La mujer de estrellas y montañas

Carla Cohen de Villafranca reseña la nueva cinta del director mexicano Santiago Esteinou La mujer de estrellas y montañas (Mukí sopalírili aligué gawíchi nirúgame); un documental que narra la historia de Rita Patiño, una mujer rarámuri confinada en un hospital psiquiátrico en Estados Unidos en contra de su voluntad.

¿Como sociedad, a quiénes estamos dispuestos a deshumanizar? ¿A qué tipo de personas asumimos como una carga, una molestia o una incomodidad, que más vale diagnosticar, encerrar, olvidar? En el documental La mujer de estrellas y montañas (Mukí sopalírili aligué gawíchi nirúgame), el director mexicano Santiago Esteinou ahonda en estas preguntas, al presentarnos la historia de Rita Patiño, una mujer rarámuri que durante la década de los 80 emprende un largo viaje desde la Sierra Tarahumara hasta Kansas, Estados Unidos, donde es detenida por la policía y confinada durante 12 años en un hospital psiquiátrico en contra de su voluntad.

En 1883 Rita Patiño apareció en una iglesia en el condado de Stanton, Kansas, en donde estaba tratando de comer unos huevos crudos. Vernon Butt, el sheriff que la encontró, recuerda que tenía una apariencia sucia, que se veía cansada y con miedo. En ese momento la policía se enfrentó con una enorme barrera de lenguaje y más de un prejuicio: no entendían lo que Rita les decía ni en qué lengua hablaba, y por lo tanto no podían identificarla ni saber qué hacía ahí. Sin comprender su idioma y sin documentos que les dieran pistas, decidieron llamar al área de salud mental. Tras el encuentro policial, una audiencia en la corte de Johnson concluyó que Patiño era un peligro para sí misma, que tenía una enfermedad mental y necesitaba tratamiento. Fue internada involuntariamente en el Hospital Psiquiátrico de Larned bajo el diagnóstico de esquizofrenia, sin haber sido sometida  a un examen certero.

La barrera del idioma permaneció como un problema sin intentos de solución durante todo el proceso. La resistencia de Rita ante su confinamiento se interpretó como agresión y los médicos optaron por medicarla para neutralizar su furia. En una entrevista, Fructuoso Irigoyen, médico psiquiatra, asegura que los antipsicóticos que le proporcionaron a Patiño durante tantos años en dosis exageradas le causaron daños irreparables.

La vida de Rita está repleta de una sustancia viscosa: el chisme. A lo largo del documental escuchamos distintas versiones de su pasado y de su presente, las historias se contraponen. Cada persona da un testimonio que deja entrever cómo era Rita en su juventud, qué la orilló a alejarse de su comunidad y emprender un viaje sin rumbo fijo; otros testimonios dan cuenta de las negligencias institucionales relacionadas con su detención y su libertad tardía. Entre los rumores no queda claro si Patiño comenzó a perder la cordura en el hospital psiquiátrico o si ya estaba “loca” desde antes de salir de Chihuahua. Pero lo que coincide en todos los relatos es el carácter enérgico, rebelde y festivo de la protagonista. Le gustaba correr en la sierra, ir a los bailes y caminar por días; odiaba que le dijeran qué hacer, era dueña de sus propias chivas, era trabajadora y cantaba a la menor provocación.

El documental devela distintos niveles de violencia que son propios de nuestra época. Uno de ellos es la dificultad que tiene la policía para saber qué hacer ante una persona incapaz de responder a la pregunta ¿quién eres? Sin respuesta a una identidad clara y estándar, la máquina se atasca: Rita es una migrante que incomoda a todo discurso burocrático. Además de no tener papeles ni una lengua conocida,  no parece tener un objetivo  en su andar nómada y todo eso es un problema para el sistema. Al no encontrar una respuesta, los policías acuden a otra autoridad, la psiquiátrica, no tanto para atender un problema de salud mental como para “solucionar” un problema de “higiene pública”, pues su cuerpo racializado, sucio, cansado y hambriento en Kansas no es bienvenido. Una vez encerrada, su expediente queda en el olvido, el personal se acostumbra a ella y nadie vuelve a hacer más preguntas.

La esquizofrenia de Patiño se confirmaba ante los ojos de los médicos con los cantos y bailes que hacía en el patio del hospital y que el personal de salud no comprendía. En la cultura rarámuri estos cantos y danzas, que normalmente se hacen en grupo, como el yúmari, no son nada anormal. Probablemente Rita los practicaba para no sentirse tan lejos de casa, para pedir fuerza y salud, para saber quién era. Haber encerrado a Patiño por esquizofrenia sin haber creado un puente comunicativo para poder comprender su experiencia, sus dolores, su historia, es un ejemplo de los estragos que produce el sistema jurídico y de salud al obviar lo indispensable: su humanidad. Con el paso de los testimonios, al espectador deja de caberle duda que Patiño comunicó todo lo que pudo para revelar su identidad y, a pesar de ello, las negligencias institucionales no permitieron que su voz fuera escuchada.

A principios de los años 90, la organización Kansas Advocacy & Protective Services se dedicó a revisar expedientes de personas que llevaran muchos años internadas en el hospital psiquiátrico donde se encontraba Rita. De esta manera dieron con el caso de Patiño, en el cual se involucraron hasta encontrar las piezas necesarias para devolverle su derecho a la libertad. Gracias a ellos se supo que Rita Patiño venía de Chihuahua y que era rarámuri.

Su historia se dio a conocer en las noticias con titulares como: “Mexican Indian who spoke a rare dialect held for 12 years in Kansas mental institution” , (Indígena mexicana que hablaba un dialecto extraño retenida durante 12 años en una institución mental de Kansas). “Only when an advocacy intervened in 1993 did it emerge that she is a Tarahumara, a member of one of the largest Indian tribes in Mexico” (Sólo cuando intervino una defensoría en 1993 se supo que ella es tarahumara, miembro de una de las tribus indígenas más grandes de México). Los términos “extraño dialecto” y “tribu indígena” reflejan una mirada discriminatoria muy normalizada e interiorizada en los medios de comunicación. Al asumir que Rita habla un “extraño dialecto” se desclasifica su idioma. Del mismo modo, referirse a los rarámuris como una “tribu” remite a un imaginario de otredad: “aquellos salvajes” que no forman parte de la cultura dominante ni de la civilización. Por ese imaginario Rita fue mal diagnosticada, sobremedicada y privada de su libertad por más de una década, sin que ninguna autoridad, institución o profesional le pareciera necesario investigar su identidad; volverla persona y no expediente.

La defensoría que tomó el caso logró involucrar a las autoridades pertinentes tanto de Kansas como de Chihuahua para que Rita regresara con su comunidad en 1996. No imaginaron que devolverle la libertad implicaría un nuevo reto para Patiño, pues nadie en el municipio de Urique esperaba que volviera. Finalmente, su sobrina Juana Osorio de 26 años, decidió recibirla en su casa a las afueras de la ciudad de Chihuahua. El documental muestra la complejidad de la reinserción social de la protagonista donde no hay un final de cuento de hadas. El retorno a una vida de marginalidad, pobreza y exclusión social muestran las asperezas del contexto actual tanto de la comunidad rarámuri como de la violencia más amplia en la que está inmerso el estado.

La presencia de Rita en Chihuahua es muy distinta a la de quienes aún viven en la sierra. Las tomas muestran un espacio urbano de cemento grisáceo, polvo y escasa vegetación. Parece que no hay un lugar para Rita. A su regreso a México, la actitud de Patiño no es la de una persona adulta sino la de una niña pequeña en un cuerpo anciano. El daño causado por la sobremedicación es reconocible en su forma de hablar, de caminar, de comer y de moverse. También se nota su falta de autonomía en la relación que tiene con su sobrina Juana Osorio, quien la cuida, le da de comer, arregla su ropa y la vigila para que no se escape.

Dentro de la casa de Juana se empieza a vislumbrar la violencia que viven ella y su familia. Hay escenas que tratan únicamente de Juana: ama de casa y también proveedora económica, trabaja en la limpieza de una galería de arte de la ciudad. Mientras vemos cómo ordena las sillas de la galería, la voz en off de Juana nos cuenta que perdió la visión de un ojo cuando su hijo le lanzó una pedrada a la cara. Cuenta también que su hijo “anda en malos pasos” y ella recibe amenazas de quienes quieren solventar cuentas con él, dicen incluso que le van a quitar su casa.

A la par, vemos escenas cotidianas de cuidados, formas en las que Juana le hace de comer a Rita, hablan en su propio idioma, a veces con gusto, a veces con desesperación, a fin de cuentas Rita no puede seguir instrucciones de manera puntual por el daño mental que le provocaron. Pero Patiño platica, canta, baila y disfruta mucho de comer; también se muestra rebelde ante las exigencias y regaños de su sobrina. Al comprender el contexto de Juana se vuelve evidente el esfuerzo que le representa cuidar de Rita y mantenerla sana, con techo, ropa y comida.

La antropóloga Margaret Mead cree que el primer signo de civilización fue un fémur que alguien se fracturó y luego apareció sanado. Los animales cuando se rompen una pierna usualmente mueren, porque no pueden conseguir comida ni agua y son presas fáciles. El fémur sano es la evidencia de que alguien más se quedó a cuidar a quien quedó indefenso. En el documental, Juana cuenta que hay quienes la cuestionaron por aceptar la carga de cuidar a una “loca”. Juana responde que lo hace porque es su familia. Así, la cinta muestra algo tan antiguo y central para la humanidad: los cuidados. Mismos que, a diferencia del psiquiátrico, se dan en un lugar remoto, sin dinero, sin profesionalismo, y con el único propósito de estar la una para la otra.

Finalmente, con ayuda de su sobrina, Rita Patiño vuelve a la sierra en el municipio de Urique. Los paisajes que retrata el documental son de una belleza extraordinaria. En ese momento se puede comprender mejor por qué en una entrevista de 1994 cuando una voz femenina le pregunta a Patiño si todas las personas tarahumaras piensan que son Dios, Rita responde: “sí, todos”. En esos bosques y cañadas creció Rita. En esa cultura. Ahí donde Dios es más que uno.

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Publicado en: Cine