
El camino de mi departamento hacia la Cineteca Nacional incluye una calle larga enmarcada por las bardas traseras de varias propiedades. Su principal atractivo es que funciona como un lienzo colectivo monumental. El pasadizo en cuestión es una muestra de intervenciones en grafiti y papel que se notan superpuestas generación tras generación. Uno de sus encantos adicionales es que en algunos rincones se encuentran juegos de statement y réplica, por ejemplo, bajo un cartel serigrafiado de un diablo obeso en uniforme en el que se describe la anatomía del buen policía, con su mirada vacía y un agujero oscuro en el corazón, se lee como respuesta la tonada del brainrot italiano: “Nooo, la polizia no!”, escrita con pintura rojo brillante y cuya lectura es forzosamente cantadita.
Esta prolongación de galería −que en mi familia equiparan con la longitud de un chorizo− erigida como pastiche urbano, es una pequeña muestra de lo que ocurre en otras tantas calles de la Ciudad de México, una metrópoli que parece estar habitada por un montón de personas con kenofobia (el miedo irracional a los espacios vacíos), afección que intenta paliarse con el noble arte del relleno en cualquiera de sus dimensiones sensoriales: visual, olfativa, táctil, auditiva y hasta gustativa. A la capital del país podrán acusarla de muchas cosas, pero jamás de ser una superficie en blanco.
En el arte, el horror vacui se refiere a la tendencia a llenar por completo toda área disponible en una obra con detalles, trazos, movimientos o lo que sea necesario para evitar los huecos. Su presencia como estilo data del imperio bizantino y de las culturas celta e islámica, aunque en realidad el concepto original se le atribuye a Aristóteles de quien se dice que dijo que en la naturaleza no puede existir el vacío porque éste sería la nada y no podemos percibir la nada ni asegurar que exista. Como era de esperarse, esta postura generó toda una serie de controversias y reformulaciones posteriores siendo Rabelais quien la sintetizaría en el siglo XVI como Natura abhorret vacuum o lo que es lo mismo: la naturaleza aborrece al vacío.
En su ensayo “El vacío como vacío”, Arnoldo Kraus dice que esta famosa aversión es tal que por eso sostenemos la idea de la omnipresencia de Dios y las religiones, desarrollamos la acumulación compulsiva y nos empeñamos en llenar el silencio con los sonidos. Aunque no lo haya dicho con esa intención, a mí esta descripción me suena al retrato hablado de la Ciudad de México y ya de pasada a otras zonas del país, pues como afirmara Carlos Monsiváis, la capital ha sido el centro y sus regiones sus cajas de resonancia.
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“El que no enseña no vende” reza un dicho, y “De la vista nace el amor”, dice otro. Cualquiera de los dos funcionan como mantras metropolitanos. En esta urbe sobrepoblada y sobreestimulada no queda de otra que sacar la artillería pesada. Los tendidos y los puestos van repletos: calcetines, relojes, “labubus”, inciensos, globos y burbujas. Sin duda es una gran estrategia: los incautos siempre nos detendremos para llevarnos esas baratijas que no sabíamos que necesitábamos porque al cabo estaban a tres por cien.
Otra parte del paisaje es el papel tapiz que se forma con los carteles encimados en los muros de cemento, cinco, diez o quince veces, todos idénticos, invitando al concierto del próximo mes. Su acomodo me recuerda a los estereogramas, esos juegos de ilusión óptica que permiten ver una figura tridimensional escondida en una serie de patrones repetidos en dos dimensiones. Para adivinar la figura basta colocarse a cierta distancia y desenfocar la vista. Aquí lo bueno es que nadie tiene que arriesgarse a quedarse con los ojos torcidos, sino que sólo demanda un poquito de concentración extra para fijar la atención en uno solo y saber quién toca con quién, dónde hay que caer, cuándo y a qué hora.
La premisa es clara: menos no es más y eso aplica para cualquier cosa. El buen Chava Flores, ávido cronista musical, le cantó a la aglomeración característica de la gran Tenochtitlán, sobre todo la que se congrega los sábados: “los almacenes y las tiendas son alarde de multitudes que así llegan a comprar”; y Gabriel Vargas ilustró los peseros en La familia Burrón (1948) tan atiborrados que sólo salían brazos, piernas y cabezas de los ventanales. La ciudad es, por naturaleza, una tierra de excesos: de personas, tráfico, fayuca, comida, ruidos y de casi todo lo que se pueda imaginar. Vivir aquí hace imposible que el ojo (o cualquier otro sentido) se vuelva minimalista.
Este hábitat, digno de un ataque de pánico para los seguidores de Marie Kondo, no reconoce ni la sobriedad ni la quietud. Pero no hay que confundir: aquí el amontonamiento no es sinónimo de desorden. Cada objeto exhibido se coloca de forma calculada en la escenografía de la ciudad. La tarea requiere habilidad para desmontar la vendimia por la tarde y luego, cada mañana, volver a disponer todo en su lugar. También se necesita para saber pescar una pared desnuda en la que quepa un buen rótulo y para lograr que el silbato del carrito del camote le gane al claxon del camión dentro del cual −por cierto− se juega un auténtico Tetris de humanos, bolsas y mochilas. Monstruo de mil cabezas, la capital mexicana se cubre con su piel hecha de ruido, color y movimiento.
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Cuando me mudé a la Ciudad de México para estudiar el doctorado, llegué a un cuarto de paredes blancas por completo. La antigua inquilina no había colgado casi nada a excepción de una foto de su mamá que había fallecido poco tiempo atrás, y un cuadro en relieve de algún rincón de su pueblo en Chile. Dado que nunca pude sentirme más que una visita durante las primeras semanas, se me ocurrió planear la decoración con cosas que me recordaran que la habitación era mía y no sólo la estaba alquilando de paso. La necesitaba llena.
Para Mario Praz, a quien se le atribuye la consolidación del término horror vacui como crítica estética, la ambientación rebosante era poco menos que un crimen visual. Si hubiera atestiguado cómo quedó mi recámara después de todo lo que retaqué en ella, se habría sentido asfixiado, estoy segura. En cambio, yo al fin sentía que podía respirar. Después de eso pude autodiagnosticarme una incapacidad para vivir en ausencia de ornamentos y la afinidad patológica con una ciudad que, como yo, le tiene miedo a los huecos. Ni cómo negar la cruz de ambas parroquias.
Es probable que, en un lugar como éste, más que una condición preocupante, el terror al vacío sea una cuestión identitaria. Algo así como una nacionalidad que incluye no sólo una mirada entrenada para encontrar un espacio libre sino también pensar en qué podría ocuparlo. El pasaporte de un sitio que no tiene límites físicos claros, pero que es un terreno vasto y en permanente expansión, empeñado en llenarse de colores, formas y olores. Calles colmadas, mercados desbordantes de pregones y bardas que no repiten el mismo atuendo dos veces. ¿De lo bueno poco? No lo creo. Aquí lo bueno está apilado porque el idioma que hablamos es el de la abundancia.
En algún punto de la película Alicia en el país de las maravillas de Tim Burton, el Sombrerero Loco le menciona a Alicia que “ha perdido su muchosidad” para resaltar cómo ha dejado atrás la intensidad que la hacía ser ella misma. Yo creo que, a diferencia de la desafortunada protagonista, la Ciudad de México conserva intacta su muchosidad en un sentido literal y figurado: por un lado, porque su personalidad se nutre de la estridencia y el desbordamiento y, por el otro, porque no sabe darse de otra manera a sus habitantes más que en plenitud y eso es, sin lugar a duda, la mejor parte de su esencia.
Xóchitl Tavera
Estudiante del doctorado en Lingüística en El Colegio de México, comunicóloga y profesora. Sus textos aparecen en revistas como Casapaís, Casa del Tiempo y Capítulo 73.