La escritura del deseo. Sobre Arráncame la vida

Para Araceli Bedolla,

por su escucha y promoción de la lectura en comunidad.

Arráncame la vida cumple cuarenta años. Estamos de fiesta los que, con ánimo celebratorio y un poco de nostalgia, releemos por segunda o cuarta vez esta novela. Desde la primera vez, a mis 15 años, ha sido sencillo transitarla. Su lenguaje parece haber encontrado un punto medio entre lectores en la adolescencia y la adultez, quienes, intrigados también por la ficción histórica sobre Maximino Ávila Camacho, atestiguan el crecimiento de Catalina Guzmán.

Durante esta relectura, a cada vuelta de página recordaba las otras: a dónde estaba llegando a los 18, qué catastrófico era el mundo a los 24, cuánto he recorrido a los 29. Con este recuento, advierto que Catalina también me ha acompañado a mí, he pasado por las mismas edades. He mantenido y elaborado diferentes diálogos y preguntas durante cada encuentro con ella desde el 2011, variables, por supuesto, dependiendo de las aflicciones del momento.

La novela comienza con el proceso de autoconocimiento de una mujer de 14 años y desemboca en la afirmación de su autonomía sexual. Leer Arráncame la vida durante mi adolescencia acompañó mi propio acercamiento al deseo. A diferencia de otros libros, éste me estaba diciendo algo. Había encendido una curiosidad en una etapa que, como a la protagonista, quería que le pasaran cosas. Por ello, fue un antes y un después en mi trayectoria lectora. A partir de ese momento, despertaría una afinidad a la literatura escrita por mujeres.

En 1985, Ángeles Mastretta presentó a una mujer de los años treinta, cuya curiosidad sobre su cuerpo la lleva a complejizarse, y esto adquiere una firmeza insólita para esa época en México. Con Catalina Guzmán, la autora se une a esa deconstrucción de la carga simbólica e histórica en torno a la mujer y madre abnegada posrevolucionaria.

Gabriela Damián ha dicho que la escritura de las mujeres crea “modos de trabajar el lenguaje para hacerlo nombrar sus experiencias, para construir narrativas y ponerlas a disposición de quienes las necesiten y, de esta manera, generar alternativas vitales en sus entornos cotidianos y subjetividades”. Con esta novela, Mastretta elabora herramientas lingüísticas para nombrar el deseo en la actualidad, pues le otorga un lugar de enunciación femenino que echábamos en falta y, tal vez por eso, se popularizó rápidamente.

La protagonista y narradora tiene una curiosidad inicial —“quiero sentir”— y por ella, acepta volverse la señora de Ascencio. Firma un contrato desde la naturalidad del impulso adolescente. Y es a partir de su primera ida al mar con él, que se despliegan una serie de anhelos, unos más intensos que otros: la sexualidad, el matrimonio, el amor, la amistad, el rechazo a la maternidad, la infidelidad, el duelo, la familia, la política, por cuyo desenvolvimiento atendemos al crecimiento de un personaje complejo.

La travesía por cada uno de ellos es lo que va guiando la historia, lo que da estructura a los capítulos. Y porque esas curiosidades ínfimas se vuelven decisiones cada vez más conscientes y firmes, poniéndose a ella misma al centro de todo y de todos, es que es una novela sobre deseos que han resonado en mí a lo largo de 15 años.

Pero desear no se limita sólo al sexo. Nace de una motivación sensorial al ver, palpar, escuchar, oler o tocar con la lengua algo aparentemente ínfimo, cuya reacción involuntaria puede ir en dos polos opuestos: evitarlo para siempre o una anhelante repetición. Es un proceso que nace de nuestros impulsos. Pero “no hay nada más humillante que mis deseos”, declaró C. J. Hausen. En “La novia grulla”, advierte que esa vergüenza parte de una diferencia entre cómo se sacian las necesidades de los hombres y las de las mujeres.

En Arráncame la vida, cada personaje guía su crecimiento siguiendo deseos que aprende a nombrar. Andrés Ascencio se configura como un personaje seductor para conseguir el poder en cualquiera de sus formas: político, doméstico, reproductivo. Con naturalidad, se impone sobre todos a su alrededor y se hace, a su vez, fuente de deseo. Casi al final de la novela ese poder, acumulado con violencia y terror, queda casi invalidado. Nadie vuelve a necesitarlo.

A los pocos años de su matrimonio, Catalina entiende que está atrapada con un marido que comienza a no entender, pero que le da todo: “Yo al principio no sabía de él, no sabía de nadie. Andrés me tenía guardada como un juguete con el que platicaba de tonterías, se cogía tres veces a la semana y hacía feliz con rascarle la espalda y llevarla al zócalo los domingos”. Esta voz es la de una Catalina que narra en retrospectiva, con humor y rabia, una vida que comenzó dedicada a él.

El personaje tiene un primer quiebre durante un embarazo que pronto se vuelve una pesadilla. Andrés ya no la desea: evade a una mujer que no hace más que detestar la posibilidad de ser madre. Así, la infidelidad se presenta como una liberación ante el castigo por ser “un fraude”, una mujer que no satisface al marido: “hasta llegué a pensar que hubiera sido bueno no desear más que aquel gusto fácil por la vida”. Pero este tipo de emancipación se vuelve una forma de reafirmar un poder del que poco a poco se hace consciente y al que se sujeta para encontrar consuelo y construir su autonomía.

Ella nunca más podrá estar satisfecha ante el despliegue de alternativas a su vida abocada a Andrés: la infidelidad y confidencia en la amistad; los viajes solitarios y acompañados; su injerencia en la política y el altruismo. Entiende los deseos aspiracionales, emocionales y sexuales de Andrés, a la vez que aprende a moldear y guiar los propios. A lo largo de la novela, Catalina desplaza esa vergüenza inicial al hacerse consciente de sus necesidades. La fantasía cumplida sobre su muerte es parte de ese despliegue al que se aferra ya sin temor.

Aun cuando 1930 y 1985 parecen años lejanos, no son tan distintos al 2025. De hecho, la novela sigue resonando –pregunté en grupos de lectoras por qué les gustaba o no– en mujeres contemporáneas, jóvenes y adultas; esto evidencia su vigencia y urgencia. Sus experiencias de lectura son similares. Agradecen, por un lado, la amabilidad del lenguaje, que comparan con la cercanía de una plática cotidiana; por otro, la presencia de un personaje femenino que pudo “ser cualquiera” de nosotras, que después de un proceso de madurez “ya no tiene miedo” y que, sobre todo, representa “lo que muchas hubieran anhelado” ser y hacer.

Arráncame la vida invita a vincularnos con un personaje que podría encontrarse entre nosotros. A quienes nos han interpelado la historia y el lenguaje, dialogamos con una novela que habla sobre nuestra vulnerabilidad, cuerpo y deseos. Sigue un trayecto intergeneracional, acompañando el crecimiento individual de cada lector. Desde el primer acercamiento a este libro, noté algo que se movía suavemente: era el cuestionamiento sobre mis impulsos desde un presente literario vivo, compartido con otras personas.

Me pregunto cómo serán mis lecturas del futuro, qué podrá decirme cuando sea más grande que Catalina. Si acaso el desplazamiento de la vergüenza por desear será algo que nunca termine por concretarse, o si, como la protagonista, alcanzaré esa autonomía frente a otros.

  • Ángeles Mastretta, Arráncame la vida, Ciudad de México: 1985, Alfagüara, 218 pp.

Andrea Ortiz Morales

Editora en Página Salmón. Ha publicado cuento y ensayo en revistas digitales.

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Publicado en: Ciudad de libros