
Pasó tan rápido que no podría señalar el momento exacto en que sucedió. Una mañana desperté convertido en un monstruoso adicto a las apuestas deportivas en línea. Acaso mi adicción comenzó cuando ya era casi imposible abrir una aplicación sin toparme con el anuncio de una casa de apuestas. Inviable poner un programa de análisis deportivo sin recibir un minucioso reporte de las probabilidades para los próximos juegos. Inevitable prenderle a un partido sin escuchar las inserciones comerciales que me invitan a meterle a los tiros de esquina.
Tanto va el cántaro a la proverbial agua hasta que se rompe. Un día descargué una app de apuestas que me anunciaban con intensidad superliminal: Caliente. Me pareció terrible: cara, torpe, fea. La abandoné. Luego descargué otra, PlayDoIt. Mejor, sin duda, pero complicada y espantosa. La belleza no es un atributo común en las aplicaciones de apuestas en línea. Consulté entonces a mi buen amigo P., quien me asesoró con la presteza de un ejecutivo de ventas y me recomendó instalar Bet365. Seguí su consejo. Al mismo tiempo, P. me presentó lo que sería mi droga de entrada: el seductor, irresistible y enigmático parlay.
En principio, el concepto de parlay es simple. Se trata de una apuesta compuesta de otras apuestas, engarzadas como perlas o cadenas. Me explico. Imaginemos que es miércoles por la noche y mi Cruz Azul de toda la vida se enfrentará, digamos, a los Gallos Blancos del Querétaro, eternos coleros de la tabla. Es un partido seguro, por lo general aburrido, así que decido sazonarlo con el aderezo de la ludopatía. En la aplicación, armo una apuesta compuesta de varios escenarios que pienso probables durante el partido: más de un gol, más de quince remates, más de ocho tiros de esquina, rango de goles de uno a cinco, más de dos tarjetas de amonestación y, por último, me juego una doble oportunidad para el resultado final: Cruz Azul gana o empata, porque ni de broma nos gana Querétaro en casa. Cada nueva elección acrecenta la dificultad de que se cumpla la apuesta y, con ello, la potencial ganancia. Por supuesto, el riesgo aumenta de forma exponencial y, aunque la posible magnitud del botín también crece, la probabilidad de acertar todo disminuye de forma drástica. Eso es un parlay: una invención sencilla que ha resultado un auténtico milagro para la industria de las apuestas y una latente amenaza para la cartera de millones de personas —incluyendo y acaso subrayándome—.
Según el pódcast The Journal, la temporada de 2024 de la NFL provocó un descenso en las ganancias netas de las múltiples casas apostadoras estadounidenses. ¿La razón? Muchos de los equipos favoritos se comportaron a la altura de la confianza de sus numerosos apostadores, y en general tuvieron buenas temporadas. Más gente estaba apostando a más resultados correctos. Si mucha gente apuesta al mismo resultado, la casa de apuestas reduce las ganancias potenciales para que el pago no sea tan alto. A ese prospecto de ganancias se le llama “momio”: cuanto más probable es un resultado, menos dinero se gana con él, y viceversa. Aún así, si el resultado se cumple, la compañía apostadora tendrá que pagar. Éste es el escenario donde lo impensable sucede: si demasiada gente apostó a ese resultado, la casa corre el riesgo de perder.
El parlay resulta un contraintuitivo remedio a esa tendencia. En 2019, una compañía australiana llamada Sportsbet introdujo la opción de crear un parlay dentro del mismo juego; hasta ese momento, el parlay era sólo entre juegos distintos y con opciones mucho más acotadas: tal equipo pierde, otro tal gana, estos más empatan. Mucho más simple. Bajo el nuevo esquema, el único límite es la imaginación: es posible hacer apuestas cruzadas dentro y fuera del mismo juego, según las reglas de cada aplicación, que presentan variaciones mínimas sobre ese esquema pero que respetan, en lo general, la noción de intercalar apuestas dentro de un mismo juego y entre varios juegos. Esta elasticidad permitió que el parlay cobrara vuelo casi de inmediato.
La modalidad fue adoptada por otras casas de apuestas, incluidas las estadunidenses, que comenzaban a flexionar sus músculos desde que, en 2018, la Suprema Corte de Justicia de ese país levantó la prohibición de las apuestas deportivas por considerarla “inconstitucional”. Conque así funciona el efecto mariposa del juego: en Australia, una casa apostadora bate las alas y el impulso que provoca surca el océano Atlántico hasta empujarme a apostar por +1.5 goles, ambos equipos anotan y más de nueve córners al primer partido de Champions League que se me atraviese.
Bajo la tutela de P., comencé a armar parlays soñadores. Combinaciones improbables que pagaban alto y me permitían fantasear con el retiro del ingrato mundo laboral para dedicarme a ensamblar predicciones con un alto grado de retorno de inversión. A primera vista, resulta extraño pensar que una estrategia de juego que literalmente disminuye las posibilidades de ganar se volviera tan popular, pero si miramos de cerca, la extrañeza da paso a la fascinación. Me permito citar a un libro de estafadores para explicar el mecanismo. Según Maria Konnikova en The Confidence Game (2016), hay dos tipos fundamentales de propuestas dentro de las estafas: la propuesta alfa y la omega. La primera consiste en elevar el atractivo de algo —“¡Mil millones de dólares te esperan si ayudas a este príncipe nigeriano!”—, mientras que la segunda consiste en disminuir las barreras para realizarlo —“¡Sólo tienes que transferirle mil pesos!”—.
El parlay es de una astucia diabólica porque conjuga ambos mecanismos en una sola propuesta: aunque cada apuesta que sumamos a nuestra serie disminuye las posibilidades de ganar, también aumenta las ganancias. Todo esto al tiempo que masajea sabrosamente nuestro ego otorgándonos una ilusión de control. Su macabro mecanismo hace extrañar el temperamento de Montaigne, quien decía que “en los juegos de baraja mi lealtad es idéntica, trátese de cuartos o de doblones; lo mismo cuando me es indiferente ganar o perder […]”. Ese no soy yo. Ya quisiera. Ganar me da un levantón bioquímico no muy diferente del que, según afirman, causan sustancias como la cocaína: una confirmación de mi propia astucia, un vértigo reconfortante. Perder, por el contrario, me hace sentir devastado, pero no lo suficiente como para abandonar la esperanza de que la siguiente apuesta —más calculada, más informada, más inteligente— resultará la ganadora. De manera inadvertida, el parlay es un mecanismo narrativo que convierte a la rutinaria existencia en una épica de autosuperación.
El parlay aprieta algunos siniestros botones de nuestra conducta asociados al sistema económico. Convierte el ocio en un simulacro de inversión. Mirar un partido deja de ser mero entretenimiento para transformarse en una tarea calculada; la adrenalina de apostar sustituye la emoción del juego en sí. Conforme disminuyó mi fase fantasiosa, me involucré con parlays más cercanos a la realidad. Por eso, he pasado valiosas horas de mi vida analizando partidos anteriores, revisando el promedio de tiros de esquina, escudriñando la tendencia de goles de los equipos a los que les apuesto con tal de calcular, según yo de forma precisa, las grandes tendencias de lo que sucederá en el juego, maximizando así mis ganancias. Ahí estoy: mirando la televisión, sobreviviendo por pura ansiedad, tenso mientras observo que veintidós futbolistas no están logrando la meta mínima de los ocho córners.
Aunque lo querramos disfrazar de estadística, lo cierto es que las apuestas deportivas tienen mucho de pensamiento mágico. Cierto, hay algunos principios matemáticos que pueden aplicarse al juego, como la ley de los grandes números o la de los números pequeños, pero ninguno garantiza la infalibilidad. Hay algunos casos aislados de especialistas en estadística que lograron traducir sus conocimientos al mundo de las apuestas; el más célebre, Bill Benter, que diseñó junto al apostador Alan Wood un software de análisis que les permitió ganar más de mil millones de dólares en apuestas de carreras de caballos. Pero pensar que esa es una posibilidad al alcance del ciudadano promedio es, quizá, soñar demasiado.
La mayoría de los seres humanos llevamos dentro —a veces, afuera también— un simio impulsivo adicto a la dopamina del triunfo. Las casas de apuesta lo tienen bien claro. No importa qué tantas horas he invertido en diseñar un parlay ni que, en su mayoría, mantenga el control de las apuestas que coloco. De manera inevitable, siempre habrá un momento de debilidad, una oferta demasiado tentadora ya sea por las probabilidades, por la paga del momio o por nuestras preferencias personales; ese será el instante que dará al traste con todo. El apostador es un ser muy emocional que se pretende racional.
Según este estupendo videoensayo de Drew Gooden, alrededor de diez millones de personas en Estados Unidos aceptan tener problemas con el juego. La mayoría tienen menos de 25 años y la tasa de suicidio entre la población de apostadores puede llegar a ser hasta 15 veces más alta que el promedio. No resulta difícil de entender el incremento en la adicción al juego en un mundo donde los anuncios de apps de apuestas están en casi literalmente todos lados. Resistirse es inútil. Michael Lewis, autor de los libros The Big Short (2010) y Moneyball (2003), sintetiza perfectamente el pernicioso nivel de infiltración de las apuestas deportivas en una entrevista para el pódcastChannels de Peter Kafka: “Hacer apuestas deportivas desde tu teléfono, que de por sí ya es un dispositivo adictivo, está cambiando la estructura de los mercados de apuestas para imitar a los juegos de casino más adictivos”. En la Nigeria del famoso príncipe del timo, donde la falta de regulación es evidente, apps bancarias como Opay, una de las cuatro fintechs más importantes del país, incluyen promociones de apuestas dentro de la app. Las apuestas en línea son una adicción dentro de uno de los mecanismos de entrega de dopamina más sofisticados que haya conocido la humanidad: nuestros propios teléfonos.
Ese es el juego de estas empresas y aplicaciones. Las compañías, no obstante, no le están apostando a Travis Kelce o a LeBron James o a Rogelio Funes Mori, ni a los touchdowns, puntos o goles que pudieran anotar (o no, en el caso de mi Funes). Las compañías están apostando con sus usuarios y el escaso control que tenemos sobre nuestros impulsos. No sólo eso: esas apuestas están en contra nuestra.
“Sólo queremos clientes perdedores”, declaró un informante del mundo de las apuestas en este episodio de Informer de Vice News, en el que abunda acerca de las tácticas cuestionables de las compañías de apuestas: dirigir la publicidad hacia personas cuyo historial en la app sugiere problemas de adicción o marginar a clientes que ganan de forma constante mientras se atiende de manera personalizada a clientes que suelen perder reiteradamente. Es evidente cómo el parlay encaja en este esquema, al aumentar las posibilidades de perder dinero mientras maximiza la sensación de control. Cuando un parlay comienza a materializarse frente a nuestros ojos, el entusiasmo —y la ansiedad— se disparan. Lo sé porque lo he vivido: mis pupilas se dilatan, mi pulso se acelera, una pátina de brillante sudor comienza a recubrirme la frente. El apostador se aficiona a esta sensación de riesgo calculado —a final de cuentas, muchos apostadores nacieron como aficionados, conocedores de uno o varios deportes— y, sin saberlo, es ahí donde la casa ya va ganando: ganar una serie de apuestas no significa nada, porque la derrota está siempre a la vuelta de la esquina. Como mencionan en el décimo episodio de Against the Rules, el pódcast de Michael Lewis, “cualquiera podría ganar, pero todos vamos a perder”.
En México, el marco legal de las apuestas en línea peca de antiquísimo. Según este texto de Gerardo Ballesteros, experto en Regulación y Licencias de Juegos y Apuestas, “la Ley Federal de Juegos y Sorteos, que data de 1947, y su Reglamento, no contemplan de manera explícita los juegos en línea”, acaso por la sencilla razón de que en aquel año las palabras “juego en línea” tal vez referían a una partida de tatetí o de avioncito. No resulta extraño que, dentro de ese marco, las apuestas deportivas online sean el pan nuestro de cada día: despojados ya de cualquier noción clásica de sportsmanship, los programas de análisis deportivo cada vez incluyen más a las apuestas como parte intrínseca de su línea editorial. Los parlays, las probabilidades y los momios han comenzado a sustituir al análisis real.
El caso más ilustrativo es el de Grupo Caliente, una casa de apuestas propiedad de Jorge Hank Rhon; además de promocionarse en cada centímetro de espacio de publicidad de la Liga MX, incluyendo inserciones, vallas y uniforme, es propietaria de Xolos de Tijuana y Gallos Blancos de Querétaro, dos equipos que compiten la máxima categoría, en las divisiones femeniles y de formación de la liga. Por si fuera poco, acaba de adquirir los derechos para transmitir juegos de la Liga MX Femenil y otros eventos, como la Champions League. Durante el medio tiempo de sus transmisiones, los comentaristas del canal se dedican a analizar el juego desde la perspectiva de las probabilidades de apostarle a tal o a cual cosa. De la afición a la adicción sólo hay un parlay de tres jugadas o más con 25 % de aumento.
Me gustaría decir que lo logré: que intercambié el proverbial sudor de mi frente, ocasionado por la ansiedad de conquistar el “+3.5 goles” y “los dos equipos anotan” que me separaba de la gloria, por una carrera de apostador profesional que, vestido con un esmoquin impecable, una cubita campechana —quemadita, así sudadita, padrino— en mano y una mansión con alberquirri en Cancuncito, Veracruz, le habla de frente a una cámara vendiendo a muy buen precio los secretos de las apuestas en la Liga MX. No es así. Tampoco logré pintarle dedo al sistema, escapando de la omnipresencia de las casas de apuesta en los partidos de futbol que sigo cada fin de semana.
Nada de eso: mi destino está marcado por el ansia del escapismo irrealizado. Tras perder casi quinientos pesos en tres meses —una cantidad nada onerosa que de cualquier manera me enerva porque tengo una aversión a perder el dinero en cosas intangibles—, dejé de meterle dinero a la aplicación y borré el número de mi amigo P., que todavía me manda de vez en cuando los mejores picks de sus grupos de apuestas, a ver si me animo a regresar un día de estos. Me gusta pensar que no lo haré, pero la verdad —que sólo compartiré con ustedes— es que no he desinstalado la app, que me mira con lujuria. En esos momentos, recuerdo la expectativa de la antelación, la ansiedad de la espera, la plenitud del acierto y jugueteo con el dedo sobre la pantalla, a punto de abrirla, fantaseando con una apuesta que me propulse, de una vez y para siempre, muy lejos de la línea de pobreza que me está respirando en la nuca.
Luis Reséndiz
Nació en Coatzacoalcos, Veracruz, y se dedica a juntar palabras. Publica crítica de cine en Letras Libres y Este País. Escribió guion en series como Pan y Circo (Prime Video) y La hora marcada (ViX+). En 2023 publicó Algunas verdades están afuera (Dharma Books), un ensayo ufológico.