Los lamentables hechos ocurridos en París el 13 de noviembre de 2015 dan mucho que pensar. Son una muestra más de la conflictiva dinámica histórica entre Oriente y Occidente generada desde hace ya varios siglos, por lo menos desde las Cruzadas. ”Nunca se han visto los musulmanes humillados de esta manera, nunca antes de ahora han visto sus territorios tan salvajemente asolados“, decía Abu Saad al-Harawi en agosto de 1099 en referencia a la toma de la Ciudad Santa por parte de los frany (franceses), esos guerreros rubios que, cubiertos de armaduras, con las espadas desenvainadas, se dispersaban por las calles degollando hombres, mujeres y niños, y saqueaban las casas y las mezquitas, según la versión que de estos hechos reconstruye Amin Maalouf en Las Cruzadas vistas por los árabes.

Casi mil años más tarde, algunas personas de origen árabe y que dicen profesar la religión del profeta Mahoma, asesinan a sangre fría en las calles de París a más de un centenar de franys en nombre de Allah, aunque en realidad lo hacen como emisarios de un grupo político de corte totalitario que se autonombra Estado y se autoapellida Islámico, y que hasta ahora sigue siendo un tanto misterioso, incluso para los avanzados órganos de inteligencia de las potencias occidentales, puestas en jaque por una panda de jóvenes radicalizados, casi todos menores de treinta años.
Más allá de las condolencias y la alarma generalizada que se propagan en los medios de comunicación, vale la pena intentar profundizar un poco más en el asunto. En un artículo reciente, titulado ”¿Qué asusta a los nuevos ateos?“, el filósofo británico John Gray expone cómo se ha construido el ateísmo contemporáneo que, asociado a los valores liberales de Occidente, y por consecuencia al desprecio de todo aquello que huela a religión, ha terminado por imponer una visión unívoca del mundo, autoproclamada superior a todas las demás y, por tanto, autoconsiderada un modelo a seguir. Se trata, nos dice, de una nueva fe que ”alimenta la fantasía de que la vida humana puede rehacerse mediante la experiencia de una conversión, en este caso una conversión a la no creencia“. No obstante, continúa Gray, ”la ilusión por antonomasia que gobierna al liberalismo [es] la creencia de que todos los seres humanos nacen siendo amantes de la libertad y de la paz y que se convierten en algo distinto como resultado de un condicionamiento opresivo“. Nada más ajeno a la evidencia histórica, que es la que, justamente, alimenta los temores de los nuevos ateos. Más aún desde los atentados del 11 de septiembre de 2001 en Nueva York, que evidenciaron, entre otras cosas, que no todo el mundo acepta la cosmovisión y los valores occidentales. Y aún con todas la muestras de un ”retorno de lo religioso“ en el mundo, Occidente parece seguir sumido en la misma pregunta: ”¿Cómo es posible que la humanidad no quiera ser como nosotros nos imaginamos a nosotros mismos?“.
Más allá de que los valores liberales apelan a una universalidad que trasciende el mundo tangible, es importante tomar en cuenta la interacción entre la ideología —religiosa o secular— y la realidad. No sólo por lo que toca al cúmulo de hechos históricos de violencia y persecución relacionados con la fe, sino también por su materialización en las relaciones sociales actuales en los países europeos, incluido Francia desde luego, algunos de cuyos jóvenes de origen árabe o africano han pasado a engrosar las filas del Estado Islámico desde su surgimiento. La mayoría de las investigaciones periodísticas coinciden en señalar la precaria situación económica de estos jóvenes como uno de los factores principales para su conversión. La realidad en la que viven las familias de inmigrantes en Francia es mayoritariamente de pobreza, violencia, drogadicción, desempleo, todo ello reforzado por una prácticamente nula representación política, por lo que para estos jóvenes sin futuro queda como opción el narcotráfico, el crimen organizado, y más recientemente, el yihadismo. Muchos de los conversos se fanatizan precisamente en las cárceles francesas, que están llenas de descendientes de migrantes, sin importar que tengan la nacionalidad gala. Ante un presente y un futuro negros, el jihadismo —al igual que el narcotráfico en México, por ejemplo— se ha convertido en un horizonte de sentido posible para unas vidas completamente olvidadas.
Todo ello es en buena medida consecuencia del Imperialismo y la resultante herencia colonial en los países ocupados por las potencias occidentales hasta mediados del siglo pasado, cuyo sostén fue, justamente, la cosmovisión occidental moderna, que otorgó al hombre europeo el derecho de conquista y explotación sobre otros pueblos, al hacer que estos mismos se considerasen superiores y, por tanto, con derecho a hacerlo. En su versión actual, el ateísmo liberal no sólo ampara la idea de que la cultura occidental es el cenit de la humanidad, sino también las enormes desigualdades que caracterizan la realidad social contemporánea y que, como vemos, para muchos la hacen simplemente inviable.
Lo ocurrido en París —al igual que lo que ocurre en México— no es, por tanto, consecuencia de que vivamos en ”un mundo raro“. Por el contrario, tiene una explicación que descansa, por un lado, en una fe secular que niega lo religioso en el hombre e identifica lo humano con los valores liberales occidentales y, por el otro, en la concreción de esta cosmovisión ”superior“ en una historia de ocupación y desmembramiento de múltiples pueblos que no sólo no se han terminado de asimilar a los valores de las sociedades dominantes sino que, como vemos, en algunos casos los rechazan tajantemente. Lo peor del caso es que, como pasó con el atentado a las torres gemelas, todo lo que está ocurriendo, al reavivar los temores de los ateos liberales, hará que éstos defiendan su fe y los privilegios derivados de ella con balas, bombas, misiles, estados de excepción y todo lo necesario, sin importar las graves consecuencias de estas intervenciones, cuyo ejemplo más claro y palpable hoy es el propio Estado Islámico. Es indispensable, por consiguiente, que Occidente deje de culpar al otro y a la religión de todos los males, y haga un serio ejercicio de autocrítica respecto a su fe secular y a la materialización de esa fe en una desigualdad y una exclusión sociales sin precedentes, que están estallando de maneras muy desafortunadas para todos. Que la sangre de los caídos en los diversos atentados sirva no para atizar el odio contra el otro, sino para hacer reflexiones profundas sobre el mundo en que vivimos, sobre la manera en la que las sociedades occidentales lo han configurado, y sobre cómo podemos concebirnos y vivir de una manera distinta. Sólo de esta forma podremos trascender una cosmovisión que parece cada vez más inviable para la vida del ”incurable animal humano“ en la Tierra.
No le encuentro pies ni cabeza al texto
Me parece que Nexos debiera cuidar más su control de calidad al publicar textos como estos plagados de miopía y todos los lugares comunes de las buenas conciencias de este país, acostumbrados a ver los toros detrás de la barrera. ¿Cuántos libros sobre terrorismo ha leído el autor? Estoy seguro que ninguno. Por lo que se ve ni siquiera ha leído o entendido a Dostoievski o a Turgueniev. ¿Qué sabe sobre el narcisismo mortífero y la arrogancia descomunal de los terroristas a los que no parece atribuir ninguna responsabilidad en lo que hacen? Inmediatamente su dedito índice se dirige al país y a la cultura que puso las víctimas y más allá de sus lamentos rituales termina implícitamente justificando lo sucedido. Es así que lo primero que se le viene a la mente son las cruzadas, “guerreros rubios” y ese nuevo demonio del que proviene todo el mal en el mundo que es el “imperialismo”, palabra mágica, espectro maligno detrás de todo lo que sucede y pueda suceder en este planeta. Qué lejos estamos realmente en este país parroquial de una lectura del mundo digna de mayores de edad y no una de adolescentes politizados.