La última cantina de Pilsen o los tiempos de antes

El Trébol

Era un lugar tan viejo que ni siquiera los más antiguos clientes del bar recordaban cuándo apareció en aquella calle de Pilsen, un barrio no tan lejos del centro, en el suroeste industrial que alguna vez existió en Chicago. Se llamaba El Trébol Liquors. En apariencia, se trataba de una tienda de vinos y licores. Para encontrar el bar, tenías que saber llegar a la parte de atrás, a ese cuarto oscuro y sin ventanas donde estaban la barra y dos rocolas (una antigua y una digital). Un Nazareno de plástico vigilaba desde un recoveco entre las botellas de brandy y la caja registradora. Dos o tres viejos bebían cerveza en la barra o desparramados en las mesas de la esquina. Bebían otros tragos también, pues era barato tomar. No bebían ni solos ni acompañados. Estaban entre ellos. Eran latinos.

Ilustración: Patricio Betteo

El barrio

Hasta donde se sabía, El Trébol siempre había estado ahí, en la Calle 18. Alguien dijo que un tal Don Rafa se lo había heredado a sus sobrinos, quienes a su vez se lo habían heredado a los muchachos que hoy en día lo trabajaban (y que, siendo honestos, ya eran más bien señores). La información disponible se agotaba ahí. El sitio tampoco había sufrido nunca grandes renovaciones. Aquella playera de las Chivas enmarcada en una pared, patrocinada por alguna cervecera con el lema “Saborea la grandeza”, podría datar del Campeonísimo. El refrigerador donde se enfriaban las cervezas lager también. Ni qué decir de la rocola moribunda, la única que querían oír los viejos. La diferencia, dijo a regañadientes un señor de Michoacán mientras jugaba con las cáscaras de pistache apiladas frente a él, la única diferencia realmente importante era que antes esa calle estaba plagada de cantinas igual que esta.

Por aquel entonces —en los años 1980, al parecer una década épica para el bar— a esa calle no entraba ni el camión de la basura. Pilsen era por entonces un barrio todavía muy mexicano, y por lo mismo bien abajo en las prioridades gubernamentales de la ciudad. Luego vino esa merma sostenida, repetitiva, incluso tediosa. Las otras cantinas quebraron o las cerraron tras una inspección de seguridad y amanecieron convertidas en sitios para una clientela bien distinta, una que no había oído hablar del Campeonísimo ni se sabía ninguno de los boleros disponibles en la vieja rocola. Ya sólo quedaba El Trébol, protegido quizá por su nombre. Era el último refugio de aquellos viejos solitarios. Quizá por eso siempre se encontraban ahí, como almas en pena.

Punks chicanos

En su libro Making Mexican Chicago (2022), el historiador chicano Mike Amezcua argumenta que el proyecto de gentrificación del barrio de Pilsen fue una ofensiva dirigida desde el gobierno de la ciudad en los años 1970, a través del plan urbano Chicago 21. La fórmula era conocida: se proponía “desarrollar” aquella zona para atraer residentes blancos de los suburbios, capaces de pagar mayores impuestos. En contra de este plan respondieron las distintas organizaciones latinas de Pilsen, que iban desde asociaciones comerciales afiliadas al Partido Repulicano hasta anarquistas cercanos al Movimiento Chicano de la década de 1960.

En California, ese movimiento detonó en experiencias de autonomía urbana, como la toma del bajo puente de una carretera en San Diego para la construcción del Chicano Park en el barrio mexicano Logan. En Pilsen sucedió algo similar. Aquí, activistas del barrio tomaron control de un centro comunitario para migrantes que rebautizaron como la Casa Aztlán. Primero en las paredes de esa casa y luego por el barrio entero, Ray Patlán y otros artistas detonaron un movimiento muralista del que todavía quedan muchos retazos. Otros grupos invadieron lotes baldíos para construir huertos comunitarios, en particular un invernadero que se volvió punto de encuentro y asamblea. En las reuniones en el invernadero o en la Casa Aztlán, estos colectivos y organizaciones barriales discutían las necesidades reales del barrio y las estrategias políticas a seguir. Entre otras cosas, proyectaron y eventualmente construyeron una preparatoria pública. Montaron clínicas de salud y organizaron programas recreativos para jóvenes. También soñaron con un museo público y gratuito de arte mexicano, que hoy existe. Ahí vi una exposición del artista anarquista Carlos Cortez Koyokuícatl.

Uno de los gestores del movimiento chicano local, Koyokuícatl escribía por aquellos años poemas donde se burlaba amargamente del fantasma que asediaba Pilsen. Su “Canción del ciudadano de segunda clase” decía (en una apresurada traducción mía):

Y
siempre que abro la boca
me dicen que vuelva
al lugar del que llegué.
Y
no tengo para el pasaje
ni tengo tampoco
la inclinación.

Como dice Mike Amezcua, el movimiento chicano de Pilsen (y de otras localidades) tuvo que adoptar una “política del habitar” (placemaking): las comunidades latinas tuvieron que volverse sus propios constructores (siempre lo habían sido) e inventar nuevas formas de exigir y proveer todos los servicios públicos que nunca habían llegado al barrio, desde clínicas médicas a guarderías y parques. Incluso formalizaron su propio proyecto barrial con el Pilsen Neighborhood Plan, que nunca recibió el apoyo necesario y sólo se materializó en fragmentos.

En la última sección de su libro, Amezcua discute cómo, hacia los años 1980 y 1990, las desarrolladoras inmobiliarias y el gobierno de la ciudad redoblaron sus esfuerzos por transformar el barrio en zona redituable. Si hasta ese punto Pilsen se consideraba una zona francamente hostil para la población no latina, ahora las compañías de bienes raíces (interesadas en la ubicación central del barrio) y algunos comerciantes locales buscaban brandear Pilsen como un barrio con un agradable ambiente y una atractiva oferta cultural. Frente a esta nueva ofensiva, las juventudes chicanas respondieron organizando fiestas de música house, punk y new wave en las bodegas abandonadas que las desarrolladoras buscaban convertir en lofts. Renegaron de la estética nacionalista del viejo movimiento chicano, pues sentían que se había convertido en poco más que la folclórica decoración mural de más de una taquería sobrevalorada. En cambio, adoptaron sus tácticas urbanas de apropiación y autogestión. Entre otras cosas, aprovecharon espacios como la Casa Aztlán, que en 1987 fue sede de la primera tocada punk que se recuerda en Pilsen.

Rastros

El conflicto entre las comunidades latinas del barrio y este conjunto de intereses inmobiliarios —señala Amezcua en la conclusión— continúa hasta el día de hoy. En 2017, una constructora de condominios compró la Casa Aztlán, que ya no existe. El Trébol, en cambio, sobrevivió hasta la pandemia. El señor michoacano, que seguía acumulando cáscaras sobre la barra, me dijo que no cerraba ni en pleno invierno. Tenía clientela que atender: había viejos que, sin exagerar, no habían salido de ahí en años. Ni modo de correrlos. Podía sospecharse que la clave de la supervivencia del Trébol era que el negocio seguía siendo, además de una cantina, una tienda de licores. Lo del bar era, digamos, un servicio. O quizá una tradición. Era como los propios viejos, sus feligreses. ¿Cuántos no habían desaparecido un día? En cambio, muchos otros seguían dando lata por ahí.

Nely

Nely, la mujer de unos 30 años que servía tragos cuando visité la cantina por primera vez en agosto, me dijo que había llegado de Bolivia a Chicago hace dos años. Atendía la barra del Trébol los fines de semana. Era uno de sus trabajos y, al principio, el que menos le gustaba. No era fácil lidiar con ancianos que tomaban todos los días. Había tenido que hacerse fuerte, volverse más alta de lo que era y aprender a regañar. Ahora los repelía con ágiles combinaciones de ternura y reprimenda. Y aun así era duro. Carajo, era duro Estados Unidos en general. Se trabajaba sin parar, hacía frío, la vida era solitaria. Al principio había tratado de unirse a los grupos de salsa y bachata, porque le gustaba bailar, pero no había cuajado amistades. Iba del trabajo a su casa, donde la acompañaba un gatito llamado Moon que me mostró en su celular.

En El Trébol, atendiendo a esa peculiar clientela, Nely accedía al mundo vaporoso y etílico de corridos sumamente melancólicos, historias y anécdotas vagas sobre el otro Pilsen e incluso relatos sobre México, que para muchos de los viejos era una memoria tan lejana que empezaba a cernirse como un eclipse capaz de oscurecer cualquier otro recuerdo. Nely bromeó que había escuchado tanto de México en las voces y aullidos que salían de la antigua rocola, que ya hasta se le antojaba irse a vivir allá antes de volver a su casa en Bolivia. A ver cómo era México en realidad, más allá de las puertas de aquella tienda nebulosa, seguramente prohibida, y de las alucinaciones de más de uno de sus clientes fantasma.

Noviembre

Empezaba a hacer frío y la Calle 18 se había puesto anaranjada. En el museo vi ofrendas para miembros de la comunidad que ya se habían ido. La gente vendía ramos de flores en las esquinas y la fila de la panadería se desparramaba por la banqueta. En El Trébol, que no tenía reloj, los viejos demoraban una eternidad en el trago final de su cerveza, el último antes de ponerse de pie, liquidar su saldo con Nely y lanzarse por las puertas del bar contra aquella calle tapizada en hojas, envuelta en la pálida luz de otro año que moría en Chicago.

La Rocola

El señor que estaba sentado en una de las mesas de la esquina me llamó. Era el mismo que unos minutos antes me había patrocinado otra ronda (práctica común en El Trébol, según me explicó Nely, donde la fiesta era tan distante como solidaria). Me pidió que seleccionara la música porque él no veía. Ya le había puesto dinero a la rocola (a la antigua, por supuesto, viejo mañoso). Le pregunté qué le gustaba.

—Los tiempos de antes —respondió.

Nely, yo y otros señores elegimos canciones. Entre las que pusieron ellos había un corrido que decía:

Estamos los que estamos
y somos los que somos.
La vida son momentos
que a veces ya nunca vuelven.

Cuando esta última canción terminó, uno de los viejos, el que estaba sentado más lejos, gritó desde su solitario confinamiento en el rincón:

—Pongan música tropical que están muy tristes.

 

Alfonso Fierro
Profesor de Literatura mexicana y Latinoamericana en la Universidad Northwestern de Chicago.

 

Referencias

• Amezcua, M. Making Mexican Chicago: From Postwar Settlement to the Age of Gentrification. Chicago and London: University of Chicago Press, 2022.

• Cortez Koyokuíkatl, C. Coyote’s Song: Collected Poems & Selected Art, editado por Carlos Cumpián y David Ranney. Chicago: March/Abrazo Press, 2023.

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Publicado en: Corresponsal