
Julio González: Al principio de Triste tigre escribes: “en el fondo, me parece más interesante lo que sucede en la cabeza del verdugo”. ¿Crees que la literatura es una vía de acceso mejor preparada para enfrentar el problema del mal?
Neige Sinno: Hay cosas que puedes hacer en literatura que no puedes hacer en ningún otro lugar. Tenemos oportunidad de investigar con mucha libertad, porque nuestro criterio no es el científico ni el sociológico ni el psicológico ni el poético. Pero podemos usarlos todos. Y es curioso porque los géneros literarios –lo que llamábamos novela y que ahora está cambiando también de nombre– siempre se adaptan a las necesidades de los artistas, evolucionan. A mí me parece fabuloso descubrir una forma. No la inventé, pero nunca había escrito en este género híbrido de no ficción en el cual puedo usar todo lo que me sirve. Lo que lo define también es que está escrito desde el ensayo literario, desde una postura subjetiva, vulnerable y limitada. Acepto desde un inicio que no soy especialista. Es el contrato de lectura de ese género. Porque el lector sigue, sabe que no le voy a dar respuestas, que no tengo todas las armas, que no leí todas las teorías y aún así, es un espacio en el cual nos damos la oportunidad de pensar de una forma diferente.
JG: Tú dices, casi hacia el final del libro, que no te acercaste a la teoría feminista, por ejemplo, para entender el problema del abuso sexual, que lo que siempre te interpeló fue la literatura.
NS: Fueron las casualidades de la vida. Ahora estoy leyendo mucha teoría feminista, pero no sé bien por qué hasta ahora. Me acuerdo bien que leí King Kong Theory [de Virginie Despentes] cuando llegué aquí [a México] porque trabajaba en la Alianza Francesa y tenían ahí libros en francés. Despentes es una buena divulgadora, por ahí hubiera podido entrar a todas esas autoras que cita; no sé por qué no pasó. Leí mucha literatura sobre campos de concentración; mucha poesía latinoamericana; esas son las armas que tengo, eso es lo que voy a usar. Es una postura política. También le digo al lector que no se necesita tener todas las armas, todas las autorizaciones, estar en una posición de poder para atreverse a pensar. Yo me atrevo a pensar con lo que tengo. Ese es el contrato. Entonces tú, lector / lectora, puedes hacer lo mismo. No era muy liberador, pero sí emancipador ese camino para mí: generar una libertad de pensar.
Por el momento las cosas que leo me parecen fascinantes. Lo abordo desde mi perspectiva de alguien que ha estudiado ficción. Me interesa también la forma. Otra escritora que usa mucho la teoría, que sí me impactó, fue Maggie Nelson: Los Argonautas, un bellísimo libro. Usa la teoría de Barthes y un montón de cosas sobre los amorosos. Habla de su madre, del amor que tiene por su pareja, que es alguien que está en una transición de género, y ella está embarazada, que es otra metamorfosis. Usa esta vivencia personal muy concreta, muy prosaica, y la analiza desde la teoría. Es un libro que me impactó, pero no pensaba que me iba a servir de esta forma. Se fueron acumulando lecturas y puertas, que se me abrieron por otras lecturas para, en algún momento, toparme con esta forma.
JG: En algún momento reflexionas sobre Lolita de Nabokov y dices que la suya fue una elección poco común: nos puso en la mente de este criminal; pero, al mismo tiempo, revelas que no hay que creerle del todo, porque hay estos pequeños intersticios donde se nota cómo miente, cómo se miente a sí mismo y cómo todo esto es una ilusión. Dices también que el tabú de nuestra cultura no es la violencia sexual en sí, sino hablar de ella, pensarla y analizarla. ¿A qué crees que se debe esta resistencia?
NS: Nos serviría la teoría feminista para entender eso, ¿verdad? Hay una antropóloga francesa que se dedicó a estudiar violencia sexual infantil intrafamiliar y dice que es la base de todas las otras violencias. Si realmente enfrentamos este problema, que es un problema de relaciones de poder en la familia, en la sociedad, en la forma en que está construido nuestro mundo, todo tendría que cambiar, todo tendría que explotar. Esta violencia es el cimiento de nuestras familias. Las víctimas son los chivos expiatorios. Si empiezan a hablar, se destruye la familia. Este problema es una cosa masiva. Me parece interesante esta hipótesis: el silencio es una necesidad de esta sociedad para sobrevivir.
JG: Es desmontar la vieja dea de Lévi-Strauss sobre el incesto, la supuesta prohibición de entablar relaciones al interior de nuestro primer grupo.
NS: Sí, ella se opone mucho a esto, porque también hay mucha confusión alrededor. No el incesto como tabú; si es tan común, ¡cómo va a ser tabú! Pero es verdad que en todas nuestras sociedades, todas las que yo conozco, es tabú. Hablar es algo que no se hace, y la persona que habla es lo más común también. He escuchado a muchas personas que vienen a platicarme de su historia. Pero el que habla es rechazado por todo el resto de la familia. Se vuelve un marginal.
JG: Saben algo que no querían aceptar o que de alguna manera rompe con esta unidad familiar.
NS: Es muy paradójico. ¿Por qué una familia va a rechazar a la persona que les dice la verdad? De algún modo, al hablar sanas la familia; al callar, sigue el problema ahí. No es que al callar desaparezca. Preferiríamos que no existiera. Entonces, hay un poder de negación muy fuerte que nos mantiene en ese silencio. Estaríamos mejor si no existiera.
JG: Algo que leí en tu libro y que me pareció un pasaje al mismo tiempo conmovedor y desgarrador; es el enojo que empiezas a albergar con tu mamá una vez que le cuentas todo lo que pasa. Es una rabia que se va poco a poco acentuando hasta que hablas con ella y se lo dices, casi un año después de la primera confesión.
NS: Cuesta mucho hablar; es casi imposible. Piensas que cuando hablas todo va a cambiar y en muchos casos no pasa nada. Peor todavía: ya hiciste este enorme esfuerzo de hablarlo; alguien lo sabe; alguien tiene eso entre sus manos; piensas que ya no estás sola y no pasa nada. Es algo horrible, pero es algo normal. Esta palabra está cargada de tanto peligro. Yo creo que mi madre no se lo podía creer. No sabía qué hacer tampoco. Es muy duro.
JG: Ariana Harwicz dice que, como generación, estamos muy poco preparados para aceptar experiencias incómodas; o aceptar a ciertos artistas que son terribles porque nos confrontan con el hecho de que puede haber placer incluso en cosas que deberían darnos asco. ¿Qué piensas de esto?
NS: Es muy interesante su visión; para ella, no hay otro espacio que la literatura para hacer eso. Es lo que defiende un poco: la literatura no se trata de juzgar. Para ella hay una ruptura muy fuerte entre el lado moral y el lado artístico. Incluso si es inmoral, es más interesante. Es un poco lo de Lolita: te metes en la mente de un personaje que es un mentiroso, un manipulador, un violador, y disfrutas explorar la riqueza de esa mente. Claro que te sientes mal después, descubres algo que tal vez hubiera sido mejor no conocer: este fondo común de la humanidad, de crueldad o de maldad. Ahí está la paradoja de disfrutar algo que a la vez nos hace daño, porque nos enseña una faceta de nosotros mismos que preferimos no conocer.
JG: Incluso parece ser un método de sublimar ese deseo. Por ejemplo, esta parte de tu libro en la que hablas de que te da mucho miedo cuando tu hija va a otras casas. Y cuando tú la acuestas también llega el pensamiento intrusivo de que la tienes a tu merced y que tú misma podrías hacerle daño. Pero el hecho de que lo pienses de alguna manera es también una forma de exorcizar ese miedo.
NS: Exactamente. Es lo que dice Ariana Harwicz: meterte en la mente de un depredador o de un pedófilo no hace de ti un pedófilo, hace de ti alguien que quiere investigar, reconocer esas ideas, ese peligro. Alguien que ha sido víctima de un abuso es alguien que sabe que podría abusar. Saber que puedes abusar no hace de ti un abusador, hace de ti alguien consciente que toma una decisión cada día: cada día que estoy con mi hija tomó la decisión de no agredir. Más que exorcizar, es como conjurar un exorcismo. Es la cuestión del testigo: es el arte de hacer visible algo que no es visible. Tocar la verdad nos hace más fuertes; esa es mi hipótesis de trabajo, la que me permite construir un contrato con mi lector.
JG: Hay una parte que me pareció muy interesante: tú le estás hablando a este lector, vas contando la historia, de pronto te paras y dices: “cuidado con mis palabras, siempre llevan máscaras. No tomes este texto en su conjunto como una confesión. No hay diario íntimo, no hay sinceridad posible, no hay mentira tampoco”. ¿Qué es Triste tigre?
NS: No sé exactamente. Lo interesante para mí es el objeto, pero este fragmento también es un juego con el lector. Es un tema muy doloroso. Es un tema en el cual es fácil y natural entrar en una relación de intensidad con la experiencia y de empatía muy grande con la víctima. Entonces yo necesito distancia en los momentos en que me doy cuenta que estoy construyendo este relato y esta relación desde demasiada empatía, o que podríamos perder de vista que es un objeto construido por el lenguaje. Es un juego, pero también es algo que nos permite ir más allá en el pensamiento; saber que estamos en un espacio protegido porque es arte, porque es algo que yo decidí. No es una confesión sin protección. Esto es algo construido y quiero que el lector sea muy consciente de ello y que no se pierda. Hay algo de provocación también.
JG: ¿Qué significan estos temas para ti hoy en día: el crimen y el castigo?
NS: Quería estudiar e investigar esto desde todos los ángulos. Y la justicia es una de las etapas de este razonamiento. Es muy importante para mí no dar mi opinión, porque mi opinión no importa. Lo que me importa es hacer bien la pregunta. La pregunta nos permite ver que hay cosas que no queremos preguntarnos. No pensemos que si logramos una denuncia, un culpable, una condena, ahí se acabó. Si realmente seguimos indagando, es más complejo que esto. La justicia y el sistema judicial no son terapia, tampoco se los podemos pedir todo. No va a resolver el tema del patriarcado tener a los violadores en la cárcel. Hay un tema de impunidad. Es algo que hace todavía peor el problema. Pero el castigo no resuelve todo.
Como víctima, la injusticia que viví me llevó, a una edad muy temprana, a ver la crueldad del ser humano, de mi padrastro en específico, pero del ser humano en general; y a tener que tomar la decisión de, a pesar de lo que sé, seguir viviendo. Este crimen no se puede resolver con una pena de cárcel. Tampoco es el lugar del sistema judicial. Resolver esto es una de esas preguntas que quiero hacer. Me parece interesante indagar en una pregunta hasta las últimas consecuencias. Y sí, es verdad que para mí, en el transcurso de la escritura, se hizo importante cuestionar la superioridad moral de la víctima. Si fuera contando una ficción, el contrato sería diferente: la legitimidad de lo que digo; la densidad de lo que digo, sería diferente. Es algo que me cuestioné mucho, porque escribí mucha ficción y todavía no encuentro bien la explicación. No está totalmente claro para mí cuál es la diferencia, pero es enorme. Hay un contrato en la no ficción en el que me comprometo a decir los hechos. No mentir ni inventar. Es algo muy diferente este viaje interior para el lector.
JG: Muchos supervivientes están molestos con ellos mismos no sólo por haber sobrevivido, sino por contarlo. Y es que la molestía residía en que era una experiencia que ya no querían repetir, ni siquiera por escrito.
NS: No me extraña. Intentar contar algo es traicionar la verdad. Una experiencia de la vida es más compleja que las palabras. En todo lo que yo describo, a pesar de hacer mi mejor esfuerzo, estoy lejos de lo que quisiera contar. Traiciono mi experiencia y traiciono lo que ellos han vivido. Intento tomar muchas precauciones siempre para decir «No puedo hablar de forma universal”. No puedo hablar del abuso sexual infantil en general y aún así, tengo esa ambición.
JG: Hablas de la relación que encuentras en escupir el semen después de una felación y hablar sobre la “verdad”; que no es sólo la expulsión de algo, sino un acto de libertad. ¿Qué función tiene exponer estas cosas en un tiempo en que la mentira reina?
NS: Incluso yo no sé si poner la palabra entre comillas o ponerle mayúscula. La relación con la verdad es la razón para hacer el libro. En algún momento digo: “Lo hago porque puedo”. Bolaño dice que la literatura es el último espacio humanista. Es un acto de fe querer hacer esas búsquedas de grandes palabras: la Verdad, la Justicia… Pero lo veo como una búsqueda melancólica. El título es un poco de esa tristeza; esa melancolía de que yo sé que es una locura querer buscar la Verdad; y que, además, no lo voy a lograr.
JG: ¿Qué proyectos tienes en puerta?
NS: Un proyecto muy raro. Antes de este texto, escribí otro en español que fue mi primer trabajo autobiográfico. Una forma híbrida en el que empiezo por contar uno de los primeros viajes que hice a México con una amiga en los 2000. Queríamos ir a Chiapas. Ella quería ir a conocer a Marcos, entregarle unos libros de marxismo y yo no sabía nada de zapatismo, entonces la acompañé. En fin, no llegamos. El libro empieza con una anécdota personal de dos chicas jóvenes que intentan llegar a La Realidad y no llegan. Y esa metáfora es el punto de partida para explorar lo que ha sido para mí este viaje, esta vivencia de mí, de transformarse en otra persona. Es una búsqueda de alteridad.
JG: ¿Qué estás leyendo ahora?
NS: Acabo de terminar La llamada de Leila Guerriero y el libro de Diego Osorno sobre Chiapas [En la montaña, Anagrama, 2024].
Julio González
Ensayista y editor de Nexos