La lengua española: batallas actuales y futuras

Las corporaciones literarias, ¿son un instrumento a propósito para la propagación de las luces? Mas apenas concibo que pueda hacerse esa pregunta en una edad que es por excelencia la edad de la asociación y la representación.
Andrés Bello, Discurso en la instalación de la Universidad de Chile, 17 de septiembre de 1843

Por una democracia de la lengua reúne dieciocho piezas de convicción, entre artículos, discursos, ensayos, inventarios y notas que el secretario de la Asociación de Academias de la Lengua Española (ASALE), el estudioso y académico venezolano Francisco Javier Pérez, ha elaborado durante sus ocho años de gestión al frente de esta institución (desde 2015), y que giran en torno al concepto fundamental del panhispanismo. Lo acompaña un prólogo del maestro español José Manuel Blecua, que señala los hitos oficiales de una política de la lengua incluyente, y donde el papel de México ha sido –y debe volver a ser, después de un necesario desperezo– de primer orden. Tenemos pues en las manos el ideario de quien, por la naturaleza misma de su cargo y por sus dotes y méritos particulares, es el diplomático de la lengua en el mundo hispánico. No se puede menos, en consecuencia, que prestar suma atención a lo que nos dice.

El libro expone y fija diversos momentos en el desarrollo de esa conciencia colegiada sobre el estudio del español llamada panhispanismo. Su subtítulo indica las tres ramas privilegiadas en esta genealogía: escritores como Sarmiento, Caro, Martí, Rodó, Darío, Reyes y Mistral; filólogos como Bello, Cuervo, Menéndez Pidal, Henríquez Ureña, Rosenblat y Coseriu; y finalmente, las veintitrés academias de la Lengua, con especial atención para las de Venezuela, Cuba, Colombia, Panamá y Estados Unidos –a las que rinde homenajes por sus aniversarios–, el Instituto Cervantes y diversos gobiernos nacionales con altura de miras: he aquí a grandes rasgos las principales constelaciones de esta historia intelectual y de las ideas, para las que Francisco Javier Pérez nos ofrece un astrolabio. 

Pero detrás de la estelar cartografía hay, ante todo, un llamado a la educación y la autoconsciencia en los países de habla hispana; una educación que cultive una nueva postura y reflexión sobre la lengua. Pero, advierte el autor, ya no con un ánimo prescriptivo, esto es punitivo, “correccional”, uniformizante y en última instancia discriminatorio. Acabó el tiempo del purismo, en que se extraviaron tantas inteligencias del pasado y que causó perjuicios en el seno de sociedades sometidas por pesadas injusticias, a las que venía a sumarse, para colmo, la de quienes buscaban someter la palabra espontánea y legítima con la palabra intransigente y autoritaria.

Enterrado ya el lastre del preceptismo, es la hora de la pluralidad lingüística. Para ello es preciso una transformación de las mentalidades o, para decirlo con todas sus letras, la erradicación –tanto como se pueda– de los prejuicios clasistas y racistas que todavía campean en nuestras sociedades, a los dos lados del Atlántico, y que por fuerza tocan el fenómeno lingüístico de diversas maneras. Para ello será necesario un esfuerzo político que pase, si no por la censura de mensajes y obras que vehiculen estereotipos nocivos (y vaya que los hay, y no sólo producidos en Hollywood, sino lo que es peor, en los propios países concernidos y con guionistas, actores y músicos hispanos que se prestan a tamaña irresponsabilidad), sí por una fuerte y consistente campaña de concientización tanto escolar como pública y de propaganda. Por supuesto, además de disuadir esos exabruptos, será fundamental crear campañas de valoración de lo propio dentro del ingente ámbito hispánico.

¿Qué nos falta, entonces, para cumplir cabalmente nuestra cuota social en el tiempo de hoy? Nos falta, aunque no es poco lo que se ha hecho y hace en esta dirección desde las academias, una mayor incidencia en la divulgación social de la tarea de contagiar ese amor a la lengua del que hablo (el respeto a la lengua como la mayor forma de amor, su apego a las tradiciones nobles del decir y su apertura a los cambios razonables en el hablar) y, quizá, dejarnos llevar por las propias fuerzas constitutivas de la lengua, entidad social donde las haya, para llamar a los hombres de hoy a entender que la lengua es asunto de importancia capital y no capricho de las academias, que la lengua es vehículo de modernidad y que por vieja que sea goza del don de adaptabilidad a los tiempos como muy pocas instituciones humanas y que la lengua es mecanismo de integración y ello es suficiente y mucho para cuidarla con atención y difundirla con orgullo.

Mucha creatividad será necesaria para inculcar ese afecto indispensable. Y en realidad, al tratar estos temas que a veces parecen tan abstractos, volveremos siempre al tipo de vida de los hablantes. Para tener una lengua española más digna, es la vida social la que está llamada a mejorar. Aquí radica el potente y a veces vertiginoso péndulo conceptual de este manifiesto tranquilo llamado Por una democracia de la lengua.

Si ya estamos de lleno en la era de las reivindicaciones, qué mejor que llevar adelante una que, sin ser acaso muy visible ni estruendosa, es sin duda de las más urgentes: la reivindicación de la pluralidad lingüística. El Diccionario ya está haciendo lo suyo. Antes llamado Diccionario de la Real Academia Española (DRAE), el ahora Diccionario de la lengua española (DLE) reconoce a partir de su edición 23 al resto de las academias con créditos de elaboración:

Efectos de ejecución del panhispanismo en el DLE serían, primero, la incorporación de la marca ‘España’ para destacar voces y acepciones que estuvieran radicadas solo en España… Se superaba con ello el principio que señalaba que el conjunto mayoritario de voces no marcadas del diccionario se consideraban españolas y se dejaba a un lado la idea de que la marcación americana obedecía al señalamiento de exotismos y rarezas del léxico extrapeninsular (América del norte, centro, sur, Filipinas y Guinea Ecuatorial). Otro paso gigante lo sería, ya para la Planta digital de la edición 24, que actualmente se trabaja con miras a su presentación en 2026, la eliminación de la marca ‘América’, que tantas inconsistencias descriptivas había generado. A partir de esta edición cada voz llevará la marca diatópica expresa de todos y cada uno de los países en que esa voz se use. Acciones ambas, solo en apariencia pequeñas, que refuerzan el panhispanismo ideológico y técnico con el que hoy comulgan todas las academias.

Pero si las instituciones hacen lo suyo, son los hablantes quienes tienen la mayor responsabilidad. Despreciar acentos, frases, palabras, dialectos o sociodialectos, o incluso otras lenguas debería ser considerado nada menos que un desacato: este clasismo es un fenómeno cotidiano en los países hispanoamericanos, alienados en procesos de opresión real y psicológica desde antaño. Pero atención, al buscar revertirlo no se trata sólo de una noble campaña de liberación, aunque lo sea naturalmente: hay un argumento de fondo que tiene que ver con la lengua misma. Si el español es hoy por hoy la segunda lengua con más hablantes nativos después del mandarín, es gracias a su diversidad. Cualquier ánimo coercitivo, por definición, atentaría no sólo contra la realidad lingüística misma sino contra su mayor fortaleza. Aquí está el sentido democrático de las meditaciones previsoras de Francisco Javier Pérez.

Por una democracia de la lengua (de título forense y cívico, propio de la arenga republicana) está escrito con ecuanimidad y, sobra decirlo, elegancia, pero debajo de su expresión calibrada y diplomática bullen trepidaciones que consigna su autor en el sismómetro de sus páginas, al fin vigía y estratega de la lengua. En primer lugar y a pesar del esfuerzo de instituciones y actores ejemplares, en Europa sigue existiendo, como cosa más o menos soterrada, cierto menosprecio hacia el español americano. Muchos profesores y funcionarios no tienen empacho en desplegar una “supremacía anacrónica del español peninsular” al abrigo de institutos y universidades. Una cosa es que cada quien practique y enseñe su propio y legítimo español, otra muy diferente que afirmen que el español peninsular es la forma correcta o estandarizada, cuando en realidad no es ni siquiera la general, sino la excepción: hablen las estadísticas. No se olvide, como señala Francisco Javier Pérez, que los “malentendidos centros de poder lingüístico estaban conducidos por el preceptismo y por el purismo, ideales preservadores de una limpieza de sangre lingüística que sólo existía en la mente de los censores, pero que nada tenía que ver con la fuerza transformadora de la lengua, ni con los usos frescos que la llamaban, desde siempre, a su natural renovación”. Por supuesto, estas resistencias llevan su añejamiento. En el Viejo Continente persisten, en suma, gestos de aldea; otra forma del eurocentrismo que no hace sino cerrar las puertas de la consideración y el entendimiento que tan fácilmente pudieran granjearse con un poco de mundo y lecturas. Pero el problema es más de fondo. Fuera de notables excepciones que con honra contamos entre nuestros amigos y maestros, los españoles tienen muy tenue idea de la América hispánica. ¿En qué consisten pues sus planes de estudio? ¿Sobre este desinterés, no lanzaban ya el grito de alarma don Miguel de Unamuno y luego Ortega y Gasset hace más de cien años? ¿No es, en el fondo, una postura antiespañola el desconocer a la América hispánica, embelesada en cambio por el mundo sajón? Y respecto a la lengua, qué fue de las “ideas rectoras” que fijaba don Rafael Lapesa y que cita nuestro autor, de las que entresaco las siguientes:

No sentirnos dueños del idioma; admitir y proclamar que la versión culta peninsular de nuestra lengua no es la única legítima, tan legítimas como ella son las versiones cultas vigentes en cada país hispanoamericano; rechazar la tendencia pueblerina a caricaturizar o menospreciar los modos de hablar español admitidos en otros países del mundo hispánico; no erigirnos en únicos herederos de la tradición lingüística y literaria hispánicas; admitir y proclamar que los clásicos hispanoamericanos antiguos, modernos y actuales lo son también para nosotros; aplicar estos principios a todos los grados de enseñanza.

En otro frente muy distinto de la lengua, lo que pasa en Estados Unidos es del mayor interés. Según las estimaciones, en 2060 habrá 119 millones de hispanohablantes en el país del norte, o sea cerca del 30% de su población, haciendo de Estados Unidos, después de México, el segundo país donde más se hable nuestra lengua. A nadie se le oculta, al lado de las posibilidades económicas reales que ofrece a los migrantes ese país, la vena racista latente y patente de numerosas demostraciones estadounidenses. Por otra parte, es innegable que las oleadas migratorias esencialmente hispanoamericanas representan, a la par que la mano de obra indispensable para la economía agrícola y de servicios de ese país, fuente también de tensiones, inestabilidad y en ciertos casos de inseguridad y crimen para esa sociedad, por lo demás, adicta de suyo a las armas y drogas y fantasiosa como pocas en relación con la violencia. En el libro del secretario de la ASALE oímos el llamado a no olvidar a esa enorme y creciente comunidad de hispanohablantes desde las políticas lingüísticas panhispánicas:

Si se diera la circunstancia de que las presiones y las acciones de los gobiernos [de Estados Unidos] fueran tremendamente desfavorables hacia nuestra lengua… como reacción, la lengua libraría diariamente su lucha por la subsistencia en el seno de cada una de las familias hispanohablantes, con el mismo efecto tanto en las bilingües como en las monolingües, haciendo que el ejercicio del idioma se robusteciera primero en el ámbito familiar inmediato para luego incursionar en el grupal y social… Ya la lengua española está en las calles de los Estados Unidos y lo seguirá estando mucho más en la medida en que reasumamos el orgullo por nuestra lengua, dejando atrás cualquier forma de vergüenza étnica. El tránsito desde la hostilidad lingüística hasta la amabilidad está ya en proceso y será difícil que algo o alguien lo revierta.

Por otra parte, y abonando al pleno derecho que tiene el español como lengua en el territorio de los Estados Unidos, leemos estas venturosas palabras en el mejor linaje arielista:

La lengua española recuperará los viejos territorios en donde ella se hablaba, como cuando un río retorna a sus cauces originarios, alterados por la mano del hombre. Visto de esta forma, este hecho restaría pasión a la presencia del español en Estados Unidos en clave de intromisión o de nostalgia hispánica por los lugares fundacionales. Según esto, Estados Unidos vendría a entenderse como un país hispánico desde la perspectiva de nuestra lengua allí domiciliada con tanta fuerza. Suerte de “presente histórico”, el español y sus hablantes estarían modernamente haciendo valer hoy con dignidad una realidad pretérita de incuestionable verdad.

Del presente y futuro de la lengua española sólo queda, desde las esferas de los especialistas del lenguaje, admirar su creatividad, crecimiento y pluralidad; y desde el gabinete de los educadores, intentar encauzar en su mejor sentido a las instituciones en sus diferentes niveles, desde la biblioteca comunitaria, las escuelas, ministerios de educación, hasta esa suerte de liga ática que son las Academias de la Lengua, para acompañar el cauce de este río de palabras del cual formamos parte: para limpiarlo de la basura que se ha tirado, de la incuria que la ha hecho a veces impotable. ¿No es finalmente una conciencia ecológica, a la par que rescatar los bosques y lagunas, sanear los veneros de la lengua?

 

Francisco Javier Pérez, Por una democracia de la lengua. Escritores, filólogos y academias frente al panhispanismo lingüístico, prólogo de José Manuel Blecua, Fundación San Millán de la Cogolla, Logroño, 2023, 431 pp.

 

David Noria
Doctorando en la Sorbona en Estudios Románicos, maestro en Historia de la Filosofía Metafísica por la Universidad de Aix-Marsella y licenciado en Letras Clásicas por la Universidad Nacional Autónoma de México. Autor de Nuestra lengua. Ensayo sobre la historia del español (Academia Mexicana de la Lengua-UNAM, 2021) y Bajé ayer al Pireo. Estudios helénicos (Bonilla Artigas, 2024).

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Publicado en: Ciudad de libros