La fama del arte: Marta Minujín en Kurimanzutto

Close-up of Argentine artist Marta Minujín, in oversized sunglasses and holding a comb & toothbrush, as she poses in the Instituto Torcuato Di Tella, Buenos Aires, Argentina, 1965. (Photo by Eduardo Comesaña/Getty Images)
Eduardo Comesana / Getty Images

El pasado 23 de agosto Marta Minujín inauguró la muestra Vivir en arte en la galería Kurimanzutto, su primera exposición individual en México. Minujín es una estrella pop del arte latinoamericano, quizá no en el mainstream mexicano, pero sí en Argentina, de dónde es originaria, y en otras partes de Europa y el mundo cuando sale a la calle la gente comienza a gritar: “¡Arte, arte, arte!”, uno de sus lemas.

Minujín es a la Argentina lo que Gabriel Orozco es a México: su artista global. La muestra en la Kurimanzutto quiere ser una síntesis de toda su obra, sin ser retrospectiva. La obra central es una reproducción de “El Obelisco acostado” (1978) de su serie La caída de los mitos universales, creada para la Bienal Latinoamericana de São Paulo de 1978. La obra critica al poder y al patriarcado con el simple gesto de recostar el símbolo fálico de Buenos Aires. La pieza me hizo pensar en la época en que el arte importaba: antes de la cultura de la cancelación, del sionismo mundial, antes de que censuran obras de arte en ferias internacionales —como ocurrió en la Documenta de 2022—, cuando el arte era un espacio de enunciación crítica y autónomo que podía hacer peso a los discursos del mundo.

En el resto de la galería están las obras más populares de la artista, por ejemplo, sus colchones multicolores que realiza desde 1963: con formaciones imposibles, éstos construyen un desbordamiento de la pintura a la tercera dimensión. Informalismo, le llama ella. Aunque hechos sobre el suelo, al colocarlos en el muro se produce una sensación de desequilibrio y fuga visual que la acercan a una larga tradición de arte latinoamericano que trabajó con romper la planitud del lienzo y utilizar soportes más vitales y humanos para las obras. En sí los colores remiten a la visualidad de la psicodelia de los años sesenta; pero, para el espectador actual, resultan difíciles de ver o se sienten como extraídos de otra época.

En el último espacio, en la galería en el segundo piso, al fondo del patio de Kurimanzutto –casi como si no quisieran que se viera–, está la documentación histórica de Marta. Sus grandes proyectos: el partenón de libros, los demás monumentos de su serie y una cantidad más de documentación de obra. En esa sala constatamos que Marta es una pionera.

Muestras como ésta –al igual que la retrospectiva de Magali Lara o Gabriel Orozco para el caso mexicano– siempre me hacen pensar que nos encontramos al final de algo; no sólo de la vida de grandes artistas, sino de toda una sensibilidad epocal. El día que abrió la muestra al público, Marta Minujín conversó con Pablo León de la Barra. Repasaron su obra y su vitalidad. No sólo la presencia de Minujín impone, también es muy divertida y ocurrente. Nos contó que desde los 5 años ya sabía que era artista, mientras que Pablo citó sus experiencias en México con distintas drogas.

Quizá lo que me emociona tanto de Marta Minujín es que eclipsa la crítica capitalista desde los discursos más excesivos. Marta fue amiga de Andy Warhol y como aquél, es una estrella. En parte por toda la visibilidad que tiene es que ha podido ser crítica con el Estado, la imposición de la deuda externa y un sinnúmero de asuntos políticos. Pero lo hace desde el exceso y lo monumental. Sus colores vibrantes abonan a ello. Sin embargo, hay algo que se siente antiguo en la muestra. Platicando con Ana Sofía Esteva, también artista, nos extrañaban los tres momentos tan diferentes de la muestra: el archivo con toda la magnificencia de la trayectoria de Minujín, la reproducción del Obelisco y los colchones como mercancía sin mucho discurso detrás. Ana Sofía hacía hincapié en que le impresionaba que alguien que está en Kurimanzutto con obras hermosas, pero fáciles de vender, haya sido tan política en el pasado. Como si fuera necesario creer en el arte para llegar al punto de la reificación mercantil de las obras. Hoy, en cambio, se vuelve difícil tener ese tipo de procesos, todos quieren estar en las grandes galerías y ya, sin creer.

Se ha vuelto difícil sostener lo contemporáneo en las exhibiciones de arte. Esa huella de atemporalidad que lo consagró, ahora cede al formato de la modernidad: la teleología y la biografía. Aunque no hay duda de que la muestra Vivir en arte de Minujín es arte contemporáneo, parece que la experiencia que nos propician es un degradado de la historia con mercancías. Como si el peso de un par de datos legitimara las obras como objetos históricos valiosos. La muestra me deja en un lugar extraño, entre el entusiasmo por haber conocido a Marta y la tristeza del fin de un arte politizado. Y así, vale la pena cerrar este ensayo con una frase que le gusta citar a la artista: “Las grandes obras las crean los niños locos, las ejecutan los luchadores natos, las disfrutan los felices cuerdos y las critican los inútiles crónicos”.

M.S. Yániz

Crítico y curador de arte

Escribe tu correo para recibir el boletín con nuestras publicaciones destacadas.


Publicado en: Curadero