La íntima dicha de conversar

Iwasaki, Fernando. El laberinto de los cincuenta. México: Ediciones Cal y Arena, 2013, 159 pp.

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“Parte de lo que le da a los escritores de ensayo personal la licencia de ser tan impertinentes”, dice Phillip Lopate, “es que sospechan que no actúan en la pista central del circo literario”. El ensayista se encuentra, de alguna forma u otra, en la periferia de la fiesta. Su género, liminal y por lo general ninguneado, no se considera ni creativo ni argumentativo y, por tanto, sus piezas suelen ser consideradas meros arranques lúdicos de subjetividad y prejuicios. Y aunque esto puede ser cierto —el mismo Chesterton decía que el ensayo no es más que una broma que jamás puede ser tomada en serio—, la verdad es que no son características que le resten valor literario (¿?) al género. Por el contrario, es un género que invita a la familiaridad, a la privacidad, a la íntima dicha de conversar con quien escribe —aunque quien escriba invente un personaje para hacerlo. En esta veta, que recuerda a la sobremesa de Hazlitt y a las andanzas del Elia de Charles Lamb, es que se trazan los diversos ensayos contenidos por El laberinto de los cincuenta (Cal y Arena, 2013), del escritor peruano Fernando Iwasaki (1961).

Con un tono siempre nostálgico y quejumbroso, Iwasaki cartografía en las páginas de este libro un mapa sobre los diversos fantasmas, miedos y horrores que vienen con llegar al cumplir cincuenta años. Agrupados en tres bloques (“Vicios”, “Achaques” y “Manías”), estos ensayos van desdoblando, paulatina aunque no parsimoniosamente, la personalidad de un ensayista que se sabe y se presenta como poco tolerante, prejuicioso y parcial. La entrada a la conversación con Iwasaki sabe árida y ajena: “Es verdad. Hubo un tiempo glorioso en el que los libros, la lectura, el conocimiento y los idiomas provocaron un efecto afrodisíaco en una generación de mujeres sensibles, inteligentes y bellas que hoy tienen entre 40 y 50 años”, sentencia la primera oración de El laberinto de los cincuenta. Estas palabras, qué duda cabe, muestran a un sujeto que, de golpe, es dificilísimo de tragar.

Sin embargo, al superar el primer ensayo y continuar con la lectura, las palabras de Iwasaki construyen una voz que se acerca, pasito a pasito, a la privacidad y la intimidad. El lector descubre que, más allá de los vicios del ensayista, se encuentran las preocupaciones de una persona con un miedo tremendo a la modernidad y el pasar del tiempo, que busca anclarse a las poquitas cosas que aún tienen sentido —los libros y la melancolía, entre no muchas más, por ejemplo— en este mundo aciago e híper tecnológico.

La conversación se va aflojando con el pasar de las páginas. Uno reconoce más —o al menos un poco— la validez en las quejas y denuncias de Iwasaki. De hecho, los ensayos se trasladan de la diatriba corrosiva hacia el humor y la ironía. Y, como todo buen ensayista, Iwasaki se pone, sin dudarlo, al centro de sus críticas y sus risas. El paseo no es uno particularmente complicado, aunque tampoco particularmente amigable en un principio. Sin embargo, como si uno aceptara, junto con Iwasaki o su Servidor (como se construye en ocasiones a modo, de nuevo, del Elia de Lamb), la inevitabilidad del ocaso de la vida, hacia el final del libro uno se siente como al final de una larga charla que consumió varios mililitros de whiskey, risas y preocupaciones en el proceso.

Raúl Bravo Aduna (@rbaduna) es ensayista y editor.


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