La literatura es una forma de amistad. Entrevista a Elisa de Gortari

MO: Uno podría clasificar Todo lo que amamos y dejamos atrás como ciencia ficción. ¿Cuál es la relevancia de la ciencia ficción hoy en día?

EDG:  Mira, hay dos lobos dentro de mí. Uno de esos lobos no está interesado en la realidad como fenómeno en la literatura. No me interesa. El otro cree que la ciencia ficción, después del cyberpunk, había pasado por una larga racha en la que parecía que no iba lo suficiente rápido para alcanzar la realidad, que ésta siempre iba un paso adelante. Desde finales de los años 90, hasta hace no mucho, parecía que la ciencia ficción ya no era tan trepidante como lo había sido con William Gibson, con Le Guin, con Philip K. Dick. Creo que eso ha cambiado. De pronto se sumaron muchas cosas que antes no eran consideradas dentro de la ciencia ficción como las personas racializadas, las minorías sexuales. Y eso está muy bien. También siento que el concepto de ciencia ficción es muy problemático porque es reflejo de una cosa gringa, un mercado que depende de factores muy específicos, porque en otros países a eso sólo le llaman “literatura”. Yo pongo como ejemplo las novelas de Michel Houellebecq; para los franceses son sólo literatura, pero en un ámbito gringo, quizá serían consideradas ciencia ficción.

MO: ¿En México hay ciencia ficción?

EDG: No lo sé aún. Hay una comunidad de ciencia ficción muy compacta, muy solidaria. Y hay gente escribiendo ciencia ficción relevante, gente que podría ganar con facilidad un Premio Nébula: Gabriela Damián y Andrea Chapela. Además, escriben muy bien. Eso no pasa en la ciencia ficción gringa, donde tienes autores y autoras a los que es muy divertido leerlos, pero no tienen una preocupación por escribir bien. Por eso siempre hago esa distinción. También hay fenómenos como Ted Chiang o Carmen María Machado, que escriben muy bien. Pero para los gringos no es relevante, es como un chiste para ellos.

MO: ¿Cómo es que la literatura enfrenta estos escenarios catastróficos? Yo sé que, como persona que escribe, no necesariamente tiene que ser su labor, ¿no? Pero sí hay algo político dentro de la literatura.

EDG: Mira, creo que ahorita lo más político que puede hacerse en la literatura es escribir de forma disciplinada y exigente, y cada vez me convenzo más que el signo de estos tiempos es el antiintelectualismo. La gente se opone a la inteligencia tanto desde la izquierda como desde la derecha. El caso de Elon Musk es paradigmático porque es alguien que accedió al poder por medio de la inteligencia de otros, como su antiguo socio de PayPal que era un muy buen programador. Pero él no ha creado nada, se opone a la inteligencia. Se opone al conocimiento.

El pensamiento que heredamos de la ilustración está bajo grave amenaza. Por todos lados. La gente exige libros que sean más fáciles de leer, más sencillos, porque no quieren esforzarse. Eso a mí me descorazona. Yo leo libros absurdamente sencillos y tontos. Y leo novelas de Dan Brown, que no son nada complicadas, las disfruto enormemente. Pero a mí me preocupa cómo, de un tiempo a acá, parte del desafío dentro de la literatura se considera algo censurable. ¿Cómo puede ser?, ¿cómo te estás atreviendo a escribir algo que no pueden leer todos? Pues, la verdad, yo no quiero que me lean todos. Quiero que me lea gente como yo, que podrían ser mis amigos, porque creo que eso es la literatura, una forma de la amistad en la que no nos hemos conocido. Eso es bonito. Leer libros, no ilegibles pero complicados, que te desafían: es una forma de entender otras realidades. En el caso de quienes los escriben, es una forma de respetar en realidad a quienes te leen.

En los noventa, los autores gringos tenían esta discusión de si había que dejar de escribir “difícil” o no. Jonathan Franzen se inclinó por la otra opción, volver un poco más accesibles sus libros. Curiosamente son los mejores que ha hecho. Foster Wallace se inclinaba por una opción intermedia; él decía “respetar al lector es también entretener al lector, es también divertirlo, yo quiero que mis libros sean divertidos y entretenidos y difíciles”. Quizá, el autor vivo que más me gusta es Thomas Pynchon. Yo nunca he considerado que sus libros son difíciles. Creo que son muy divertidos y los leo porque me hacen reír. A veces no entiendo lo que estoy leyendo. El problema, o más bien la ventaja, es que yo sé que no leo para entender siempre. O no a la primera, por lo menos. Y si no entiendo, puedo volver a la página después, puedo volver a leer. Con Thomas Pynchon me da un sentimiento muy extraño en algún momento, es como: “no sé qué está pasando, pero lo estoy disfrutando mucho”.

MO: Considerando que la ciencia ficción parte de un mundo que se va distorsionando, ¿crees que será posible que siga existiendo la ciencia ficción o, para el caso, cualquier modo de literatura en un futuro en donde el horror predomine?

EDG: Jorge Carrión dice que no, que la ciencia ficción es el nuevo realismo. Yo no estoy tan segura. Cuando miras una historia como Gravity (2013) de [Alfonso] Cuarón, pues sí es como el nuevo realismo, ¿no? Porque es una historia donde no se está especulando nada, pero tiene un poco el aura de lo que es la ciencia ficción. Esa parte la entiendo. Ahora, también creo que todas nuestras ficciones tienden a ser en general un poco más científicas en la medida en que están cruzadas por la tecnología. Y se cruzan los aparatos por medio de los cuales nos relacionamos. Pero, ojo, no estamos especulando sobre eso. Vamos a seguir en la cultura especulando sobre lo que puede pasar en el mundo, sobre todo vamos a estar siempre concibiendo en la narración formas distintas de imaginar. Creo que es lo que distingue por encima de todas las cosas a la ciencia ficción. A mí me gusta por lo científico; me gusta mucho la ciencia porque creo que es una forma sistemática de imaginar y una forma también colectiva, como el arte, pero con unas reglas más precisas para llegar a resultados más prolijos. 

MO: Es curioso porque esa imaginación te lleva a destruir el lugar de donde eres, destruir el origen. ¿De dónde viene la idea de la destrucción de Veracruz? ¿Es una forma también de destruir un pasado tuyo?

EDG: Ahora pienso que siempre me ha obsesionado la idea de que Veracruz está completamente destruido por el cambio climático. Desde que era muy niña, una de mis pesadillas recurrentes era un tsunami, porque la casa de mi papá estaba muy cerca del mar. Me quedaba la idea de que un día esas cosas se pueden levantar y arrasarnos a todos. Y había aparecido de alguna manera en otras cosas que había escrito, en mis poemas, en mis cuentos, pero nunca le había dado ese espacio privilegiado. Y nunca había explorado qué tanto me afectaba a mí, al final del día. Todos los disparadores de las cosas que escribimos son muy específicos. Yo tuve que dejar de vivir en Veracruz en circunstancias muy dramáticas en las que ningún adolescente debería estar y me pasaron cosas muy horribles en ese lapso. Ahora, 20 años después puedo decir que esa fue la peor experiencia de mi vida. 2003, no vuelvas nunca. Eso es lo que me ha marcado mucho en relación con siempre escribir de Veracruz. En este caso, destruyéndolo.

MO: En algunas partes de la novela sé que te ves reflejada, pero hay otras en donde le das vuelta a la imaginación. ¿Cuáles son esas partes?, ¿lo decidiste de manera consciente, lo querías desde un principio o fue algo que vino con la escritura?

EDG: Es cierto que yo coincido en dos cosas con Grijalva. Una que es la música, yo también estudié música formalmente y me dediqué muchos años a eso. Es lo único que pensé que iba a hacer en la vida y ahora no estoy en la música, sino en el periodismo, pero siempre aclaro que las semejanzas se acaban ahí. A mí me preocupaba mucho, mientras escribía la novela, no meter cosas de mí, sino cosas y personas que yo amaba y que me habían querido mucho. Eso sí era muy importante, era como muy consciente para mí que, en esta ocasión, todo tenía que estar allí adentro. Entonces, salen mis profesores de música, el propio Montaner era mi profesor de son jarocho. Yo quería imaginarme cómo hubiera sido ese profesor, un músico que componía por las noches y por las mañanas daba clases y en las tardes, tocaba salsa. Sale mi laudero que toda la vida hizo todas las guitarras acústicas que tuve y que tengo. También una profesora mía de la Facultad de Filosofía y Letras, Fulvia. Obviamente ella no lo sabe porque está muerta, mi querida maestra falleció hace ya tiempo pero fue una de las maestras que más me encantó en la facultad y quería honrarla de alguna manera, tal vez no fue la mejor idea.

MO: Hay algo que se relaciona con las formas de la memoria, que cambia conforme se encuentra con nuevas formas de injusticia, impunidad, o de violencia en este nuevo mundo. ¿Cómo hiciste para darle forma a esa memoria? ¿De qué recursos te valiste?

EDG: Yo investigaba mucho cómo funciona la memoria y no sabemos realmente cómo operan los recuerdos. Todavía hay grandes lagunas sobre lo que ocurre allí. Algunos científicos —no los mejores— tienen un nombre para ese fenómeno en el que ellos se preguntan, más bien, dónde cabe Dios en un mundo en el que ya está todo resuelto y todo tiene respuesta y sabemos la razón detrás de todos los fenómenos. Entonces, alguna persona dijo que ese es el Dios de las pequeñas cosas, el Dios de los pequeños puntos, el Dios de las pequeñas esquinas. Es decir, cabe la posibilidad de Dios en lo que no conocemos, en lo que no entendemos. Yo estoy en contra de esa idea. Creo que sería al revés; al menos según la fe católica Dios está en lo que conocemos. Me llamaba la atención cómo la imaginación está en esa posibilidad que no hemos visto aún.

También lo más interesante, en este caso en la ciencia ficción, no es cuando se persigue vaticinar un invento, sino sus consecuencias. Hay un cuento de Asimov en el que un sujeto inventa una máquina para ver el futuro pero descubre que es inútil ver adelante en el tiempo. Entonces se da cuenta que no pueden ver miles de años atrás en el tiempo pero que pueden ver cinco segundos en el pasado. Su máquina termina convirtiéndose en el fin de la privacidad porque pueden espiar a cualquier persona en cualquier momento, cinco segundos antes; esa es la verdadera consecuencia inspirada de un invento que era para otro fin. Alguna vez alguien escribió que los buenos escritores de ciencia ficción no vaticinan el coche, vaticinan el tráfico… pero reitero, mis preocupaciones no eran esas, sino más bien si se iban a ver bien unos anillos o cómo voy a hacer este cambio en la segunda persona, cómo sería Veracruz en estas circunstancias, cómo cocinar arroz a la tumbada sin energía eléctrica…

MO: ¿Y qué reglas seguiste para lograrlo?

EDG: Fueron dos factores. El primero fue que me enteré del concepto de una bomba atómica que no se lanza sobre la superficie sino sobre la atmósfera. Se llama bomba de arcoíris porque el golpe de la radiación contra la atmósfera ilumina el cielo como si fuera una aurora boreal. Es mucho más probable que el día que de verdad se quieran destruir mutuamente Rusia y Estados Unidos, lancen una bomba atómica que sólo explote en la atmósfera a que barra con todos sus humanos. Porque automáticamente tu enemigo ha retrocedido.

También me llamaba la atención el fenómeno de los anillos. ¿Cómo sería vivir en un planeta con anillos? Para mí lo bello ahí fue que, como la ciencia es imaginar colectivamente y con reglas, mucha gente tenía la misma preocupación y ya había buenos papers al respecto. Pero está padre porque entonces de nuevo viene esta idea de que nada, incluso en la ciencia ficción, se crea en el vacío, todo viene de cosas previamente hechas que se apoyan de otras y me parece muy interesante cuando uno las agarra para crear sus propios mundos.

MO: Las descripciones de los objetos son tan ricas que forman un universo propio, te hacen sentir nostalgia de lo que ya no va a ser en un futuro, cosas que tienes ahorita que sabes que van a desaparecer.

EDG: A mí me parece muy triste cómo nos relacionamos por medio de los objetos y estos desaparecen. Nos relacionamos con otras personas y depositamos emociones en nuestros cassettes, nuestros discos compactos y un buen día estos dejan de existir. Y es como si nos quitaran nuestros propios recuerdos y vínculos. Siempre estoy pensando en el momento en que voy a perder las cosas y en las cosas que he perdido. Me gustan mucho los objetos viejos. Antes yo veía con recelo a un tío que ya falleció que coleccionaba radios. Desde las muy antiguas, de bulbos, como en forma de catedral, hasta radios ochenteras. Y su mujer odiaba que coleccionara radios. A mí siempre me pareció un poco patético, pero ahora yo colecciono computadoras viejas.

MO: Pienso en las personas que tienen hijos y que esos objetos en algún momento crean un vínculo como lo crearon los personajes en tu libro, con texturas entre generaciones. Pero, ¿qué pasa cuando alguien no piensa o no puede tener hijos?, ¿esos objetos se quedan para siempre sólo con uno y se olvidan?

EDG: Esta es una de las cosas más raras que me ha pasado conversando sobre este libro, casi todo mundo me pregunta por las cosas estrictamente científicas, que no existen, pero nadie me pregunta sobre las cosas que existen pero a las cuales yo no tengo acceso, como la maternidad. Yo no tengo hijos y la novela trata de una relación madre-hijo y nadie nunca me pregunta de eso. Creo que será un misterio para mí; mientras escribía la novela, pensaba “yo no tengo una familia y muy probablemente no la voy a tener”. De hecho era algo que me preguntaba con la misma seriedad con que me preguntaba sobre qué pasaría si sube el nivel del mar o qué pasaría si le salen anillos a la tierra, pues pienso que mucha de la ciencia ficción viene de cosas que no podemos experimentar.

MO: ¿Qué pasa con la autoficción?

EDG: Creo que nuestras vidas no son importantes, nuestros problemas no son trascendentes, son inmanentes, se quedan en nosotros mismos y ya, mueren con nosotros. Yo, por ejemplo, quería tratar esos problemas filiales, interpersonales, cómo es tener un vínculo de cariño con alguien más allá del tiempo y el espacio, la desgracia personal. Me parece muy padre que un signo de estos tiempos sea que todos escribamos de lo que nos pasa, implica muchas cosas, que todos estamos alfabetizados, que todos tenemos acceso a los medios de escritura y de publicación. Pero me parece una frivolidad que todos creamos que nuestras historias importan. La autoficción me parece magnética como artefacto literario. No como un valor de nada. Por ejemplo, me impresionó mucho The Argonauts (Maggie Nelson, 2015) en su momento. Pero me dejó de impresionar cuando vi que mucha gente que leía ese libro, sobre cuestiones queer y trans, era transfóbica. Entonces no sirve de nada.

MO: ¿De qué te gustaría escribir en un futuro?

EDG: Creo que ha llegado el momento de mi vida en que debería escribir sobre mi familia. No sé si lo voy a lograr, pero mi mamá hace no mucho me pidió que escriba su historia. Si algo tengo claro es que no me interesa escribir una historia realista. No me interesa la realidad como problema literario, y si un día cuento la historia de mi mamá, sería en clave de horror.

MO: ¿Qué estás leyendo ahora?

EDG: Yo realmente no fui una gran lectora de niña. Me gustaba Julio Verne, me gustaba Edgar Allan Poe. Pero me hice lectora cuando llegué a vivir a la Ciudad de México, porque llegué a vivir en la misma casa donde nací, que estaba vacía. Yo no tenía televisión, no tenía amigos aquí. No conocía a nadie en esta ciudad y no conocía la ciudad. Lo único que podía hacer era leer los libros que la gente había ido dejando en esa casa. Como dicen en Cloud Atlas, nuestras vidas están vinculadas con otras desde el nacimiento hasta la tumba, nuestras vidas lectoras también. Entonces ahora he vuelto a leer a García Lorca, Luis Cernuda, a Jack Kerouac, a Haruki Murakami. Cosas que leía en aquella época. Y, a ver, López Velarde decía que maquillar el pasado es superchería; por eso creo que me llevo muy bien con la persona que fui y por lo tanto con sus gustos. No me molesta haber leído libros malos, no me molesta haber escrito malos poemas, no me molesta haber tenido malos gustos y no me molesta la persona que fui. Estoy en paz con eso.

Mariana Ortiz

Ensayista y editora en nexos

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Publicado en: Ciudad de libros

3 comentarios en “La literatura es una forma de amistad. Entrevista a Elisa de Gortari

  1. Estoy ansioso por leer la novela.

    Me llamó la atención la mención a las bombas arcoiris. También se les llama bombas de pulso electromagnético, y en caso de ser lanzada EEUU sería el país más perjudicado puesto que es el más dependiente de la electrónica. La otra opción sería lanzar una bomba de neutrones que mata todo lo orgánico pero deja las infraestructuras intactas.

    Aparte de una bomba, existen pulsos electromagnéticos naturales como los producidos por la actividad solar. A mediados del siglo XIX ocurrió el evento Carrington, que sólo produjo algunos incendios en las líneas de telégrafos, pero que cuando vuelva a repetirse, tendría el mismo efecto que una bomba arcoiris. Todo el sistema eléctrico y todo lo electrónico que no esté protegido por jaulas de Faraday (un auto con carrocería metálica, un avión de pasajeros, cualquier caja metálica) dejarían de funcionar. Los discos duros de las computadoras, las memorias usb, los casetes de audio y videocasetes Beta y VHS quedarían borrados. Sólo lo que esté impreso y los CD´s se conservarían. Si ocurriera ahora se perderían 15 o 20 años de información.

    También me llamó la atención la mención al cuento de Asimov “el pasado muerto”, porque ese cuento toca muchos temas en poco espacio. El científico que crea el cronoscopio lo hace a petición de una pareja que quiere volver a ver a su hijo fallecido. Al principio parece poco realista porque los cronoscopios son muy caros y solo el gobierno ha podido construir uno, y sólo puede ver miles de años en el pasado; usualmente el gobierno saca reportes sobre sus observaciones de las sociedades romanas o fenicias, el pasado muerto.

    El científico decido investigar al respecto por interés teórico, y se da cuenta que la información relevante sobre cómo funciona el cronoscopio no se encuentra en ninguna parte. Después de mucho buscar, encuentra un libro de casi 60 años en una biblioteca, y se da cuenta que combinando la teoría del libro con sus propias investigaciones, puede construirse un cronoscopio mucho más barato que el del gobierno, pero también se da cuenta que sólo puede ver un máximo de 100 años en el pasado antes de que la imagen se degrade. Entrega su prototipo a la pareja del inicio y publica su diseño en el equivalente de ese mundo de “Mecánica popular”.

    Pero no se dio cuenta que el gobierno lo vigilaba e intenta entorpecer sus investigaciones, pero no logran evitar que se publique el diseño. Al final, todos conversan sobre las consecuencias de lo que ha ocurrido, El marido revela que su mujer pasa todo el tiempo viendo imágenes de su hijo y ha perdido interés en la vida real. El representante del gobierno les hace ver que el pasado y el presente no están claramente diferenciados y de hecho estuvieron usando el cronoscopio del gobierno para vigilarlos casi en tiempo real; afirmó que el científico arruinó ese mundo pues ahora todos espiarán a todos, y por eso el gobierno había tratado de evitar que se difundiese ese conocimiento.

    El científico reflexiona en que la ciencia está interrelacionada y avances en un campo pueden potenciar avances en otro campo, pero no hay manera de predecir de qué manera ocurrirá eso, o de prevenirlo por completo a menos que se frenara toda investigación nueva; cualquier avance en ciencia básica puede traer consecuencias inesperadas diez, 20 o 500 años después . Cabría añadir que no puede predecirse si “x” inversión en investigación generará “y” desarrollo científico en forma de patentes o innovación, a menos que la tecnología ya esté muy madura y sólo requiera de avances incrementales.

    Habría que añadir que el nuestro mundo moderno el conocimiento está muy compartimentalizado, al estilo militar de que cada uno sólo sabe lo que necesita para realizar su función y nada más, y tratan de convencernos de que no es practico aprender más allá de lo que se nos da. Un ejemplo está en el CEO de NVIDIA afirmando que la gente ya no debe aprender a programar, sino sólo saber cómo escribir prompts. O en las compañías de tecnología que hablan de almacenamiento “en la nube” para no revelar que la información se guarde en computadoras y memorias que ellos controlan. Es cierto que el conocimiento actual es demasiado para que una sola persona pueda dominarlo (la última persona en dominar todos los conocimientos occidentales de su tiempo al parecer fue Leibniz), pero eso no significa que no pueda tenerse una visión general sin entrar en detalles técnicos, y siempre fomentado el domino de las matemáticas y las lenguas.

  2. Habría que decir que esta fragmentación del conocimiento también ocurre en las ciencias. Los científicos que se dedican a dar explicaciones evolutivas del comportamiento animal y humano suelen usar hipótesis muy simplistas en las que sólo toman en cuenta los comportamientos de la sociedad en que viven, sin usar las descripciones de la antropología de otras sociedades. En economía este reduccionismo se agudizó porque sólo hasta los años 1980’s se comenzaron a cuestionar si los fundamentos de las teorías económicas se cumplen en la realidad, aunque sea de forma aproximada, y no solían tomar en cuenta la interrelación con la física, la química o la ecología.

    Se ha tratado de paliar esta separación apelando al “pensamiento complejo” de Edgar Morín o a la teoría se sistemas de Bertanlaffy, Maturana o Luhmann (Luhmann ha sido muy cuestionado por Habermas).

    También hay que aclarar que las sociedades y los sistemas vivos son mucho más complejos y complicados que los sistemas estudiados en física o química.

  3. Me falta comentar que el consenso entre los economistas es que los mercados eficientes no existen en la realdad, pero lo atribuyen a “sesgos” en nuestros cerebros, es decir que los humanos no somos racionales. Por eso surgen expresiones como ” nuestros cerebros de mono no entienden”. y otras semejantes. Pero podríamos argumentar que el concepto de “racionalidad” manejado por los economistas tiene varios agujeros.

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