El encargo de un perfil biográfico fue lo que llevó a Jazmina Barrera a escribir La reina de espadas(Lumen, 2024); un libro de ensayos y notas fragmentarias, en el que Barrera narra de manera cronológica cómo sus hallazgos sobre la biografía de Elena Garro se trenzaron con los descubrimientos sobre su propia vida. El libro “es apenas una libreta de apuntes, una colección de historias”, anota la escritora. Es, a la vez, biografía y ensayo personal, un recorrido por lo que le sucede a Barrera durante su investigación sobre Garro. Elena Garro, como muestra Barrera, es un personaje complejo y contradictorio, no sólo por ajeno, sino por las múltiples voces que han buscado definirlo. Una polifonía que ha narrado tanto realidades irracionales como ficciones creíbles sobre la autora de La semana de colores. Al respecto, escribe Barrera: “Ocurre quizá con todos los muertos, pero un poco más con ella, porque con ella cuesta mucho trabajo separar los hechos de la mentira; la mentira, de la literatura, y la literatura, de los hechos. Es que los sucesos comprobados de su vida son muchas veces inverosímiles”.

Este libro se une a la larga lista de obras escritas sobre Elena Garro. Pero no importa cuántos más se hagan, no hay uno como este, ni como el de Emiliano Ruiz Parra, Liliana Pedroza o Rafael Cabrera. No dicen lo mismo, aunque todos aborden a la misma persona. Porque cada uno decidió jugar su propio juego de preguntas. Jazmina Barrera, por su parte, quiso dejarnos ver las costuras, los cuestionamientos que la guiaron en su investigación y en la escritura: ¿a qué aspectos de nuestra propia intimidad nos enfrentamos cuando nos inmiscuimos en la intimidad de otra persona?, ¿cómo nos revelamos ante quien se nos revela?
La decisión de escribir este texto trenzando la primera, segunda y tercera persona del singular es natural ante sus preguntas. El libro no pretende ser un ensayo solemne, sino un acercamiento prolijo y de genuina curiosidad hacia la figura de la escritora mexicana, que termina no sólo por revelar algunos aspecto de su figura y su obra, sino de la propia Barrera. La autora del libro rompe la cuarta pared para procurar cercanía y honestidad con los lectores, pero también con ella misma. En medio de una narración en tercera persona, de pronto, la autora voltea a vernos, se cuela un yo sin paréntesis y un susurro ensayístico comenta los hallazgos de la biografía conforme se suscitan.
La apertura y la capacidad reflexiva (en ambos sentidos de la palabra) que permiten la hibridación de biografía y ensayo personal es, en sí misma, una metodología para acercarse a autoras de las que no sabemos nada, no podremos saber ya nada, o muy poco, o, al contrario, de las que creemos saberlo todo: ¿qué me hubiera gustado preguntarles a todas esas autoras que apenas se están reeditando, releyendo, leyendo por primera vez? Es una pregunta necesariamente enarbolada en primera persona. Este tipo de rastreos y apuntes biográficos hablan más de nuestras propias obsesiones, adquiridas durante la investigación y/o arraigadas desde tiempo atrás, que de la misma autora a la que investigamos. Es por eso que la perspectiva de cualquier biografía no termina por satisfacer a todos sus lectores. Sobre esto, desde el principio, nos advierte Jazmina: “Qué pretencioso eso de hacerle justicia. Elena no me necesita. Más vale admitir de una vez que este libro lo hago por mí”. Es imposible que un texto, cualquiera que sea su género, no sea personal, aunque no se enuncie de esa forma.
Al mismo tiempo, a este tipo de reflexiones y declaraciones de honestidad se suma, a lo largo del libro, una voz ensayística ansiosa por no poder contarnos “toda la verdad” sobre Garro; pero, ¿existe? Y si es así, ¿puede narrarse?, ¿acaso importa? Las páginas dedicadas a las relaciones sexo-afectivas de Garro hacen énfasis en este tipo de preguntas. Al respecto, Barrera muestra que han sido tantas las voces que han buscado bosquejar el personaje de “la reina de espadas”, que, en lugar de delinearlo, terminan por desdibujarlo. En las páginas finales, Barrera aclara su postura al respecto, su deslinde de aquellas voces que, de una u otra forma, han caricaturizado a la escritora o han buscado reducirla.
Mientras lee la correspondencia de Garro, Barrera admite sin apuro: “tengo la sensación que me da la literatura que más me gusta: la de estar mirando a través de una ventana y ver de pronto sobre el cristal, como un espectro, mi propio reflejo”. No me sorprendería que Garro hubiera dejado alguna especie de conjuro para quien se inmiscuye en su obra, pues si algo le gustaba eran los juegos con el tiempo y la memoria. Tal vez por eso la investigación que, en su origen, duraría apenas unos meses se alargó por dos años, seis meses y dos días.
Los deseos de Jazmina Barrera por acercarse a la escritora la hicieron caer en una diégesis elénica. Tuvo que recurrir al tarot, una práctica habitual de Elena Garro, para intentar salir de su laberinto narrativo y explicar este proceso de escritura. El tarot, incluso, fue la herramienta que le dio el título a este trabajo. Sobre la carta de la reina de espadas al revés escribe: “dicen que esa reina del tarot presenta discernimiento, lo racional, el control total de las emociones, y eso digamos no era tu fuerte. Pero la carta le salió […] [a uno de sus amigos] al revés, y eso sí creo que podrías ser”. De acuerdo con la lectura de Barrera, Garro era una reina, pero una que se dejaba arrastrar por la impulsividad, y para quien la huida era su marca de agua: lo opuesto a las características de esa carta del tarot.
Dentro de su ensoñación elénica, Jazmina también revisó el libro del I Ching de su madre, otra filosofía oracular a la que se adscribía la autora de Los recuerdos del porvenir: “si Elena Garro hubiera nacido en 1988, si tuviera ahora 34 años, como yo, ¿habría sido más feliz de lo que fue en su tiempo?”. Con esta pregunta, cuestiona a la escritora pero también su propia felicidad en el presente y la especulación de una mayor felicidad futura.
Entre otros juegos y posibilidades oníricas, Barrera incluso llegó a considerar, para facilitar su tarea como escritora, rentar la cabeza de Garro en la Lagunilla y así “Soñar en cabeza ajena”, como en la obra de teatro Benito Fernández. En fin, todas estas estrategias para continuar preguntándose: ¿cómo pensaría Elena Garro esta investigación sobre sí misma?, ¿cómo se autoconfrontaría?
Jazmina demuestra que este tipo de investigación es “una ventana hacia otras mentes, hacia el amor y el tormento visto desde otros ojos, en otros tiempos. Y un reflejo, porque así somos los humanos, semejantes”. La autora nos otorga un poco de su intimidad como si solo así fuera posible el trato horizontal, incluso con aquellas artistas que ahora se estudian en grandes cátedras. Por lo mismo, Barrera muestra cercanía con Garro durante todo el libro, la llama por su nombre, y le extiende cuestionamientos como a una amiga. No se deja llevar por la fama de la escritora, sino que apuntala un diálogo con ella desde la complicidad y la autoconfrontación. Ojalá este libro nos permita comprender que la reedición o reivindicación de la obra de escritoras poco o nada leídas no se traduce en idolatrarlas, en asignarles un pedestal de genio incomprendido: no queremos inaugurar más vitrinas con trofeos. Sólo de esta forma, tal vez, la distancia entre esas figuras y nosotros se acorte y, al comprenderlas, aprendamos también un poco más de nosotros mismos.
Jazmina Barrera, La reina de espadas, Lumen, 2024, 266 pp.
Andrea Ortiz Morales
Editora en Página Salmón. Ha publicado cuento y ensayo en revistas digitales.
Me parece un libro muy pueril de una escritora que juega a ser investigadora y deforma la figura de Garro, quien ya ha sido desacreditada, de por sí, por los conservadores de su época. Un intento de biografía ficcionalizada que antepone el ego y el poco profesionalismo de su autora con tal de vender, a costa de una artista reivindicada gracias a teóricas como Rosas Lopategui y Pedroza. Esta reseña es igualmente ingenua al celebrar un libro tan cínico mediocre e innecesario.