Queríamos ser viajeros y nos llamaron turistas
¿Dónde se concentran las huellas del olvido? Así como el rostro goza del rastro de lo vivido en su gesto, así los objetos, las cosas que se guardan en cajones y maletas, nos hablan del paso del tiempo: encarnan recuerdos. Shaday Larios, doctora en artes escénicas, tiene un largo camino trazando un mapa de la memoria a partir de los objetos, en los que encuentra, como ella misma dice, una relación amistosa y de diálogo.
“La escena que se construye a partir del objeto documental es distinta a la que llamamos teatro de objetos; acá el objeto despierta su animismo a partir de la memoria”, nos comenta Shaday.
Oliver Sacks nos enseña que “todo acto de percepción es en cierto grado un acto de creación; y cada acto de memoria es en cierto grado un acto de imaginación”. Así, en La melancolía del turista, Shaday Larios y Joni Oligor realizan una ingeniería poética del viaje, en la que el objeto aparece y se hace presente a partir de una serie de experiencias que recogen subjetivaciones: experiencias individuales que nos reportan el acontecer de un tiempo. Mirar estos objetos es ya en sí un golpe de recuerdo para quienes tenemos en el cuerpo sensaciones guardadas de nostalgias de otro tiempo. Aunado a ello, el cuento mismo, escrito por Shaday Larios y el dramaturgo Ángel Hernández, emerge del interés particular por la persona que viaja hurgando memoria viva en los objetos y por la persona que generosamente comparte sus vivencias a partir de esos objetos.
La obsolescencia es una estela que deja rastro del olvido. Hemos construido una relación con los objetos de subordinación y de utilitarismo con fecha de caducidad, que deja un hueco para filtrar el pensamiento de lo que consideramos como un valor hoy en día. Los objetos anacrónicos pulsan como un termómetro de nuestro modo de producir y desechar, y de la velocidad vertiginosa con que esto ocurre. Si bien la desenfrenada acumulación de objetos, aunada a la sobrevaloración de lo “nuevo”, propicia en nuestra sociedad una degradación de la memoria como un valor, en La melancolía del turista se revive un latir del pasado, algo así como abrir la caja de un tesoro. Ese tesoro contiene la politicidad de las nostalgias de otro tiempo, de aquello que guardamos y nos enfrenta a la discriminación de lo que tiramos por considerarlo basura.

En La melancolía del turista se abre una ventana para mirar el paisaje de las memorias que se conectan con la vida y el territorio. Es la geografía, el sitio del cual provienen los objetos que protagonizan los momentos de vida, de otras vidas con las que nos conectamos a partir de la estética de una mecánica hecha poética del objeto. Por ejemplo, La Habana y la señora Guillermina, quien sin salir jamás de Cuba ha dado la vuelta al mundo en una imagen fotográfica; Acapulco y sus hoteles en ruina que nos hablan del paraíso que un día fue. Es la gente la que impulsa la vida y el dinamismo de ese pasado; son ellas y ellos quienes se hacen presentes: en una fotografía, Guillermina toma la consistencia del humo, espesa y difusa, fumando su enorme habano.
Shaday Larios y Joni Oligor se concentran en la manipulación y el diálogo con los objetos, se ocupan de construir la ingeniería escénica, realizan el trabajo artesanal —como le llama Shaday— de armar una linterna mágica que anima nuestra imaginación y nos conecta con nuestra memoria. Es el andar mismo de la investigación que realizan Oligor y Microscopía. Hayamos vivido o no aquel tiempo, en La melancolía del turista el cuerpo se activa mediante un imaginario estético y político construido a partir del archivo íntimo, ese archivo personal que se comparte durante los trayectos, ya que –citando nuevamente a Oliver Sacks– “la memoria es dialógica y surge no sólo de la experiencia directa, sino de la interrelación de muchas mentes”.

“En nuestros viajes, vamos tejiendo una red de afectos, de conexiones humanas que nos nutren y de las que nunca nos deshacemos. No importa el tiempo que pase, el vínculo se vuelve tan personal que se mantiene hasta ahora”, nos explica Shaday. Cada persona resguarda un archivo vivo, latente, el cual permea en los objetos que han vivido; en los objetos que se han desgastado con el uso y el paso del tiempo y que han sido intervenidos por la vida. Oliver Sacks dice que “los recuerdos no se encuentran fijos o congelados, como los tarros de conservas de Proust en una alacena, sino que son transformados, desensamblados, reensamblados y recategorizados en cada acto de remembranza”. Así pues, no estamos hablando aquí de una cosificación de la memoria ni de una personalización del objeto, sino de un documento valioso que es susceptible de convocar a una poética de la historia.
Los relatos que nos cuentan El Peque y Guillermina son historias que ameritan contarse; cuentos de personas que merecen ser rescatadas del olvido, para así construir, desde aquello que llamamos teatro, narrativas de la otra historia, la que sirve para generar un contrapeso a la Historia enciclopédica ilustrada: aquella historia oficial que busca siempre abarcar lo inabarcable, simplificar lo que es complejo; la historia grande, pretenciosa, de cronología lineal, que genera una relación de alejamiento con el pasado y nos divorcia del acontecer histórico.

La calidez, la ternura y la precisión con la que Shaday Larios y Joni Oligor se relacionan con los objetos y con el público —la manera en que tocan, mueven, ensamblan— encienden nuestra cercanía con el recuerdo, no sin asombro. En esta pieza vemos una danza con los objetos, somos cobijados por un espacio acotado, íntimo, cercano, para respirar una estética visual de la materia. El objeto se transforma en otra cosa: se vuelve archivo. “El teatro de objeto documental —nos dice Shaday— es aquel que dialoga con lo acontecido a partir de los objetos y se construye sobre una ingeniería de la memoria. Para La melancolía del turista habíamos hecho un recorrido donde teníamos una ruta trazada y, sin embargo, tuvimos que dejar fuera un montón de cosas y bordar la dramaturgia gracias a las experiencias de Guillermina y El Peque, porque en el teatro de objeto documental todo significa, todo habla, y en la selección también hay conversación con el propio proceso de la pieza y con el objeto. Para nosotros, la linterna mágica es la protagonista de este recorrido. […] Luego, El Peque falleció y después supimos que su casa se quemó y el fuego provocó la pérdida de muchos objetos que la familia atesoraba. Entonces, su hija vino con nosotros, para pedirnos copia de todo lo que habíamos recabado para la obra. En ese acto, encontramos sentido a esto que hacemos”.
Son tantos los objetos que vamos dejando en el camino, son tantas las historias que consideramos tan pequeñas como para contarse… El teatro se inserta también en esos huecos donde pareciera no haber sino basura y, al final, encuentra el valor en aquella posibilidad fragmentaria de la mirada. En lo fragmentario del recuerdo se cuela la imaginación. La memoria se deposita tanto en los cuerpos como en los objetos.
María Sánchez Portillo y Alberto Lomnitz tienen amplia experiencia en el estudio y el ejercicio de las artes escénicas. Generaron juntos el Manifiesto de Arte Vivo Digital en respaldo a las prácticas emergentes del tiempo presente.