
El libro de Hal Foster, What Comes After Farce? (Verso, 2020), da protagonismo a la multicitada frase de Karl Marx en El 18 de brumario de Luis Bonaparte: “Hegel dice en alguna parte que todos los grandes hechos y personajes de la historia universal aparecen, por decirlo así, dos veces. Pero se olvidó de agregar: una vez como tragedia y la otra como farsa”. Para Foster estamos otra vez en las circunstancias precisas para reiterar que nada se aprende de los mayores errores de la humanidad. Vivimos una época donde el dominio económico del imperio norteamericano se mantiene a cualquier costo y, para cuidar su hegemonía, se ha vuelto permisible ya no digamos la mentira, sino la charlatanería al estilo Donald Trump. En palabras del autor: “muchos plutócratas americanos consideran que destrozar las leyes constitucionales, hacer a los inmigrantes chivos expiatorios y movilizar a los supremacistas blancos es un pequeño precio a pagar para la concentración aún más grande de capital, por medio de la desregularización financiera, recortes de impuestos y acuerdos corruptos”.
Ningún lugar del mundo permanece ajeno a la política de la posverdad, donde el fin económico justifica todos los medios y ya padecemos las primeras consecuencias del nuevo mandato trumpista. Los espacios discursivos, el arte incluido, son muy sensibles a este vuelco de realidad. Incluso un gobierno que se dice de izquierda, como el de México, sabe que tener estrategias de comunicación masivas y manipuladoras puede favorecer su imagen en un entorno de violencia, militarización y desapariciones.
Estamos desarrollando una sensibilidad distinta para juzgar la información y nos vemos forzados a dudar de nociones como la objetividad, la verdad o la autoridad. Desconfiamos del conocimiento y las imágenes como nunca antes. En mi interpretación de su ensayo, por ese sospechosismo generalizado, Foster traslada la analogía de la tragedia y la farsa al mundo del arte. De ahí que su libro destaque dentro de la teoría estética actual. Si las grandes rupturas han sido el modernismo —la tragedia— y la posmodernidad —la farsa—, es decir, si la historia se repite, entonces ¿qué sigue ahora? ¿Un quiebre más? Si todo lo que percibimos como artístico está mutando de nuevo, podemos prever otro cisma, pero ¿de qué tipo?
En la última década los artistas han tratado las crisis de nuestro tiempo de maneras tan distintas que, a veces, parece imposible seguirles el paso. Después de una semana de recorrer las ferias de arte y saturar nuestra mirada con todo lo que está ocurriendo en diferentes latitudes, parece necesario construir un repertorio de técnicas y propuestas en el arte contemporáneo para identificar cuáles son sus tendencias y trazarnos un mapa coherente. Esta tarea, acaso demasiado ambiciosa, podrá remediarse sólo de forma acumulativa y reposada, con el paso del tiempo. No obstante, tuve la pulsión de abarcar este inmenso conjunto artístico en los días pasados con una pregunta: ¿cómo podemos guiarnos en este universo que parece crecer sin ningún tipo de control ni obediencia? El arte contemporáneo parece inasible después de unos días tan agotadores en la capital del mercado artístico en que se ha convertido la Ciudad de México. Para evitar volcarnos a la fachada de los eventos o la crítica al mercado y retener algunos mensajes de las obras artísticas, nos toca hacerle preguntas a lo que vimos.
En mis recorridos por tres de las ferias más importantes de esta temporada (Zona MACO, Feria Material y Salón ACME), quise responder a la pregunta provocadora de Foster dirigida hacia las artes: ¿qué viene después de la farsa? Aunque no ofreceré una lista exhaustiva de lo que pudimos ver en los días pasados, cederé a mi impulso de orientarme en el arte contemporáneo a través de tres preguntas sobre asuntos clave, en el centro de la argumentación fosteriana y en el cruce de los mundos de la política y los discursos: la ecología, la inteligencia artificial y la posverdad. Se trata de una primera mirada general para entender el estado del arte del arte hoy.
¿Qué viene después de la inteligencia artificial? Las máquinas y la factura manual
Se ha dicho con frecuencia que la contemporaneidad es una vuelta a las técnicas de tradiciones ancestrales. Yo me encontré con los espejos esgrafiados con vírgenes de Guadalupe de Danie Cansino, las vasijas de cerámica “elástica” de Florencia Rothschild, y un biombo de madera y lino pintado al óleo de Ángela Ferrari. Estas piezas parecen resistir a la tentación de la imagen digital para, al menos en una primera mirada, pasar la prueba de estar hechos por manos humanas con maestría técnica. Otros artistas llevaron la pintura al muro completo, componiendo paredes con lienzos sobre otros lienzos y soportes distintos (telas, cartón, madera, etc.). Ellos produjeron una suerte de diseño en capas o assemblage a gran escala, hasta con mobiliario empotrado. Destacan los tableros pictóricos de Manuel Forte y una trilogía de ventanas al cielo de Marcia Tello. Estas expresiones, además, dan la impresión de huir de la pintura como la conocíamos antes: un óleo sobre tela colgado sobre un muro. Para diferenciarse, le añaden capas de trabajo manual en distintos materiales.
Por otra parte, los artistas han recurrido a engañar a la máquina (o al “ojo/máquina”, como le llamaba Harun Farocki) de formas cada vez más sofisticadas. Como ejemplo, los cuadros con impresos pintados y arrugados que simulan espejos rotos de Jorge Rosano Gamboa y Paula de Solminihac. Además, encontramos las criaturas híbridas de caballos y coches, patos con cabezas de alcatraces, pavorreales con plumajes de teléfonos celulares y alacranes con colas de tenedores pintadas por Andrés Piña. Otro ejemplo en formato de video lo ofreció Ramiro Quesada Pons, quien grabó una naranja siendo pintada de azul eléctrico sobre un fondo del mismo color, pero más intenso; esta imagen fácilmente pudo ocurrir en un entorno donde la tecnología iba a transformar esa escena en otra cosa, tal como un set de cine o de realidad virtual. Por último, tenemos la danza de las grúas de Ainelen Bertotti Burket, donde se ejecutó una coreografía con vals de fondo para estas máquinas. En lugar de rebelarse, las grúas se volvieron más humanas. Entonces, ¿quién controla a quién? ¿Quién se parece a quién? ¿Quién supera a quién?
¿Qué viene después de la posverdad? Estrategias para contar otra versión
Cuando la protesta y la insurrección política se han vuelto estériles, la elocuente sutileza se presenta como una alternativa. Si no podemos ganar una guerra —ni siquiera una mediática— contando las versiones de las víctimas de violencias sistémicas, entonces quizá sea el momento de usar los recursos de quien nos domina e imprimirles un leve giro para subvertirlas. En este sentido, Mauro Gutiérrez Díaz pintó al óleo un ejemplar de Forbes con un futbolista en la portada y cubrió su rostro con el de Foyel, líder indígena que resistió ejércitos colonizadores en Argentina. Por otro lado, Bea Millón tomó fotografías de defensores ambientales en Zacatecas y las puso sobre fondos de arcilla, oro, plata y cobre, que representan las minas de las que se defienden. Una rasgadura sobre el papel fotográfico marca simbólicamente los cuerpos de los retratados y deja ver la codicia por los minerales que produjo la herida.
En cuanto a las obras tridimensionales, Joaquín Segura mostró proyectiles de grafito frente a un muro con la frase “Capítulo IV ¿El hambre es un estado de la república?”. Con estos elementos hacía alusión a la figura del maestro rural Lucio Cabañas, asesinado durante la Guerra Sucia de los años 70 y al reportaje que publicó José Natividad Rosales sobre él (Editorial Posada, 1975). De este modo, las balas se convirtieron en un instrumento de denuncia. Andrew Roberts presentó una maleta abierta con un pie de silicón hiperrealista, que pudo ser extraído de los videojuegos o las películas de terror, y refiere a las masacres en México a causa del narcotráfico. La cercanía de estos objetos con nuestra cotidianidad agudiza su disrupción.
¿Qué viene después de la crisis climática? Más allá del apocalipsis
La inminente destrucción de los ecosistemas y la extinción de nuestra especie estuvo presente en la mayoría de los stands que visité. Apareció en la pintura de desastres naturales, como los incendios rabiosos de Enrique Minjares Padilla, con el énfasis en nosotros, los causantes de esa furia avasalladora. Además, vi repetirse la idea de emergencia en la expansión de una mancha negra de pintura asfáltica, que destruía los pequeños paisajes al óleo de Pedro Peña, colocados uno tras otro sobre repisas. De otro modo, encontré la catástrofe como un homenaje pictórico al último glaciar del Citlaltépetl de Tania Ximena. Se trata de una insignia triangular de tela, colocada en lo alto, donde se esconde una advertencia: de aquella cumbre de hielo sólo nos quedará un triángulo, sólo la forma puntiaguda de la montaña.
En cuanto a la escultura, los metales y las piedras quedaron muy atrás para dar la bienvenida al reinado de las instalaciones electrónicas, los textiles y las cerámicas. Las figuras hechas con residuos, a veces con movimiento impulsado por energías químicas, nos recuerda que producimos despojos y que los excedentes no paran de crecer. Como ejemplo, los delfines de peluche y la alberca inflable de Diego González Gómez. Se trata de una recreación “suave” de una fuente monumental, que presenta algunos de los objetos más ridículos que fabricamos, los juguetes afelpados y las esculturas públicas que no funcionan y se seguirán secando.
No obstante el tono apocalíptico, resulta notable que la conclusión de estas piezas, aunque desoladora a veces, no en todos los casos mostraba un presente y un futuro tenebrosos. Me sirve de ejemplo un libro de Aileen Gavonel, hecho de cerámica y de aspecto antiguo, donde había imágenes de la tierra vista desde las alturas, mapas, modelos estratigráficos y leíamos una frase: “si nos extinguimos el desierto seguirá expandiéndose”. En estos tiempos, nos consuela que el universo seguirá existiendo, incluso (o especialmente) sin los humanos.
Fernanda Marín
Estudió Lengua y Literaturas Hispánicas en la UNAM. Se dedica a la escritura y la edición de textos sobre arte, así como a la organización de exposiciones en museos e instituciones públicas y privadas.