Sismo entre simulacros, de Gabriel Rodríguez Liceaga, forma parte de una prolongada tradición donde la Ciudad de México no sólo es escenario, sino protagonista. La novela nos presenta un tríptico que acontece la noche de la caída de la Línea 12 del Metro, entre Tláhuac e Iztapalapa. Pese a lo que pudiera creerse por el texto de contraportada, la tragedia de la Línea Dorada en realidad no juega un papel predominante en estas páginas. Más bien funciona como coyuntura para dotar al libro de un esqueleto narrativo que nunca ocupa el centro del relato, sino que aparece y desaparece del telón de fondo.
Estas historias, que podrían considerarse novelas cortas, apuestan por volver la mirada a otros puntos de la ciudad durante aquella noche de mayo de 2021, donde se desarrollan dramas de naturaleza más personal. El libro en su conjunto apuesta por ofrecer un acercamiento a los “invisibles” de la ciudad, aquellos que son dados por sentado, quienes aportan a su funcionamiento pero que rara vez son objeto de mirada o pensamiento alguno. Al dejar lo acontecido en la Línea 12 en los márgenes de lo que se cuenta, el libro apuesta por utilizar lo acontecido en el Metro como una manifestación más de esta invisibilidad.

En “Uber Eats love story” acompañamos a Memorias y Berenice, una pareja adolescente que, de forma inadvertida, se involucra en una travesía en dos ruedas a través de la noche capitalina. Tras un descubrimiento macabro, Memorias, un repartidor de comida a través de la aplicación que provee el título, ve una oportunidad de lucro y una potencial ruta de escape hacia una vida paradisíaca en compañía de su amada. Juntos emprenden una hormonal odisea que atraviesa restaurantes, puestos de comida, moteles baratos y locaciones sórdidas donde la criminalidad tiene rostro adolescente mientras persiguen los billetes que han de abrirles las puertas del paraíso.
La presencia del tropo de la pareja que la emprende contra el mundo y la cinematográfica forma que adopta la narración evocan a True Romance (1993) o la primera temporada de The End of the F***ing World (2017). Rodríguez Liceaga echa mano de un ritmo vertiginoso propio de un thriller, aunque su estructura puede insinuarse cansina en una primera instancia: Memorias y Berenice recogen un pedido, visitan a algún delincuente juvenil y hacen escala en un motel para darle vuelo a la hilacha. Esta secuencia se repite un par de veces; sin embargo, Rodríguez Liceaga aprovecha estos momentos de intimidad para construir el núcleo emocional de su historia, la cual termina por tomar otros derroteros.
El autor es consciente del peso que la migración interna tiene en hacer de la megalópolis mexa lo que es, e inserta alusiones a varios de sus personajes teniendo su origen en otras regiones del país. El clímax de esta primera parte salta a la costa guerrerense para narrar la peculiar y cruenta juventud de Memorias. Esto resulta en el pasaje más interesante de la novela porque se libera de una necesidad autoimpuesta de reflexionar sobre la experiencia chilanga para enfocarse en construir una memorable secuencia que brinda redondez al personaje y al lector respuesta a algunas incógnitas dejadas páginas atrás como migajas de pan.
La segunda y más breve parte es “Todo en ellos llora”. En el centro del relato se encuentra Miguel “Angie” Córdova, el hombre en condición de indigencia que en mayo de 2021 se viralizó por su carisma al ser entrevistado luego de la caída de la Línea 12 del metro. En su momento, el fenómeno alrededor de Córdova me generó sentimientos encontrados; aunque bienintencionado, no podía dejar de percibir una cierta condescendencia en el asunto. La elocuencia de “Angie” parecía sorprender a la audiencia mexicana por ofrecer la posibilidad de que los desventurados no lo fueran por carecer de las más fundamentales habilidades humanas.
En su mayoría, “Todo en ellos llora” reproduce de cerca las palabras que el propio “Angie” dice en la extensa entrevista que Ruido en la Red le hizo unos días después de alcanzar la efímera viralidad y en la que cuenta los pormenores de su vida, incluida su supuesta muerte. Rodríguez Liceaga se limita a hacer ajustes mínimos para adaptar la oralidad de Córdova al papel, dejando casi intactas las palabras de su contraparte verídica, de quien al parecer no se ha vuelto a saber desde el 2021. Esto reactiva mis sentimientos encontrados. Por un lado, no se puede negar que “Angie” está dotado de una naturalidad y de un ojo observador sobresalientes. Su historia y su manera de contarla son dignas de ser escuchadas, y el libro conserva y respeta estos elementos. Por otro lado, me resultó un tanto decepcionante descubrir que el texto es prácticamente una transcripción de una entrevista de fácil acceso. Es un poco como notar el mecanismo que usa el mago para sacar al conejo del sombrero. Habría sido una buena oportunidad para ir más allá de lo ya conocido, ya fuera mediante la investigación o la ficción.
“El corazón de nadie late por mí esta noche” cierra el libro en una nota melancólica. Los protagonistas son León y Darío, pareja laboral que se dedica durante la noche a recoger las bicicletas de alquiler mediante una aplicación. Este par de hombres de mediana edad navega de manera simultánea la noche y sus tribulaciones personales. León usa el enajenamiento para lidiar con la vida. Darío sufre un agudo caso de mal de amores. Ambos tratan, como pueden, de sobrellevar la vida en los términos que sus condiciones materiales les permiten. Mientras el dúo rescata bicicletas de los puntos más improbables, la prosa se inclina por un estilo más meditativo que el utilizado en las otras dos partes.
Sismo entre simulacros utiliza la movilidad de sus personajes para pintar un mosaico de la cada vez más ancha brecha social que divide a la Ciudad de México. Sus páginas transitan con familiaridad entre las calles capitalinas y quienes la habitan. Aquí y allá, Rodríguez Liceaga toma decisiones y presenta situaciones que en primera instancia podrían parecer inverosímiles. En las últimas páginas del libro, el autor presenta algunas fuentes documentales que sirvieron como inspiración para muchos de estos elementos y con ello nos recuerda que el ex-DF es un collage donde lo extraño, lo cruel y lo cómico cohabitan de maneras insospechadas.
Su propuesta juguetea en la frontera entre la originalidad (“Un muégano de rostros ausentes sonriéndole a la nada”) y el lugar común (“La luna parece un detallado pezón que tiene frío”), y aterriza en ambos lados de la línea en una proporción similar. En ocasiones se decanta por interrumpir el ritmo narrativo para insertar monsivaisianas observaciones que con frecuencia culminan en un tono sobreexplicativo:
Al Monumento al Bicentenario de la Independencia Nacional y del Centenario de la Revolución le llamaron, administrativamente, La Estela de Luz, pero la ciudadanía decidió que, como parece una enorme galleta, mejor se le diga La Suavicrema. Fue una decisión irrevocable. En realidad ese es el destino final de todos los proyectos en este país: la guasa, el cotorreo, ser una cosa apocada aunque conmemores dos siglos de historia. Y sin embargo que haya una enorme galleta en medio de los edificios más sofisticados es sumamente gracioso.
—Pinche Suavicrema estúpida —dice ella.
Aunque ciertas, estas inserciones roban a la narración parte de su vitalidad. Es bien sabido que todo chiste pierde su gracia cuando se explica. Páginas más adelante, se menciona a dos policías que “no saben que la redundancia cierra las puertas del paraíso”. Una vez más, palabras ciertas. Rodríguez Liceaga habría hecho bien en recordarlas.
Javier Armendáriz
Es autor de La tierra clama nuestros nombres (Inefable, 2024). Radica en Guadalajara, Jalisco.