La silla del águila hoy

“Me voy con rabia porque no supe detener la locura política de cada sexenio, que es la de apropiarse de toda la historia de México y reinventarla cada seis años”.

Xavier Zaragoza, “el Séneca”, consejero áulico del presidente.

Carlos Fuentes llevó a su molino literario tanto a la política como la intensidad de lo histórico para mezclarlo con lo particular, con el universo de sus criaturas novelescas, además de interesarse profundamente por asuntos de la vida mexicana, la economía, el poder, la cultura posrevolucionaria y el ajetreo de la vida moderna globalizada.

En el año 2003, hace 22 largos años, Fuentes publicó Lasilla del águila, una novela entonces futurista que ubicaba su narración en el año 2020. En ese México novelesco, nuestro gobierno rechaza la ocupación militar estadunidense en Colombia y no está dispuesto a seguir enviando petróleo a los Estados Unidos en la cantidades que este país solicita. Todo esto se ha anunciado en el Consejo de Seguridad de la ONU. La contestación del país vecino es interrumpir el satélite del que dependen las comunicaciones en México, por lo que no hay internet ni celulares ni telefonía fija ni radio ni fax. Quedamos desconectados.

Por lo tanto, funcionarios y gente allegada al poder se comunican por medio de cartas. El modelo intertextual que escogió Fuentes es la novela epistolar Lasrelaciones peligrosas (Les Liaisons dangereuses) del escritor francés Pierre Choderlos de Laclos, publicada en 1782, en la que la historia corre a lo largo de cartas que se escriben dos personajes, la marquesa de Merteuil y el Vizconde de Valmont, amantes en otro tiempo, dados a ridiculizar a la sociedad puritana de la época. En La silla del águila quienes se asemejan a los personajes de Choderlos de la Clos son María del Rosario Galvan, operadora política, y Bernal Herrera, secretario de Gobernación del presidente Lorenzo Terán.

La primera carta es la que le escribe María del Rosario Galván al joven Nicolás Valdivia. María del Rosario, una mujer dedicada a los engranajes políticos y, por ende calculadora, esgrime sus encantos femeninos para, eso piensa, manipular a Valdivia. Dado el año en que estamos, el presidente Terán lleva tres años en el poder y algunos miembros de su gabinete comienzan a buscar su propio camino para sentarse en la silla del águila en 2024.

La historia de esta novela se monta (y se escribió) en el contexto de la transición democrática en México, después del largo predominio del Partido Revolucionario Institucional (PRI) antes de que la aplanadora del partido Movimiento de Regeneración Nacional de Andrés Manuel López Obrador (Morena) diera al traste con el incipiente camino hacia la democracia. A finales de la década de los 90, del siglo pasado. Dice José Woldenberg en su Historia mínima de la transición democrática en México (Colmex, 2012):

México vivió una auténtica transición democrática entre 1977 y 1996-1997. Fue lo que hizo posible la alternancia pacífica y participativa en la Presidencia de la República en el año 2000. La transición fue un proceso, no un acto, una serie de conflictos que demandaron reformas para transformar las normas, las instituciones y las condiciones en las que transcurrían nuestros procesos electorales, pero sus efectos fueron mucho más allá de la esfera comicial.

Aquella primera carta a Nicolás Valdivia, que ha comenzado a trabajar en el gobierno, abre el juego de la sucesión presidencial. Nicolás transitará por las enseñanzas que María del Rosario le dicta en su correspondencia. “Te lo digo a boca de jarro: todo político tiene que ser hipócrita”. Poco más adelante, en esa misma misiva, le anuncia: “Te lo aseguro: yo te haré presidente de México. Por esta cruz de mis dedos te lo juro. Por la santísima Virgen de Guadalupe, te lo prometo con santidad, mi amor”.

En realidad, a quien María del Rosario quiere sentar en la Silla del Águila es a Bernal Herrera, secretario de Gobernación, antiguo amor suyo y con quien tiene un hijo con síndrome de Down, que vive en una institución donde le dedican los cuidados necesarios. Así, sus padres se dedican, no sin culpa, a su afán máximo: la política.

También a partir de esa primera carta se multiplicarán las misivas entre Valdivia y María del Rosario, entre ella y Herrera, y entre diferentes miembros del gabinete entre ellos, y de cada uno de ellos al presidente Terán. De las pocas veces que interviene el presidente Terán, una es cuando lo cita su consejero aúlico, Xavier Zaragoza, “Séneca”:

—¡Ay, señor Presidente! ¿Cómo se me va a olvidar lo que usted me dijo a las veinticuatro horas de tomar posesión?

—Asumes la Presidencia, “Séneca”, te ponen en el pecho la banda tricolor, te sientan en la Silla del Águila y ¡vámonos! Es como si te hubieras subido a la montaña rusa, te sueltan del pináculo cuesta abajo, te agarras como puedes a la silla y pones una cara de sorpresa que ya nunca se te quita, haces un mueca que se vuelve tu máscara. […] Siempre tendrás el gesto de ese momento aterrador en que te diste cuenta, amigo mío, de que la silla presidencial, la Silla del Águila, es nada más y nada menos que un asiento en la montaña rusa que llamamos La República Mexicana.

Pero ése es Lorenzo Terán, un hombre que parece abúlico, que no se le ve hacer, dice Séneca, porque no quiere ser autoritario. Por eso hay quienes no confían en él, como el General Cícero Arruza, Jefe de la Policía Federal, quien urde cómo retirar al presidente y se lo hace saber al General Mondragón von Bertrab, el Secretario de la Defensa. 

En un fragmento de una entrevista realizada por Héctor Aguilar Camín a Carlos Fuentes en el programa Zona Abierta de Televisa, en febrero de 2003, incluida en la edición de La silla del águila de 2024, Fuentes dice que, según las encuestas llevadas a cabo por Jesús Reyes Heroles, el 35 % de la población en México seguía prefiriendo un régimen autoritario hace veintidós años. ¿Será muestra de eso la arbitrariedad de la autodenominada Cuarta Transformación, que se hizo de la mayoría del poder legislativo y que tumbó la autonomía de la Suprema Corte de Justicia este año, al tiempo que ha ido sofocando a varios órganos autónomos?

Fuentes no escribió Lasilla del águila como profecía. Su mundo utópico, ficcional y, sobre todo, su enorme conocimiento de personajes políticos en México, le permiten recoger consignas y formas de proceder de los políticos, a quienes conduce por los caminos del carnaval y lo grotesco. Como un expresidente que se la vive en la Parroquia del Puerto de Veracruz, con un loro montado en su hombro. Es un anciano, una representación de Adolfo Ruiz Cortines, presidente de 1952 a 1958, a quien se le reconoce por su austeridad y honradez. Nació en 1889 y para el año en que se ubica la novela tendría imposibles 131 años. Por si fuera poco, en un giro a la Alexandre Dumas, mantiene encerrado en San Juan de Ulúa, con una máscara de hierro del color del nopal, a un presidente electo que se supone fue asesinado, Tomás Moctezuma Moro. Este hombre es su carta para ponerlo en la presidencia de así requerirse.

Para instruirse en las máximas políticas María del Rosario Galván envía al joven Nicolás Valdivia; trabajando cerca el joven espía a Tácito de la Canal, lisonjero jefe de Gabinete, a yes man que también pretende la presidencia. El anciano del Portal en la Parroquia de Veracruz, con corbata de moño, y loro encima, inicia la instrucción política de Valdivia diciéndo algunas conceptos esenciales: “La política es el arte de tragar sapos sin hacer gestos”. “Antes de ser Presidente hay que sufrir y aprender. Si no, se sufre y se aprende en la Presidencia y a costa del país”.

Frente al partido que había sido hegemónico, el PRI, donde el Presidente que dejaba el poder designaba a su sucesor “el tapado”,Valdivia le dice al Anciano del Portal que “ahora vivimos en democracia”. A lo que el anciano contesta:

el presidente saliente será, letalmente, el expresidente, gane quien gane las elecciones. Y sucede que todo expresidente tiene esqueletos en el armario. Hermanos pillos, amantes insaciables, hermanitas impresentables, amigos de toda la vida que no pueden ser condenados a muerte, qué sé yo… ¿Qué le queda a uno sino compensar la extravagancia de sus allegados con una austeridad monástica? Ya ven lo que dicen de mí. Que me acuesto temprano para no gastar en velas.

Por desgracia, nuestra incipiente y prometedora democracia, aniquilada por la 4T, regresó a lo mismo, y aún peor. Si los presidentes del PRI tomaban la batuta cada seis años y podían desdecirse de su antecesor, eso ya no fue posible en el verdadero 2024, no el de la novela, sino en el nuestro, cuando la tutorada dilecta de Andrés Manuel López Obrador, Claudia Sheinbaum Pardo, ganó la presidencia como se tenía previsto, haya sido por muchísimos votos comprados, que sí los hubo, o por una candidatura lanzada por la presidencia tres años antes y con profusa propaganda. La presidenta cuida la imagen del expresidente y arropa a varios allegados de López Obrador, aunque la sombra de la corrupción más bruñida los señale.

En La silla del águila una calamidad abre las puertas a un presidente sustituto. Lorenzó Terán muere y María del Rosario Galván, y otro apoyo escondido, llevan a Nicolás Valdivia a la presidencia. El asunto está en que si después de los tres años como sustituto en la presidencia se podrá modificar el artículo de la Constitución que impide que el sustituto gobierne otros seis años. Por otro lado, César León, expresidente de la República, anhela de nuevo la Silla del Águila, pero Nicolás Valdivia —como hizo Lázaro Cárdenas con Plutarco Elías Calles— le avisa que ha dispuesto un largo exilio para él.

Más allá de lo esperpéntico de muchos personajes en La silla del águila, Fuentes parece acercarse a la realidad en esta novela epistolar, briosa, llena de subterfugios en los relatos, que satiriza al poder en México y lo exhibe, acaso, tal cual.

Anamari Gomís

Escritora, académica. Entre sus libros, La portada del Sargento Pimienta (1994), Los demonios de la depresión (2008), Ya sabes mi paradero (2002), El otro jardín del Edén (2019).