
Mi modesto logro tras vivir en Barcelona es que con el tiempo aprendí a discernir casi cualquier acento latinoamericano. Alargando la oreja hacia los comensales de cualquier restaurante de comida mexicana o peruana, podía distinguir si aquel acento era de Quito o Guayaquil. Y dentro de la diversidad de lo que somos, vestimos y comemos, hay semejanzas fatídicas. Una me causaba escozor, sobre todo al participar por inercia. Se trata del misterioso afán de competir por ver quién nació en el país más horrible. Entonces, los latinoamericanos se enfrascan en una lucha de anécdotas que parecen salidas de los textos de Horacio Quiroga, Mariana Enríquez o de versiones sofisticadas de “El Matadero” de Esteban Echeverría.
La tentación de extrapolar aquellas peleas en una sociología de la desventura me parecía seductor y, al mismo tiempo, un exceso. Pero luego leí la novela El cielo de la selva (Elefanta, 2024) de la cubana Elaine Vilar Madruga y pensé que la literatura de nuestra región también padece la misma fatalidad. Se trata, a grandes rasgos, de una selva carnívora donde las mujeres están obligadas a alimentarla con sus propios hijos.
Cuán poco ha cambiado Latinoamérica para que cien años después hablemos de lo mismo y por los mismos motivos: la última noticia que tuvimos de Arturo Cova, Alicia y su hijo sietemesino en La Vorágine (1924) de José Eustasio Rivera fue que “¡los devoró la selva!”. Uno pensaría que ahí quedó la cosa, pero Elaine Vilar Madruga dice que no, que si tenemos valentía o descaro deberíamos adentrarnos al hocico de la selva. Una vez adentro nos cuenta que ahí viven la Vieja, Santa, Lázaro, Ifigenia y otros niños en espera de ser devorados. Porque la selva exige como tributo la sangre de los jóvenes, los mismos que estuvieron algún día en el vientre de Santa. Pero ella no se deja arrastrar por la cursilería de decirles hijos, sino que se refiere a ellas como crías a las que otorgó nombre por pura crueldad: “porque hablaba de civilización, pero bajo esa palabra se escondía una brutalidad con guadaña”.
La voracidad de la selva no hace sino incrementar y ni siquiera los dioses en la mitología eran tan abyectos. Esta selva tiene hambre de todo tipo: de la sangre que absorbe como lluvia, pero también de sexo, por eso le nace una lengua con la que recorre el coño de Ifigenia, apenas una adolescente. Ni siquiera encuentran refugio dentro de la hacienda derruida donde vive esta estirpe maldita. Alrededor de la hacienda, las gallinas corren desquiciadas para no ser degolladas por Santa de la misma forma en que trata de huir el pequeño Juanquito cuando le llega su turno de saciar a la selva, uno de los pasajes más brutales que he leído. Además de dejarse montar por Santa, es Lázaro el encargado de tasajear a las pequeñas crías. Este es un hombre empequeñecido, flaco, nada parecido al Arturo Cova que la selva devoró hace un siglo.
Animales y humanos se confunden entre la espesura de la selva e incluso ronda por ahí una “perra con mirada de mujer que ladra”. Poco importa la distinción, aunque eso se entiende después, cuando en la página cien queda claro que nada cambiará la suerte que tendremos.
Uno se pregunta cómo Vilar Madruga logra sostener este nivel de furia en una prosa que no da tregua y que hace de la rabia su canto. Confieso sentirme agotado por momentos, incluso pensar que exageraba al decir “hasta los pollos se desquician aquí” o “como si la única religión que existiera en este mundo no fuera la de la sangre que la selva pide y la de la carne que la selva engulle”. ¿No será ya demasiado? Tanto como leer las noticias de México y enterarse, por ejemplo, de que un alcalde municipal fue decapitado.
Una correspondencia aciaga entre ambas novelas –La Vorágine y El cielo de la selva– es que muchas de las frases podrían ser intercambiadas sin que nadie se percate: “¿Qué hado maligno me dejó prisionero en tu cárcel verde?”; “la selva se defiende de sus verdugos, y al fin el hombre resulta vencido”; “la regla que sembraba las fronteras entre civilización y voracidad, entre civilización y la locura del caos”; “en el fondo del corazón aquella selva daba escalofríos”.
Sin embargo, en la novela de Rivera el mundo está narrado por medio de la mirada masculina de un poeta pobre que en un principio piensa que la gran inspiración aguarda lejos de la ciudad. En cambio, cien años después, Vilar Madruga nos entrega la mirada de un mundo dominado y padecido por mujeres obligadas a parir o ser sacrificadas. Nos provoca con una madre que tiene curiosidad de probar la carne de sus crías y que celebra su propia llegada a la vejez, el final de su penitencia como paridora.
Adentro de esta selva, sedienta de sangre joven, es complicado saber quién conserva un pedacito de humanidad. ¿Quizá la Vieja, madre de Santa, que protege a las crías o que todavía reza padres nuestros como quien lanza botellas al mar?
Otra diferencia es que La Vorágine pertenece todavía a esas novelas cuyo narrador está un escalón por encima de los personajes a quienes adjudica un habla popular, muchas veces caricaturizada. Para el crítico literario Ángel Rama, el gran salto lingüístico en la novela latinoamericana se da cuando los escritores abandonan el púlpito del narrador que evita mezclarse con la chusma y, en cambio, abrazan los regionalismos para dar origen al huracán de una lengua literaria. Elijo esa palabra porque es imposible no recordar la prosa de Temporada de huracanes de Fernanda Melchor con la prosa que se disfruta en El cielo de la selva.
Es extraño disfrutar este tipo de experiencias estéticas, es decir, degustar un lenguaje a la altura de una selva despiadada. Un placer casi prohibido se asoma en nuestros ojos porque nada de lo ahí narrado debería provocarnos ganas de leer en voz alta. Se parece mucho a la experiencia que tuve al deslumbrarme por la narración de cuerpos desmembrados o ahogados que se asoman en las ondulaciones de un río en El asedio animal de Vanessa Londoño.
En la búsqueda de un lenguaje a la altura de nuestras duras circunstancias se huye de lo lacónico y nunca se abandonan las ideas de cadencia, ritmo o metáfora. Al contrario, se apela a ellas para potenciar una prosa digna de enmarcarse por más escalofriante que sea la escena retratada.
En la plaza pública, ningún latinoamericano se atrevería a enfrascarse en una competencia cuyo marcador sea la cantidad de cadáveres que nuestros ojos han visto. Sin embargo, en la intimidad de la literatura, resurge una honestidad fincada en la misma fascinación que el pirómano siente al mirar el fuego.
La grandeza de El cielo de la selva es que funciona como síntesis definitiva de los temas que se han tratado en años recientes: el horror, el espacio rural u otro lado distinto a las capitales como escenario, y la versión de las mujeres sobre el mundo. Pero la novela también crea un puente con lo que se publicó hace cien años. En la selva de Vilar Madruga podría aparecer de repente Don Segundo Sombra y no sorprendería saber que Santa está emparentada con Doña Bárbara.
Revivida o prolongada, la vieja disputa entre civilización y barbarie parece no tener remedio ni en las conversaciones de sobremesa entre latinos, ni en la literatura, y quién sabe si nuestra región ha cambiado poco o si nuestra mirada está condenada a no tener una segunda oportunidad sobre la tierra.
Daniel Melchor
Escribe y hace periodismo. Ha publicado en medios como The New York Times, Gatopardo, Vice y Este País, entre otros. Es coautor de Ídolos (UDP, 2023). Actualmente es becario del FONCA.