Los prestigiados premios de la academia sueca son el fruto de una historia de amor imposible. De los dos protagonistas, Bertha Kinsky más que Alfred Nobel merece toda nuestra atención. Es una de las personalidades femeninas más interesantes de la segunda mitad del siglo XIX y una de las más injustamente olvidadas.
En plena Ciudad Vieja de Praga, uno de los sitios más turísticos del mundo, hay una placa a la vista de todos en la que, sin embargo, nadie parece reparar demasiado.
Junto a la escultura que exhibe la cabeza de una mujer, una frase en checo y en inglés recuerda a “Bertha Kinsky de Von Suttner, la primera ganadora del Premio Nobel de la Paz, nacida el 9 de junio de 1843 en Praga”.
La paradoja de que un homenaje tan contundente pase casi desapercibido parece estar en sintonía con la singularidad de que una de las mujeres más fascinantes del siglo XIX probablemente sea también una de las más olvidadas, incluso en su ciudad natal.
Porque además de haber sido, tal como anuncia esa placa, la primera en ganar el Nobel de la Paz y una notable escritora y activista antibélica, Bertha Kinsky fue con seguridad la mayor responsable de que hoy existan los siempre convocantes Premios Nobel.
A propósito de fallas y olvidos, quienes se escandalizan con que el Nobel de la Paz lo hayan ganado sujetos o instituciones de dudosa contribución a la armonía del mundo, o que el de Literatura —que, debido a una serie de escándalos internos, no se entregó en 2018— haya tenido omisiones casi imperdonables como no haber premiado a Borges, seguramente no tienen siempre presente que el mismísimo Alfred Nobel fue el inventor de la dinamita (y Borges del término “la furtiva dinamita” para referirse con magnífica ironía a los premios). Con lo cual para Nobel promover esos ambiciosos galardones era una forma de lavar sus culpas y, al mismo tiempo, un intento desesperado por captar la atención de ella.
¿Pero quién era exactamente Bertha Kinsky? En primer lugar, una gran luchadora por los derechos de las minorías y la igualdad de las mujeres que se opuso sistemáticamente al antisemitismo. También es crucial su participación activa en el origen de la Corte Internacional de Justicia de La Haya.
Tal vez como reacción a la naturaleza militarista de su propia familia —su padre fue mariscal de campo y consejero militar del imperio austrohúngaro— la escritora nacida en Praga empieza a preocuparse desde muy temprano por las nefastas consecuencias de las guerras. Pasa una infancia muy solitaria y rodeada de libros y no tarda en mostrar capacidades intelectuales casi prodigiosas: aprende a hablar fluidamente inglés y francés, se destaca en el piano y muy pronto domina lecturas inusuales para su edad como, por ejemplo, las obras de Platón, Descartes y Kant.
Hacia el final de su vida Bertha Kinsky dejó por escrito que aquella obsesión de su juventud por cultivarse no tenía sólo que ver con el amor al conocimiento sino también con la necesidad y el deseo de complementar su belleza física. Es que, además de su inteligencia y sus habilidades sociales, Kinsky era muy agraciada y tuvo que rechazar numerosas propuestas de matrimonio.
Cerca de sus cuarenta años Bertha Kinsky empieza a escribir un libro en el que desarrolla todas sus potentes ideas antimilitaristas en forma de ficción. En un principio nadie quiso publicarlo porque no encajaba para nada con el espíritu de la época que, en cierto punto, consideraba la guerra como la vía más rápida de expansión y resolución de conflictos.
Sin embargo, Kinsky sigue adelante. La novela se publica al fin en 1889 con el rotundo título de ¡Abajo las armas! Aclamada en forma unánime, se traduce a doce idiomas en un breve lapso de tiempo y el propio Tolstói, otro escritor injustamente ignorado por la Academia Sueca, se convierte en uno de sus más fervientes defensores. ¡Abajo las armas! —disponible en nuestro idioma en una excelente edición de Cátedra a cargo de Olga García— constituye un gran documento histórico y funciona también como autobiografía, la autobiografía de una mujer vapuleada por la guerra que termina disuadiendo de una forma tan impactante como inesperada a sus más acérrimos defensores, entre quienes se encontraban los propios integrantes de su círculo más íntimo.

Aunque terminó casándose en secreto con un hombre al que conoció desde muy joven, Bertha Kinsky llamó la atención de personalidades muy destacadas como el escritor alemán de aventuras juveniles Karl May. Pero, por varios motivos, la relación que tuvo con el creador de los famosos premios fue tan extraña como trascendental.
A pesar de que solo se vieron con frecuencia dos semanas de 1876 durante las cuales ella se desempeñó como su secretaria privada en París, y de algunos fugaces encuentros en distintas ciudades europeas, Bertha Kinsky y Alfred Nobel mantuvieron una intensa relación epistolar. En 1876 sus destinos se cruzaron cuando ella leyó en un diario vienés el anuncio: “un señor de edad madura, muy rico y culto desea encontrar una mujer dispuesta a ser su secretaria y administrar su hogar”.
Luego de un intercambio de cartas que pareció extenderse más de lo habitual —no porque ella no fuera la mejor candidata para el puesto sino por la cantidad de temas que tenían en común—, el enigmático químico sueco decidió contratar a Bertha Kinsky, quien había aplicado al trabajo, entre otras razones, por la gran ilusión que despertaba París, la famosa “capital del siglo XIX”. Durante las dos semanas que duró su vínculo laboral se dedicaron a compartir la pasión literaria que los unía. Y esos días fueron tan intensos que marcaron profundamente la vida de ambos. En efecto, dos décadas después de conocerse en persona, Bertha Kinsky condensaría sus impresiones sobre Alfred Nobel en uno de los mejores retratos escritos que existen sobre él:
Un pensador, un poeta, un hombre a la vez amable y resentido, triste y ocurrente, dado a magníficos vuelos mentales y maliciosas sospechas, apasionadamente enamorado de los horizontes más distantes de los pensamientos humanos y profundamente escéptico de la mezquindad de la locura humana, alguien que comprendía todo y no esperaba nada, eso pensé que era. Y veinte años no han hecho nada por borrar esa imagen.
Lo que parecía ser un inevitable encuentro amoroso tuvo un desenlace inesperado: cuando el grado de intimidad entre Nobel y Kinsky crecía sin prisa y sin pausa, el químico tuvo que realizar un viaje breve a Estocolmo. Como esos ínfimos detalles que determinan todo un destino, la estadía de Nobel en la capital sueca —del 9 al 30 de mayo de 1876— fue suficiente para que, a la distancia, Bertha Kinsky decidiera retomar su relación amorosa con Arthur von Suttner, con quien finalmente se casó el 12 de junio de ese mismo año en una pequeña parroquia en las afueras de Viena y sin el consentimiento de su familia.
Y aunque ya nada sería como antes, la imposibilidad de su vínculo iba a rendir sus frutos. En todo caso, no quedan dudas de que la personalidad avasallante de Bertha Kinsky sedujo a un cosmopolita muy poco impresionable como Alfred Nobel quien, el 7 de enero de 1893, pocos meses después de uno de sus encuentros esporádicos y algo clandestinos en la ciudad de Zúrich, le envía a su ex secretaria, desde París, la siguiente carta:
Querida amiga:
Ojalá el nuevo año traiga prosperidad a usted y a la noble campaña que viene llevando con tanto poder contra la ignorancia y la ferocidad humanas. Me gustaría poner a disposición parte de mi fortuna para fundar un premio que se otorgue cada cinco años, o seis años y que, si en treinta años no logra cambiar el actual sistema, deberá caer infaliblemente en la barbarie. El premio será otorgado a aquel o aquella que sepa llevar a Europa hacia caminos que conduzcan a la pacificación general. No estoy hablando de desarme, lo cual sólo se podría conseguir dentro de mucho tiempo, tampoco estoy hablando de un arbitrio obligatorio entre naciones, aunque ese resultado debería conseguirse pronto para que todos los estados se vuelvan, de forma solidaria, en contra del primer agresor. Entonces las guerras pasarán a ser imposibles. Y como resultado se haría forzar aun al estado más beligerante a recurrir a un tribunal o incluso permanecer en paz. Si la Triple Alianza, en lugar de comprender sólo tres estados incorporara a otros países, la paz de los siglos quedaría asegurada.
Además de crear los premios como último recurso para seguir en contacto con esa mujer casada que lo había deslumbrado, Alfred Nobel deseaba que su confidente recibiera uno de los primeros Premios de la Paz. Y, tal como anuncia la placa en el centro de Praga, eso mismo sucedió en 1905, convirtiéndola así en la primera mujer en ganar esa distinción y la segunda en obtener un Nobel luego de que, en 1903, lo recibiera Marie Curie.
Como la Historia no escatima en ironías, Bertha Kinsky murió en Viena el 21 de junio de 1914, meses antes de que comenzara la guerra que ella misma profetizó con suma preocupación.
Juan Pablo Bertazza
Es autor de varios libros de poemas, de la novela Síndrome Praga (Adriana Hidalgo), traducida al checo, y de un ensayo sobre las polémicas del Premio Nobel de literatura: La furtiva dinamita. Cursa el doctorado en Literatura en la Universidad Palacký de Olomouc.
Excelente! No conocía la historia