La fe y el desborde

Tres generaciones que lidian con las ganas de vivir, con el deseo en general, dentro de un mundo donde cualquier nacimiento implica una muerte. Un grupo de mujeres visita a su amiga desahuciada. Crímenes y viajes malogrados. Remedios mágicos. Personajes que se acercan al delirio. Todo ello se concentra en los cuentos de Dioses de migajón, de Sofía Morfín Jean, un libro que ofrece varias miradas —mitológicas, realistas, fantásticas, siempre colmadas de humor— sobre los credos. Lo pueblan seres que depositan su fe en dioses, vírgenes, alimentos, cuerpos.

Si bien hay destellos esporádicos en los primeros dos cuentos del volumen —más en el primero que en el segundo—, en realidad su brillo llega en la página 55, cuando llegamos al inteligente “Nosotras”, enfocado en la visita de unas mujeres que ven por última vez a una amiga suya que morirá al día siguiente. Pronto se vuelve un relato de ideas y, hacia el final, de choque entre generaciones. Hay un momento en que las amigas cuarentonas —que han estado abiertas a explorar su sexualidad, a transgredir las normas— juzgan el conservadurismo de los jóvenes de hoy que quieren llegar célibes al matrimonio o que simplemente se declaran asexuales. No hay perorata ni pose: sólo ideas encarnadas y contrapuestas, vueltas chisme, puestas en movimiento. La resolución del texto, además, es atinada: se trata de una visita tristísima, un adiós definitivo, pero el humor salva al cuento del melodrama y —paradójicamente— le otorga gravedad a lo que ocurre, porque al final la risa deja de ser una salvación: “De vuelta. […] Ya no quise prender el aire caliente, sentí que un poco de frío era lo que necesitábamos para conseguir respirar y estar tranquilas, para ponernos en sintonía con ella y lo que le sucedería en menos de veinticuatro horas”.

El nivel se mantiene en “Manual para el crimen perfecto”, que delinea de cuerpo completo a unos pícaros que alcanzan verdaderos hallazgos lingüísticos. Mientras leemos sobre el desarrollo de un crimen que está lejos de ser perfecto, encontramos —en los diálogos mejor ejecutados del libro— este intercambio a lo José Agustín:

—Aparte no es nada para esos cabrones. Les va a dar ternurita que pidamos tan poquito. Diez milloncitos. Nos los van a dar enseguida.

—¿Enseguida? Jajaja, esa palabra no existe.

—¿Cómo no? Se supone que el inteligente eres tú. Significa luego-luego.

—Sí sé qué significa, pero no existe. Enseguida, enseguida, encendida.

—Esenguida, ese guinda, ¿enceguecida?

Y navegamos en la ligereza de estas conversaciones, pero debajo del humor y del juego se urde una historia inquietante por la exactitud con que representa la banalidad del mal y la violencia misógina, que explota al final. “Incorrupta” —el cuento que sigue— también juega con las expectativas que genera su lectura. Mientras viajan para visitar los restos de Santa Lucía en Italia, una madre y su hija conversan sobre la corrupción humana, sobre los cuerpos que degradan a otros cuerpos, sobre los cuerpos que no se pudren después de la muerte, y al final —cuando las personajes llegan a su destino— el texto vira con éxito hacia las convenciones de los buenos cuentos de terror.

Dioses de migajón encuentra una ligera llanura a continuación, pero repunta de nuevo con “Un té de chabirrinas”, historia sobre el peligro de los remedios mágicos —la fe en ellos— que deriva en una suerte de delirio místico. “Rebelión de mariposas”, la pieza final, es a su modo pariente de “Nosotras”, porque también se trata de un cuento elegíaco —en este caso por el hermano de la narradora— y a ello se suma una reflexión sobre la escritura y su ética: la vieja pregunta sobre la expropiación de las vidas ajenas. Su remate bien modulado, que se vale de las mariposas como símbolo, es útil para balancear los tonos que se leen a lo largo del libro.

Un defecto enorme de la crítica divulgativa, la que se ejerce en publicaciones periódicas, es la terquedad de señalar supuestas “carencias” literarias que no van a tono con las búsquedas de los libros criticados, con sus lógicas internas. En nuestro país abundan los ejemplos: desde el exabrupto de Archibaldo Burns por las “fallas” de Pedro Páramo, pasando por ciertas tundas exageradas que a inicios de nuestro siglo publicó Sergio González Rodríguez, hasta los berrinches recurrentes de Roberto Pliego cuando algún libro frustra su ideal nostálgico de Verdadera Literatura. Lo menciono de paso porque no quisiera replicar este vicio. Creo que a Dioses de migajón, por ejemplo, no deberíamos exigirle preciosismo formal, porque la prosa atropellada es parte de su fuerza. Tampoco un tono serio. Ni tibieza en sus posturas políticas. De ninguna manera deberíamos esperar contención, porque lo suyo es el desborde: voces, mundos y personajes que tienen la capacidad de amplificarse. La estridencia y la carcajada seducen a su autora.

De este libro deberíamos pedir, eso sí, mayor fuerza expresiva en la escritura que quiere provocar risa en los lectores o que pretende imitar el acto mismo de reír de los personajes, pues creo que los “*emoji de enfermito*” para generar una disrupción humorística, así como los “jojojo” y “jajaja” en los diálogos, se quedan cortos: sólo remiten a la escritura de redes sociales, lo cual sería ideal si el contexto fuera ése dentro la ficción, pero no es siempre el caso. Descripciones como esta otra, en cambio, son un logro: “[…] soltó la risa espectacular, más horrible, más llena de dientes y saliva y una lengua que se asomó para acentuar el disfrute de la carcajada”. También tendríamos que pedir más tensión y más —muchísima más— síntesis: el ojo para podar las gratuidades. En este caso no se trata de contenerse, sino de procurar que los relatos sean efectivos: es decir, que nada pueda percibirse como accesorio, que —aun en medio del exceso, del largo aliento y hasta de las digresiones— todos sus elementos abonen al efecto último. Por ejemplo: en el texto inaugural, “Morir en Nuumela”, no perderíamos nada si de sus 25 páginas descartáramos las cuatro primeras, en las que una diosa bufona —casi con el discurso de una standupera— cuenta cuáles son las reglas del mundo que diseñó a imagen y semejanza de la necropolítica. Lo efectivo, en este caso, les pertenece a las criaturas fascinantes de aquella diosa, que incluso repiten la misma información que transmitió su creadora. Lo efectivo late, pues, en los actos de quienes protagonizan el cuento: esa genealogía vengativa, egoísta, incestuosa, que se niega a morir.

En Dioses de migajón estamos ante una cuentista que a todas luces quiere poner a prueba sus facultades, a menudo con resultados interesantes. Su olfato para explorar estructuras distintas dentro del género cuentístico, su arrojo y también sus obsesiones —que resultan distintivas y revelan una poética propia— bastan para darle la bienvenida a este título. Dioses de migajón es el segundo libro de cuentos de Sofía Morfín Jean, editado por el novísimo Níspero Ediciones, sello independiente que aspira a “publicar libros importantes, innovadores”, y a ser “otro espacio más donde México pueda escribirse a sí mismo”. Esta apuesta, a cargo de Gabriel Rodríguez Liceaga y Nelson Hernández García, también es una buena noticia.

Eduardo Cerdán

Narrador, editor, docente y gestor cultural.

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Publicado en: Ciudad de libros