A la filosofía y el paseo los une una historia que viene de antiguo. Por ello, el Festival de las Ideas de Madrid, organizado por el Círculo de Bellas Artes y La Fábrica, retomó este vínculo incluyendo en su programa varios paseos filosóficos por la capital española. Estos paseos fueron guiados por un filósofo o filósofa, que acompañó a un grupo reducido de personas en una reflexión sobre un concepto o una idea filosófica, que se desarrolló en diálogo con el paisaje y el patrimonio cultural y artístico de la ciudad, así como con el grupo de participantes.
A continuación presentamos una crónica del paseo coordinado por el profesor Iván de los Ríos, uno de los filósofos españoles que más ha reflexionado sobre el azar, la ganancia y la derrota, el éxito y el fracaso.
- Puerta del Sol
Madrid, 21 de septiembre de 2024. Festival de las ideas. Un paseo filosófico por el centro de Madrid con un título de película: “La vida en juego”. Un docente universitario agita los brazos en la Puerta del Sol mientras varias docenas de personas terminan de rodearle y de ajustar sus auriculares. Empecemos el paseo. Avancemos.
El lector existe y quizá, también, el paseante. En todo caso, ambos escuchan la misma voz. Un título irresistible, un profesor agitando los brazos mientras comienzan a caminar por el espacio urbano preguntándose por el azar, la suerte y la casualidad. Comienzo:
El tema es tan irresistible, de hecho, y yo soy tan peliculero, que se me ocurren varios subtítulos para este vagabundeo:
a) La vida en juego: un paseo filosófico por la noción de azar, suerte y casualidad
b) La vida en juego: la ciudad como espacio de fortuna
O también, por último:
c) La vida en juego: caminar como actividad de riesgo
En cualquier caso, lo que propongo esta mañana, además de un título resultón, es una reflexión filosófica tan antigua como urgente; una interrogación lúcida, contundente y en común sobre la condición humana y sobre la estructura de la acción racional mediante una idea clara y sencilla. La idea es tan sencilla que nos pasa por completo desapercibida; tan simple que cabe en una frase del filósofo Odo Marquard: “los seres humanos son una extraña combinación entre lo que deciden hacer y lo que simplemente les pasa”. Eso es todo. La vida es también eso que nos sucede de forma inesperada mientras hacemos lo que hemos decidido hacer por voluntad.
El paseo, pasear, caminar, deambular constituyen no sólo una de las actividades propias del animal humano (que se desplaza de un lado otro con el fin de satisfacer un deseo o de huir de un desagrado, de conseguir un objetivo o de gozar de manera autotélica del pasear mismo) sino, ante todo, la ocasión perfecta para reflexionar:
- Sobre la estructura de la existencia humana
- Sobre el papel de la razón práctica en el interior de dicha existencia; la razón vital que nos permite ocuparnos de nosotros mismos y de otros, así como diseñar un proyecto global de vida buena en el interior del cual tomamos decisiones y nos jugamos el tipo
- Y sobre el lugar que ocupa en el interior de esa existencia interior esa palabra árabe, hermosa e imbatible, de etimología floral, que designa en su origen una flor dibujada, inscrita o rasgada en uno de los costados de un astrágalo, un hueso animal que servía para jugar al más antiguo de los juegos de azar: las tabas. Se jugaba a tirar la taba y ver quién tenía la suerte de que saliera con la flor (el azar) hacia arriba. Así fue como azar se convirtió en sinónimo de suerte.
Un hablante de inglés podría confundir la palabra azar con el término hazard, que significapeligro. Y su confusión sería atinada, pues este vocablo inglés comparte origen con la palabra árabe azar. Los juegos de azar son actividades lúdicas que pueden generar grandes beneficios económicos, pero también suelen jugarse en lugares peligrosos o de mala reputación. Por eso, la palabra hazard pasó al inglés a designar riesgos o peligros.
En latín, la palabra es alea; así se denominaba en el Imperio Romano a los dados, “aleas”. De ahí viene el término ”aleatorio” (“al azar” o “por suerte”). La famosa frase de Julio César al cruzar el Rubicón, el río que separaba las provincias romanas de la Galia, fue “alea jacta est”, que se traduce como “la suerte está echada” o “el dado está lanzado”.
Las sociedades modernas han convertido a los juegos de azar en prácticas que pueden resultar peligrosas si no se practican con moderación. Además, asociamos los juego de azar con máquinas tragamonedas. Es lógico que advertir acerca de los peligros de la ludopatía se haya convertido en algo necesario. Pero lo cierto es que los juegos de azar no son un invento de los casinos, llevan entre nosotros milenios.
Los primeros vestigios de juegos de azar son las tabas asirias y sumerias, cuyo origen puede datarse alrededor del 2.600 a.C. No está muy claro cuáles eran las normas de uso de estos dados. Pero lo que sí sabemos es que la práctica llegó hasta Egipto y un par de milenios después a Roma y Grecia. Aún se conservan de la mejor época del arte griego, esculturas, pinturas sobre mármol y diferentes objetos como ánforas en los que se representan jugadores y jugadoras de tabas. Las tabas también servían como objeto adivinatorio, así fue que la astragalomancia tuvo presencia en la antigüedad.
Así que un grupo de individuos se reúnen y arrojan sus tabas. La flor de azahar gana. Quien saca el azar será premiado con el dinero de la apuesta o con la ayuda de los dioses. Los marineros, cuenta Manuel Vicent, antes de hacerse al mar, arrojan un dado esperando tener suerte: que la divinidad les sea favorable. Los españoles, además, en su infinita erudición, tienen una expresión inolvidable que no significa eso que Ustedes se creen: “haber nacido con una flor en el culo”, decimos. El culo del dado, se entiende: el lado del hueso en el que se esconde la suerte.
De momento, entonces, y mientras caminamos hacia la calle Correo para una primera parada, resumo lo dicho hasta aquí:
Mi nombre es Iván de los Ríos, me dedico a enseñar filosofía y hoy me toca sacarlos de paseo. Y, mientras lo hago, voy a darle vueltas a un puñado de preguntas de aroma socrático: ¿Qué quiere decir Sócrates en la Apología cuando dice que una vida sin examen no merece la pena de ser vivida? ¿Qué quiere decir en la República cuando afirma que la pregunta fundamental que nos ha traído hasta aquí (y aquí es el puerto del Pireo en la Atenas del V a.C. o la Puerta del Sol de Madrid en otoño de 2024), no es una pregunta cualquiera? Se trata de saber cómo tenemos que vivir; cómo hemos de vivir y por qué.
¿Cómo vivir una vida que valga la pena ser vivida?
¿Cómo articular y diseñar una vida que valga la pena si ya siempre estamos expuestos a lo que no depende de nosotros mismos?
¿Cómo dotar de un sentido mínimo a nuestra existencia si ya siempre estamos expuestos a acontecimientos que no dependen de nuestra voluntad ni de nuestros deseos; acontecimientos que no podemos predecir ni calcular por completo, pero que suceden sin previo aviso y que se instalan, además, significativamente en nuestras vidas? Significativamente: es decir, contribuyendo a su florecimiento (y entonces hablamos de buena fortuna) o a su desastre (y entonces, de mala suerte)?
¿Cómo vivir, en definitiva, si vivir significa estar orientado en la dirección de nuestros deseos y objetivos de corto, medio y largo plazo y si esa orientación, para alcanzar su meta, debe atravesar un espacio poblado de acontecimientos imprevisibles y significativos?
Uno sale a la calle para comprar el pan y le atropella un coche; uno sale para ir al banco y en el banco se produce un atraco; una sale de casa porque se aburre y se encuentra con la persona que le debía dinero, dice Aristóteles, o con un viejo conocido que le ofrece un trabajo que le cambiará la vida para siempre.
Esta es la idea de fondo, clara y profunda como el lago suizo con el que Schopenhauer solía comparar a la filosofía: uno se echa a vivir y se pone en camino; ponerse en camino significa actuar, pero actuar no quiere decir meramente producir un efecto mediante un impulso (que también); actuar significa, además, apostar en el orden del tiempo, proyectar un conjunto de objetivos y seleccionar el camino (¿el paseo?, dice el docente, que no deja de agitar los brazos mientras habla y guía al grupo) adecuado para conseguirlo e inaugurar un curso de acción.
Ponerse en marcha, salir a la calle, empezar a vivir significa ya siempre ponerse en juego: uno va desplegando su vida como aspiración al sentido; va deseando hacia adelante (expectativa) y hacia atrás (memoria) y proyectando nuevas metas y de repente ¡PUM! el encuentro imprevisto: de repente la lluvia, el amor, la ruina, la amistad, la enfermedad o la muerte.
Todo eso cabe en la palabra a la que yo he dedicado buena parte de mi vida filosófica, que va siendo cada vez menos corta. La palabra azar, que no me interesa en términos ni matemáticos ni físicos ni económicos ni estadísticos: me interesa en términos trágicos (que incluyen a todos los anteriores), existenciales, griegos.
Hablamos de azar, pero el azar no es más que el nombre para todo lo que no depende de mí y, sin embargo, me encuentra, se me cruza y desencadena efectos relevantes para la consecución o la frustración de eso que yo, para mí y dentro de mi comunidad, identifico con una vida buena.
¿Y qué tiene esto que ver con el paseo? ¿Por qué no podemos hablar de esto en un aula? ¿Y qué es, por cierto, un paseo filosófico? Yo no sé lo que es exactamente un paseo filosófico, es la primera vez que hago uno, la verdad, aunque he leído que Aristóteles y sus discípulos solían dar vueltas aprendiendo, enseñando y discutiendo juntos –por eso se les llamaba peripatéticos, porque daban vueltas e iban de acá para allá; peripattein en griego significa patear, pasear, deambular.
Yo no sé lo que es un paseo filosófico, pero sé lo que no es:
Un paseo filosófico no es un paseo turístico por la ciudad de Madrid. Un paseo turístico es un tipo de desplazamiento físico por el espacio urbano donde el paseante se convierte en un mero consumidor de información y de mercancías. La información suele venir empaquetada en forma de datos y de anécdotas: aquí pasó esto, aquí se dijo aquello, esto otro se construyó en tal año y en esta casa nació fulanito de tal. Eso significa que si el paseante –es decir, el consumidor– convierte al espacio urbano por el que transita en una mera mercancía, su paso por el lugar es el paso de un comprador que quiere volver a su casa con la sensación de que tiene más información que antes; pero tener más información no significa necesariamente saber más. En un paseo turístico uno debe olvidarse un poco de sí mismo y contemplar, recibir información, acumular. Un paseo filosófico es todo lo contrario.
Un paseo filosófico, supongo, es un modo corporal de reflexionar que se sirve del lugar mismo en el que se realiza el paseo para proponer una respuesta a la pregunta de fondo de todas las doctrinas filosóficas: ¿cómo vivir y cómo apostar por una vida buena si ya siempre estamos expuestos a lo que no depende de nosotros mismos?
Me parece que esa pregunta nos permite sugerir que el paseo por una gran ciudad es el espejo perfecto en el que contemplar la estructura de la existencia humana misma. ¿Por qué? Porque la ciudad es por excelencia el espacio de los encuentros previstos e imprevistos. La aventura de inaugurar una trayectoria (ir de un lugar a otro para algo) y verse atravesado por otras trayectorias, otras historias, otros desafíos que alteran y modifican los nuestros.
Seguimos caminando.

- Segunda Parada: el Casino
Vamos rumbo al Casino, para después continuar hacia el Círculo de Bellas Artes.
Vamos a pensar en la frase desafiante de Aristóteles: somos los únicos animales que pueden ser afortunados y desafortunados. Sólo puede experimentar el azar quien es capaz de ser feliz. Y sólo es feliz el animal deliberativo, racional, moral, capaz de hacerse una idea de sí mismo y de qué podría significar una vida dichosa.
Pero, ¿qué significa vivir para un animal inteligente, simbólico y con capacidad de palabra?
Un ser vivo, dice Aristóteles, es un animal, y un animal es un cuerpo físico que se mueve por sí mismo, animado, es decir, que tiene por sí mismo una serie de funciones y de capacidades que le permiten no morir y seguir, precisamente, viviendo. Todos los animales son capaces de funciones vegetativas, alimentarse para no morir y reproducirse para perpetuarse. Algunos, además de eso, son capaces de sentir en diversos grados de complejidad, mediante órganos sensoriales. Y otros, además de todo lo anterior, son capaces de recordar, de fabular e imaginar. Entre esos, están los animales racionales, que no sólo pueden alimentarse, reproducirse, sentirse a sí mismos y a su entorno, sino también imaginar, recordar y pensar. A saber, somos animales capaces de relacionarnos con nuestra situación inmediata y presente (mediante los sentidos, que nos ligan al aquí y al ahora), con lo que ya no existe (el pasado, mediante la memoria) y lo que aún no existe (el futuro, mediante la proyección, la planificación y la expectativa). Eso significa que somos animales capaces de desear nuestro bienestar y de huir de nuestro malestar más allá del contexto inmediato en el que estamos: más allá del frío, que nos lleva a movernos hacia el fuego, o el calor, que nos lleva a alejarnos de él.
Mientras caminamos por la calle de Alcalá, entre preguntas y cuchicheos, el docente continúa:
Lo que nos mueve en una dirección o en otra es también un deseo racional: una cierta expectativa a la que aspiramos porque entendemos que su obtención supone nuestro bienestar o, al menos, un escalón hacia nuestro bienestar. La estructura de la vida racional y de la vida práctica es una estructura temporal; proyectamos deseos en el futuro inmediato, mediato o lejano, deliberamos sobre el mejor modo de conseguirlo y actuamos, es decir, nos dirigimos hacia ellos: caminamos en su dirección.
Ahora bien, pasear, dirigirse a un objetivo significa sumergirse en un contexto y en una situación donde nuestro plan convive con elementos que no conocemos ni gobernamos pero que pueden alterar de forma definitiva la consecución de nuestros fines:
Queremos dar un paseo al aire libre, pero irrumpe una tormenta eléctrica.
Queremos encontrarnos en el centro de Madrid con no sé qué filósofo vallecano, pero una indigestión nos impide satisfacer ese deseo.
O más drástico:
Queremos visitar a un ser querido y cogemos un coche para conseguirlo y otro conductor se queda dormido y nos mata.
Queremos pasear con nuestro amante y una maceta nos parte la cabeza.
Queremos ser felices, pero enfermamos, envejecemos, sufrimos pérdidas y finalmente morimos. ¿Y después qué?
En el Casino.
Ir al casino desvela qué tipo de animal somos.La vida en juego: apostamos por aquello que creemos que dota de sentido nuestra existencia, nos lanzamos en su búsqueda y nos jugamos el tipo, es decir, nos enredamos en fuerzas extrañas que nos llevan por lugares inesperados. Ese es quizá uno de los máximos miedos del ser humano y por eso, tal vez, se inventaron los juegos de azar: la constatación de que la fortuna juega con nosotros y la tentación de dominarla, regularla, domesticarla, aniquilarla. ¿Por qué esta obsesión con ganar una fortuna?
- Final de partida: el Círculo de Bellas Artes
Continuamos el paseo. Estamos ya muy cerca de la parada final. El docente, entonces, reflexiona un poco más sobre su obsesión mientras continúa agitando los brazos por las calles de Madrid y provoca a los participantes con preguntas y poemas:
En el casino respondemos a las tres formas en que se ha comprendido el azar filosóficamente:
- Primera: la ausencia de causación: lectura ontológica del azar, como si fuera un cosa, un acontecimiento con cierta densidad ontológica, un vacío causal que produce efectos. El cosmos nace al azar a partir de un reventón primigenio sin porqué.
- Segunda: la lectura aristotélica. Cruce entre las causas físicas determinadas y los intereses, la valoración, el significado que cobra el mundo para un ser humano
- Tercera: la lectura epistemológica. Una tara epistémica en la que aseguramos que no conocemos las causas, pero existen. Como en el poema de Borges:
Los ponientes y las generaciones.
Los días y ninguno fue el primero.
La frescura del agua en la garganta
de Adán. El ordenado Paraíso.
(…)
La conquista de reinos por la espada.
La brújula incesante. El mar abierto.
El eco del reloj en la memoria.
El rey ajusticiado por el hacha.
El polvo incalculable que fue ejércitos.
La voz del ruiseñor en Dinamarca.
La escrupulosa línea del calígrafo.
El rostro del suicida en el espejo.
El naipe del tahúr. El oro ávido.
Las formas de la nube en el desierto.
Cada arabesco del calidoscopio.
Cada remordimiento y cada lágrima.
Se precisaron todas esas cosas
para que nuestras manos se encontraran.
Llegamos al Círculos de Bellas Artes, una de las múltiples sedes del Festival de las ideas y parada final de nuestro paseo filosófico. Hemos, por suerte, conversado ya sobre el azar, la fortuna, la derrota y la casualidad. Sólo queda despedirnos. Respecto a lo demás los dados están lanzados.
Iván de los Ríos
Es doctor en Filosofía por la Universidad Autónoma de Madrid donde es profesor y subdirector del departamento de Filosofía. Entre sus libros cabe destacar Azar: el sacro desorden de nuestras vidas (Abada, 2015), Grecia o el azar: divinidad, suerte y destino en la literatura griega antigua (Universidad Alberto Hurtado, 2016) y Las fuerzas extrañas. Del azar y el buen vivir en la filosofía de Aristóteles (2024).
Por los reportes que han publicado, el «festival de las ideas2 fue todo un acontecimiento cultural. Pero hubiera sido interesante registrar las preguntan que hizo el público, y las respuestas del académico a cargo del paseo. Me parece que hay que buscar una interacción más horizontal con el público para que éste exprese sus inquietudes y se sienta escuchado.