lo conocí, recién entrada. Su voz tibia y profunda inundaba el salón de los espejos. Desde entonces, cuando lo releo, lo escucho siempre en su voz y sólo entonces la recuerdo del todo, intacta. Hay poemas que amamos porque guardan las voces de los ausentes. Este de Joan Margarit contiene dentro de sí, en esa combinación particular de sonidos, en esa traducción concreta que él mismo realizó, la contraseña de la voz de mi maestro. En algún lugar de esas palabras está Toni todavía y siempre, leyéndonos estos versos un jueves soleado a finales del 2016. En estos sonidos perdura esa otra escena simple, paralela.

De muy pequeñas, mi mejor amiga y yo inventamos una estación de radio. Éramos locutoras y, además de emitir todos los hits de Los Beatles, hacíamos entrevistas a quien se dejara. Hace poco, encontró uno de nuestros casetes y me lo dio casi con solemnidad. Contenía, me dijo, una entrevista con mi abuela paterna, muerta a mis trece años. Los meses posteriores a su muerte fueron una casa vacía hasta los huesos, polvo y eco, que yo debía atravesar con los ojos vendados. Recuerdo con nitidez sólo un momento: mi rostro en su espejo cuando me di cuenta de que ya no recordaba su voz. En ese sitio de mi duelo atropellado, supe que la voz es lo primero que perdemos, pero ahora la tenía de nuevo ahí, al alcance de la mano. Fue difícil. No teníamos grabadora, ni yo ni mis padres. Por fin, mi padre y yo entramos al viejo coche, lo encendimos y, sin movernos de sitio, escuchamos la cinta. Su voz todavía intacta. Su risa. El color exacto de sus sílabas. La voz y el fantasma siempre están cerca. Por obra y gracia de esa grabación, la abuela apareció de nuevo ante nosotros. Por un momento, el perfume que usaba. Por un momento, casi, sus manos.

Aunque No tires las cartas de amor tiene sólo doce versos, fue difícil grabarlo esa otra tarde pues cualquier cosa me obligaba a detenerme, a borrarlo, a probar de nuevo, a fracasar de nuevo y no, necesariamente, mejor. Pensaba en Toni, en su cama de hospital, la ciudad de ruido en sus cristales y la poesía más lejos que nunca. Entonces me di cuenta: ese momento importaba: cada uno de esos intentos malhadados por grabarle el poema en ese comedor ajeno y esa ventana de sombras importaban. La grabación también era una carta de amor que le escribía, un mensaje de agradecimiento, una forma de decirle que una parte suya se ha quedado conmigo para siempre.

 

Elisa Díaz Castelo
Poeta y traductora

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Publicado en: poemas periódicos