El 16 de abril de 1957, México amanecía con la noticia de que su ídolo mayor, Pedro Infante, había muerto trágicamente en un avionazo. Los días siguientes, multitudes desbordadas por el dolor tomaron las calles para despedir a “Pedrito”. Nunca antes, ni después, se ha visto en el país semejante turbación por la muerte de un ícono popular. Esta crónica de Héctor de Mauleón consigna la pena, la desesperación, la incredubildad, que cubrió al pueblo durante aquellas horas.
La gente sale de sus casas, abandona los trabajos. A pie, en coche, como sea, se dirige en apretada procesión hacia el aeropuerto. Es el 16 de abril del año que Gabriel García Márquez bautizó como “el más famoso del mundo”. El año en que murieron Humphrey Bogart, Gabriela Mistral y el director de orquesta Arturo Toscanini; el año en que Bill Halley y sus cometas lanzaron al mercado “Rock Around the Clock” y vendieron un millón de copias. El año en que el Sputnik fue puesto en órbita. El año en que en México todo esto dejó de importar, porque a bordo de un Cessna se mató Pedro Infante.

Era un lunes [relató un testigo, muchos años después, a Cristina Pacheco]. Tempranito yo estaba trabajando en el molino de nixtamal. Tenía prendido mi radio y por eso oí cuando a las 7:55 de la mañana un locutor de la XEW dijo: “Señoras y señores, me es muy penoso darles la noticia de que Pedro Infante, nuestro incomparable Pedrito, ha muerto”. La noticia me impresionó tanto que no supe ni qué locutor estaba hablando. Lloré, para qué voy a negarlo, y pensé: Cómo va a ser que yo no acompañe a Pedrito en el panteón si él me había hecho tan feliz con sus películas y sus canciones. Y me fui a acompañar, ya no al actor, sino al hombre que fue tan sencillo, tan generoso, tan jalador con todos los mexicanos…
A las diez de la mañana, en las salas del aeropuerto internacional, no cabe ya un alfiler. La gente se apretuja a las afueras de la terminal aérea, pisa los jardines, impide el tránsito de vehículos. El sol empieza a subir. Muchas lágrimas se ven en los ojos. Pedro ya no está. Pedro se fue. Una joven se desmaya. Otras gritan, histéricas, mientras nuevas multitudes se aproximan en camiones de redilas, viajando del mismo modo que los personajes de Nosotros los pobres.
“Es el pueblo que llenaba y seguirá llenando las salas cinematográficas para admirar a su ídolo”, reflexiona en medio del tumulto un reportero de La Prensa.
Un avión atraviesa el cielo, desciende, planea muy despacio, y al final se echa a correr hasta perderse en la inmensidad de la pista.
—¡Ya llegó! ¡Ya llegó Pedro! —se escucha.
La valla que ha formado personal de vigilancia del aeropuerto es despedazada en cosa de segundos. Relata un enviado de El Nacional:
Mientras la aeronave carreteaba hacia la plataforma central, centenares de personas lograron romper el cerco de vigilancia e invadieron las plataformas. El avión tuvo que maniobrar dificultosamente para poder llegar hasta el sitio reglamentario de estacionamiento, pero como la gente se acercó hasta el fuselaje no era posible abrir la puerta y colocar la escalerilla. A base de verdaderas cargas se consiguió retirar un poco a la gente, y hasta entonces se abrió la puerta del avión […]. Cantinflas subió a la aeronave y fue el primero en abrazar a Ángel [Infante] y hacerle presentes sus condolencias.
De la muchedumbre revuelta se van desprendiendo algunos rostros conocidos. Los actores José Elías Moreno y Miguel Manzano sostienen un extremo del féretro; en el otro avanzan, estoicos, Cantinflas y el hermano de Pedro. El descenso del cuerpo provoca una descarga emocional de la que toman parte incluso los reporteros. Se oyen llantos y gritos. La gente crea un remolino que a ratos se sale de control:
—¡Abran paso! ¡Dejen pasar a Pedro!
Ha comenzado la lentísima marcha que, bajo un sol inclemente, habrá de culminar en las oficinas de la Asociación Nacional de Actores. Las libretas de los periodistas consignan frases extrañas: “Diosito se lo llevó para que le cantara en el cielo”. Todos quieren acercarse. Tocar el ataúd. El trayecto por la ciudad que arde bajo el sol se vuelve extenuante.
En la ANDA, entre millares de flores y tarjetas de condolencias, aguarda —vestida de luto— la plana mayor de la época de oro del cine mexicano. Cuando el féretro es depositado en la sala Jorge Negrete, la madre del ídolo empieza a gritar:
—¡Me dejaste sola, Pedro! ¡Me dejaste sola!
La frase desata otra ola de histeria. La actriz Irma Dorantes declara a la prensa: “Pedro se mató por venir a verme”. Los fotógrafos disparan. Sus cámaras antologan un extenso rosario de “congojas faciales”: la viejita que se enjuga el llanto con un rebozo, el hombre en mangas de camisa que parece reclamar al cielo, la niña que, vestida humildemente, hace guardia junto al féretro. No se echa en falta a un solo miembro del star system: Víctor Parra palidece, Fernando Soler llora, Silvia Derbez subraya la presencia del dolor en el acto de esconderse detrás de unas gafas negras. Luis Aguilar, Andrés Soler, Jorge Martínez de Hoyos, Alejandro Chianguerotti, Lilia Prado, María Conesa, Esperanza Iris y la Chula Prieto, lucen estoicos, tristes, devastados. Sara García, Dolores del Río y Emma Roldán, lloran en serio.
Pero es solo el principio. A la mañana siguiente, los dolientes suman decenas de miles y la multitud concentrada a las puertas de la ANDA impide cualquier movimiento. Es preciso que ciento ochenta granaderos impongan un muro humano “para llevarse a Pedro al panteón”. Será necesario que ciento treinta motociclistas de la Dirección de Tránsito escolten el cuerpo y le abran paso por Altamirano. Cerca de doscientos agentes del Servicio Secreto rodean la carroza para impedir que la masa vuelva a compactarse. Sesenta patrullas van cerrando calles al paso del cortejo. Más de dos mil automóviles cargados de ofrendas florales recorren el larguísimo trayecto.
—¡No te vayas, Pedro!
El cadáver despedazado de Infante recorrerá Manuel María Contreras, Paseo de la Reforma, calzada Tacubaya y avenida Revolución. Seguirá luego por Mixcoac y ascenderá la cuesta escarpada del Desierto de los Leones, hacia el Panteón Jardín.

Afirma Carlos Monsiváis que el acuerdo es unánime. Cada metro está tomado por una multitud que se disuelve en otra. “El Pueblo llora, se despide melodramáticamente, intercambia anécdotas, vuelve a entonar ‘Amorcito corazón’”. Ciento cincuenta o doscientos mil dolientes conforman la valla. El ímpetu de la muchedumbre, prosigue Monsiváis, vuelve el Panteón Jardín “la capilla ardiente de la parentela nacional”.
Ni siquiera el amado Nervo, cuyos funerales paralizaron la ciudad, pudo concitar de ese modo la democratización del llanto.
En las rejas del Panteón, todo vuelve a repetirse: la valla de motociclistas extendiéndose por calles interiores hasta la fosa oscura, el “contingente nunca antes registrado en México” que rompe a empujones el cerco policiaco y pisotea las tumbas, los gritos, los apretujamientos (doscientos lesionados), “el adiós desesperado del pueblo de México que ayer despidió llorando los despojos de su ídolo”. La descarga emocional alcanza un nivel insólito cuando Javier Solís, Julio Aldama, Emilio Gálvez y Guadalupe La Chinaca interpretan “Mi cariñito”, “Amorcito corazón”, “Rayando el sol”, “Despacito” y “Las golondrinas”.
“Todo era puro dolor —continúa el informante de Cristina Pacheco—. Me subí a un árbol y desde allí lo vi todo: harto sol y mucha tristeza”.
Hay un acuerdo que expresa que aquel 16 de abril sucedió el ascenso del mito. No se volverá a vivir a lo largo del siglo una hora semejante. Nadie olvidará aquel año en el que México perdió, de golpe, a cada uno de sus ídolos.1
Héctor de Mauleón
Escritor y periodista. Autor de El tiempo repentino, La ciudad que nos inventa y La perfecta espiral, entre otros libros.
Este texto pertenece al libro El derrumbe de los ídolos. Crónicas de la Ciudad (Cal y arena, 2010).
1 Nota editorial: Esta crónica forma parte de un tríptico que incluye la caída del Ángel de la Independencia durante el el terremoto de 1957, así como la derrota de Raúl El Ratón Macías frente al argelino Alphonse Halimi, combate que sentenció la carrera del púgil mexicano. Ambos hechos, junto con la muerte de Pedro Infante, marcaron con un aire trágico el ánimo pupular de aquel año.
Que buena nota Don Héctor , le mando un cordial saludo.
Gracias Don Héctor por describir muy bien a un Gran Ídolo Mexicano, pero sobre todo a un Gran Ser Humano.
Extraordinaria descripción de los hechos acontecidos aquel día, literal nos trasladó a ese momento que vivió la ciudad.