
“Lo que ocurre en nuestro interior es demasiado rápido,
inmenso e interconectado como para que las palabras hagan algo más que esbozar, como mucho, una pequeña parte en cualquier instante.”
David Foster Wallace, El neón de siempre
El lenguaje, aunque fundamental para la experiencia humana, explica Walter Benjamin, es insuficiente para expresar la profundidad de ésta. La tentativa por escapar a las limitaciones del lenguaje, y sostenerse en esa insuficiencia, permea la narrativa de Virginia Woolf.
Como es bien conocido, el estilo de la escritora inglesa se caracteriza por el flujo de consciencia que, de acuerdo con la investigadora Sandra Medina Rodríguez, es uno de impresiones y palabras que manan y se desarrollan de forma irracional, inarticulada; una manifestación “de desconfianza en un lenguaje capaz de comunicar de forma inequívoca, de transmitir ideas de forma universal”.
Las obras de Woolf sugieren una cautela ante la palabra hablada. Las limitaciones del lenguaje se desprenden en el incontrolable flujo de los pensamientos, ya que éste rompe con la armonía del lenguaje hablado y, con sus interrupciones, inconexiones y desorden gramatical, logra —o al menos es un intento más fiel— expresar nuestra experiencia vital.
No obstante, descubrimos que, a pesar de que en sus obras nos sumerge en la consciencia de cada uno de sus personajes —lo que nos debería de dar libre acceso a su interioridad—, las limitaciones del lenguaje también permean aquello que está en el pensamiento. Y más allá de que Woolf nos permita la entrada a aquello que debería fluir de manera natural y sin restricciones, nos encontramos con un pensamiento limitado, calculado e insuficiente.
La señora Dalloway fue publicada por primera vez, en su idioma original, en mayo de 1925 por Hogarth Press, la editorial que Virginia tenía con su esposo Leonard Woolf. La novela narra un día en la vida de Clarissa Dalloway, quien se prepara para dar una fiesta en su casa esa noche y recibir, con fortuna, al primer ministro. A lo largo de toda la obra el collage de voces que la compone fluye de una conciencia a otra para construir una imagen de quién es Clarissa Dalloway. Sin embargo, estos retratos parecieran estar guiados por un cálculo en los pensamientos de su receptor, y se sitúan en la frontera de lo que se puede decir, lo que no es posible decir y lo que no se quiere decir.
La distancia que existe entre un personaje y otro está mediada por su falta de comunicación. La relación que tienen Clarissa y su esposo, Richard Dalloway, está marcada por las apariencias y el deber ser. Richard, a pesar de que es capaz de pensar en lo que siente por ella y mostrarle su cariño con acciones, es incapaz de verbalizarlo: “(Pero no consiguió decirle lo que quería. No con esas palabras.) […] (Pero no pudo decirle que la quería. Le cogió la mano. La felicidad es esto, pensó)”. El señor Dalloway, de forma deliberada, se autocensura porque desconfía de lo hablado y da por sentado sus sentimientos, incluso sugiere que no decir aquello que es evidente es la felicidad. Asimismo, sospecha de aquello que puede ser constreñido por el lenguaje y que, en apariencia, sólo encuentra cabida en la libertad del pensamiento.
Sin embargo, si para Benjamin la palabra es un signo de la cosa, que se establece por convención, para Richard existe una fractura entre significado y significante. Ya que, aunque sus acciones revelan el cariño que siente por su esposa, el lenguaje resulta incapaz de nombrar ese sentimiento, al estar condicionado por las convenciones sociales y las apariencias. El signo no puede ser el nombre mismo de las cosas ya que, tanto para Richard como para Clarissa, su relación está marcada por el deber más que por la intimidad y el amor. Resulta imposible pensar en la rebeldía del lenguaje cuando está enmarcado para describir una realidad social con demandas y expectativas específicas.
Richard reflexiona sobre cómo no consigue decirle a Clarissa lo que quiere; no con las palabras adecuadas. Hay una insistencia por parte del señor Dalloway en que la elección de cada una de las palabras enunciadas es importante, ya que enmarca el contraste entre el pensamiento, el lenguaje hablado y la realidad que cada uno de estos materializa. Si fuera capaz de decirle a su esposa que la quiere su relación se volvería más íntima; significaría algo diferente. No obstante, al jamás ser pronunciadas, se forja entre ellos: “[…] una soledad; incluso entre marido y mujer hay un abismo”. El pensamiento permite a Richard acercarse a su esposa, sin embargo el lenguaje impone una distancia infranqueable.
Lo mismo sucede con la relación de Clarissa y Peter Walsh, quienes estuvieron juntos cuando eran jóvenes:
Siempre tuvieron esa extraña facultad de comunicarse sin palabras. Cuando él la criticaba, ella se daba cuenta enseguida. Entonces hacía algo muy evidente para defenderse, […] pero Peter nunca se dejaba engañar; siempre le adivinaba las intenciones a Clarissa. Y no es que dijera nada, por supuesto; se limitaba a callar.
En su caso, lo no dicho era su forma de comunicarse. El intercambio se sostenía por medio de intenciones adivinadas y pensamientos no verbalizados. Sin embargo, una vez más, el lenguaje no es capaz de encontrar una salida, de ser suficiente para transmitir las necesidades, los deseos ni los sentimientos. La imposibilidad de decir las cosas que necesitaban el uno del otro provocó un distanciamiento que terminó por materializarse cuando Clarissa descubrió que Peter no podía darle lo que necesitaba: seguridad económica y pasión.
Así, existe en la novela una contraposición entre el lenguaje hablado, el pensamiento y su gramática, ya que mientras decir la experiencia la constriñe, el no decirla permite un desfogue. Pero también retrata que no todo pensamiento es verbal. Es decir, si las palabras habladas limitan la experiencia, y el pensamiento la desborda, los personajes encuentran en los gestos, las imágenes e incluso el silencio un nuevo significado para sus propias experiencias. Peter y Clarissa descubren que su conexión no descansa en las palabras, sino en los gestos verbales, en las acciones, que les permite una comprensión más allá de los argumentos. De igual modo, Richard, restringido por lo que sí puede decir, encuentra en el acto de regalarle flores a Clarissa una manera de expresarle su cariño: “Qué bonitas son, dijo ella, cogiendo las flores. Lo comprendió; lo comprendió sin que él hablara; su Clarissa”.
Por otro lado, Septimus Warren Smith es un personaje a quien el lenguaje también le resulta insuficiente para significar la realidad en la que vive. Este veterano de guerra no puede comunicar aquello que lo atormenta, no sabe cómo hacerlo. No existen palabras adecuadas para describir su experiencia: “Pero no estaba loco, ¿verdad? sir William dijo que él nunca hablaba de ‘locura’; él hablaba de carencia de sentido de la proporción”. Sin embargo, el lenguaje que sí podría explicar de alguna manera aquello que lo angustia lo pondría en una posición vulnerable: “[…] había hablado de suicidarse […] ¿Y si confesaba? ¿Y si hablaba? ¿Le dejarían en paz entonces […]?”
Como en el caso de Richard, el pensamiento es para Septimus un espacio en donde la duda y el miedo pueden existir. Mientras que la realidad, definida por el uso del lenguaje, le exige ser alguien más: un hombre valiente que fue a la guerra y que no puede permitirse ser vulnerable.
En este sentido, el lenguaje está escindido; resulta imposible retratar la experiencia interior de ambos personajes por medio de éste debido a que colisiona con la experiencia vital exterior. El lenguaje del pensamiento, inconsistente y extraviado, no puede ser verbalizado porque se enfrenta a los roles sociales. Es por eso que resulta imposible que Septimus, veterano de guerra, epítome de la masculinidad, expresara su depresión y sentimiento de angustia. Hay una imposibilidad en la expresión de la experiencia vital interior porque está enmarcada en las expectativas del deber ser.
Richard y Septimus están incomunicados porque existe un desfase entre lo que piensan y lo que dicen o hacen. La exterioridad de ambos personajes es tan grande y está delimitada por una realidad que espera que ellos sean el esposo, burgués y exmilitar que la sociedad espera, que su intimidad termina por ser algo débil e insuficiente, incapaz de dialogar con aquello que está fuera.
Woolf representa otra de las problemáticas derivadas de la fractura entre el lenguaje y la realidad, que designa a través del retrato que se hace a lo largo de la novela de la señora Dalloway. A diferentes voces, en la novela, leemos quién era Clarissa; sin embargo, la polifonía y discordancia entre una voz y la otra evita su definición. Su figura se vuelve indecible porque cada una de las descripciones que hacen los personajes es diferente: para la señorita Kilman era falsa y estúpida; para Seton, una rebelde que se re-moldeó según las reglas de la sociedad inglesa. Sin embargo, la descripción de Walsh es la más contrastante: para él, Clarissa no era llamativa ni hermosa ni especial, pero había algo que lo atraía hacia ella. Sin embargo, también reconoce: “su parte diabólica, esa frialdad, esa dureza, algo muy profundo en ella, algo que él había sentido esta mañana mientras hablaba con ella; una impenetrabilidad”.
Con esa impenetrabilidad a la que Walsh se refiere, Clarissa rehuye a ser una sola cosa, y lo que se piensa sobre ella colisiona con su verdadera forma de ser; su interioridad no se nos revela nunca por completo. El fluir de los pensamientos, tanto de ella como del resto de los personajes, nos da ciertas pistas sobre quién es la señora Dalloway, pero nunca en su totalidad. Y como dice la especialista en Woolf, Annalee Edmondson: “Ella continúa eludiéndonos, incluso cuando su sola presencia provoca nuestras narrativas afectivas”.
Así, los personajes de La señora Dalloway, y la propia Woolf, viven constreñidos por un lenguaje insuficiente que no logra expresar sus afectos, deseos, angustias ni necesidades y tienen que buscar constantemente cómo rehacer el sentido de su experiencia. El lenguaje funge como un filtro absurdo del mundo interno de los personajes. En este sentido, por medio del fluir de conciencia se posibilita un espacio de resignificación de la experiencia exterior de los personajes, ya que les permite, con lo no verbalizado, con aquello que queda, a propósito o de forma involuntaria, fuera del discurso y en el pensamiento, resistir ante esa insuficiencia del lenguaje y fragmentar, aunque sea un poco, aquella impenetrabilidad que nos impide acceder al vastísimo mundo de los otros al que el lenguaje no le hace justicia.
Paulina Guzmán
Licenciada en Literatura Latinoamericana por la Universidad Iberoamericana de la Ciudad de México.