La nueva (y vieja) escritura

En este ensayo, el autor medita sobre la conexión entre los emojis y los jeroglíficos, pasando por las GIFs y los audiolibros, para invitarnos a reflexionar sobre la naturaleza de la escritura.

Desde que surgió la escritura, las grietas y fisuras han abierto posibilidades para elaborar narrativas y discursos alternos a los establecidos; recovecos contrapuestos a la primera dimensión del lienzo, en donde la palabra también ha encontrado su sitio. Es bien sabido, por ejemplo, que en los pequeños orificios que se hacían en los rollos de papiro, antiguos escribas dibujaban ventanas y viñetas escondidas, mismas que nos han servido para entender la época y el significado de muchos documentos y para recordarnos que en la escritura y la interpretación nunca hay solamente un camino.

Partiendo de que la escritura tuvo una de sus primeras derivas en las listas de contabilidad naval y mercantil,  podríamos imaginar la escritura como un espacio abierto no sólo a  la narrativa, el ensayo o la poesía, sino también como un espacio poroso en donde superficies como el emoji, el sticker, el meme y la caligramática ascienden a una posibilidad de juego, ¿Se puede pensar la literatura a partir de estos canales?

Estos ejercicios de escritura forman parte de nuestra comunicación constante, inmediata y actual, encontrando poco a poco espacios mucho más contenidos como para poder asentarse y volverse perdurables. Pienso por ejemplo en la incipiente presencia de los NFTs —non-fungible tokens, o vales no fungibles o intercambiables— en el mundo del arte. Estos vales consisten en códigos numéricos digitales que registran, a través de la criptografía de la famosa y poco entendida blockchain, la autenticidad de una obra de arte. Nunca me ha gustado sentir la escritura como una manifestación elevada o inalcanzable, sino como una amalgama de posibilidades en donde, a través del trabajo constante y la lectura meticulosa, se puede llegar a transmitir conocimiento. En ese sentido, ¿podemos considerar al emoji o al NFT como formas de escritura?

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Al pensar en la inmensa cantidad de memes que utilizamos —a veces para explicar fenómenos políticos, económicos y sociales complejos, otras para compartir banalidades—inevitablemente recuerdo los jeroglíficos y demás ejercicios logográficos que habitan edificios monumentales, como los frescos de estuco en la pirámide de Palenque. Logos que fungen como mapa y referencia para revisar la arquitectura, el entramado social y la Historia —con mayúscula— que rodea el edificio que leemos, y que me hacen pensar en el presente como un fluido a través del cual se tocan el pasado y el futuro.

Constantemente me descubro buscando paralelismos entre las formas de lectura y escritura que usamos hoy  y las prácticas anacrónicas que parecían olvidadas. Me encanta pensar que no todo está escrito y que mucho de lo que escribimos y leemos tiene su semilla en un tiempo perdido. En 2021, los grandes consorcios editoriales, como Penguin Random House o Grupo Planeta, encauzaron sus esfuerzos hacia los audiolibros y otros formatos no tradicionales . En un ensayo publicado en el diario El cultural, el escritor español Fernando Díaz de Quijano escribe que en los últimos dos años el uso de los audiolibros ha crecido un 80 %. El auge de los podcast, las plataformas de streaming y el contenido audiovisual también ha trastocado el universo de la palabra escrita.

¿Esta tendencia a escuchar en lugar de leer guarda alguna similitud con las lecturas en voz alta que se realizaban en los comedores de las abadías, o con las rapsodias orales de los bardos de la Grecia arcaica? ¿Abre un camino para que las personas con alguna diversidad visual puedan acceder a un texto? ¿Será una práctica perdurable o una moda pasajera?

En todo caso, la escucha de textos nunca ha sido otra cosa que común. Son muchas las casas forjadoras de puros a las que se les bautizó conforme a la lectura en voz alta que los trabajadores escuchaban mientras hilvanaban el tabaco. Los puros Montecristo, Romeo y Julieta o Te amo tienen algo de esa mística sabrosa gracias a la cual muchos de los forjadores, incluso sin saber leer ni escribir, podían recitar de memoria alguna novela de Alejandro Dumas, pasajes de la vida de Napoléon Bonaparte o sonetos al vuelo de Shakespeare. Alguna vez me contaron que cuando algún pasaje gustaba, los obreros aplaudían con el manojo de tabaco sobre la mesa, meciendo el ritmo de una percusión con olor a vainilla y tabaco negro.

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Es cierto que, desde una óptica general, la escritura puede entenderse como una petrificación de la palabra hablada. La página o el cuarzo bien pueden fungir como cápsula del tiempo en donde el lenguaje se mantiene entre ciertos significados y significantes. En el momento en el que algo se escribe, y más aún cuando se publica, la palabra queda fijada en una habitación de tinta, sea inyectada por una imprenta o por el código binario de la pantalla, respondiendo a su contexto de prensa. Nada de esto, sin embargo, quiere decir que con el tiempo la palabra no adquiere otras posibles definiciones.

Durante el estreno de La consagración de la primavera en la Ópera de París en 1913, la audiencia increpó y abucheó al compositor ruso Ígor Stravinsky por el desconcierto que causaban las notas que había escrito en el arreglo orquestal. Con el paso del tiempo, el público y la crítica comenzaron a reconocer a La consagración como una pieza trascendental y revolucionaria. Más allá de “estar adelantado a su tiempo”, Stravinsky prestó atención a ciertas chispas que ya brillaban en el imaginario colectivo y las aterrizó en una obra imprescindible para la historia de la música. La incomodidad inicial de la audiencia de La consagración me parece un ejemplo muy claro de que en la interpretación de la escritura, ya sea textual o musical, siempre existen caminos distintos a los que buscábamos en un principio.

Hoy como nunca en la historia palpitan ejercicios de escritura que ponen en entredicho la condición monolítica y estática de la palabra. Se trata de manifestaciones escritas en las que se pone en entredicho la supuesta quietud de la grafía y que suponen territorios fértiles para detenernos un instante y revisar con detenimiento muchos sentires contemporáneos. ¿Sería justo preguntarnos quién somos a través de las lecturas que decidimos leer? Quiero pensar que sí.

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Me parecen fascinantes los huecos de la escritura —como bien lo apuntaban los escribas egipcios en los intersticios del papiro— que nacen en los puntos ciegos y en las manipulaciones del relato canónico de la palabra. Lejos de las imposiciones y definiciones establecidas están aquellas obras que, en la partitura de su silencio, guardan un sonido fundamental para nuestro presente y futuro. En 2015 Denis Cooper publicó Zac’s Haunted House, una novela terrorífica escrita exclusivamente con GIFs, esas animaciones breves que tanto abundan en internet. Aunque dicho formato de imágenes digitales ha cambiado y mejorado desde entonces, es curioso como la lectura de este libro parece volverse cada vez más truculenta. a Este tipo de escritura digital me parece una extraña versión del retrato Dorian Grey que, más allá de la pregunta de si se trata del “futuro de la escritura”, no deja de parecerme admirable como gesto de creación literaria.

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Actualmente se publica un libro por minuto. Sumergidos en ese maremagnum editorial, me parece  más interesante detenernos a escuchar en silencio a las otras posibilidades de escritura que existen hoy en día que intentar leer todas las “novedades”  en las mesas de las librerías. Creo que el ejercicio de la escritura no es uno que se haga “bien o mal”, sino que se trata, más bien, de una práctica de escucha, en donde quien escribe tiene que estar atento a lo que le pide la materialidad con la que crea.. Nunca me ha gustado pensar en los artistas como ejecutores de ideas impolutas; prefiero imaginarlos como sensibilidades abiertas al cambio, ya sea el del formato en el que escriben o el de la voz que  buscan seguir.

En su ensayo Biografía del silencio, el teólogo español Pablo D’Ors reflexiona luminosamente sobre la meditación como un método para descubrir la deliciosa imposibilidad del silencio. Frente a la ausencia de sonido, el compás del corazón marca el tempo para entrar en un estado en el que florecen muchas preguntas que nos permiten distanciarnos de nuestro contexto ensimismado. D’Ors celebra ese umbral de quietud y pausa como un manifiesto político y como una acción necesaria para volvernos a preguntarnos sobre lo elemental, así como un espacio en el que podemos soltar poco a poco nuestras ideas esquematizadas de lo que somos.

Sentir cierta incomodidad es parte de la experiencia misma de la palabra, en su escritura y también en su lectura. Es esa grieta o estría, esa malformación o imperfección, la que crea un territorio fértil para sentir un voltaje de realidad, una descarga de presente. No pocas personas me han contado que han aprovechado la pandemia para aprender un idioma, escribir un libro, estudiar una especialidad, plantar un árbol, aprender posiciones de yoga o componer un soneto. En mi caso, mi búsqueda se ha centrado en ejercicios que buscan tocar puerto en el presente. Hay momentos en los que me cuesta trabajo pensar qué día es o qué tanto ha pasado ante el desfile apabullante de contenido en la pantalla. Pero entonces inhalo, exhalo y me convenzo de que incluso en ese lienzo digital existe la posibilidad de que alguna idea se materialice con sinceridad y nos sacuda lo suficiente como para que volvamos a sentir esa intraducible sensación de sorpresa y descubrimiento que nos provoca la lectura de un buen párrafo.

 

Santiago Hernández Zarauz
Editante en la casa editora independiente Minerva

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Publicado en: Ciudad de libros