La pequeña ignorancia. Antología poética de Wallace Stevens (2022) —introducción, selección y traducción de Hernán Bravo Varela— llega a librerías mexicanas de la mano de Dharma Books. El libro puede leerse como una declaración de algunos de los más sagrados principios del poeta estadounidense: que “el realismo es la corrupción de la realidad”. Su poesía barroca no celebra la inteligencia, sino el esplendor de la mente que participa del mundo.

“La poesía, señora, es la ficción suprema”, escribe Wallace Stevens (1879-1955) al inicio del poema “Una mujer mayor, pretenciosa y cristiana”. El concepto se exhibe a lo largo de su obra como una declaración de principios. No es que la poesía se desentienda de lo real. Por el contrario: la realidad se funda en la imaginación y sus plenos poderes. Así, y a diferencia del filósofo, el poeta no debería aspirar a la verdad, sino a lo verosímil: el cuento que nos hacemos de lo verdadero. “…para ser verdaderamente poeta —advertía Sócrates en el Fedón— no basta hacer discursos en verso, sino que es preciso inventar ficciones”.
Los padres irreconciliables de la poesía moderna estadounidense, Walt Whitman y Emily Dickinson, encarnan a la perfección aquella disyuntiva socrática. El primero, por un lado, anuncia el evangelio de su joven país. El discursivo Whitman le da voz y voto a los Estados Unidos; para él, no hay diferencia alguna entre celebrar la naturaleza o el cuerpo humano y exaltar la democracia o el cuerpo social. Dickinson, por otra parte, diseña y habita una realidad que puede definirse, en términos de Virginia Woolf, como una habitación propia. Para Dickinson, la naturaleza es un paisaje interior, y el cuerpo, la entrada a un espacio sin fronteras y a un tiempo inmemorial. A las garantías civiles defendidas por Whitman, Dickinson opone valores tan íntimos como metafísicos. Del encontronazo entre ambos poetas nace, ni más ni menos, la poesía estadounidense del siglo XX y, en particular, la de Stevens: si en esta última hay discursos, se trata de “extractos de discursos”, “prólogos a lo posible”; de haber ficciones, son “la de un absoluto” y poseen una condición “suprema”. Los discursos colectivos se contienen para que la ficción individual se desborde. Las ideas se aceptan como metáforas del contenido, y las metáforas, como formas de pensamiento. La poesía es la única realidad posible, por eso hay que inventarla.
Stevens trabajó buena parte de su vida como abogado en compañías de seguros. Nada más lejano a estas labores, en las que destacó por su capacidad ejecutiva, que la escritura poética —especialmente de la suya, sustentada en paisajes de chocolate con una “obesa máquina / del océano” al fondo, en frascos animados de cristal, en emperadores del helado y del tabaco, en trovadores de guitarra azul, en pabellones de sandías y palacios habitados por bebés, en planetas girando sobre una mesa o en niños salvajes de un mundo postapocalíptico—. Mayormente incomprendido por su excéntrica suntuosidad hasta no mucho antes de morir; acusado por Robert Frost de redactar “fruslerías”; opositor a la búsqueda pacata de una “realidad objetiva”, Stevens fue siempre fiel a uno de sus adagios: “El realismo es la corrupción de la realidad”.
De ahí que se tilde a su poesía de barroca. Y aunque tal opinión no resulte descabellada —sobre todo a la luz de José Lezama Lima, con quien Stevens comparte una “abundancia justa”—, el adjetivo debe matizarse. Estamos ante un barroco mental, donde el horror al vacío de los metafísicos ingleses y sigloristas españoles se actualiza en la angustia frente al progreso y la razón. Consciente de las caídas de su época, Stevens no celebra las facultades técnicas de la inteligencia, que descansa en el ego, sino el esplendor sensorial de la mente, que participa del mundo. No hay paradoja: una fiesta privada de la imagen no equivale a un simposio público de ideas. El poema “debe de resistir la inteligencia / casi exitosamente”: esto es, combatir la lógica cartesiana —un “discurso del método” poético en blanco y negro— para abrazar la intuición, una conciencia holística que revela matices ahí donde solo se advertían polos opuestos.
Como señala Harold Bloom en La escuela de Wallace Stevens (2011), este último ha marcado la pauta de la gran lírica estadounidense del siglo xx: John Ashbery, Anne Carson, Louise Glück, Charles Simic, Mark Strand… Pese a sus diferencias —la epifanía casual y distorsionada en Ashbery, el archivo pirata y la memoria escalable de los clásicos en Carson, los estudios clínicos o forenses de la intimidad en Glück, la fábula de la vigilia y el espionaje de los sueños en Simic y Strand—; pese a sus diferencias, los cinco heredaron de Stevens el rechazo al chantaje emocional, la metamorfosis del recuerdo o de la anécdota en antropología, la arbitrariedad como técnica indagatoria y la asimilación de la alta cultura y de la naturaleza a ras de suelo en un mismo caldo de cultivo. Pero, sobre todo, estos autores heredaron una lección central: nada es lo que parece y aparece, al menos en poesía. Ya sea que aborden sensaciones arcanas, universales o particulares filosóficos, datos o cosas en concreto, los poemas parten rumbo a “una nueva noción de realidad”, que rehúye al sedentarismo del sentido. No siempre los límites del mundo son los del lenguaje; bien mirado, el lenguaje poético sugiere y transfigura lo que la prosa del mundo comunica y expone. De acuerdo con Helen Vendler:
Decir que un poema trata sobre escapar a la muerte, otro sobre un velorio en casa, uno más sobre ser estadounidense, algún otro sobre resistir el desánimo suicida y otro más sobre envidiar la amnesia de la naturaleza, es solo para recordarle a los lectores que los poemas de Stevens atañen a experiencias emocionales en general que nos son comunes a todos […] aquel mundo interior, nuestro concepto del mundo y el mundo que tenemos es uno de gran viveza y realidad. También se trata de un mundo que cambia radicalmente con el tiempo mientras envejecemos, de modo que la labor de registrarlo resulta interminable.1
Siguiendo las palabras de Vendler, la riqueza y la felicidad expresivas no son sinónimos de completud, sabiduría e ingenuidad vitales, sino un modo de advertir espejismos y carencias, y de hacerlo sin titubeos (es decir, sin la solemnidad de las vacilaciones). Se trata de una suficiencia basada en la suma de sus antónimos. Como Góngora, Wallace Stevens prefiere constelar la noche para no internarse a ciegas en ella. Esos y otros artilugios “Ayudan a enfrentar el aplastante abismo / que hay entre nosotros y el objeto, el origen / exterior, la pequeña ignorancia que es todo”.
—Hernán Bravo Varela
* * *
The Snow Man
One must have a mind of winter
To regard the frost and the boughs
Of the pine-trees crusted with snow;
And have been cold a long time
To behold the junipers shagged with ice,
The spruces rough in the distant glitter
Of the January sun; and not to think
Of any misery in the sound of the wind,
In the sound of a few leaves,
Which is the sound of the land
Full of the same wind
That is blowing in the same bare place
For the listener, who listens in the snow,
And, nothing himself, beholds
Nothing that is not there and the nothing that is.
El muñeco de nieve
Uno debe tener mente de invierno
para considerar la escarcha
y el ramaje de pinos con corteza nevada.
Y haber tenido frío un largo tiempo
para ver los enebros gastados por el hielo,
los abetos rugosos en el brillo distante
del sol de enero. Y no pensar miseria
alguna en el sonido del viento, la manera
en cómo algunas pocas hojas suenan
—es decir, el sonido del lugar
lleno del mismo viento
que está soplando en ese mismo sitio,
vacío para el escucha que en la nieve escuchara
y puede ver, él mismo siendo nada,
la nada que no está y la nada que es.
* * *
Nuances of a Theme by Williams
It’s a strange courage
you give me, ancient star:
Shine alone in the sunrise
toward which you lend no part!
I
Shine alone, shine nakedly, shine like bronze,
that reflects neither my face nor any inner part
of my being, shine like fire, that mirrors nothing.
II
Lend no part to any humanity that suffuses
you in its own light.
Be not chimera of morning,
Half-man, half-star.
Be not an intelligence,
Like a widow’s bird
Or an old horse.
Matices a un tema de Williams
Es una extraña valentía
la que me das, estrella de antes:
¡brilla a solas en el amanecer
del que no formas parte!
I
Brilla a solas, desnudo, como bronce
que no enseñe mi rostro o alguna parte interna
de mi ser; como fuego que no refleje nada.
II
No participes de una humanidad
que te bañe en su luz.
No seas una quimera matutina,
mitad una persona y mitad una estrella.
No seas un intelecto,
como un ave de viuda
o algún viejo caballo.
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Anecdote of Men by the Thousand
The soul, he said, is composed
Of the external world.
There are men of the East, he said,
Who are the East.
There are men of a province
Who are that province.
There are men of a valley
Who are that valley.
There are men whose words
Are as natural sounds
Of their places
As the cackle of toucans
In the place of toucans.
The mandoline is the instrument
Of a place.
Are there mandolines of western mountains?
Are there mandolines of northern moonlight?
The dress of a woman of Lhassa,
In its place,
Is an invisible element of that place
Made visible.
Anécdotas de gente por millares
El alma, dijo él, está compuesta
por el mundo de afuera.
Hay personas del este, dijo él,
que son el este.
Personas de provincia
que son esa provincia.
Y personas de un valle
que son el valle.
Hay personas cuyas palabras son
como aquellos sonidos
propios de su lugar,
como los cacareos de tucanes
en el lugar de los tucanes.
La mandolina es el instrumento
de algún lugar.
¿Tendrán sus mandolinas los montes del oeste?
¿Tendrá sus mandolinas la luz de luna al este?
El vestido de una mujer de Lhasa,
en su lugar,
resulta un elemento invisible de aquel
lugar hecho visible.
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Of the Surface of Things
I
In my room, the world is beyond my understanding;
But when I walk I see that it consists of three or four hills and a cloud.
II
From my balcony, I survey the yellow air,
Reading where I have written,
“The spring is like a belle undressing.”
III
The gold tree is blue.
The singer has pulled his cloak over his head.
The moon is in the folds of the cloak.
Sobre la superficie de las cosas
I
El mundo, en mi recámara, se encuentra más allá de lo que entiendo.
Pero, cuando camino, veo que el mundo consiste en tres o cuatro colinas y una nube.
II
Yo, desde mi terraza, mido el aire amarillo
y leo donde había escrito antes:
“La primavera se parece a una belleza desvistiéndose”.
III
El árbol de oro es de color azul.
Quien canta se ha quitado la capa que cubría su cabeza.
La luna está en los pliegues de la capa.
Hernán Bravo Varela
Poeta, ensayista y traductor
Wallace Stevens
Es uno de los mayores exponentes del modernismo anglosajón, a la par que T. S. Eliot, Ezra Pound y William Carlos Williams. Su primer libro, Harmonium, fue publicado en 1923, cuando Stevens tenía 44 años. Muy poco antes de su muerte ganó el Premio Pulitzer y el Premio Nacional del Libro.
1 “Introducción” a Words Chosen Out of Desire [Palabras escogidas del deseo]. Knoxville: Universidad de Tennessee, 1984, pp. 4-5.