La tarea crítica ante la mentira oficial

Ante la paradójica realidad de un presidente a quien muchos aprueban, pero muy pocos creen, este ensayo ahonda en la necesidad de la tarea crítica en un momento en que parece particularmente infructuosa, de poca incidencia. Una versión se leyó en uno de los foros del ciclo La crítica en su laberinto: ¿qué hacer?, organizado por la Cátedra Inés Amor de la UNAM, del 11 de mayo al 29 de junio.

 


La última encuesta presentada por GEA-ISA1 ratificó lo que ya se sabía acerca de la popularidad del presidente, que repuntó después del bache del verano pasado y está hoy, según este sondeo, en 57 %, pero también reveló un dato curioso: no obstante la aquiescencia mayoritaria, el 56 % reconoce que le cree “poco” al presidente, y el 14 % incluso admite no creerle “nada”. Sólo el 28 % le cree “mucho”, y el 2 % no sabe ni qué creer. Dicho de otro modo, cerca de seis de cada diez mexicanos aprueban la labor del presidente, pero siete no se toman lo que dice muy en serio —y las dos cifras forzosamente se traslapan: he ahí el acertijo. Incluso entre los que aprueban la labor del presidente, hay quienes no le acaban de creer. Es decir, mucha gente piensa que el presidente miente y, aún así, la mayoría responde que el hecho de que Andrés Manuel López Obrador esté al frente del gobierno le provoca felicidad (66 %) y optimismo (72 %). Lo cual nos enfrenta con una realidad que, desde luego, trastoca profundamente el trabajo de los que intentamos introducir un punto de vista crítico en el espacio público, pues a todas luces la verdad no parece ser un factor determinante en el proceso de formación de opinión. Lo que cuenta, a decir de GEA-ISA, son las buenas intenciones (37 % de las personas encuestadas ven ahí una razón de peso para aprobar al presidente).

En realidad, esto no debería sorprendernos, pues como señaló, no sin humor, Hannah Arendt en Verdad y mentira en la política:

Nadie ha dudado jamás con respecto al hecho de que la verdad y la política no se llevan demasiado bien, y nadie, que yo sepa, ha colocado la veracidad entre las virtudes políticas. La mentira siempre ha sido vista como una herramienta necesaria y justificable para la actividad, no sólo de los políticos y los demagogos, sino también del hombre de Estado.

Lo raro es que un presidente diga toda la verdad, como cuando Churchill famosamente se dirigió a la Cámara de los Comunes y afirmó que no tenía como primer ministro nada que ofrecer “más que sangre, tormento, sudor y lágrimas. Tenemos ante nosotros —anunció— una prueba de la especie más dolorosa. Tenemos ante nosotros —insistió— muchos, muchos meses de lucha y sufrimiento”. Y esa era la verdad: era 13 de mayo de 1940, unos días después de que Alemania invadiera Francia. La guerra, claramente, sólo se podía poner peor. Por increíble que parezca, sin embargo, la gente recibió este discurso con agrado y esperanza, pero se sabe que Churchill le comentó más tarde al general Ismay: “Pobres, confían en mí y no puedo darles más que desastres por un largo tiempo”.

Ilustración: Víctor Solís
Ilustración: Víctor Solís

Imaginemos a nuestro presidente haciendo un ejercicio similar:

A ver, ¿qué les puedo ofrecer hoy? Por lo menos un tercio del territorio está controlado por el crimen organizado; ya llegamos a una cifra de desaparecidos que produce escalofríos; no hay medicamentos en los hospitales públicos, ni los va a haber, porque no sabemos cómo pedirlos; la educación está para llorar y, encima, se nos ocurrió la peregrina idea de ponerla en manos de personas profundamente ineptas e ideologizadas; mi compadre Ovalle resultó ser un granuja, se clavó el dinero ni más ni menos que de la seguridad alimentaria; yo digo y digo que “primero los pobres”, pero la verdad les he dado en la torre de muchas maneras; eché a andar tres proyectos grandototes que se están chupando todo el presupuesto como vampiros, y no parece que vayan a servir de mucho; en el camino, ya devastamos parte de las selvas de la Península de Yucatán y muchos cenotes; y lo de los militares, pues ellos ofrecieron ayudar y, ya viendo lo peliagudo de la cosa, no me pareció mal que se metieran hasta la cocina; yo tenía, y sigo teniendo, una idea viejita y telegráfica de cómo gobernar, pero ya saben que soy testarudo (risas) y no la voy a cambiar ni un ápice, aunque el país se caiga a pedazos; así que, ay, tenemos ante nosotros muchos, muchos meses de sufrimiento.

Nada más opuesto a la realidad mañanera, lo sabemos. Lo cual, lo sabemos también, vuelve muy difícil, para los que escribimos en los medios, sustraerse a la tentación de enmendarle continuamente la plana. No, señor, el avión no se vendió, se remató, es más, se regaló, casi, y a un dictador. No, presidente, no somos un país más seguro que Estados Unidos, y, gracias a usted, estamos lejos de ser el país más atractivo para la inversión extranjera; no diga eso, por favor, qué Dinamarca ni qué ocho cuartos; para nada, señor, no somos de los países con mayor gasto social, estamos por debajo de Colombia, Turquía y Chile; que no, señor, déjese de ocurrencias, no hay otros datos; ¿cuál transformación, de qué está usted hablando?; en absoluto, los 40 migrantes no se murieron por haber encendido ellos mismos sus colchones, señor, usted los mató.

Me temo, sin embargo, que esta práctica cada día más extendida es preocupantemente infructuosa. Los analistas, articulistas, columnistas, cronistas, tertulianos, periodistas de opinión o como queramos llamarnos nos hemos vuelto predecibles, y por tanto inconsecuentes. Lo peor que puede pasarle a un crítico: que sus lectores, si es que le queda alguno, sepan exactamente lo que va a decir mañana, porque será una respuesta de cajón a lo que habrá dicho hoy el presidente —que de por sí es un disco rayado. El eco del eco, en eso nos hemos convertido. Las páginas impresas y virtuales parecen haberse convertido en poco más que receptáculos de nuestro comprensible, pero poco productivo y cada vez más rutinario descontento. Es claro que el tiempo de la introspección honda y pausada se evaporó de golpe el día de la cancelación del NAIM, pues desde entonces casi no hemos hecho otra cosa que seguir, anonadados, la cadena de dichos y hechos que se suceden unos a otros a una velocidad que quita el aire y que, con suerte, alcanzamos cuando mucho a condenar. Cada vez hay menos análisis, menos indagación, menos disputa. Y, sí, mucha perplejidad, mucho refunfuño, y la sensación, compartida, de que estamos diciendo la verdad y que con eso debería bastar.

El problema aquí es que la verdad es impotente. No hay realmente manera de usarla. Como demostró la encuesta de GEA-ISA, la gente prefiere no colocarla en el centro de sus vidas, mantenerla alejada, muda. No es que no la conozcan y haya que develarla para ellos. Como dice, de nuevo, Arendt, “los hechos pueden ser de conocimiento público, y sin embargo el mismo público que los conoce puede convertir en tabú su discusión pública y, con éxito y a menudo con espontaneidad, tratarlos como si fueran secretos”. Y, en México, la verdad es atroz. La verdad profunda, pues, esa que nos sobrepasa. Nos moriríamos de tristeza si no hiciéramos otra cosa que hablar de ella.

Váyanse, váyanse, dijo el pájaro: el género humano
No puede soportar tanta realidad.
El tiempo pasado y el tiempo futuro,
Lo que pudo haber sido y lo que ha sido
Tienden a un solo fin, presente siempre.

—T. S. Eliot2

Quizá por eso hay tanto de lo que no se habla en los periódicos. No sólo el presidente despliega recurrentes cortinas de humo que llevan a discusiones pequeñas y estériles; nosotros, al seguirlo en todo, también nos colocamos con frecuencia detrás de la humareda. Ahí están, por ejemplo, las decenas de notas enfocadas, no en la calamitosa política migratoria, sino en el presidente que, canallesco, se rió a carcajadas poco después de hablar de la tragedia de los migrantes muertos en un centro de detención en Ciudad Juárez. Entiendo, desde luego, que los medios no son la academia y que ahí no cabe una disquisición extensa acerca, digamos, de la producción de poblaciones superfluas o las causas profundas de la expulsión social, pero sí se podría intentar desmontar, aun en medio del gran ruido mediático contemporáneo, un estado de cosas más preocupante que las mentiras sueltas que necesitan ser rectificadas o los hechos aislados a los que basta con denunciar para diluirlos. Estamos frente a lo que algunos han dado en llamar una crisis epistémica, que ha derrumbado por completo la base de la verdad compartida.

“Las verdades factuales incómodas —vuelvo a Arendt— son a menudo transformadas en opiniones”. El infame “yo tengo otros datos”. Y dado que dichas verdades de hecho “se refieren a cuestiones de importancia política inmediata”, lo que está en juego —advertía ya la filósofa en los años setenta— es “algo más que la quizá inevitable tensión entre dos formas de vida dentro del marco de una realidad común y comúnmente reconocida. Lo que realmente se juega aquí es la propia realidad común y objetiva, y este sin duda es un problema político de primer orden”.

Pongo sólo dos ejemplos.

1.
Como sabemos los que vivimos en la Ciudad de México, desde hace más de un año la glorieta de Reforma que está a la altura de la colonia Tabacalera tiene un nuevo nombre: “Glorieta de las mujeres que luchan”. Y, así, el jardincito y el pedestal que quedó vacío después de que fuera retirada la estatua de Colón, también tienen un nuevo uso, infinitamente más importante que servir de decorado urbano. Ahora se trata de un espacio, como escribió hace no tanto Gloria Muñoz Ramírez, donde “confluye el dolor de la madre buscadora y de la víctima de feminicidio con el coraje de miles de jóvenes que ya no están dispuestas a soportar que un profesor las acose, o que en el Metro les toquen las nalgas, que las sigan en las calles, o que tengan que reportar todos los días a la hora que llegan”. Se volvió, pues, algo que claramente hacía falta en esta ciudad: un espacio de memoria y de resistencia. Pero con todo y que la glorieta ha cobrado una función vital y afectiva incuestionable para muchas, las autoridades capitalinas se niegan, literalmente, a dejarla ser, y en un acto incomprensible de sometimiento disfrazado de reparación histórica, se empeñan en retirar la silueta morada de la joven con el puño en alto —un icono indeleble ya— para poner en su lugar una copia a escala de la figura de granito recién descubierta que representa, se cree, a una mujer gobernante de la cultura huasteca, hoy llamada La Joven de Amajac. Para la jefa de gobierno esta imagen funciona perfecto como el otro lado de la moneda, donde la cara A es Cristóbal Colón, el odiado explorador, y la B una mujer indígena que, según ella, es todas las mujeres indígenas. La cosa aquí es que se le olvidó que ya no vivimos en 1950 y que lo que queremos de nuestros gobernantes es que atiendan nuestras demandas, no las suyas, pedestres, electoreras. Sólo alguien con el juicio muy ofuscado podría no darse cuenta de que lo que hoy queremos las mujeres del espacio público es poder habitarlo con seguridad. Punto. Eso significa que, si el Estado no puede proveernos ese derecho, el más básico de todos, nosotras mismas necesitamos procurarlo a como dé lugar; tomando, si es necesario, las plazas y las glorietas para cuidarlas y, en ello, cuidarnos a nosotras mismas. Pero la jefa de gobierno, esa corcholata ansiosa, prefiere imponer su triste narrativa, desde la arbitrariedad y el encono. En un acto en Morelia hace poco más de un mes cometió la torpeza, tipo Hillary Clinton, hablando de los deplorables, de afirmar que “Las mujeres que no quieren ello [la instalación de la réplica La Joven de Amajac] en el fondo son profundamente racistas y clasistas”. A lo que Argelia Betanzos, hija del preso político mazateco Jaime Betanzos e integrante de Mujeres Mazatecas por la Libertad, respondió: “No queremos ser legitimadas en piedra, sino con justicia”.

2.
También hace algunas semanas, Pedro Miguel, escritor y entusiasta de la militarización (creo que a estas alturas ya podemos llamar así a los defensores del régimen), acusaba en su texto “El ancla y la hélice”, publicado en La Jornada, a ese sector de México —los “antiguos beneficiarios del festín gubernamental”— de resistirse “a la transformación nacional en curso” y de volverse, así, el ancla de la potente embarcación. “Pretendían inmovilizarla e impedir que avanzara en la dirección que se había propuesto y que la ciudadanía había aceptado”, nos dice Pedro Miguel. “En lo que va de este sexenio —apunta el autor— el barco ha avanzado muchísimo, incluso a pesar del ancla, pero no al ritmo que desearían quienes llevaron a Andrés Manuel a Palacio Nacional. Ese deseo colectivo, activista y abnegado, aunque no siempre bien organizado, es la hélice que impulsa la nave. Llevamos casi cuatro años de una tensión creciente entre la cadena del ancla y el resto de la embarcación. El ancla piensa que, como recurso desesperado, puede lograr que el casco se parta en dos y el barco se vaya a pique”. Pero la hélice, digo yo, pizpireta, no va a detenerse, pues piensa lo que piensan todas las hélices que fueron a la escuela del señor Marx Arriaga, que “¡aquí no negociamos, aquí damos la vida por un ideal!”3 Y es por ello que “el naufragio no ocurrirá”, nos consuela Pedro Miguel, “pero el barco podría avanzar más rápido —advierte— si no arrastrara un ancla que se dice feminista, derechohumanera y ecologista, y que va causando destrozos en el lecho marino”.

De esta fábula se deduce que la revolución de las conciencias está teniendo lugar, sí, pero dentro de una caja de Petri guardada en un laboratorio que quedó sepultado bajo la lava del volcán Paricutín, cuando emergió en 1943.
Inútil cambiar el mundo: es suficiente con cambiar la idea que algunos se forman de él.

¿Cómo se resquebraja, entonces, la superficie pulida de la mentira organizada, como la llamaba Arendt? Usando la escritura como puerta de acceso a otro modo de producir visibilidad que no implique una sujeción ciega a ese régimen escópico salido de una aldea Potemkin. O, para usar un término actual, cambiando la agenda. Eso sería pasar de pensar a hacer, me parece.

Todos vimos a Nayeli Roldán, perfectamente plantada, con su maravilloso traje amarillo, decirle la verdad al presidente. La verdad, no absoluta; la otra, práctica, observable, concreta, irrefutable. Precisamente, la que se necesita. La vimos no trastabillar, incluso cuando él se refirió a la prensa de la que ella es parte como tendenciosa, vendida, al servicio de los corruptos; cuando le dijo que, si fuera algo realmente importante, algo trascendente, que afectara al pueblo, tal vez la tomaría en serio, pero esto que ella venía a decirle (que, sabemos, era que el ejército espía a civiles) era un invento. Ella ni siquiera pestañeó cuando él reconoció, en pocas palabras, que no iban a tomarse la molestia de esclarecer ni mínimamente el asunto. “Si no es a partir de lo que a ustedes les conviene —le advirtió—, ustedes no van a poner la agenda”. A lo que ella, con toda elegancia, respondió: “si me permite dejarle las pruebas, no son inventos, este es el documento oficial de la Sedena donde se da cuenta de las comunicaciones en el teléfono personal de un civil”. Un civil, le explicó ella, que precisamente estaba investigando “la ejecución a civiles presuntamente cometida por militares. De eso se trata el informe”, le dijo. Y cerró: “solamente recordar a la gente que nos ve, que el periodismo sirve a los ciudadanos y que nosotros publicamos pruebas”.

Es evidente que lo que hizo Roldán, de manera impecable y audaz, es irrepetible —porque pocos tenemos su entereza y porque las puertas de Palacio no están tan abiertas como parecen. Pero el punto sería lograr, de otras maneras, lo mismo que ella: poner la agenda, que, por lo visto, es lo único que realmente puede abrir una grieta en el discurso oficial que, a juzgar por la encuesta GEA-ISA, está resultando mucho más eficaz, políticamente, que todo lo que pueda oponérsele. Tal es la batalla, diría Foucault,4 por “el estatus de la verdad y el papel económico y político que juega”. Se trata, tal vez, de no dejarnos arrastrar por esa ola gigantesca que rompe cada mañana sobre nuestras modestas posibilidades. No somos profetas, desde luego, ni maestros del pensamiento. A lo más que podemos aspirar es a que nuestros textos funcionen como cajas de herramientas; que le sirvan a alguien, esto es. Como escribió Brecht: “La verdad no se puede simplemente escribir; es indispensable escribirla para alguien que sepa usarla”.5 Y añadió, con una actualidad asombrosa: “no basta hablar a las personas que poseen una opinión configurada”. Esto me parece un buen punto de partida: dejar de dirigirnos a los que piensan igual que nosotros; apuntar en otras direcciones; elegir un campo de estudio relativamente inobservado. Y, sobre todo, dejar de glosar las mañaneras, pues eso, en el fondo, se parece mucho a aceptar, aun a regañadientes, las cosas como son.

 

María Minera
Crítica y observadora cultural


1 “México: política, sociedad y cambio. Escenarios de gobernabilidad”. Primera Encuesta Nacional de Opinión Ciudadana 2023, GEA-ISA.

2 Fragmento de “Burnt Norton” (en Cuatro cuartetos), traducción José Emilio Pacheco.

3 Arriaga dixit, en un tweet del pasado 19 de abril. 

4 En Verdad y poder, la entrevista que le dio a M. Fontana en 1977.

5 En Cinco dificultades para quien escribe la verdad, 1935.

Escribe tu correo para recibir el boletín con nuestras publicaciones destacadas.


Publicado en: Con guante blanco