Advertencia: El siguiente texto contiene detalles importantes de la trama de la película.

Qué desperdicio de una noche tan bonita, dice Sebastian, el personaje de Ryan Gosling en La La Land (Chazelle, 2016). La escena es clave: es la tercera vez que Sebastian y Mia (Emma Stone) se cruzan por azar en una ciudad de 3.8 millones de personas. La primera, él la ametralla con el claxon y le levanta el dedo medio en la cara. La segunda, él la ignora y le choca con el hombro. La tercera, coinciden en una fiesta. Ambos platican unos minutos, pero hasta ahí. Cuando Mia busca zafarse de una conversación, utiliza a Sebastian de pretexto. Los dos terminan en una especie de mirador en donde ponen sus cartas sobre la mesa.
Sebastian: Esto nunca podría ser, no eres mi tipo.
Mia: Tienes razón, nunca me enamoraría de ti.
El problema central de la película es averiguar si lo que se dijeron en esa colina era en serio. El romántico dentro de cada uno de nosotros se niega a aceptarlo. Nos cuesta creer que un musical con dos protagonistas jóvenes y atractivos no sea una película de amor. Pero la cinta se esfuerza en que quede claro: esta es una historia sobre el individualismo, sobre el éxito comercial y su preeminencia como el factor más importante a tener en cuenta a la hora de establecer relaciones sociales y metas personales. Menos mal que Chazelle es un director joven con visión fresca.
Una de las primeras decisiones de Mia de la que somos testigos es la de acudir a una fiesta convencida por las amigas —pese a su cansancio, pese a sus manifiestas ganas de no ir—: puede haber alguien que la descubra como actriz, un contacto. Es triste: primero escuchamos a Mia ironizar sobre el argumento de sus amigas; acto seguido, aparece en tacones en la puerta.
Lo mismo sucede en la escena espejo de la cafetería en donde Mia trabaja. Ella es barista, tiene una jefa que le cuenta las horas. Al lugar llega una celebridad que no da las gracias cuando le dan un café gratis. Los espectadores (la gente normal) ni siquiera tienen acceso a su rostro. Cuando Mia se vuelve una actriz reputada, su actitud en la cafetería es la misma que la de aquella mujer, como si la arrogancia viniera con el puesto, como si ella no se hubiera tirado el café encima del otro lado de la barra alguna vez.
Parececería que Mia se traicionó a sí misma constantemente, y no hay otra razón que explique su relación con Sebastian. Mia tenía novio en esa escena del mirador. El novio es un hombre rasurado, de saco, pelo negro bien peinado. Una noche, ella lo deja plantado para irse al cine con Sebastian, un rubio, de barba, que escucha una música que ella detesta. Hacia el final de la película, Mia está en una relación con un hombre rasurado, de saco, pelo negro, bien peinado. “I’d never fall for you”, le había dicho Mia a Sebastian en ese mirador. Quizá no mentía. ¿Qué pasó en medio entonces?
Sebastian, habíamos dicho, era la excusa de Mia para evitar la conversación con un guionista soso. El pianista la acompaña a la cima del mirador en busca de su coche; su propio convertible estaba a dos pasos de la casa de donde salen en un inicio. A lo largo de la cinta Sebastian será eso: el vehículo de Mia. Es él quien le enseña sobre el jazz a ella, él quien compra los boletos para ver la película imperdible que ella no ha visto, él quien maneja el convertible hasta el observatorio y él quien flota antes que ella y la invita a volar entre planetas (literalmente). Sebastian es quien la impulsa a escribir el monólogo en donde Mia finalmente es descubierta y es el chofer que la lleva a la audición que la llevará a la fama. Sebastian también es quien pone su casa para que vivan. Es —caray— el único que cocina.
El momento en que Sebastian deja de ser-para-ella llega cuando lo invitan a ser el tecladista de una banda. No es sólo que Mia empiece a saber de él por YouTube; sino que el día en que ella va a un concierto de la agrupación, la audiencia enardecida la aleja físicamente de Sebastian. La descomposición del rostro de Mia es tan evidente como la pregunta que la atormenta de pronto: ¿cómo puede ser que él tenga éxito y yo no?
A ese concierto acuden cientos, a la presentación del monólogo de Mia no más de diez. Cuando Sebastian llega tarde, el enojo de Mia no es con él sino con el resto del mundo. El reclamo principal no es la falta de apoyo de la pareja, sino la injusticia de la vida. Por eso, no por él, es que regresa a su casa en Nevada.
Valga la pena un paréntesis sobre Sebastian. En la escena del mirador, Sebastian le dice a Mia: “No eres mi tipo”. Antes de ella, no se le conoce novia alguna. Después de ella, tampoco. Cuando Keith (John Legend) aparece en escena y la propone ser parte de la banda, Sebastian le dice a Mia que las cosas “siempre han sido raras”con él. No hay una explicación más allá de la frase, y el acercamiento entre Sebastian y Keith coincide con la separación y el enfriamiento en la relación con Mia. Por último, los momentos más evidentes de tensión sexual entre Sebastian y Mia ocurren en un cine, donde no se ve mucho, y durante I Ran, en la fiesta ochentera, cuando Sebastian está disfrazado, tras unos lentes oscuros.
La película completa es como Sebastian: buena música, bien fotografiada, al servicio de Mia, una actriz que no busca ser parte del ensemble de una producción de Broadway, sino brillar en un monólogo escrito y dirigido por ella. Cuando finalmente se convierte en una estrella, el poster fílmico con el que Sebastian se cruza sin prestarle atención es solamente un acercamiento al rostro de Mia.
Para ese punto, Sebastian vive todavía en un departamento modesto, parecido al que compartía con Mia, quien, por el contrario, comanda una mansión donde todas las luces de la sala están prendidas a la hora del desayuno. Mia nunca quiso la vida con Sebastian: la posibilidad de que él la acompañara a París (pese a que “hay buen jazz”, pese a que su trabajo con la banda de Keith supuestamente no era lo que quería hacer) nunca surge… por parte de ninguno de los dos.
Nótese la diferencia con Titanic (Cameron, 1997), una película de amor en la que también parece que Jack es el vehículo de Rose —para que descubra su sexualidad, para desarrollar una conciencia de clase, etcétera—. Sin embargo, la vida de Rose posterior al naufragio está construida, aunque de manera silenciosa, como un pequeño homenaje a los días que le cambiaron la vida, al amor genuino: el que transforma. De ahí el paneo final por las fotografías que muestran que Rose hizo todas esas cosas de las que había hablado en el barco con Jack.
Quizá esto le parezca atractivo a cualquiera que sienta que hay chance pa’l romance, dice Mia con un sarcasmo hiriente en la escena clave del mirador. “Pero, francamente, no siento nada”, concluye en voz alta. En La La Land, donde los personajes se preguntan si la ciudad, y hasta las estrellas, brillan sólo para ellos, el amor es una imposibilidad. El problema es que nos la quieren vender como una cinta romántica.
El amor sólo aparece en un montaje al final, en el que Mia se imagina qué habría pasado si, en vez de un codazo, Sebastian le hubiera dado un beso a la única persona que le estaba poniendo atención a la hora de su solo de piano improvisado. ¿Quién no habría recibido el consuelo, en Navidad, de una mujer hermosa después de ser despedido? Alguien que, evidentemente, no está interesado. Qué desperdicio de noche.
Luis Madrigal
Periodista. Cursa la maestría en escritura creativa en NYU, Estados Unidos.
Interesante análisis.
La mejor reseña que he leído, a mi me pareció una historia mas bien triste, una realidad que nos negamos, ¿la competencia disfrazada de amor?
Me encantó el artículo. Se aborda la película desde un ángulo original, un aspecto sobre el que poco se ha discutido, con excelentes argumentos, además. Creo que está muy bien logrado.
Hola Luis, me agradó mucho tu lectura sobre la película. Yo creo que esta difunde un ideal del amor basado en un egocentrismo dónde el amor pasa a segundo termino, se pretende implantar la idea de que el verdadero amor ya no es compartir la vida con el otro, ni crecer, ni encontrarse o descubrirse con y através del otro, el amor que prevalece, es el amor a la libertad, al poder, al individualismo.
Es preferible la libertad de hacer con la vida lo que uno quiera, si alguien se sube al barco que elegí para mi vida, perfecto, y sino, salen sobrando, porque lo más importante son los sueños.
Y me parece que esta generación esta obsesionada con un falso ideal de libertad, entendida como un “poder hacer lo que uno quiera”, supeditado, con letras en pequeñitas, al valor que pueda jugar la “persona” en un sistema prefabricado, dónde si se tiene libertad y se ejerce, se puede vivir dónde a uno le plazca, tener autos, multiples parejas, amorios, amigos, viajes, placeres exóticos, placer sexual sin compromiso alguno, multiples experiencias extrasensoriales, inducidas por sustancias o por el pago de una clase de yoga, donde todos tenemos tantos talentos y hábilidades como proyectos laborales, hoy todos pueden ser emprendedores (aunque ello implique esclavizarse voluntariamente a los regimenes de impuestos establecidos legalmente por las leyes locales, en tantos casos risibles); dónde pareciera que la vida es una gran carrera para beberselo todo, sin importar si uno reconoce (y mucho menos si asimila o trasciende) al menos un poco de lo que esta experimentando, no sólo en un plano sensorial, intelectual o sensorial, sino en el verdadera comunión de la experiencia abstracta.
Para mi es muy triste ver que la colectividad ha pasado a segundo plano, y me he preguntado por qué. Antes la familia era el núcleo social al que había que protegersele, cuidarse, regarse día a día, muchas de las veces, más allá de los intereses personales. Era esto realmente malo en el fondo? No lo creo, me parece que como animales sociales, el sentido de la manada es siempre necesario, como una pieza muy importante en el rompecabezas siempre cambiante de nuestra identidad. Al faltar esa pieza, el individuo tambalea desde sus cimientos: sus valores y su código ético y de conducta. Porque me parece que actuar en consecuencia del individualismo marca pautas muy diferentes en comparación cuando se obra primordialmente en pro de la manada.
Me parece que es parte de tener a las personas en una eterna subjetividad, dónde todo cabe y todo puedes estar bien “porque es lo que quiero” “porque es lo que me gusta” “porque es mi libertad”.
Recuerdo una frase que decía que la libertad es una ilusión, tenerla no te sirve para nada, al ejercerla es cuando cobra valor, y al mismo tiempo es cuando desaparece. La libertad por sí misma no vale nada, sino hasta que esta se convierte en compromiso.
Pero me parece que es algo que poco se entiende hoy en día, me parece que este tipo de ideologia que se divulga, tiene que ver más con tener a personas solitarias, vulnerables, suceptibles a cambiar de opinión, de valores, suceptibles de “amoldar” su identidad, su razón de ser, de acuerdo a las modas.
Me parece realmente triste que las personas no se den cuenta de este tipo de cosas, y que absorban inconcientemente estas nuevas “historias de amor”. Y no por un sentido romántico…
Me parece que hoy en día, una persona como estas, éxitosas y solitarias, son un “gran motor de la economía”, por si sola esta persona debe trabajar lo suficiente para generar el dinero necesario para cubrir sus necesidades básicas, que hoy se entienden como: luz, agua, telefono, renta o hipoteca, tarjetas de crédito y departamentales, celular, internet en casa, tv por cable, servicios de música y cine por streaming (spotify, netflix) seguros de auto, seguro de gastos médicos, viajes periodicos dentro y fuera del paìa…. etc, etc, etc… gastos que si los hace una familia, se absorben mejor y se gasta menos, necesidades que hoy podrían ser cubiertas sin tanto problema… en fin
Ya casi me duermo, luche porque me ha sido muy interesante este tema, y quería compartirlo contigo.
Por favor, espero haber sido lo más claro posible en mi redacción, que no verifique por el cansancio, y porque tiene bastante tiempo que no redacto nada.
Me parece que tienes una visión errónea sobre el personaje de Mia, la estás pintando como una perra y victimizando del todo a Sebastian, cuando en realidad ambos tuvieron culpa de que su relación se enfriara, y las circunstancias tampoco les ayudaron.
Respeto a Mia por perseguir su sueño y no conformarse con quedarse “amarrada a un sujeto”. Lo siento, pero somos individuos que podemos complementarnos, y desconocemos un buen pedazo de la relación de ambos y el porqué no siguieron juntos. Cuando Mia se vuelve famosa no es arrogante, le da propina a la chica que la atiende, así como hicieron con ella cuando era barista. Si se hubiera traicionado a sí misma como dices, se hubiera quedado estancada con Sebastian. El que en realidad se traicionó a sí mismo un buen tramo de la película fue Sebastian, entrando a la ridícula banda de Keith y dejándose llevar por él, cuando ni siquiera lo disfrutaba, eso era lo que a Mia le decepcionó, o sea, él le decía que persiguiera sus sueños y él había abandonado el suyo, hasta que se separan, la buscan los agentes, él la busca a ella y pum, de ahí ya desconocemos lo que haya podido pasar.
Hola Luis,
Me parece hiciste un analisis por separado de la conducta de los personajes, centrandote principalmente en Mia; no creo sea una hisotoria tipica de amor, ni el mensaje principal de la pelicula, sin embargo, estoy en desacuerdo contigo en la lectura que le das, tu comentario me pareció más pesimista que la realidad que presenta la pelicula. No juzgo tu punto de vista tengo una lectura diferente