
Cortesía de la editorial
El libro más reciente de Fernanda Trías, El monte de las furias, es una exploración de la naturaleza, la violencia y la relación de una mujer de ciudad con lo salvaje, con lo que está oculto en lo que no hemos logrado domesticar. A partir de un lenguaje híbrido y hasta juguetón, la escritora galardonada con el Premio Sor Juana Inés de la Cruz 2021 indaga en la feminidad puesta en un escenario donde todo cambia de manera constante.

Carlos Escobar
Mariana Ortiz: Hay algo latente en El monte de las furias (Penguin Random House, 2024) y es esta relación con un paisaje que no es uruguayo. ¿Cuáles fueron los retos que tuviste para imaginar un escenario a partir de tu relación con Colombia?
Fernanda Trías: Justo porque no es mi paisaje es que me fascina y me genera atracción. Pero aún así necesité mucho tiempo para poder apropiarme del paisaje y de otras cosas que siento son culturales para decir “yo puedo escribir sobre esto”; de alguna manera ya no sólo lo vi, sino que lo viví con el cuerpo y lo hice mío. Siento que se necesitaba poder decir yo también soy de aquí y para eso había que estar ahí el tiempo suficiente. Pero nunca dejé de ser nueva para el paisaje. Lo que hay es una curiosidad extra, una fascinación extra: una manera de mirar como si lo vieras por primera vez. Los colombianos no recuerdan la primera vez que vieron su propia montaña ni la primera vez que fueron al páramo, ni la primera vez que se metieron en un bosque de niebla. Para mí entrar a un bosque de niebla era como entrar a un lugar mágico.
MO: ¿Hubo alguna cosa en específico que te impactara de ese paisaje que a lo mejor no sentías tan tuyo hasta cierto momento?
FT: Lo primero que me impactó es que es un paisaje violento, asimismo es un paisaje exuberante y generoso. Algo que me impactaba, por ejemplo, era que la gente arrancaba los mangos de los árboles. Y tiene esa generosidad, pero es hostil. Y es mucho más hostil que el paisaje uruguayo y que la naturaleza uruguaya, en el sentido de que, si vos vas al páramo a caminar, el páramo te da una paliza. Sentís una vulnerabilidad del cuerpo que es diferente. Entonces eso es algo que, digamos, lo tenía ahí. Tenía muchas ideas frescas porque lo vi, este paisaje, desde los ojos de alguien que puede recordar la primera vez.
MO: Así como en La azotea hay un encierro, en El monte de las furias hay una especie de claustrofobia pero en el espacio abierto, en la montaña. ¿Cómo fue esa evolución dentro de tu escritura?
FT: Es llamativo porque hay cosas que permanecen y yo misma las noto; son obsesiones que vuelven. Sentí que esta novela dialogaba muchísimo con La azotea más como en el tono de ella que tiene una especie de simplicidad en su tono, aunque sea mucho más poético que La azotea, pero también porque tiene una cosa, una especie de inocencia cruel, la inocencia de los niños, de aquel que no se da cuenta que eso que está haciendo podría ser cruel, ahí encontré unos puntos de contacto; sin duda, la sensación de encierro, de claustrofobia, aún en un espacio abierto, que también puede ser muy asfixiante. Porque la naturaleza y estos árboles gigantes y esta exuberancia también puede generar una sensación de claustrofobia. También se mantiene el tema de las relaciones familiares conflictivas, que es algo que en todos mis libros está presente.
MO: Además, hay un interés por desentrañar de qué van esos vínculos…
FT: Es que a mí me interesaba plasmar una genealogía femenina familiar de abuela, madre e hija y pensar este linaje como algo típicamente latinoamericano. Estas familias están hechas de puras mujeres, porque los hombres o bien han estado siempre ausentes, o bien se fueron a la guerra, o bien se fueron al monte y se unieron a una milicia, o a una guerrilla, o al Ejército. Es un drama muy nuestro que al final hace que las mujeres sean también muy fuertes, muy aguerridas, que se las tienen que rebuscar como sea. También son contrapuntos de estos hombres, que son de un entorno rural y por lo tanto muy reacios, como el celador o el otro hombre que ella amó alguna vez y que es la única forma de amor que ella conoció, de amor de pareja o erótico. Ahí se mezclan un montón de cosas, para mí que tienen que ver con el cuidado, pero también con las violencias, las microviolencias, a veces macro, que se dan durante la crianza y que están totalmente naturalizadas.
MO: Es interesante que la narradora no tenga nombre…
FT: Es que al no tener nombre, ¿cómo la nombrás? Cada uno la nombrará como quiera. Yo le digo “la mujer de la montaña”. Pero otros, “la montañera”. Yo creía que al no ponerle nombre quedaba de manifiesto cómo la nombraban los demás.
MO: La protagonista, que es la narradora también, tiene una obsesión por las palabras y la forma en que éstas nombran al mundo que la rodea. ¿Qué tanto crees que hay de ella en ti o viceversa?
FT: Biográficamente no hay un vínculo cercano y cada vez me estoy atreviendo a ir hacia personajes más alejados de mí y de mi propia experiencia, lo cual para mí es genial, es súper liberador, pero además me siento con una libertad creativa mayor. Capaz que al principio, cuando empecé a escribir, solía aferrarme más a algo más cercano a mí porque en parte porque tenía que madurar un montón de cosas como escritora, pero hay pequeñas cosas… por ejemplo, le dedico la novela a mi abuela. Y mi abuela era una persona incondicional, me daba una relación de ternura. Yo creo que en esta novela lo que ella no conoce o no ha tenido, es la ternura, excepto a través de la abuela. Y la ternura, como emoción, es algo vital.
MO: ¿Crees que la naturaleza es violenta por definición?, ¿qué fue lo que impulsó a darle voz a la montaña, pero de una manera que dejara en claro que no es condescendiente ni sumisa?
FT: Creo que eso tiene que ver con redefinir lo femenino, Porque la naturaleza, ya desde la palabra, siempre ha estado feminizada. Y por eso esa idea de sumisa está asociada a la idea de la mujer. La mujer servil, acogedora, protectora; “la madre naturaleza”, decimos. No decimos otra cosa. Entonces, trabajar de otra manera, darle la vuelta a todas estas ideas aprendidas, tiene mucho que ver con escribir la femineidad, qué es lo femenino y cómo se piensa la mujer. Por eso tenía que haber dos narradoras, que tenía que ser la mujer y tenía que ser la montaña. No se me ocurría, yo necesitaba los dos lados. Yo no pienso que la montaña sea violenta, como entendemos nosotros la palabra “violencia”, porque no hay juicio de valor asociado. Cuando yo hablo de personas violentas sí hay un juicio de valor; sin embargo, aquí no hay, como ella misma lo dice, no lo hace buscando beneficio propio y es una gran diferencia. Sabemos que hay plantas que le tapan la luz a las otras y las terminan matando, y sí hay que en mucha medida el más fuerte es el que va a salir adelante, la especie más fuerte es la que va a sobrevivir. Para mí, consistía en no romantizar la naturaleza y tratar de construirla en toda su complejidad, que esa violencia también pudiera ser femenina.
MO: Pude leer ciertas notas de Irene Solà (Canto yo y la montaña baila, Anagrama, 2023) en tu prosa, pero no es lo único que se siente en tu libro, ¿hay algo de la llamada “liternatura” que te interesa explorar en tu ficción?
FT: Me interesa mucho cómo se está representando la naturaleza en la literatura. O sea, en particular, esas narrativas las busco, las leo, dialogo con ellas, porque sí creo que una tradición se construye sobre la base de ese diálogo. Para mí la originalidad son simplemente diálogos, ecos, a veces encuentros o a veces desencuentros, eso me interesa. Creo que es una estética que vamos a ir viendo cada vez más, que está en sus inicios, obviamente tiene antecedentes y yo busqué esos antecedentes, la proto-liternatura. Por ejemplo, La vorágine, en Colombia, que es un libro fundacional, maravilloso, en el que en un momento hasta los árboles hablan, pero también es el hombre que va ahí, y hay una cosa muy de lucha, como diciendo «la naturaleza me está destruyendo». Yo quería salirme de esa dicotomía de humanos versus naturaleza y lucha y combate. Después también El corazón de las tinieblas en el que van en esta embarcación y la naturaleza se revela como algo oscuro y que quiere destruir al humano y otras narrativas así. Éstas, parten de unos valores de época también que también es lo que me interesa subvertir. Quieras o no, son hombres escribiendo la naturaleza; en este caso me interesa cómo nosotras podemos darle una vuelta a esas estéticas y proponer otras cosas.
MO: Sé que mencionas en algún momento que el mundo cambió a partir de unas máquinas, como si viniera esta distopía que no termina de llegar…
FT: La protagonista dice que con las máquinas cambió el clima; o sea yo también estaba pensando que tal vez esto está ocurriendo en otro tiempo espacio donde no
también hay un momento en que ella mira a lo lejos y dice que no hay un espacio más para otra fábrica para trabajar; yo imaginaba un mundo muy industrializado y ella allá arriba resistiendo, en esa montaña todavía virgen pero con la amenaza de la cantera que la cantera ya está en lo profundo del bosque.
MO: Tú misma has experimentado ese contraste entre ciudad y montaña, ¿qué sentiste y qué tanto de ese sentimiento lograste plasmar en El monte de las furias?
FT: Creo que también hay bastantes de estas contraposiciones de lo domesticado y lo salvaje, en el sentido de que ella es una mujer que, al cumplir estas funciones para estos hombres de la cantera y que tiene unas tareas que son muy específicas y también muy pequeñas, también está participando de esa domesticación de sí misma. Nunca se le ocurre cuestionar lo que los hombres hacen, pero luego va mutando hacia ese descubrimiento de la salvaje que también es ella. Hay muchas fronteras que van marcando esas diferencias entre lo que está organizado por la mano del hombre y lo que está libre. Es un despojo muy duro, brutal, para alguien que se había apropiado de tal manera desde el lado afectivo de ese espacio y que estaba tan convencida de que ese era su lugar.
MO: Y sientes que está enojada.
FT: Me interesaba trabajar sobre la ira y por eso puse la furia también en el título, porque es una emoción que está tan mal vista en la mujer, tan suprimida y tan aplastada. “Es que te ves muy fea cuando te enojas”, dicen, o “no seas una bruja”. Por eso, consideraría que la ira tendría que ser algo femenino. Sin embargo, no lo es. Está prohibida para nosotras. Acá yo quería que fuera al contrario, explorar la ira a fondo con estas dos feminidades, la mujer y la montaña, que también está iracunda, y ruge.
MO: Sobre las oraciones incompletas que continúan en el siguiente renglón… ¿por qué hiciste esto? Así como los “(digámoslo así)” que son intervenciones como pensamientos, diálogos que podría tener la autora con ella misma.
FT: Eso es una búsqueda que tiene que ver con el desbordar los límites que impone el párrafo y la narrativa. Sentía que debía ser dentro de la imposibilidad que esta narradora tratara expresar aquello que quería expresar, una relación de intimidad y afectividad para la cual no tenemos palabras, no tenemos nombres, no tenemos manera de comunicar tantas cosas. Ella choca contra ese muro de resistencia que es el lenguaje mismo y la única manera de intentar llegar más allá a comunicar eso era desbordando la sintaxis. Por eso se desborda el párrafo y se rompe la oración, buscando llegar más allá a partir de eso; pienso que esta novela es la más poética de las que he escrito porque hay mucho en la poesía que hace eso. Ésta logra dar con unos sentidos que están en el pliegue y que de pronto te abren a algo que lo entendés con el cuerpo y si te piden que lo expliques, no lo puedes explicar. Lo que más me importaba en esta novela era la hibridez: si es poema o es narrativa o es imagen, es muchas cosas porque la hibridez era relevante en una mujer que también lo es.
Mariana Ortiz
Ensayista y editora en nexos.