La Semana del Arte y las ventajas de la moda

Del 7 al 11 de febrero la Ciudad de México fue sede de la Semana del Arte 2024: el principal espacio de encuentro para las expresiones artísticas actuales. En nexos, le pedimos a dos jóvenes escritores una crónica de sus atentos recorridos por museos, ferias de arte, galerías y recintos fantasmagóricos; todos esos pasillos, sótanos y azoteas que sirvieron como escenario transitorio para artistas y creadores nacionales e internacionales. La Semana del Arte produce opiniones encontradas entre quienes la odian y la aman, quienes la entienden y quienes desearían que no existiera. Nuestros autores reflexionan sobre esto, en estilos y formas muy distintas.


La mayor parte de mi vida laboral he participado de algún modo en la Semana del Arte de la Ciudad de México, siete días que reúnen a múltiples personajes del gremio cultural en una serie de exposiciones, ferias, galerías, instalaciones y performances de arte contemporáneo.

No soy artista ni galerista, no soy curadora, me encantaría ser coleccionista, pero tampoco lo soy. Mi trabajo en estos encuentros artísticos, se resumía a labores editoriales y de relaciones públicas, hasta hace cinco años, cuando me convertí en musa de un ecléctico personaje y un buen amigo conocido como Avantgardo, príncipe del Tenampa y artista multidisciplinario que explora a través de su obra la decadencia que habita entre los opulentos.

Desde entonces mis apariciones en las ferias de arte oscilan entre protagonizar una puesta en escena y cumplir con mi trabajo de oficina. La Semana del Arte se siente como la obra de Avantgardo: emociona a un montón de personas que quieren ser parte de ella. Varias más la odian, les hace fruncir el ceño, les desconcierta su popularidad; sin embargo, no dejan de hablar de ella.

Tengo amigos que huyen de la ciudad en esos días por el enorme rechazo que les generan las multitudes, los que están ahí sin saber absolutamente nada de arte, los que pagan el boleto de una feria para conseguir una selfie digna de Instagram, los que únicamente están interesados en las fiestas y el alcohol gratis.

Otros cuantos están dispuestos a pagar el precio inflado de las habitaciones de hotel, de los Airbnbs de la Condesa y la Juárez; buscan desesperadamente alguien con quien intercambiar su departamento de Nueva York o Los Ángeles.

"Gracias a Dios sólo sucede una semana al año", escuché decir a una mujer que olía a Thé Noir y usaba crocs de plataforma mientras chocábamos hombros involuntariamente entre la multitud de la Feria Material. Entrecerró los ojos y torció la boca mientras decidía entre comprar una baby tee o una playera oversized en la tienda de souvenirs de la feria; su amiga le sostenía una prenda y le tomaba fotos mientras se probaba la otra. Se llevó las dos. Sus palabras la hacían parecer incómoda, harta, pero su lenguaje corporal decía otra cosa. La Semana del Arte en la Ciudad de México ha ganado amantes y haters en paralelo.

"Yo empecé a venir a esta feria cuando la gente quería ver arte en vez de tomarse fotos", decía un hombre de treinta y tantos que usaba una capa de lino japonés y sandalias con calcetines. Mi amiga se bebió de un golpe el tequila que traía en la mano para evitar reírse y me jaló de la mano para continuar nuestro recorrido por Zona Maco.

Añoramos la originalidad, nos encanta ser los únicos, los primeros, destacar, siempre y cuando lo hayamos logrado sin esfuerzo, un coolness orgánico, despreocupado. Por otro lado, nadie quiere escuchar cómo fuiste tú quién descubrió las Birkenstock de gamuza ni cómo escuchabas la música de Four Tet antes de que todos lo conocieran.

En su libro, Invisible Influence, Jonah Berger menciona que la adopción de ciertas prendas por personas externas o outsiders cambia el significado de la tendencia o de lo que está “de moda”; ejemplifica con el caso de aquellas marcas que le pagan a ciertas personas para que no usen sus productos, como Abercrombie a “Mike, The Situation” del reality Jersey Shore. Concuerdo con la teoría de Berger, pero creo que él le da una connotación negativa, pues la plantea desde el desprestigio y la pérdida de valor de la tendencia en cuestión.

Ilustración: Sergio Bordón

¿Qué pasa cuando alguien empieza a comer sano sólo porque está de moda? ¿Qué sucede cuando un grupo de personas recicla o se informa sobre sustentabilidad porque es tendencia? ¿O cuando alguien empieza a acercarse al arte sólo porque quiere tomarse una foto? ¿Es algo igualmente negativo? El internet, las redes sociales, la difusión masiva son un arma de doble filo, lo sabemos, y este es el ejemplo perfecto. ¿Qué sucede cuando lo que está de moda es el arte?

Una larga lista de razones que molestan a la gente se despliega. Por un lado, un discurso que se resume en que “el arte ya no es arte”. Y sí, el arte contemporáneo es controversial, pero no creo que, a escala, sea más controversial de lo que fue el impresionismo, por nombrar un ejemplo. Por otro lado, la percepción de que el arte es sólo para unos cuantos, inunda la mente de muchos más cuando formulan una opinión ante los eventos de la segunda semana de febrero, cada año, o ante el arte en general.

El arte es una de las formas más humanas de expresión y todos somos capaces de expresarnos, por lo tanto, todos podemos tener una relación con el arte, cada quien a su tiempo y a su ritmo, con los pocos o muchos medios de los que se dispongan. La popularidad de la Semana del Arte en México es una confirmación de ello; una oportunidad de expresión no sólo para el artista sino para todos los involucrados: el espectador, los curadores, los galeristas, los compradores, los que sólo van a tomar fotos, los que sólo van por las fiestas, los que saben mucho, los que saben poco, los fundamentalistas, los optimistas, los amantes y los detractores.

El arte está de moda. ¡Viva!

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La curaduría de Ana Castella para la sección de “Proyectos” de Salón ACME convive a la perfección con el espacio expositivo. Curiosamente, me ha producido un sentimiento de solemnidad a pesar de la cantidad de gente que circula por el evento y el bullicio que se genera.

He salido de Laguna con ganas de surfear la web y escribir haikus después de ver “Make a Wish”, la exhibición individual de Jackie Crespo.

“Under clothes” de Cosa Rapozo, me ha dejado pensando en todas las conversaciones entre el artista y el espectador sin necesidad de decir una sola palabra o cruzar miradas. Su obra, que a nivel visual parecía ser sólo el cuello de un gatito, representa en realidad la tensión entre los acuerdos sociales frente a actitudes indomables por naturaleza.

El performance de Carlos Amorales en el Polyforum Siqueiros es un reflejo de la expansión de la Semana del Arte en la CDMX y la multidisciplinariedad que las muestras artísticas en este marco comienzan a ofrecer.

No he podido dejar de ver las fotos que le tomé a la escultura de Chavis Mármol, que resume las características agresivas y majestuosas de la ceiba en una instalación que crece de manera circular. Me ha conmovido platicar con él por mensaje de texto y leer sus palabras diciendo: “Soy muy básico a la hora de pasar las ideas a las letras, me cuesta, por eso mi fuerte es la escultura, ahí mis ideas se materializan bien”.

Me llena de alegría escribir esta crónica y darme cuenta que el listado de mis artistas y  curadores favoritos de este año está conformado, en su mayoría, por mujeres.  El arte está de moda, ese caballo esnob que porta una gringola, no. La Semana del Arte en México es un espacio para la experimentación, un vehículo para manifestar una opinión propia, para decir “no me gusta”, “si me gusta”, para oscilar entre las disciplinas y apropiarse de la preferida.

 

Valeria Sánchez Campo
Escritora

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Publicado en: Curadero

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