El día 3 de julio de 1887, Sofia Tolstaia (Behrs de soltera), esposa de Lev Nikoláievich Tolstói, escribía en su diario: “Seriozja [su hijo mayor] está tocando la Sonata a Kreutzer de Beethoven con Lassota [su instructor de música] al violín. ¡Transmite tanta fuerza y expresa tantas emociones!”.
Hacia 1887 el conde Lev N. Tolstói estaba ya consagrado como uno de los más importantes novelistas rusos del momento (hacía dos décadas nació Guerra y paz; Anna Karénina hacía una); el mundo entero tenía sus ojos puestos en sus artículos políticos y religiosos, que poco a poco tomaban la batuta sobre sus cuentos y novelas, que escribía ya sólo de cuando en cuando.
Entre 1887 y 1991, los años que comprenden esta crónica, se concibió y publicó La sonata a Kreutzer, una novela corta donde se cristaliza el demonio de los celos, encarnado por Posdnichev, quien ha asesinado a su esposa en un arranque de furia; y el alegato de la abstinencia sexual, secundada por unos versículos de San Mateo, que sirven de epígrafe: “Pero en verdad os digo que cualquiera que mira a una mujer para desearla, ha cometido ya un adulterio con ella en su corazón”; y también: “Y sus discípulos le dijeron: ‘Si tal es la condición del hombre con la mujer, no conviene casarse’. Pero él les dijo: ‘No todos son capaces de eso, sino solamente aquellos a quienes está permitido. Porque hay eunucos que nacieron tales desde el vientre de su madre, los hay a los que otros hombres hicieron eunucos y los hay que se hicieron eunucos a sí mismos para ganar el reino de los cielos. El que pueda comprender esto que lo comprenda’”.
Sofia menciona La sonata a Kreutzer antes que Tolstói. Nada nos dice él en la única entrada de su diario de 1887. El 3 de abril de 1889, dos años después de comenzar a escribir la novela, en Spásskoie, apunta el conde en su diario: “Quise escribir algo nuevo, pero me puse a releer todo lo que tengo y me detuve en La sonata a Kreutzer”. Por aquel entonces, ya empezaba a figurar algún boceto de Resurrección (su última gran novela), ¿Qué es el arte? (su ensayo o diatriba contra el arte moderno), y su drama El cupón falso. Aunque de forma esporádica, podemos leer en los Diarios y Correspondencia de Tolstói el itinerario creativo de la obra y las peripecias que implicaron su publicación gracias a la censura política y religiosa. Dos biógrafos de Tolstói, Romain Rolland y su amigo Stefan Sweig, más entusiastas que objetivos, concuerdan en que la materia bruta de la ficción de Tolstói es su vida íntima. Pero quizá ninguna obra le causó tanto revuelo como La sonata, que fue leída como un ataque contra su esposa y su propio lívido soterrado.
7 de julio de 1889. A pasos agigantados avanza en la novela. Tolstói trasluce su método creativo, plasmado en sus cuadernos: “Pensé: para La sonata a Kreutzer. 1, Diferencias de estados de ánimo de la esposa — dos mujeres. 2, El músico seductor consideraba su deber seducir. Pero además: no voy a ir al burdel, podría contagiarme”. El 24 de julio cuenta ya con un borrador, que considera malo. La corrección del borrador de La sonata se prolonga varios días —y su reescritura, dos años. Tolstói es un corrector inescrutable. Al describir a sus personajes parece confrontarse con un espejo. “Yo soy un lascivo”, anotará el 19 de agosto, al rematar una reflexión sobre la lascivia transmitida en la obra. Sofia Tolstaia no anota nada en sus diarios de 1888 y 1889, pero sabemos por los de su esposo que en ese momento Sonia (apócope de Sofia) lee en voz alta la novela y le ayuda a corregirla.
Es una época en la que cala hondo la influencia de Antón Pávlovich Chertkov, escritor, editor y amigo de Tolstói, quien fue, a grandes rasgos, el enemigo acérrimo de Sofia. Años atrás, el 6 de marzo de 1887, meses antes de que el conde iniciara la escritura de La sonata, Sofia escribirá en su diario, a propósito de su némesis: “Ha llegado carta de Chertkov. No me cae bien: es obtuso, taimado, intolerante y mala persona. Lev Nikoláievich está de su lado por la devoción que le profesa”.
Con Chertkov, Tolstói creó, en 1884, la editorial El Intermediario, en compañía de Pável I. Biríukov (quien fuera su discípulo y amigo, y de quien Sofia tenía una opinión un tanto mejor: “es un hombre tranquilo, inteligente, y también profesa el tolstoísmo”. El Intermediario se fundó con la misión de difundir literatura y divulgación científica a precios económicos para el pueblo. Chertkov era la encarnación de todo lo que Sofia despreciaba: el cabecilla de una sexta deplorable: los tolstoianos. “¡Qué poco simpáticos son todos estos tipos fieles a la doctrina de Lev Nikoláievich! No hay una sola persona normal. Las mujeres también son en su mayoría unas histéricas”. Con ironía, los tolstoianos son también retratados en los diarios de Sofia como sus amigos, los nuevos cristianos, y el mejor de todos, los oscuros. En 1893, el 5 de noviembre, la condesa ya resignada, escribirá: “Creo en los buenos y malos espíritus. Los malos espíritus se han adueñado del hombre al que amo, pero él no se da cuenta”. En su “Diario cotidiano”, que empezó a escribir de forma paralela al íntimo en los últimos años de su vida, anota el 18 de julio de 1909 sobre los oscuros: “Todos están contra mí, y yo soy la criada de todos”.

¿Cuál es la salida de Sofia de tanto tormento? Rumia el suicidio. Quisiera escapar, enamorarse de alguien más, revivir los días de ternura y poética concordia. Halla la tranquilidad; consigue una cámara; hará experimentos con ella, tomará fabulosos retratos y autorretratos. Placeres que nadie le puede arrebatar. Ya para el año de 1890, terminada La sonata a Kreutzer, el ambiente en la familia y los humores en la hacienda son del todo asfixiantes. La sonata a Kreutzer tuvo entre siete y nueve versiones (según puedo indagar en los Diarios y la Correspondencia del conde). El 15 de enero de 1890 Tolstói le escribió al escritor Alexandr I. Értel una carta donde le da razón de la obra: “En lo que respecta a mi novela, ayer se la di a Storozhenko [editor que Tolstói propuso]. Quiere intentar publicarla con cortes. Ahora la estamos copiando para los traductores”.
Imaginemos el escenario, un tanto irrisorio: Tolstói es un genio loco que se sabe Tolstói —pero el precio por su genialidad es un constante desprecio hacia sí mismo. “¡Siempre es mucho mejor la obra de un hombre de genio que su vida!”, nos recuerda la atormentada condesa en una nota de su diario del 8 de noviembre de 1902. ¿Qué queda? Confiar en voces dudosas. Cree con fervor en sus ideas filosófico-religiosas, en sus abstenciones (alimenticias y sexuales), en sus ayunos (carnales y espirituales), y en sus trabajos forzados; pero también es un hombre atado al potro de sus vicios de antaño.
Cada vez que cae, la culpa lo carcome. Constantemente escribe en sus cuadernos notas como la siguiente, del 27 de octubre de ese año: “Me levanté más temprano, quería dormir mal. ¡Qué asco!” (¿Y qué era dormir mal para Tolstói? Selma Ancira, en las notas de su traducción de los Diarios y la Correspondencia, observa que para el traductor al inglés, R. F. Christian, la expresión durno spat’ [dormir mal] evoca a la masturbación; según Gustave Aucountier, editor francés, se refería a dormir con Sofia —cosa improbable,ya que, si leemos con atención uno y otro diario, veremos que hay noches en que Tolstói duerme mal mientras Sofia está de viaje o no se encuentran juntos.)
A finales de 1889 la novela vio la luz, después de dos años de prolongados procesos de escritura. No obstante, fue prohibida casi de inmediato por la censura. La novela circuló de mano en mano, como solía ocurrir con toda la obra tolstoiana. En los albores del siglo XX, Tolstói comienza a practicar el estoicismo y se ve muy influido por filosofías orientales. El 6 de junio de 1889, escribe: “El hombre fluye como el río”; y en una carta a Dimítri A. Jilkov, el 9 de abril de 1890, musita: “El hombre no es un lago sino un río, es más, un río como los de las estepas, que por algunos lugares pasan secos. Y así, el río a veces es ancho, a veces profundo, a veces es bajo, a veces lodoso, a veces es turbio, a veces transparente, a veces es rápido, a veces tranquilo, pero siempre es el mismo río. Al hombre le ocurre lo mismo, a veces está cerca de Cristo, a veces —del cerdo”. El simbolismo del agua y su relación con el hombre es un leitmotiv constante.
La sonata a Kreutzer es un intento artístico de acercarse a Dios: acusa al matrimonio como una forma retorcida de la prostitución, un abuso del deseo, una desviación del camino hacia Cristo a través del vicio. El protagonista, Posdnichev, reflejo de Tolstói, está sin duda más cerca del cerdo. “Pero estas ideas no fueron nunca suyas con tanta nitidez como cuando las promulgó Posdnichev. Conforme suele pasarles a los grandes creadores, la obra superó al autor; el artista desplazó al pensador. El arte allí no perdió la contienda”, escribe Rolland en su Vida de Tolstói.
La condesa Sofia se halla en un fuego cruzado. Ama al Tolstói artista; aborrece al predicador. Extraña al enérgico varón de treintaitantos años que concibió Guerra y paz; desprecia al vegetariano anciano que promulga ideas que ni él es capaz de cumplir y escribe panfletos religiosos que destruyen el alma más de lo que la edifican.
Pero la real peripecia por La sonata a Kreutzer estaba apenas por comenzar. Hacia 1891 la obra iba a ser incorporada al volumen XIII de las Obras completas. A quien competía todo el trabajo sucio era a Sofia. Hasta el último momento llevó como un mantra maldito el axioma de ser la niñera del talento. A inicios de ese año era imperante realizar un viaje a San Petersburgo para tratar de revocar la censura. Durante el año de 1890 a Sofia le llovieron condolencias y pésames. Todo el mundo veía en La sonata un ataque directo por parte de Tolstói a la niñera de su talento. Su matrimonio se había convertido en una constante batalla campal sin cuartel de invierno ni trincheras confiables. , Se lamenta de que todo el mundo, incluyendo al mismísimo zar, asocien La sonata a Kreutzer con su conflictiva vida conyugal: “Y no es sólo la gente; yo también sé, en el fondo de mi corazón, que esta historia va dirigida contra mí y que me he causado un gran mal, me ha humillado a los ojos del mundo y ha destruido los últimos vestigios de amor entre nosotros”.
Entreactos, Tolstói estaba atento a la recepción de su novela que, pese a la censura, insisto, circulaba por doquier. “Me interrumpió el trabajo Butkevich [anota el conde el 8 de enero de 1890] que llegó de la aldea. Me contó que a mucha gente le resulta insoportable La sonata a Kreutzer, y dicen que es la descripción de un maniático sexual”. Asimismo se entusiasmó cuando sabe que la obra es traducida y divulgada por toda Europa, como constata la carta enviada a Peter Hansen el 14 de septiembre de 1891, quien le envía las traducciones nórdicas de La sonata y Los frutos de la instrucción.
Confirma Sofia el ímpetu de Tolstói sobre la recepción de la novela en sus diarios, pero ella se empecina en ver una falsa humildad en el temperamento de su cónyuge. “Ha dicho [Lev] que había visto un artículo en una revista alemana que recomendaba tomar únicamente pan y almendras en la comida principal. Estoy segura de que la persona que lo ha escrito se atiene a ese régimen en la misma medida que Lióvochka observa la castidad que predica en La sonata a Kreutzer”. Sólo hay hipocresía a ojos de Sofia.
Otras obras empiezan a figurar en la fértil imaginación del conde. Entre abril y junio de 1890 está apuntando ideas catalíticas de La muerte de Iván Ílich y El padre Serguéi, así como un montón de obras panfletarias, de tinte religioso, moral y político. Desfilan en los periódicos sus opiniones sobre el vegetarianismo, la no resistencia al mal, los beneficios del trabajo físico, etcétera. “No tengo en gran aprecio estos artículos religiosos y filosóficos suyos –recrimina Sofia en su silencioso interlocutor–; me gusta más como artista, y siempre será así” . En estas obras tardías el apóstol se conjuga con el artista, se yuxtapone al genio. Surgen piezas maestras: la mezcla de un ímpetu creador con las ínfulas de un profeta.
Abramos un paréntesis. El padre Serguéi, uno de sus cuentos maestros, es sin embargo un tratado de misoginia patológica —una que ya se dejaba ver en La sonata. El 21 de marzo de 1898, el conde escribirá en sus cuadernos: “Hablar de la cuestión femenina es irritante”. Al leer a Boccaccio, poco tiempo después, Tolstói le reclamará al que fue un defensor de la mujer en el Renacimiento: “¡Es el inicio del arte inmoral de la clase dominante!”. Un par de días antes de la entrada sobre Boccaccio, Sofia anota en su diario una frase que leyó apabullada en los diarios de su marido: “Una mujer que no es cristiana es un animal terrible”.
Volvamos con Sofia. El 19 de enero de 1891, la condesa, desasosegada, apunta un juicio fulminante: “Hay un hilo visible que une los antiguos diarios de Lióvochka con su Sonata a Kreutzer [en sus tiempos libres, Sofia copiaba a limpio y medio en secreto los diarios de su marido]. Y en esa telaraña yo soy una mosca zumbona, que ha caído ahí por casualidad, y a la que la araña le ha chupado la sangre”. Pero si algo define el carácter de Sofia es lo implacable de sus determinaciones. Está empecinada en luchar por la publicación de La sonata a Kreutzer y de todo el volumen XIII de las Obras completas, que ella edita desde hace años, y lo hará a toda costa. Ni loca dejará que estas nuevas obras caigan en las garras de Chertkov y los oscuros.
Entre el 28 de marzo y el 14 de abril de 1891 emprenderá la condesa su viaje a San Petersburgo, con la única misión (más personal que profesional, más en papel de editora que de esposa) de intervenir por la publicación de La sonata. Nadie sino el mismísimo Alejandro III puede ser el censor de Tolstói, piensa Sonia. Un mes después de iniciado su viaje, el 22 de abril, escribe “Mi viaje a Petersburgo” en su diario, un relato de viaje donde redacta todos los vaivenes en torno a su empresa. Confirma lo que semanas antes había advertido en un análisis que leyó en un artículo de M. de Vogüé, quien dice, “entre otras cosas, que Tolstói ha llevado su análisis hasta tal extremo (analyse creusante) que ha matado lo que de personal y literario tiene la obra” .
Los días pasan. Sofia se aburre. Da paseos. Se encuentra con gente de la crema y nata rusa. Rememora sus días como hija de médico prestigiado del Kremlin. La vida en Yásnaia Poliana dista tanto del gentío urbano, de los teatros, las avenidas… Pasea por la Perspectiva Nevski, inmortalizada a inicios del siglo por Gógol en sus cuentos. Decide acudir al censor Evgueni Mijáilovich Feoktísov, Torquemada y Savonarola de la Rusia zarista. Éste, inquisidor implacable, le da los pormenores del dictamen que tienen las recientes obras de Tolstói: el Santo Sínodo ha prohibido el ensayo Sobre la vida; Así pues, qué hacer lo prohibió el Departamento de Policía; y La sonata a Kreutzer “queda prohibida por orden de las más altas instancias”.
Sofia, acostumbrada a amarrarse el dedo antes de que se lo corten, demuestra que fragmentos de todas esas obras habían ya salido a la luz en revistas y periódicos autorizados por los censores. Pese al argumento sólido de la condesa empecinada, Feoktísov se ve inalterable. Sofia se aferra a tener su audiencia con el zar. Escribiría Tolstói, una década después, el 14 de enero de 1904, un pensamiento que lo acosó siempre: “¡Qué vana ocupación es nuestra literatura que tiene que pasar por los censores! […] todo lo sensato, está prohibido”.
La audiencia se efectuó con la incómoda formalidad que la etiqueta exige. Pocos días antes del encuentro con el zar, Sofia descubre que Los frutos de la instrucción, una pieza teatral de Tolstói, sería representada en San Petersburgo. Encolerizada por la inaudita licencia de la compañía teatral, Sofia se reúne con el director de la tramoya, Vsevolozhki, quien se negó a recibirla en primera instancia.
Al final logra verlo y llega a un acuerdo con él; el mal trago le ayuda a confirmar una idea que desde hace años la atiene: que la influencia de Chertkov es nociva, pues le infunde ideas a Tolstói de liberar los derechos de las obras, de dejar que cada quien haga lo que quiera con sus obras, ya sea representarlas, ya sea publicarlas, dejando al abandono a la familia, herederos naturales de sus frutos literarios. El conde de Yásnaia Poliana había llegado al absurdo extremo de no estar ni siquiera interesado en el destino de Guerra y paz; Sofia, en cambio, lo defiende a capa y espada, ni que fuera “un vulgar autor de vodevil”, le dice al directorucho Vsevolozhki.
Retornemos al palacio imperial. Sofia, acalorada, recuperándose de un cansancio fatigante, se entrevista con Alejandro III. Éste la recibe entusiasmado; Sofia, nerviosa, se mantiene imperturbable; le comenta que su esposo quiere continuar escribiendo obras literarias. “¡Oh, eso sería magnífico! ¡Qué gran escritor es! ¡Qué gran escritor!”, comenta el ilustre zar, mientras escucha con atención a la condesa. Sofia expresa su inconformidad ante la censura. Saca el as bajo la manga: las obras de mi esposo deberían quedar sólo bajo su dictamen, oh Ilustrísimo, no de la policía, ni del clero; si nos diera licencia de publicar La sonata a Kreutzer, el inmortal Tolstói podría animarse y continuar creando novelas que dan gloria a toda Rusia, por favor, Su Excelencia, dé muestra de su clemencia, de su piedad, de su sabiduría.
Pongámonos un momento en los zapatos del zar. Si bien Tolstói representaba un problema para régimen —su anarquismo extremo, siendo un aristócrata, un terrateniente de abolengo, lo posicionaba como un autor incómodo, alborotador, que despertaba en las masas un espíritu liberador que, ¡quién lo diría!, alabará Vladímir Lenin como un espejo de la Revolución rusa a inicios del siglo XX. El zar, sin duda, no era cualquier mequetrefe. Prefería ser el benigno líder que apoya la obra de un autor inmortal, y no el tirano terrible que censuraba al genio.
Trasladémonos 852 kilómetros. Estamos ahora en Yásnaia Poliana. “Creo que es 18 de abril”, escribe Tolstói en su diario, “Sonia llegó hace unos tres días. Me resultó desagradable su servilismo con el Soberano y el relato que le hizo a propósito de que me roban mis manuscritos”. Es imposible no comulgar con la satisfacción de Sofia al verse vencedora de la guerra secreta por la publicación de La sonata a Kreutzer y su “Postfacio”. Apunta, invicta, hacia el 15 de mayo: “¡No puedo evitar una secreta satisfacción por el éxito que he obtenido al enfrentarme a todos los obstáculos, por habérmelas arreglado para conseguir una entrevista con el zar y por el hecho de que yo, siendo una mujer, haya logrado algo que nadie había logrado! Indudablemente mi influencia ha tenido un papel decisivo en todo esto”.
El eco sordo de La sonata a Kreutzer resonó un tiempo, como las fúnebres campanas que retumbaban en el inicio lejano de Anna Karénina. Sofia seguirá empecinada, meses después, en recriminar a Lióvochka no hacer en su vida lo que tanto profesa en sus obras. El 21 de julio, al enterarse de que Tolstói pensaba dar una carta pública liberándose del derecho de sus obras completas, anota la condesa: “Una vez y otra vez, la Sonata a Kreutzer no me deja en paz. Hoy he vuelto a decirle que ya no puedo vivir con él como esposa”. Luego de meditarlo un rato, resuelve que el suicidio es la salida a tanto tormento —por fortuna, no lo hizo.
Cómo culpar el sentir de Sofia, cómo no compadecer su sufrimiento si su esposo, el genio de la literatura rusa, Lev Nikoláievich Tolstói, escribiera, entre otras muchas cosas, arengas como ésta, del tortuoso “Postafio”:
De aquí este fenómeno, a primera vista extraño, que el principio de la familia y de la felicidad conyugal es incomparablemente más firme entre los judíos, los musulmanes, los tibetanos y otros pueblos que profesan doctrinas religiosas de un nivel muy inferior al cristianismo, pero que tienen definiciones exteriores precisas del matrimonio, que entre los pretendidos cristianos. Aquéllos tienen el concubinato, la poligamia y la poliandria encerrados dentro de ciertos límites, mientas que entre nosotros existen absoluto libertinaje, concubinato, poligamia y poliandria, que no se someten a ninguna reglamentación y se ocultan bajo una monogamia imaginaria. […] No puede haber matrimonio cristiano, ni nunca lo hubo, como jamás existió ni puede existir culto cristiano (Mateo VI, 5-12; Juan IV, 21), ni doctores y padres cristianos (Mateo XXIII, 8-10), ni propiedad cristiana, ni ejército cristiano, ni estado cristiano.
Por aquél entonces, Tolstói tenía planeado escribir sus memorias. Al respecto, escribió (¡con cuánta hipocresía!, diría la condesa) en una carta a Pável Ivánovich Biriukov, uno de los más arduos oscuros:
He intentado pensar al respecto y me he dado cuenta de lo terriblemente difícil que es evitar la Caribdis de la autoalabanza (omitiendo todo lo malo) y la Escila de la franqueza cínica (desvelando todas las ignominias de mi vida). Relatar mis ruindades, mis tonterías, mis vicios, mis bajezas –con absoluta sinceridad– con mayor sinceridad que Rousseau, daría como resultado un libro o un ensayo que podría inducir a la corrupción.
Años después, en 1897 (¡vueltas que da la vida!), Tolstói estará celoso del enamoramiento (Selma Ancira lo llama “encandilamiento”) que sintió Sofia Tolstaia por un músico, amigo de la familia: Serguéi Tanéiev, que solía visitar la casa y jugar con el conde al ajedrez. Por aquel entonces, Tolstói odiaba de manera irrevocable a la música, a Beethoven y a todo lo que evocaba el nombre Kreutzer. Sofia también tendría razones para estar celosa, en especial de Luibov Yokóvlevna Gurévich, una lisonjera editora judía, con quien Tolstói parecía estar más que entusiasmado al publicar con ella en El Mensajero del Norte. Sin duda el conde volvería, una y otra vez, a dormir mal.
Maximiliano Sauza Durán
Arqueólogo, maestro en Literatura Mexicana y doctorando en Literatura Hispanoamericana por la Universidad Veracruzana. Traductor y novelista.