La película más reciente de Del Toro retrata con destreza los abismos del alma humana y su animalidad oculta. Así, el afamado director ha logrado construir un poderoso símbolo de la desolación, en el que se refleja nuestra condición, como apunta la siguiente reseña.
Cruelty has a Human Heart
And Jealousy a Human Face
Terror the Human Form Divine
And Secrecy, the Human Dress
—William Blake
Un hombre arrastra un bulto atropelladamente. Lo bañan las tinieblas. La fricción del paquete que arrastra por el suelo de madera y el palpitante sonido de las manecillas del reloj es lo único que se oye en el lugar. Después de un agotador esfuerzo, el hombre arroja el pesado lastre en un hueco abierto entre los tablones. Luego basta la minúscula lumbre de un fósforo que cae de sus dedos para incendiarlo todo y borrar cualquier mancha de un pasado sospechoso. Con esta secuencia de culpabilidad irredenta nos inserta Guillermo del Toro en El callejón de las almas perdidas.
Con frecuencia se repite que las grandes obras de arte no responden sino dejan preguntas, pero quizás sería más atinado decir que las habitan. Lejos de entender la existencia humana como una ecuación con muchas variables lógicas y una sola solución, tratan de exponer esos rincones oscuros que no vemos o no queremos ver en el día a día. Sabernos capaces de innombrables crímenes y actos innobles nos repele y al mismo tiempo nos fascina. Esos actos son nuestro espejo cóncavo. Los artistas capaces de mostrarnos la silueta de nuestro propio esperpento han alcanzado un grado de destreza cercano al de los prestidigitadores de otros tiempos y sobre todo dan prueba de una admirable comprensión de lo humano. El caso del director mexicano es ejemplar porque su labor es tan minuciosa –a un punto casi obsesivo– que logra imprimirle a cada detalle una belleza insospechada: en su cine todo, incluso (o tal vez antes que nada) lo feo, es profundamente bello. O, para decirlo como Victor Hugo en el prefacio del Cromwell: “lo bello sólo tiene un modelo mientras que lo feo tiene mil”.
Después de la exitosa cinta de Edmund Goulding (1947), la de Guillermo del Toroes la segunda adaptación de El callejón de pesadilla [Nightmare Alley], la igualmente aclamada novela negra de William Gresham (1946). Envuelto en el misterio de un origen incierto, Stan Carlisle aparece como un hombre que empieza de cero en el ambiente carnavalesco y decadente de una feria itinerante norteamericana en los años treinta. Su encanto y agudeza le permiten escalar rápidamente hasta convertirse en uno de los asistentes de confianza de Zeena y Pete, una pareja de feriantes que ejecutan un número de videncia con la ayuda de trucos que coquetean con la estafa. Stan no tarda en descubrir que sus compañeros tienen un secreto más preciado que compartir con él: un arriesgado espectáculo de adivinación en el cual se mezclan códigos cifrados y juegos de percepción analítica que le darán la idea de su vida y lo llevarán a un punto al que ningún artista de feria podría siquiera aspirar.

El tacto extraordinario del director se siente en la elección de un elenco cuyas actuaciones son irreprochables: Bradley Cooper, Rooney Mara y Cate Blanchett le dan forma a un panel de personajes complejos y polifacéticos que despiertan por igual amor y odio; William Defoe encaja milimétricamente en el rol de un feriante ladino que dirige los espectáculos con mano dura; Toni Collette interpreta punto por punto a la madura adivina Zeena; e incluso el entrañable Ron Pearlman (habitual del cine Del Toro en cintas como Hellboy y Cronos) brilla con la tosquedad que exige su papel de fondo.
En la película más larga que ha hecho hasta la fecha, Del Toro dialoga con una amplia tradición del género negro, el thriller psicológico, el suspense e incluso el cine de estafa. El callejón de las almas perdidas nos envía al universo circense de realizadores como Tod Browning (Freaks, 1932), o a la oscura atmósfera de persecución de Orson Welles (El tercer hombre, 1949) y Alfred Hitchkock (Vértigo, 1958), pero también nos recuerda una mirada de la ética criminal más actual como la de David Fincher (Seven, 1995) o Cristopher Nolan (Inception, 2010). Los amantes de la obra del jalisciense encontrarán ciertas reminiscencias de Doña Lupe (1986), uno de sus primeros cortometrajes de horror, así como un regreso al suspenso tenebroso tan bien orquestado en El espinazo del diablo (2001) y por supuesto una coherencia temática con filmes que le valieron la consabida (y un poco trillada) etiqueta de director de lo monstruoso como Hellboy (2004), El laberinto del Fauno (2006) y Las formas del agua (2017).
La inevitable tragedia del estafador Stan Carlisle se inscribe en la imaginería de otros timadores icónicos en la historia del cine estadounidense como el Henri Gondorff interpretado por Paul Newman (The Sting, 1973), el Bret Maverick que encarna Mel Gibson (Maverick, 1994) y desde luego el magistral Frank Abignael Jr. de Leonardo Dicaprio (Catch me if you can, 2002). Quizás lo que brilla en la cinta de Del Toro es la subyacente comparación del protagonista con un artista soberbio que no supo manejar la potencia de su arte y cruzó el límite de no-retorno que lo condujo a la autodestrucción.
En cuanto a sus contrapuntos literarios y pictóricos la película no es menos generosa. Leer las pequeñas historias macabras de Mariana Enríquez o Stephen King con personajes ambiciosos y retorcidos, o apreciar las opacas atmósferas de Edward Hopper, ricas en claroscuros y donde las figuras humanas establecen un equilibrio con el amplio entorno urbano es, entre muchas otras referencias latentes, ingresar a una dimensión artística de un corte similar, análogo.
Nuevamente Del Toro da rienda suelta a su libertad creativa pero esta vez lo hace desde el pesimismo y construye un potente símbolo de la desolación. Aunque explora un universo que conoce bien, el de los tenebrosos fantasmas que residen en el alma humana, les da forma no ya como monstruos fantásticos sino a través de un bestiario interior, oculto por máscaras sociales —no sólo el protagonista, sino también el resto de los personajes tienen un pasado sombrío escondido tras un disfraz. Como en el famoso filme argentino Relatos Salvajes (2014), ciertas situaciones opresivas de la vida en sociedad sacan a relucir nuestra animalidad interna; ese fuego de brutalidad y crueldad que llevamos dentro. De igual forma en El callejón de las almas perdidas no hay villanos o héroes, todos son a la vez víctimas y victimarios. La emblemática conversación que ocurre en el clímax lo pone en evidencia:
—¿Y qué quiero yo? —pregunta la Dra. Lilith a Stan.
—Ser mirada y descubierta, como todos los demás —responde el mentalista, cuya ciencia es un tosco análisis psico-social que se alimenta de arquetipos, tipos y conjeturas deterministas como se advertían en la novela del siglo XIX y en las fisonomías que aparecían en los diarios de antaño.
Así pues, la nueva propuesta en torno a la monstruosidad del director mexicano está en el vacío que contienen los deseos insaciables, en la ambición desmedida de poder, dinero y afecto; una avidez que conlleva una suerte de bestialidad que le permite modelar esperpentos pluriformes, abigarrados y seductores.
No obstante, las objeciones que admite El callejón de las almas perdidas son varias. Por un lado abusa del silencio como elemento de la orquestación narrativa: en ciertos momentos el mutismo se vuelve estrepitoso y se acerca a la antesala del aburrimiento. Además está la cuestión de una escenografía exquisita que quizás lo es demasiado. Si bien los esplendorosos planos citadinos o el recorrido de los refinados interiores art-deco evocan el vacío espiritual, el desconcierto y acentúan el carácter ficticio, fantástico de la obra, pasan de largo sobre la miseria económica de la crisis de 1929 que enmarca la obra y a veces resaltan más que los entretenidos recovecos de la trama. El exceso de visualidad deja ver un desequilibrio que bien podría contener un germen de crítica a la sociedad del espectáculo y sería coherente con el conflicto interno de los personajes. Sin embargo, la sobrecarga escenográfica puede perder al público entre los detalles. Por último, los reiterados indicios del relato se confirman predecibles al avisar el destino de los protagonistas (las sucesivas lecturas del tarot, las premoniciones de Pete, Molly o la Dra. Lilith), que extrañará a muy pocos espectadores.
Probablemente el momento en que la película sufre su tropiezo más evidente es la secuencia final. Tras la esperada caída del protagonista lo vemos escapar en un tren cuyo trayecto es una suerte de viaje simbólico y una vuelta atrás hacia el comienzo de su aventura en el decadente mundo de los feriantes. Entonces un flashback regresa al momento justo antes del inicio de la historia y nos revela el crimen fatal de Stan. Vemos su ser resquebrajado y sentimos que su condena final tiene un incómodo matiz de moralina fabulesca. Y quizás el fragmento es desafortunado porque desdibuja a Del Toro: él, que se había caracterizado por no juzgar a sus personajes, sale de su parcialidad y se muestra explicativo y didáctico.
• Nightmare Alley / El callejón de las almas perdidas, dir. Guillermo del Toro, guión de Kim Morgan y Guillermo del Toro, con: Cate Blanchett, Bradley Cooper, Rooney Mara, Toni Collette, William Defoe, Ron Pearlman, producida por Searchlight Pictures, 2021.
Camilo Rodríguez
Lector, traductor y escritor. Profesor de la Universidad La Salle México
Muy buen análisis y crítica. Casi en todo coincido