En este ensayo, la autora toma a la maqueta del Templo Mayor que el gobierno de la Ciudad de México ha erigido en el Zócalo como un punto de partida para una reflexión crítica sobre la política cultural de la administración morenista.

Fotografía: Joyborg bajo licencia de Creative Commons
Cada vez es más evidente que la 4T no tiene un plan para el arte y la cultura. Lo que hay, en todo caso, es una suerte de antiplan. Algo parecido a una línea —bastante obvia, por cierto— tirada desde lo alto; un hilo ralo con el que los funcionarios a cargo se apresuran a tejer, sin mayor razonamiento que la obediencia cortesana, una sarta de programas insustanciales y, por ende, intrascendentes. Un esqueleto de política cultural, decididamente vago, con el que, no obstante, se busca transformar el panorama de las artes en México. Mejor dicho, con el que se dice que se busca. Un afanoso hacer parecer que lleva, después de numerosas vueltas y su correspondiente dispendio, a lugares que de tan sobados brillan con un lustre mediocre pero pomposo.
Por ejemplo: levantar un Templo Mayor al lado del Templo Mayor. No, no como los aztecas, cargando quién sabe cómo piedras enormes traídas de quién sabe dónde para honrar a sus quién sabe cuántos dioses. Sumidos ya no en la posmodernidad sino en el postodo, lo que hoy se nos ofrece es un monumento prefabricado, redundante, producto de uno de esos chispazos que no deberían traspasar nunca las fronteras del insomnio, sin mayor utilidad que la de deslumbrar a los que tienen entumida la capacidad de encontrar belleza en la piedra pelona de las construcciones antiguas. Puras ventajas, piensa el burócrata inspirado: la gente no tendrá ya que hacer el esfuerzo de imaginar que esos montículos modestos, cuyas escaleras no llevan a ninguna parte, fueron alguna vez hermosos palacios. Aquí todo viene incluido: talud, tablero, copete y, para mayor precisión histórica, refinado cromatismo fluorescente. Y al amanecer, uno supone, rodarán corazones de papel maché. Por mi tablarroca hablará el espíritu —por lo menos el espíritu de la fotocopia, pues esto ni a facsímil llega. Nadie dijo que la imaginación estuviera llegando al poder.
La cohabitación de los dos templos, el Huey Teocalli y su espejito de Disney, es, así, metáfora perfecta de la inoperancia eficiente del funcionariado que llena las filas de nuestra triste burocracia cultural desde tiempos inmemoriales. Sólo que hoy esa impericia diligente acaso haya llegado a superarse en su rebuscamiento, en su manera barroca de hacer girar la misma tuerca. No parece que estemos ya frente al malabarismo obtuso de antaño, que hacía mucho, pero nunca lo esencial (un ejemplo: concentrar cinco bibliotecas en un mismo espacio de la capital del país, nada escasa en bibliotecas, en lugar de llevarlas a parajes donde hacían verdadera falta. Y a eso darle el nombre aparatoso de La Ciudad de los Libros; una ciudad que, como suele pasar con los proyectos inútiles, acabó en pueblo fantasma). En la actualidad asistimos a una forma churrigueresca de inacción disfrazada, ya no de oficio por triplicado sino de cartilla moral. No solamente se hace poco, sino que además a las migajas se les atribuyen propiedades salvíficas. La decisión de dejar caer el presupuesto hasta casi rozar el cero no es por falta de interés en todo lo que tiene que ver con las artes (o más bien en todo lo que no tiene que ver con el ejército); en realidad es una manera de evitar que el gremio cultural caiga en la tentación y se corrompa. Es por nuestro bien, pues.
Al Fonca, por ejemplo, se le terminó perdonando la vida, pero no sin modificaciones, algunas anecdóticas —como el pago puntual de las mensualidades, hoy farragoso— y una crucial, dado que trastoca el sentido profundo de lo que solía ser este organismo: ahora los jurados no están integrados únicamente por artistas —el muy encomiable juicio entre pares— sino que se ha dado entrada a una serie de “especialistas” cuya trayectoria tiende a lo oscuro, que están ahí para vigilar que los creadores no se excedan. Lo grave no sólo es que pasó lo temíamos —el Fonca perdió su independencia— sino también cómo se consiguió esto. Un ejemplo: las reglas de operación del Sistema Nacional de Creadores están intactas desde 2017, y ahí queda estipulado, sin ambigüedad alguna, que las comisiones de selección estarán compuestas por artistas y expertos “de reconocido prestigio en la disciplina artística correspondiente”. Sin embargo, en la pasada edición fue posible encontrar, dentro de estos comités, nombres de personas con competencia insuficiente, cuando no dudosa, para juzgar el trabajo de los creadores. Y, encima, se nos dice que la designación de los jurados se hizo por medio de “insaculación universal”. ¿Cómo será de ordenado y obediente ese universo que en cada disciplina aparecieron, metódicamente, dos de estos nombres nebulosos? Tampoco es claro que pudiera conseguirse la igualdad de género, como se anunció, si no se tenían por lo menos dos sacos de nombres. Una sospechosa teoría de conjuntos, pues, por lo visto diseñada para nada más que aleccionar. Manotazo al que ose pedir más de dos veces el apoyo del Sistema Nacional.
Por increíble que parezca, hay cosas más disparatadas que erigir un templo que cambió el tezontle por unicel para parecerse más al que nunca fue. Digamos, Efiartes. En algún momento del pasado lejanísimo (i.e., por ahí de 2010), a un encargado de despacho se le ocurrió la idea —un laberinto mental tipo pregunta para consulta popular— de, en vez de simplemente crecer la tajada del presupuesto federal dedicada a la cultura y gastarlo, ay, en cultura, tomar un camino empedrado y serpenteante, esto es, burocrático, para llegar a lo mismo: usar parte de los impuestos de los contribuyentes para apoyar un número, nunca sobrado, de proyectos artísticos. Pero no todos los contribuyentes, claro: era un plan para que los ricos jugaran a hacerle de mecenas y dedicaran parte de su carga tributaria al patrocinio de producciones cinematográficas y teatrales (después se sumarían la música, la danza y demás). Sobra decir que los verdaderos protectores de las artes no necesitan que nadie llegue a querer arrancarles sus impuestos; ni qué decir del conflicto que suponía para muchos verse auditados en el trayecto. Pero quizás el mayor problema estaba en que muy pocos creadores tenían acceso a los grandes dineros —porque eran ellos, no el gobierno, los que tenían que salir a pescar aspirantes a filántropo—, así que terminó siendo un programa, por decir lo menos, desequilibrado y confuso. Cuando llegó la 4T, el nuevo gobierno quiso transformar esto de inmediato, como tantas otras cosas, y, después de meditarlo en flor de loto durante más de dos años, ideó una nueva modalidad.
Lo más apropiado, pensábamos muchos, habría sido también lo más sencillo: invitar a las empresas a dirigir una porción de sus impuestos a una bolsa que, después, podría haber sido repartida de manera justa entre los solicitantes. Pero, no, mejor enroscar más el bucle y llegar a una solución que nos llene de perplejidad y estupor. En efecto, habrá unos empresarios entusiastas que, en un impulso cívico, contribuirán a las arcas públicas. Habrá, pues, una bolsa. Habrá también unos creadores que, para como están las cosas de horribles, correrán a presentar cientos de proyectos. Habrá, entonces, una comisión artística encargada de sacar del copioso montón apenas unos quince proyectos, porque la bolsa, al final, no dio para tanto. Pero lo que habrá de colofón es más delirante que poner siete templos de caramelo en la plancha del Zócalo. Si antes se les ofrecía a los empresarios sus quince minutos de Medici nomás por cumplir con sus obligaciones fiscales, ahora se les va a dar el poder de decidir qué películas deben filmarse, qué obras de teatro montarse, qué arte producirse; es decir, el poder de trazar el camino de la producción artística nacional. No es broma: los proyectos elegidos por el comité se subirán a una plataforma —una vil pasarela, esto es— para que los ricos elijan el que les guste más.1 Si el eslogan anterior parecía ser: “¡Señor millonario, pague sus impuestos, conviértase en productor de cine y llévese una cena con Gael García Bernal!”, el eslogan de hoy sería: “¿Le disgusta el arte conceptual? ¿Le irrita el arte que critica a las grandes corporaciones como la suya? ¡No se preocupe! ¡Pague sus impuestos y aquí se lo cambiamos!” ¿En qué planeta es esto deseable? Ya podemos imaginar el tipo de proyectos que ganarán los favores de nuestro docto empresariado. Digo, con el perdón de los amantes del Fantasma de la Ópera, suena a que habrá varios proyectos que quedarán en la orfandad absoluta.
No deja de sorprender que sea precisamente el gobierno de la revolución de las conciencias el que se muestre más reacio que ningún otro a cualquier paso que intente darse hacia adelante. El gesto de tenderle abiertamente la mano —y la bolsa, la chequera, el mantel, los cubiertos, el sillón de la tele y la tele— a los empresarios resulta, pongámoslo así, ligeramente corrompido por el paso del tiempo y con sabor y olor fuertes y desagradables. O sea: rancio.
Un ejemplo más, intitulado “La transformación viaja en trenecito de feria”. Y dice así: el Museo Dolores Olmedo está en aprietos económicos. Algo que no se explica ni por la mismita pandemia, pues este recinto guarda en sus salas un tesoro que en otras alcaldías provoca que la gente haga colas de horas, a veces bajo la lluvia y sin perder el ánimo, incluso los que van hincados (la otra Basílica, le dicen). Ese cofre de riqueza inagotable se llama Frida Kahlo, y el Museo Dolores Olmedo tiene veinte de sus mejores obras. Pero, misterios de la vida, la cosa no cuajó. Los pavorreales están cada vez más pelones, en la cafetería se venden unos sándwiches como de carretera y las salas de Frida, las últimas al fondo, están, insisto, incomprensiblemente vacías. Pero no se inquiete señor Phillips —el hijo de Olmedo que es director del recinto—2 que para eso está el gobierno de la Ciudad de México, donde alguien, probablemente la misma persona que concibió en sueños —o en opio, cómo saber— el débil trasunto del Templo Mayor, volvió a creer que se le había ocurrido algo genial e inédito cuando en realidad estaba desenterrando la más vieja de las salidas. Esa, de nombre inequívoco: Fobaproa. Por los próximos cuarenta años, el gobierno local le pagará no sé cuántos millones de pesos a Phillips para que en vez de cerrar su museo lo lleve a otro nivel: el de la exferia de Chapultepec, ahora Parque Urbano Aztlán. ¿Quería visitantes, don Carlos? Aquí se los traemos a carretadas. (Un paréntesis para observar el dilema: por supuesto que sería muy lamentable que a las obras de Frida se las tragara una caja fuerte en quién sabe dónde, pero ¿el costo de seguirlas viendo tiene que ser precisamente ese?)
Y, finalmente, está esto: como se sabe, el gobierno de la Ciudad de México va a construir un parque en el parque de Chapultepec (al ladito de la nueva feria que está donde estaba la vieja feria y a unos pocos kilómetros del templo bobo que está frente a donde sigue estando el Templo Mayor). Para ello, la Secretaría de Cultura le va a dar todo el presupuesto con el que cuenta para los siguientes tres años: un apartamiento del cauce original de los fondos, por no decir abierto desvío, que no parece que vaya a esclarecerse en el futuro próximo. Como es también sabido, en este parque va a haber un museo de arte contemporáneo diseñado nada más y nada menos que por Renzo Piano. Los arquitectos suelen cobrar un porcentaje del costo total de la obra —alrededor del 10 % es lo usual— pero en el mundo paralelo de los starchitects, como se les conoce, no hay reglas y los sueldos tienden a crecer en proporción a la fama. Dicen que Frank Gehry, a quien debemos la moda de los edificios cual envoltorios de regalos, cobra un millón de dólares, de entrada. Cabe suponer, entonces, que por mucho que alguien se haya tomado la molestia de explicarle al señor Piano que en México somos austeros y que aquí nadie gana más que el presidente, la cifra final equivaldrá a varias pirámides del Zócalo.
Una instancia pública, claro está, no puede cubrir semejantes honorarios, pero no porque resulte descabellado e impropio para los tiempos que corren, sino porque llega demasiado tarde: ya todo fue a parar a otras bocas —dos, en concreto. Pero, como Blanche, siempre podremos depender de la bondad de los extraños. El empresario Agustín Coppel ha propuesto pagar parte importante de la cuenta; el resto correrá a cargo del Fideicomiso Probosque de Chapultepec. No queda claro de dónde saldrá el dinero para después construir el museo, pero flamante diseño habrá, llueva, truene o relampaguee —como se le dice ahora a ese proceder, altamente democrático, que deviene en acciones a las que, incluso si atentan contra el sentido común, se les da un aire churchilliano de no tengo nada que ofrecerles más que sangre, sudor, lágrimas y obras públicas inútiles. (Otro paréntesis para echarle un vistazo al problema: ¿A quién no le gustaría que en la ciudad hubiera un edificio maravilloso de Renzo Piano, el cual poder visitar de cuando en cuando? Pero, una vez más, ¿para qué un museo? ¿Por qué ahora? ¿Por qué Piano? Y desde luego que está muy bien que los privados quieran participar, sobre todo cuando el dinero público cae a gotas —agüita con moraleja— pero ¿por qué así, tan sin pies ni cabeza?)
Cada día queda más claro, ya decíamos, que no hay un plan para el arte y la cultura. Hay ocurrencias. Ni siquiera el programa estrella de este gobierno se ha salvado de su propia y severa guillotina: de un año al otro, el presupuesto para Cultura Comunitaria pasó de 637 a 97 millones de pesos. Descansen en paz las ínfulas redentoras de Alejandra Frausto, que se había propuesto “reconstruir la esperanza, [pues] a nosotros, a partir de la cultura, nos toca reconstruir la sociedad y darle sentido a la vida que salvamos; si la salvamos es para lo que trasciende, para lo que nos conforma como una sociedad más solidaria, más justa, más humana”.3 Si esta herramienta magnífica fue echada a los perros, pocas ilusiones cabe hacerse de que subsistirá lo demás. No exageran los que advierten que las instituciones culturales están operando con presupuestos que apenas se elevan por encima de cero. Y, lo que es peor, no es una situación que parezca que vaya a corregirse en los siguientes tres años (la pandemia nos vino como anillo al dedo… porque es eterna).
Luego está la ceguera: muchas cosas estaban mal en este país antes de que llegara este gobierno, no así las artes, pletóricas de vitalidad robusta y generosa, y no había más que darle un empujoncito a la máquina para que siguieran produciéndose cosas fabulosas. En lugar de eso, la administración ha preferido amurallarse (lo vimos el 8 de marzo), cancelar el diálogo, cerrar la llave y permitir, así, que se desvanezca una generación entera de gente que podría haber contribuido a la vida creativa de este país. ¿Qué transformación puede venir de no tener contacto alguno con el suelo de nuestra realidad más material? ¿Qué cambios prodigiosos llegarán con esta noción de cultura que se agota en una estafa de brillantina piramidal? Todo parece indicar que este gobierno ya se cruzó de brazos en materia de cultura y no está más que esperando a que los privados dispongan. Así las cosas.
María Minera
Crítica y activista cultural
1 Ver el apartado 14 del Capítulo IV de las Reglas generales para la aplicación del estímulo fiscal a proyectos de inversión en la producción teatral nacional; en la edición y publicación de obras literarias nacionales; de artes visuales; danza; música en los campos específicos de dirección de orquesta, ejecución instrumental y vocal de la música de concierto y jazz, publicadas en el DOF el lunes 15 de febrero de 2021.
2 Y del Anahuacalli y la Casa Azul.
3 Fragmento del discurso vertido por la secretaria de Cultura en el marco de la inauguración del IV Encuentro de Redes IberCultura Viva, el 8 de septiembre de 2020.
Que destruyan la ciencia mexicana, que nunca ha sido del interés de gobernante alguno, no sorprende. “Reconocimiento” antes que “conocimiento” ha sido la divisa histórica de las elites de este país.
!Pero destruir el aparato cultural! ¡el arte que nos hace lucir ante el mundo! ese lado hipertrofiado de las culturas latinas ¿también será destruido?.
No se trata de construir, para equilibrar, “las dos culturas” (C.P. Snow).
En la 4T se trata de destruir…para igualar por lo bajo.
P.D. Todo funcionario publico para ser contratado debería leer, entender y aplicar lo demostrado en este artículo: https://www.nature.com/articles/s41586-021-03380-y
“Por mi tablarroca hablará el espíritu…” ¡Excelente ensayo! Felicidades, María Minera.