¿Qué es el Afrofuturismo? Bautizado en el siglo XX, pero nacido en el XIX en Estados Unidos, este género de ficción especulativa se ha convertido en todo un caudal de expresión artística. Como nos muestra el siguiente ensayo, no sólo goza de cabal salud creativa sino que es un verdadero detonador político para las diásporas y las identidades particulares de raza, clase y género.
“I’m only black as long as you think you’re white.”
—James Baldwin
“El problema de nuestro tiempo es que el futuro ya no es lo que solía ser.”
—Paul Valéry
Es 1.º de enero. Acaba de ocurrir el primer contacto con una civilización extraterrestre. En mil naves interestelares masivas, del tamaño de portaviones, inimaginables para el estado actual de las ciencias y las tecnologías humanas, llegan seres del espacio. Aparecen ante las costas de Nueva Jersey y sin rodeos ni tardanza, los visitantes provenientes de los abismos cósmicos le plantean a la Casa Blanca un comercio interesante.
Aquí el reporte de un testigo:
Los gigantescos navíos llevaban en sus bodegas tesoros que Estados Unidos requiere con desesperación: oro, para pagar el rescate de los gobiernos federal, estatales y locales, prácticamente en bancarrota, sustancias químicas capaces de revertir la contaminación del medio ambiente, que día con día se volvía más tóxico, y que lo restaurarían al estado prístino que había tenido antes de que exploradores de Occidente lo pisaran; y maquinarias y combustibles nucleares absolutamente seguros, para resurtir las prácticamente agotadas reservas nacionales de combustibles fósiles. A cambio, los visitantes pedían una sola cosa —y ésta era llevarse de vuelta a su hogar estelar a todos los afroamericanos que vivían en Estados Unidos.
Diecisiete días después, el comercio concluye:
Durante la noche, los Negociantes del Espacio habían atracado sus extrañas naves justo sobre las playas y habían depositado en ellas sus cargamentos de oro, minerales, y maquinaria, dejando vacías sus inmensas bodegas. Atiborrando las playas estaban los reclutados, unos veinte millones de silenciosos hombres negros, mujeres, niñas y niños, incluyendo bebés en brazos. Conforme ascendía el sol, los Comerciantes del Espacio les ordenaron, primero, desvestirse, dejándoles nada más una sola prenda interior; después, que se alinearan, y finalmente, que entraran a esas bodegas que se abrían bajo la luz matutina como la “oscuridad visible” de Milton. Con temor, los reclutados miraron a sus espaldas. Pero, sobre las dunas por encima de las playas, con armas empuñadas, se erguían guardias de E. U. No había fuga posible, ni alternativa. Gachas las cabezas, con brazos unidos ahora con delgadas cadenas, la gente negra dejó atrás el Nuevo Mundo tal como sus antecesores habían llegado a él.
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Estos extractos1 pertenecen a un singular y controversial cuento de Derrick Albert Bell Jr. (1930-2011), profesor y abogado estadunidense, y uno de los creadores de la teoría crítica de raza. Fue el primer abogado afroamericano que recibió titularidad en la Escuela de Derecho de Harvard.
Uno de los ocasionales cuentos de ciencia ficción de Bell adquirió especial relevancia en años recientes. Se trata de “Los comerciantes del espacio” (1992), relato que en 2012 fue objeto de controversia política durante las campañas para las presidenciales entre Obama y Romney. En un artículo de The Atlantic Connor Friedersdorf recordaba a los críticos y ofendidos con el cuento que “harían bien en reconocer que durante muchas décadas de la historia de Estados Unidos, incluyendo años de la vida del Profesor Bell, una mayoría de estadunidenses habría votado a favor de intercambiar negros por riqueza fantástica, energía ilimitada y la eliminación de contaminantes”.
Ocho años después, el racismo es uno de los asuntos ineludibles de la elección de hoy. Tras las encendidas protestas de Black Lives Matter y las disparatadas declaraciones trumpianas —“He hecho más por la comunidad negra que ningún presidente, desde Lincoln”— no viene mal recordar a Derrick Bell y lo que representan sus relatos. Y sobre todo el hecho de que forman parte de un extraño movimiento literario, denominado Afrofuturimo.
Los comerciantes del espacio (HBO, 1994) muestra el cinismo y descaro de una administración republicana blanca.
¿Qué es el Afrofuturismo?
El término Afrofuturism fue acuñado por el crítico cultural Mark Dery, en un ensayo de su antología Flame Wars: The Discourse of Cyberculture2 (1994) titulado “Black to the Future”, en el que entrevistaba a tres personalidades afroamericanas: Greg Tate, Tricia Rose, y el laureado autor de ciencia ficción Samuel R. Delany, del que hablaremos más adelante. En el ensayo, Dery se preguntaba por qué “tan pocos afroamericanos escriben ciencia ficción, un género cuyos encuentros cercanos con el Otro —el extraño en tierra extraña— parecería excepcionalmente apropiado para las preocupaciones de novelistas afroamericanos”.
De esa pregunta nace la necesidad de hallar un género ad-hoc. Así, define luego el Afrofuturismo como: “ficción especulativa que trata temas afroamericanos y aborda preocupaciones afroamericanas en el contexto de la tecno-cultura del siglo veinte —y en términos más generales, significación que apropia imágenes de tecnología y de un futuro prostéticamente incrementado”.
Este subgénero narrativo avanza sobre tres ejes, como los describió recientemente Lisa Yaszek, en American Science Fiction (Cambridge, 2015):
1. Los relatos afrofuturistas participan en lo que la Premio Nobel de Literatura Toni Morrison llama el proyecto intelectual atlántico negro de reclamación a la historia estadunidense, consciente de cómo los esclavos africanos y sus descendientes padecieron condiciones de vida sin techo ni hogar, enajenación y dislocación. Nietzsche, de hecho, las describió como las condiciones fundacionales de la modernidad;
2. Los afrofuturistas recurren a la experiencia histórica de los sobrevivientes de la diáspora africana que cambiaron dicha experiencia para crear, según el académico y periodista británico de ascendencia ghanesa Kodwo Eshun, relatos de “intervención crono-política”, que multiplican la comprensión de sus lectores de cuanto puede significar vivir en una variedad de futuros de razas;
3. Los afrofuturistas identifican la posibilidad de estos nuevos futuros en la figura del genio negro: un joven (tradicionalmente masculino) “científico-inventor” que utiliza los productos de su ingenio para salvarse a sí mismo y a su comunidad de la opresión del blanco. La experiencia del enajenamiento lleva al genio negro a creaciones que cambian para siempre el curso de la historia.
Black Panther es probablemente la obra afrofuturista que mayor resonancia ha tenido a nivel internacional.
El primer afroamericano futurista
Martin Robinson Delany (1812-1885) fue un médico afroamericano cuyos estudios en Harvard acabaron truncados a los tres meses por quejas racistas. Escritor, periodista y abolicionista al igual que el gran orador y reformador social Frederick Douglass, terminaría su educación médica de manera autodidacta. Fue también posiblemente el primer nacionalista negro y la historia lo reconoce como el primer oficial afroamericano en alcanzar el grado de Mayor en el ejército de la Unión durante la Guerra civil estadunidense (1861-65).
Se considera a Delany como el primer autor afroamericano de ciencia ficción por Blake, o las chozas de América, relato en serie publicado de 1859 a 1862, escrito en respuesta a La cabaña del tío Tom, de la célebre abolicionista Harriet Beecher Stowe.3
Blake, el protagonista, viaja a Cuba a liberar a su esposa, vendida como esclava de una plantación de caña. Ahí alienta una revolución de esclavos y crea un Gran Consejo de negros libres. Utiliza todos “los recursos de la vida civilizada”, la sapiencia agrícola de los integrantes de la diáspora africana, combinada con las habilidades tecno-culturales disponibles, para llegar a fundar un imperio transcontinental del algodón, y socavar así el poderío económico del sur de E. U. Pero, en la visión utópica de Delany, todo ello llevaría inevitablemente a una guerra apocalíptica contra los blancos opresores.
De la obra fundadora de Delany derivan docenas de plumas negras que alimentan el Afrofuturismo del siglo XIX e inicios del XX. Destaco aquí a tres pioneros más.
Pauline Hopkins (1859-1930)
Periodista legendaria, admirada por su prosa desde los 14 años, escribió, entre otras obras históricas y de ficción, De una sangre: O, el yo oculto (1902-1903). Relata la odisea de un afroamericano, Reuel Briggs, estudiante de medicina en Boston, que en una expedición arqueológica a Etiopía encuentra una antigua ciudad oculta (y un tesoro fabuloso) y descubre que él mismo representa el regreso profetizado de un gobernante histórico cuyo destino será generar una dinastía global para desplazar la modernidad supremacista blanca. Un planteamiento netamente de CF, combinado con novela de aventuras o romance y denuncia social.

W. E. B. Du Bois (1868-1963)
sociólogo, historiador, activista y periodista —lectura obligada del Black Panther Party— contribuyó substancialmente a la Ley de Derechos Civiles de Estados Unidos, promulgada en 1964. Dubois resumió la situación afroamericana previa a la Primera Guerra Mundial en un cuento corto, “El cometa” (1920): toda la población de Nueva York muere debido al paso de un cometa. Sólo quedan un obrero negro que estaba en las bóvedas de un banco y una hermosa mujer blanca de la alta sociedad que trabajaba en su cuarto oscuro revelando fotografías. Tras encontrarse recorren en auto la ciudad abandonada, llena de cadáveres. Desde una azotea entienden su soledad. Todo pinta para la clásica reunión de un nuevo Adán y su moderna Eva, pareja primordial que ahora reúne dos razas. Pero la simbólica unión de supervivientes, que habría significado el fin del racismo, no se da. Las leyes segregacionistas Jim Crow siguen plenamente vigentes.
George S. Schuyler (1895-1977)
Periodista y comentarista social que coqueteó con el comunismo, el socialismo y el conservadurismo, autor de varias obras políticas, escribió la novela Negro nunca más (1931), una obra maestra satírica para la época en que apareció, y con clara relevancia en la actualidad. Basándose en los productos de cuidado personal de Madam C. J. Walker —la primera millonaria de color reconocida en EE. UU.— Schuyler imagina un proceso científico que permite a la gente negra volverse blanca, y lleva las consecuencias a niveles de Swift en su burla de “la línea de color” racista. Los blancos terminan pintándose de negro, usando pintura blackface, para diferenciarse de los negros que ahora son blancos.

Hay que mencionar que muchas de las obras especulativas de aquella época, incluyendo a la pionera Blake, o las chozas… concluían en guerra abierta contra los blancos. Aunque esa guerra imaginaria nunca se materializó en E. U. —a diferencia de la guerra de la revolución haitiana (1791-1804), por ejemplo, la única sublevación exitosa de negros en la historia—, es innegable que el conflicto social y racial estadunidense sigue muy vigente, con brotes de violencia y muerte, en una sociedad altamente polarizada.
De la Guerra civil (1861-65) a nuestros días
Al concluir la mayor guerra librada en el continente americano hasta la fecha, la población afroamericana estadunidense —tanto del Norte industrial antiesclavista como del Sur agrícola, esclavista— accedía a la educación y ganaba movilidad social. Mientras tanto notables académicos despejarían las falsedades teóricas y los prejuicios de raza, reafirmando desde la negritud que la inteligencia humana no tiene ni sexo ni raza. En esto muchos seguían, desde las ciencias sociales, los pasos de Franz Boas (1858-1942), quien estableció como axiomático el relativismo cultural a partir de 1887. Entre ellos, por sólo mencionar algunos están la antropóloga Zora Neale Hurston, el ya citado W. E. B. Dubois y Alain L. Locke.
Hoy, gente de color destaca en todos los espacios de la vida estadunidense, salvo —como ya mencionaba Alain L. Locke en su obra póstuma The Negro in American Culture (1957)— en el ámbito de los grandes negocios y las altas finanzas transnacionales. El Afrofuturismo, por su parte, tiene presencia múltiple en la pintura, la danza, la música y el cine.
Aunque los autores afrofuturistas quedaron al margen de la “Edad dorada” de la CF que lideró John W. Campbell y la revista Astounding (1938-1950), en la década de 1960 surgen dos autores fundamentales, hoy parte del canon universal del género: Octavia E. Butler (1947-2006), primera escritora afroamericana en recibir la beca McArthur, y el ya mencionado Samuel R. Delany (1932-), quien publicó su primera novela a los 20 años (Las joyas de Aptor). Ambos llevan la pionera CF negra decimonónica, utópica o distópica pero confinada a fin de cuentas a la Tierra, al espacio sideral o a universos paralelos, abren puertas mentales y cósmicas a temas de identidad, sexo, raza, esclavitud y fatalidades del poder apenas exploradas, o aún intocadas, por otros autores. Veamos.
Negritud cósmica de Octavia E. Butler
Sobre una deslumbrante carrera literaria que abarcó décadas de obras de no fácil lectura, desconcertantes, complejas y visionarias el eminente crítico John Clute señala: “Los matrimonios de vida y poder, en la visión de Butler, sólo podrían entenderse como extremismo llevado al límite de sus últimas consecuencias”. Para escribir Butler se documentaba meticulosamente. Por sus libros transitan alienígenas, viajeros en el tiempo, futuras generaciones humanas que desafían toda idea de género, sexo, raza y esclavitud, surgen otros mundos donde biologías inimaginables requieren tríos para reproducirse, donde varones esclavizados por dictatoriales extraterrestres se embarazan o mujeres se reproducen por partenogénesis; no sólo consideraba etnias múltiples, sino especies múltiples.
Delany: profesor y teorista queer
Igualmente rompedor de paradigmas es Samuel R. Delany, autor precoz de sagas mitológicas, de “espada y hechicería”, medianamente convencionales, como Las torres de Toron, en las que personajes “dañados” realizan búsquedas y acometen misiones de vida o muerte, o la hermosa Balada de Beta-17, en la que un antropólogo espacial descubre la historia de naves generacionales a través de la epónima balada del título. Pero, al paso del tiempo, la obra de Delany se adentraría en territorios antes inexplorados. Profesor de lingüística en diversas universidades, apasionado de la semiótica, escribe Babel-17 basándose en las hipótesis de Sapir-Whorf, que proponen que las lenguas que hablamos forman parte integral de nuestra percepción de la realidad. En Babel-17 el lenguaje se convierte en arma de dominación; conforme los humanos aprenden una lengua extraterrestre, quedan a merced del enemigo interestelar. Para John Clute La intersección Einstein es la obra más redondeada de Delany, en la que alienígenas, en una Tierra de la que ha desaparecido el Homo sapiens, adoptan formas humanas, papeles y conductas de celebridades históricas que van de Billy the Kid a Cristo, y a un rapsoda asesino, encarnación futura de Orfeo que pulsa un machete en vez de la proverbial lira. En Nova, personajes que descienden anímicamente de François Villon o de Jean Genet, viven un nuevo mito de Prometeo y la búsqueda de un Santo Grial, que finalmente será encontrado en el corazón de una estrella nova.

Al ir distanciándose de sus primeras obras, Delany tampoco será un autor de fácil lectura, y llegará incluso a escandalizar cuando explora, en lenguaje pornográfico —tanto en CF como en su no-ficción— patologías, sexualidad, homosexualidad, bisexualidad, transexualidad, transhumanismo, resquebrajando nociones tradicionales de género y sexo. Esto ocurre, por ejemplo, en novelas como Tritón (1976), presentada después como Problemas en Tritón: Una heterotopía ambigua (1996), donde los protagonistas, en uno de “los otros espacios” concebidos por Michel Foucault, cambian de sexo y/o raza mediante intervenciones médicas. Algo similar ocurre en Dhalgren, obra críptica de casi mil páginas, con un protagonista intermitentemente esquizofrénico, novela que ya hace décadas había vendido más de un millón de ejemplares tan sólo en E. U. En sentido amplio, se le compara con Finnegans Wake de Joyce. Igualmente crítico literario, y analista de la ciencia ficción, Delany ha recalcado: “Tenemos que aprender a leer ciencia ficción como ciencia ficción”. Hoy, a sus 88 años, da ocasionales conferencias, pero publica poco; los editores —en estos tiempos de corrección política hipersensible— ven con cierta desconfianza una obra y una personalidad tan controversial como la suya, la cual ha tocado en tiempos recientes temas de degradación y sometimiento. Llamado “teorista queer” por no pocos críticos, es un autor inevitable para quien quiera conocer realmente la historia del género, digamos, de 1926 (aparición de la revista Amazing Stories) a la fecha.

Punta de lanza de escritoras
En la actualidad, las plumas y voces negras de la CF destacan a menudo en la vanguardia del mercado, y por momentos, arrasan. Eso sucede con la imparable N. K. Jemisin, única autora que ha ganado el Hugo Award, máximo laurel de la CF, por tres años consecutivos (2015 a 2017) con las tres novelas de su trilogía “Tierra rota”, y quien acaba de recibir también la beca MacArthur 2020.
Otras obras dignas de atención corresponden a la ghanesa-inglesa Nnedi Okorafor y la caribeña Nalo Hopkinson, entre una constelación de autores que elevan voces desde la negritud del continente americano.4 Entre las más recientes está Rivers Solomon, egresada de Stanford. Esto nos dice sobre elle en su sitio personal: “Es una lesbiana, una Trekkie, una aspirante a reina ciborg, una princex basura, comunista, una machorra, una femme, una feminista, una ruina, y una refugiada de la trata de esclavos trasatlántica. Elle escribe sobre la vida en las orillas, donde se sienten en casa”.

La promesa del Afrofuturismo
En el papel de curadora de la CF negra y afrofuturista tenemos a la académica Nisi Shawl, quien recientemente elaboró un Curso rápido de ciencia ficción negra(2016), para la Carl Brandon Society, dedicada a la presencia de autores de color en CF, fantasía, horror y otros géneros. Una guía cronológica imperdible para quien se interese en la vertiente afrofuturista.
Como género prolífico, la promesa del Afrofuturismo radica en su relativa juventud. Es un movimiento de 26 años. A partir de aquella propuesta de Mark Dery (1994), y a través de antologías como las de Sheree R. Thomas, Dark Matter (2000 y 2004), el Afrofuturismo investigó, encontró una tradición olvidada y consolidó un linaje que se remontaba al siglo XIX, y que hoy incorpora a adelantados como Octavia E. Butler y Samuel Delany. Más que ocuparse del futuro, polemistas del movimiento afirman que busca reconciliar identidades negras con la tecnología actual del ciberespacio. Recordemos un comentario del autor soviético de CF Yeremei Parnov: “En primer lugar, la misión social de la ciencia ficción radica en detectar y encarnar las ansiedades y expectativas de la gente. Prepara a la sociedad, por así decirlo, para nuevos logros y cambios radicales y advierte sobre posibles peligros”.
Político y especulativo, el Afrofuturismo, con sus hondas raíces en el siglo XIX, aporta su grano de arena a la debacle social del presente, desde un país y un continente donde la negritud no alcanza todavía plenamente la igualdad moral, jurídica y constitucional deseable para cualquier ser humano. Más aún si consideramos que en E. U. la población negra —junto con aquellas que reúnen los términos hispanic y latinx— en escasas décadas será más numerosa que la población blanca. Se ha recorrido inmenso trecho, en lo general para bien, de los años de la travesía atlántica a la situación actual. Pero persiste una oscuridad de la razón, planetaria y monumental patente en demasiados países (y gobernantes). Contra estas tinieblas, sin embargo, el historiador y sociólogo Frank Tannenbaum (1893-1969) concluía Slave & Citizen, The Negro in the Americas (1963) con estas palabras:
La sociedad es esencialmente dinámica, y aunque los molinos de Dios trituran despacio, trituran cada vez con mayor certeza. El tiempo —el tiempo largo— bajará un velo sobre el blanco y el negro en este hemisferio, y generaciones futuras mirarán atrás a este registro de conflicto tal como queda revelado en la historia de la gente de este Nuevo Mundo nuestro con asombro e incredulidad. Porque no entenderán los problemas en torno a los cuales se daba el conflicto.
La esperanza, lo único que quedó en el fondo del jarrón de Pandora, muere al último.
Rémy Bastien van der Meer
Guionista, traductor.
1 Las traducciones son del autor del artículo.
2 “Flame Wars” (“Guerras de llamas”), en “compu-caliche”, se refiere a intercambios vitriólicos en línea, aunque a veces también pueden darse cara a cara.
3 En Books That Changed the World (New American Library, 1956) Robert B. Downs destaca La cabaña del tío Tom como la novela más influyente de la historia. Documenta también las opiniones radicalmente opuestas que mereció: “una distorsión monstruosa inspirada por fanatismo abolicionista” vs., por ejemplo, “inmortal”, “un triunfo de la realidad”. Nada más en su primer año (1852), la obra canónica de Beecher Stowe vendió más de 300 mil ejemplares a ambos lados del Atlántico.
4 La CF producida en muchos países de África sería tema aparte, ya que no necesariamente comparte los tres puntos definitorios del Afrofuturismo. Sin embargo, el codiciado premio británico Arthur C. Clarke Award de 2020 acaba de ser otorgado a Namwali Serpell, académica y autora nacida en Zambia, con The Old Drift. El año pasado, el laurel lo ganó Tade Thompson, psiquiatra y novelista inglés de ascendencia nigeriana, con Rosewater.