La literatura como crónica del tiempo que pasa

Compartimos la conferencia magistral que la escritora portuguesa Lídia Jorge dio en el marco de la FIL Guadalajara, durante la Cátedra Latinoamericana Julio Cortázar. En ella resaltó las razones que la llevaron a la literatura, los desencuentros que vivió Portugal durante la llamada Revolución de los Claveles, y las posibilidades de la escritura en tiempos de oscuridad.


Es una alegría indescriptible estar aquí. En primer lugar por las palabras de Dulce María Zúñiga, la persona con la que asocio uno de los días más felices de mi vida. Yo estaba en el sur de Portugal una tarde cuando Dulce María me llamó y me dijo que yo había ganado este premio. Yo estaba delante de la Puerta de las Nubes, era la tarde, tenía una configuración especial; pero las nubes de un momento a otro cambiaron su forma. Ha sido un momento absolutamente mágico en mi vida.

Es maravilloso venir de nuevo aquí y oír sus palabras como coordinadora de la Cátedra. También evocar a Raúl Padilla, con quien durante tantos días hablé desde lejos. Hoy que Pilar del Río me preguntó: ¿cómo está corriendo la Feria? Yo tengo que decir que la FIL Guadalajara es una especie de copa de gran esperanza para la humanidad; pero tengo que decir que todavía hay una especie de oscuridad que es la ausencia de Raúl Padilla. Su ausencia ha emocionado a toda esta Feria. Hoy vivimos bajo ese sentimiento de pérdida y, al mismo tiempo, escuchando sus palabras sobre la creación de esta Cátedra, da un gran deseo de continuar vivamente.

No sé qué decir a las palabras de Javier Guerrero, porque cuando lo vi en la Feria pensé que era un hombre de pocas palabras. Yo pensé que leería algo, simplemente la Wikipedia, y que diría tres o cuatro palabras. Para sorpresa mía, Javier habla de mis libros, del tiempo que es el testigo de la historia. La historia está en el polvo.

Cuando yo era jovencita vivía los veranos en un pequeño pueblo desierto del sur de Portugal. Era un chica un poco extravagante porque yo sentía alegría cuando las campanas sonaban al final de la tarde. Yo decía en voz alta delante de la ventana el poema de Emily Dickinson “Polvo tranquilo, damas y caballeros…”. Era una chica extravagante, evidentemente, porque delante de algo que semánticamente es triste, yo sentía una compañía extraordinaria.

Quiero agradecer a quien imaginó el cartel. Porque yo pensaba que sería con baldosas revueltas y libros, porque la “Literatura como crónica del tiempo que pasa” daría una imagen apocalíptica, metafísica. Pero no, es una cosa juvenil, que da esperanza, es una cosa de niños, es una cosa que da alegría. Precisamente porque hablamos de niños  quiero hablar de un pequeño episodio que ocurrió dos años antes. Tengo tres pequeños libros infantiles; pero no sé muy bien cómo hablar con los niños. A mí me gusta más hablar con los adolescentes, pero a veces voy al encuentro de los niños. Y fui a una escuela a leer partes de un libro que se llama El gran vuelo del gorrión. A los chicos, en general, les gusta mucho esta pequeña historia. En un momento dado uno de los niños se levanta y dice “¿cuántos años tiene usted? ¿Tienes mil?”, preguntó. Y yo dije: “Tantos no”. “¿Tienes cien?” Yo me impacté y contesté: “¿Y tú cuántos tienes?”. Dijo: “¡Tengo cinco, tengo cinco!”. A partir de ahí la conversación terminó porque todos querían decir su edad, y mostraban los dientes para comprobarlo. Eso me dejó un poco perpleja y telefoneé a una amiga y le dije: “Hoy me calcularon mil años”. Y me dijo: “¿no estás angustiada?” No. Empecé a pensar por qué estaría angustiada cuando verdaderamente yo tengo mil años. Mi idea es que yo escribo porque tengo mil años. Voy a explicar por qué:

Cuando se le pregunta a un escritor por qué escribe, evidentemente uno no sabe qué decir. Cada día decimos una cosa. ¿Por qué se escribe? ¿Por qué no se hace otra cosa? Yo hablo siempre de que escribo porque he leído La Odisea y la Ilíada; porque he leído a los grandes románticos alemanes; porque he leído a Faulkner, a Virginia Woolf. A todos esos grandiosos escritores. Pero verdaderamente yo pienso que escribo porque nací en un lugar donde se vivía como en la Alta Edad Media y había dos tiempos: el tiempo del suelo, de la tierra, donde la gente era cautiva de la tierra y, al mismo tiempo, había aviones que les pasaban por arriba. Yo sentía que había dos mundos completamente diferentes. Yo partí de ese lugar, pero lo que ocurrió es que obtuve la experiencia del tiempo en la experiencia primordial de la vida humana prisionera de su destino. Comprendí que la gente de mi pueblo era gente pobre. Cuando era pequeña vi que los hombres y las mujeres trabajaban de la mañana hasta la noche. El ritmo era el ritmo diurno, era el ritmo solar, de la luna, absolutamente primitivo. La gente laboraba con los animales y esperaba la próxima estación del año para recoger los alimentos que plantaban con las semillas. Eran sumisos y era esa sumisión lo que me inquietaba de niña y que hoy me hace aun, durante el verano, cuando estoy en la playa, que no me sienta feliz. Siento que hay una experiencia detrás, recuerdo cuando el verano era terrible para los paisanos.

Conferencia Magistral “La literatura como crónica del tiempo que pasa.

Fotografía: FIL / Paula Vázquez

Después ví otra cosa: que los hombres verdaderamente no eran hermanos. La gente creaba escalas, escalones de explotación, unos sobre los otros. Éramos todos pobres pero aquellos que tenían una bodega para vender las cosas de la mercería, el arroz, las harinas, tenían dos balanzas: una balanza para comprar y una balanza para vender. Eso me inquietaba mucho y preguntaba ¿por qué? Le preguntaba a mi madre “¿Por qué no vamos con otro hombre que tenga una sola balanza?” “No hay ninguno”, me decía. Todos tienen dos balanzas. Era la sumisión.
Tuve otra experiencia: la del destino humano. La gente moría y aceptaba la sumisión a la injusticia porque creía firmemente en Dios. Aseguraba que había otro mundo donde la justicia sí sería hecha. Yo era pequeña y pensaba que eso no podía ser. Por eso mi primer libro, de cuando ocurrió la revolución, se llama El día de los prodigios. Es un poema que escribí cuando pensaba que la revolución iba a cambiar inmediatamente la vida de la gente. Yo quería que la memoria ancestral que se estaba perdiendo se fijara en un libro. Escribí ese libro para no olvidar cómo había sido. Lo publiqué seis años después de la revolución y en ese momento tuve la percepción de que el cambio nunca se hace de forma homogénea. Han pasado 50 años y hay cosas que aún no han cambiado. Ese libro habla sobre la fuerza de soñar de un pueblo que se enfrenta contra la fragilidad de la acción de ese pueblo. Lo traigo aquí porque quería mostrar cómo se dio ese desencuentro. Se trata de la revolución que se da en un pueblo que no se ha politizado, en el que la gente no sabe leer; en el que la gente cree que va a ser salvada por milagros. La revolución se da en Lisboa y ellos están alejados de lo que está pasando. No tienen televisión, no tienen radios. Pero hay un momento en el que los soldados entran al pueblo con las banderas rojas de esa época y con efigies de los grandes mentores de la revolución, donde están Marx y otros. Entran con sus carros militares por el pueblo y la gente se queda maravillada. Entonces los soldados le intentan explicar a la gente que ha ocurrido la revolución, pero la gente no quiere saber. Voy a leer un pequeño pasaje que habla de ese desencuentro:

Era una figura grandísima de una cara de hombre color de amapola. Con los ojos casi cerrados […] con una división. Ondeado en el rectángulo de la tela donde lo habían implantado, se descubría una vasta frente y una barba puntiaguda hecha a punta de pincel. Un hombre dice: “¡Ese es parecido a Macario”. El soldado sonríe y dice: “No. Este no puede parecerse a nadie porque estuvo al frente de una gran nación y le enseñó los caminos de la verdad a todo el mundo”. “¿Y murió?”, preguntó una mujer. “Sí murió. Murió por la justicia”. La mujer dice resoluta: “Ah por Dios. Si murió por la justicia y por la verdad, ese que ahí está es San Francisco Javier […]”.

Este es el desencuentro. Era un pueblo que vivía en una mitología de sumisión. La efigie de la época de la liberación, que era la efigie marxista, nadie la comprendía. Este libro habla del desencuentro entre un deseo de cambio y una imposibilidad de comprender ese cambio.

Hoy oí al embajador de Portugal decir que la revolución de Portugal, la del 74, es la primera de muchas revoluciones pacíficas de un tiempo que pasó a implantar democracias. Durante 25 años alrededor del mundo acontecieron en Europa y en América del Sur. Durante 25 años uno creyó la utopía de que el cambio pacífico era posible; que el fin de la historia con violencia era posible. Nosotros escribimos durante décadas sobre el cambio feliz de la vida. Yo escribí muchos libros, 12 libros sobre ese tiempo que para Portugal ha sido un tiempo muy exigente, porque fue pasar de un tiempo arcaico a la modernidad. Pasados 42 años, he escrito sobre la fragilidad de la tierra, sobre el papel de las mujeres, su papel en la familia, su desencuentro con los hombres, el desencuentro social, el amor entre la gente, sobre todo eso he escrito. Pero hoy, 42 años después, escribí un libro titulado Misericordia. Un libro tan diferente de los primeros: ¿qué pasó durante 42 años? Hablo de esto porque en este texto “La literatura como crónica del tiempo que pasa”, pude haber escrito “Los libros y sus circunstancias”. Lo que pasó es que en este siglo las cosas empezaron a cambiar muy deprisa. Me parece que es necesario decir que estamos en un momento difícil. Hoy, mientras estamos acá, hay muchos escritores, decenas, centenas, tal vez millares de escritores delante de las computadoras, que están escribiendo sobre el peligro de los días que pasan. Hoy lo más intrigante para los escritores es hablar de este cambio. Desocultar lo que está escondido en este momento de oscuridad para nosotros. Nuestros días son como un suspense, como aquellas palabras de Marguerite Yourcenar cuando escribió sobre el emperador Adriano: “escribo sobre un tiempo cuando los dioses antiguos murieron y los dioses nuevos no habían venido aún”. Un tiempo de intervalo como nuestro tiempo.

Murieron nuestras utopías, las del siglo XX. Hoy no hay una utopía. Las utopías del siglo XX: el socialismo, el facismo, demostraron que no daban felicidad a la gente. El neoliberalismo nos está mostrando que no es capaz de resolver el problema de la injusticia social, de nuestra forma de vivir en la tierra como hermanos. No tenemos una propuesta. Los escritores cuando no tienen una propuesta, escriben. Los escritores hacen exactamente lo que hizo el poeta que lleva el nombre de Homero en la película Las alas del deseo, que pasaba por la destrucción de Berlín después de la Segunda Guerra Mundial y decía: “Tal vez el mundo tenga un final. Está próximo el fin, pero yo continúo narrando”. Para nosotros los narradores eso es lo importante. Es la creencia de que narrar evita el fin próximo. (Narrar es una fórmula mayor para decir “las artes”). Narrar es decir: no quiero el fin.

Misericordia es mi último libro. Tiene una parte social menos fuerte que mis otros libros. No es un libro sobre la historia, es un libro sobre un presentimiento de algo que va a ocurrir. “Misericordia” es una palabra que jamás hubiera imaginado en la cubierta de un libro mío; es un título grave, solemne, religioso. Me ha sido pedido por una persona de mi familia, por eso lo escribí. Es un libro sobre el último año de vida de una mujer. Es un libro sobre el destino humano, sobre los sentimientos particulares. No sobre la gran sociedad; aunque toda la sociedad tiene un espejo alrededor de esta mujer. Pero lo que más me toca a mí es que es un libro sobre la vejez. Cuando se acercan los últimos años de vida uno se pregunta de nuevo como si fuera adolescente: ¿para qué sirve mi vida?, ¿a donde voy?, ¿por qué estoy aquí? Este es un libro que habla de eso.

Cuando la gente me pregunta sobre el libro y me dice “es que el mundo de hoy necesita misericordia”, cambia lo que es ontológico y personal a algo global. La última página de Misericordia, siendo la voz individual de un personaje, es una voz de esperanza para la humanidad, porque este personaje lucha contra la muerte que viene en la forma de la noche. Es un diálogo entre una mujer y la noche que viene a visitarla. Entonces, en el último momento de su vida, la noche le dice: “dame todo lo que tienes, ya es tan poco”; pero ella no se entrega a la muerte. Me conmueve muchísimo que una historia de un personaje particular la gente lo entienda como una historia simbólica, alegórica del momento que estamos pasando. Les voy a leer el final:

La noche se acercó lo más que pudo: “Cierto, pero a ver, dime si sabes quién hojea ese libro”. Insistía e insistía, pero yo no le respondía, porque lo que ella quería es que yo dijera, no sé. “¿Sabes o no sabes?”, me preguntó la noche. Le dije: “Lo sé”. No obstante, como no dije el nombre que esperaba, me violentó: “No sabes nada, nunca supiste, nunca lo vas a saber, eres una ignorante. Pues, mírame bien, dado que ya ni el camisón tienes puesto, sólo tienes un pañal puesto encima, como si hubieras nacido ayer, y no tuvieras padre ni madre, veo perfectamente lo que te quedó. Ya sólo te quedan tus adornos. No tienes nada más que sea de provecho. Quiero tu collar, tu anillo de zafiro y tus aretes de perlas. Quítatelos y dámelos”.

Yo sabía que lo ideal era mantenerme inmóvil. Hacía más de un mes que nadie me quitaba mis adornos. Me sentía fría y desnuda. Pero no sería yo quién se los iba a entregar. La noche esperó a que yo me moviera. Como no le daba el gusto, la tramposa me dijo: «Y quiero también tu bolsa de tela que tienes colgada del cuello, con todo lo que tienes ahí dentro». Basta.

Le contesté: “Ya quisieras. ¿Mi bolso con todo lo que tengo adentro? No es posible. ¿Llevas años visitándome y aún no me conoces? Eso sólo si me lo quitas a la fuerza. Inténtalo. Pues, ¿quién te crees que soy? Aléjate de mí, que la voy a librar, como bien sabes, pero pretendes no saber, me queda muy claro”. Si te acercas aunque sea un milímetro más, tendrás que enfrentarte a la resistencia de mis muñecas. Suelta mis manos, noche. Estoy llena de energía, quiero volver al patio de la escuela y brincar hasta que mi sombrero vuele.

Uh, uh, se murió el bu.
El bu ya no resucita.
El diablo es la vaca
si ella se muere y se escapa
y la vaquita trabajando
para mi cena.

No es sólo la resistencia de una mujer que quiere ser testigo de la vida hasta el fin, es lo que la gente me dice: es el símbolo del momento que pasa.

Hay una fórmula muy interesante que los eslavos tienen para describir al poeta: el poeta es un niño ciego al que su madre lleva sobre las espaldas para describir el mundo a los hombres. Es algo muy importante porque verdaderamente los escritores son ciegos. Nosotros no sabemos muy bien lo que estamos haciendo, pero a veces encontramos parábolas simples que pueden iluminar algo. Todo lo que yo quería en mi vida era dejar una pequeña página, no para el futuro, sino para mis compañeros de vida, mis compañeros en la tierra. Algo que pueda ayudar a la gente que piensa lo mismo pero que no encuentra las imágenes y las palabras. Si yo puedo encontrar una imagen, una síntesis que ayude a mis compañeros de viaje en este mundo, seré feliz.
Muchas gracias.

 

Lídia Jorge
Escritora, ganó el Premio FIL de Literatura en Lenguas Romances en 2020.

Escribe tu correo para recibir el boletín con nuestras publicaciones destacadas.


Publicado en: Ciudad de libros
Más sobre: