La incurable corrección de estilo

Mi intención es hacer un ensayo en el que me corrijo el estilo a mí misma. Por ejemplo y, de inicio, ese “a mí misma” está de más. Y quizá también sobra explicitar cuál es la intención del texto. La máxima “show, don’t tell” genera (había escrito tiene) reacciones casi pavlovianas en todos los que se han dedicado a la narrativa desde hace un rato. Me corrijo, voy de nuevo.

Haga usted de cuenta que acabo de comenzar. La corrección de estilo es un arte tan discreto como el de un destapador de caños.
Uf, eso también va para afuera: es una comparación burguesa, que deja a un lado un montón de hechos, como la ínfima cantidad de dinero con la que viven los que se dedican a ese asqueroso pero necesario oficio.

Lo que quería decir con esa comparación, que usted, querida lectora, nunca debió haber leído, es que la labor de un corrector de estilo es la de una jerga ilustrada que impide que se nos inunden los ojos de rimas involuntarias, errores ortotipográficos, frases desafortunadas y tortuosos complementos circunstanciales puestos al revés. Es una lástima que mientras tanto nosotras, las correctoras, nos llenemos de rimas involuntarias de retinas cansadas; errores en la columna vertebral que pasa horas toda chueca; frases desafortunadas como “el pago viene retrasado” y tortuosos intercambios de emails con patrones de varios colores: empresariales, privados, amistosos.

Por otro lado, las habilidades que me han dado este trabajo, me han permitido tener el súper poder de editar mis emails laborales. Aquí un ejemplo:

Cobro 50 por cuartilla.
Cobro 40 por cuartilla.
Cobro 30 por cuartilla.
Mi tarifa es 20 por cuartilla. Por favor, gracias.

Ahora aparece en la pantalla de mi cabeza Clippy, superhéroe en forma de clip que Word nos presentó hace ya años, con una alerta. Me sugiere que mejor escriba lo anterior en un tono más light, menos de queja. Esa metálica manifestación de mi instinto de supervivencia tiene miedo de que, si este texto llegara a manos equivocadas, se me juzgara ingrata y mi salvaje pasión por comer diario se viera comprometida por un castigo de la todopoderosa mano de las editoriales. Si malabareo, corto poquito por aquí, poquito por allá, llego a esto, que, pienso, es una buena opción:

¡Pero qué gratificante es ver un texto libre de erratas! ¡No hay placer más grande que pasar los ojos por las líneas y encontrarlas diáfanas y saberse partícipe de tal hazaña! Traducciones libres de gerundios mal usados, cero repeticiones de palabras de más de tres letras, y ¡Alas! nunca un vocativo sin sus comas. La herramienta de control de cambios, mi mejor aliada; mi silla ergonómica, mi confidente; mi diccionario de sinónimos, el mejor consejero.

Pocos hay rodeados de tanto privilegio. Es más, hasta lo haría gratis. Es más, de hecho, lo hago gratis, todo el tiempo. En la calle, en los libros que leo. En manuscritos de amigos. En la sopa de letras y los anuncios del metro. Más terrorífico aún: en mis propios textos. Por ejemplo, en el párrafo de arriba, “diáfana” rima asonante con “hazaña”, y parece poco, pero me está dando algo. No me di cuenta qué tan duro me mordí el labio hasta que empezó a arderme.

Ilustración: Gonzalo Tassier

He desarrollado una neurosis muy particular ante cosas claramente intrascendentes. Tan intrascendentes como el uso de un adverbio terminado en “mente”, ¿qué le habrá dado al español por cultivar tan fea legumbre? Como sufijos para crear adverbios, el latín tiene una discreta -e, o un elegante -er; el griego un -ως y el inglés un -ly. En cambio, el español agrega una palabra entera, que hace que las sílabas se dupliquen y la palabra se sienta tan pesada como un kilo de cebollas. ¿Y qué decir de los tiempos de pretérito? No hay pesadilla más grande que un párrafo lleno de rimas en -aba e -ía, o torpes pasados compuestos con el verbo “haber”, el auxiliar del infierno. Pocos dolores más grandes que saber que es una enfermedad incurable de la lengua y que, ni modo, así se va a quedar el párrafo.

Y es que sí hay algo de verdad en decir que lo haría gratis. ¡Ah, la deliciosa indignación de un texto al que le urge cuidado! Me gustan lo libros, me gusta corregir novelas. Disfruto ver los recursos que usan los autores para generar suspenso y para resolver, mejor o peor, tramas que parecen imposibles. Las erratas vuelan sobre las historias como moscas que se cuelan entre las páginas, y que me dan ganas de expulsar de un chisguetazo.

Así que ahí está la metáfora inocua que buscaba: todos los días me siento en un café cualquiera, me vendo la muñeca, agarro buena postura, doy un sorbo del líquido caliente de mi elección, abro el documento, e inicio mi labor de matamoscas humano.

La enfermedad de los correctores de estilo, remunerados o no, profesionales o aferrados sin motivos, es la búsqueda de ese oasis llamado el párrafo perfecto. Una locura quasi platónica que implicaría que la lengua fuera perfecta o que, de hecho, la idea de perfección tuviera una correspondencia cuadrada con la realidad. Por fortuna, la lengua y la escritura tienen mil maneras de suceder y ninguna entra en una figura geométrica.

Quería que a este ensayo se le vieran todas las junturas; que incluyera un control de cambios de cada cosa borrada. Pero, seamos honestas, ¿a quien se le antoja ver un borrador mal hecho? A nadie. Excepto, quizá, a una correctora de estilo.

 

Aura García-Junco
Escritora. Es autora de: Anticitera, artefacto dentado (FETA, 2019).

Escribe tu correo para recibir el boletín con nuestras publicaciones destacadas.


Publicado en: Departamento de quejas

2 comentarios en “La incurable corrección de estilo

  1. Qué grato es leerte, y sentirse parte de una porción humana con un tipo particular de neurosis que uno lamenta que no esté más generalizada. Nexos es, todavía, una revista que se preocupa por la calidad de la escritura, buena costumbre que se está perdiendo.

Comentarios cerrados