1. Estuviste en el consejo de redacción de La Gaceta por varios años, ¿qué significó para ti esa experiencia?
Salí del FCE en 1992 y aunque seguí en contacto con la editorial y con La Gaceta hasta 2018, mi experiencia esencial como redactor de la revista fueron esos primeros cinco años, a partir de 1987, aunque desde 1983, David Huerta me había publicado textos importantes para mí, mi crestomatía de Stendhal y algo sobre Turguéniev, ambos están recogidos en mis Ensayos reunidos (ECN), no porque sean gran cosa, sino porque fueron liminares para mí. Llegué a la editorial con la doble recomendación de José Ramón Enríquez y de David; primero iba a ocupar la plaza de Alejandro Katz que se regresaba a la Argentina, al fin eso se pospuso unos meses y tomé el lugar de Rafa Vargas, quien entró a la diplomacia. Debo casi entera mi formación de escritor a La Gaceta y a Vuelta, después. Aquella gaceta, gracias a Castañón pero no sólo a él, fue para mí una academia libre de ensayo, indispensable y absoluta. El FCE entero lo era; en las primeras ferias de Guadalajara no le hacía el feo a cargar cajas y armar el stand. Conocí colegas heroicos, desde el señor de la bodega, tan querido, hasta don Alfonso Ruelas.
Volviendo a La Gaceta. Según lo que decidíamos, amparados por Jaime García Terrés (como antes lo hizo José Luis Martínez) sobre el tema de cada número, algunos de nosotros nos dedicamos todo el mes a escribir un ensayo, y así yo hice los míos sobre Kafka y Joseph Roth, Chateaubriand, López Velarde, y algunos otros que fueron a dar a La utopía de la hospitalidad (1993), mi primer libro de ensayos. Nadie nos los pedía así: estaba en el espíritu de la época hacer congeniar nuestro trabajo cotidiano en la editorial con la escritura diaria, obsesiva. A veces íbamos sólo dos horas a la oficina, aunque si era necesario nos quedamos dieciocho horas. Junto a nuestros ensayos, escribíamos solapas anónimas, comme il faut. Todavía reconozco en las librerías algunas mías y otras de Alejandro Katz, o de Moreno Villarreal, o de Rafael Vargas, etcétera. Mejor que cualquier beca. Algunos ensayos se discutían y hasta se rechazaban: yo hice uno sobre Jorge Cuesta que el poeta José Luis Rivas, además, mi vecino en el cubículo de junto, prefirió no publicar. Sin drama, lo reescribí una y otra vez, apareció años después en Vuelta y pasó a formar parte de Tiros en el concierto (1997). Era pésimo corrector de pruebas y mis traducciones del francés daban pena. Esa experiencia lo significó todo, gracias a Castañón, a don Jaime y al resto de quienes hacíamos La Gaceta. Si el lado crítico–periodístico de mi oficio lo adquirí en Proceso (1983–1990) gracias a la mano dura, firme y pedagógica de Armando Ponce y Vicente Leñero, el asunto ensayístico lo aprendí en La Gaceta, y después en Vuelta. Primero el temperamento, luego el estilo.

2. ¿Cuál era el sentido de esa publicación para las tareas del Fondo de Cultura Económica?
Hacíamos, sin saberlo y sin proponérnolos, la mejor revista estrictamente literaria del continente. Se leía con emoción en Caracas, Buenos Aires, Bogotá, Nueva York, Lima, amparada, desde luego, por el enorme prestigio, hoy difícil de imaginar, del FCE en la lengua española. Para nosotros era el alma de la literatura de la lengua y si ves el catálogo histórico, no nos faltaba razón. A Octavio Paz le gustaba mucho lo que hacíamos en La Gaceta y no en balde, por iniciativa de él, algunos de los "gacetos" pasamos a la mesa de redacción de Vuelta en el otoño de 1988. Algunos permanecemos en Letras Libres.
3. ¿Consideras esta revista una escuela de la edición? ¿Un taller para ensayistas, poetas, narradores y traductores?
Ni taller, ni escuela. Como lo dije en los agradecimientos de mi Antología de la narrativa mexicana del siglo XX (1989), aquello fue un falansterio. Duerme en la ultratumba de mis utopías.
4. ¿Qué opinas de su desaparición? ¿Consideras a La Gaceta todavía una publicación necesaria en el ecosistema de revistas y suplementos literarios de México?
Habría sido una incongruencia dejar intocable el mascarón de proa cuando se estaba desmontando a la gran embarcación minuciosamente, con el celo de los comisarios, como ocurre ahora, en 2024. Minar a la editorial desde adentro, junto a todo el welfare state cultural(así lo llamaba el presidente Zedillo) que se fue edificando desde mediados de los años setenta. No sé si sea una casualidad que esa cultura libre financiada por el Estado corriese paralela a la democratización del país, y después de la alternancia que hoy quieren desaparecer de la memoria histórica. La 4T ha desvalijado al FCE –es cosa de visitar alguna de sus librerías, con eso basta– y sería hasta obsceno que siguiesen publicando La Gaceta. Algún día, cuando se restaure plenamente la democracia y pase el ciclo populista, alguna publicación honrara esa "cabecera", como dicen en América del sur, y al FCE en general.
5. ¿Recuerdas alguna anécdota que ilustre lo que era trabajar en La Gaceta o que muestre el valor de esta publicación?
En la década pasada, en una FIL, en un pasillo nos encontramos de casualidad todos quienes hicimos La Gaceta en los años ochenta: Castañón, Goldin, Hinojosa, Moreno Villarreal, Marcelo Uribe, Vargas, Huerta, López Mills, Rivas, Hubard y Katz, quien sacó, me parece, una foto. Ojalá se conserve… Anécdotas, muchas. Una mía. Cuando anunciaron que el expresidente Miguel de la Madrid iba a ser el nuevo director, no podíamos creerlo. Sucedía a González Pedrero, un político que en el FCE no hizo otra cosa que calentar la banca esperando un puesto mejor y duró un año. Creíamos que don Miguel iba a destruir el FCE. Todo lo contrario: saneó financieramente a una empresa muy endeudada por los literatos que no solemos saber llevar la contabilidad y lo hizo sin meterse jamás en asuntos editoriales porque él mismo decía que estaba allí para aprender y respetar. Llegó al edificio de la Avenida Universidad número 975 –destruido, después, sin contemplaciones, pese a ser el primero en el mundo para ser, en específico, una editorial– con militares encargados de su seguridad; rápidamente los despachó. Una mañana, serían las once, llegué desvelado y me quedé dormitando sobre mi escritorio. En ese momento le estaban enseñando las instalaciones a don Miguel y abrieron mi cubículo sin tocar. Desperté violentamente de la modorra y conocí así personalmente al expresidente, cara a cara. Sonrió y hasta el final tuvimos una muy buena relación de trabajo. Los dos fumábamos mucho los Delicados con filtro que yo fumaba, le gustaron.
En fin, para mí La Gaceta representa el tiempo que no volverá: cuando la literatura era lo único que importaba. Como tampoco volverá aquel FCE, destruido, como medio país, por la 4T. Hoy lo dirigen trogloditas. Para mayores detalles véase lo que hace poco publicó en Letras Libres Gerardo Ochoa Sandy, que conoce la editorial como pocos. Pero en vez de lamentarme, sé que siempre tendré cerca de mis manos El alma romántica y el sueño: Ensayos sobre el romanticismo alemán y la poesía francesa (1954), de Albert Béguin, mi preferido entre los libros publicados antes de mi breve estancia en el FCE, o los tratados sobre el romanticismo o sobre Dostoievski, de Paul Bénichou y Joseph Frank, impresos durante mis días en la editorial. Algún día, el FCE –un FCE "bolivariano" es una barbaridad– deberá retomar su función: concentrar y divulgar la alta cultura y ofrecerla a la inmensa minoría de lectores. Darles propaganda, es degradarlos.
Valeria Villalobos Guízar
Editora de nexos y profesora del Departamento de Letras de la Universidad Iberoamericana.
“la inmensa minoria de lectores!” ASí que admite es es una élite privilegiada y que trabaja para las élites.
Los lectores no son una élite. Deberíamos ser la mayoría de los ciudadanos.