La escritura de los insectos

El insecto ejerce terror y fascinación. Es más, sin él no se entiende nuestra modernidad literaria, pues se cuenta entre algunos de los volátiles soclos, o inquietas patas, de la imaginación humana. A la luz de sus escritores tutelares, Mauricio Molina indaga en una fascinante genealogía de escritores y entomólogos en este ensayo que publicamos como homenaje a un año de su partida, el 13 de junio de 2021.

A la memoria de Roger Caillois y Severo Sarduy

A simple vista sólo se ve una maraña de garabatos distribuidos en las hojas de papel. Se podría decir que la escritura es una selva en miniatura donde se esconde, confundido entre las letras, un animal mimético, metamórfico, que rara vez se percibe con claridad: el sentido.

Leer una palabra tras otra implica seguir un rastro en el paisaje en miniatura de la página, como si el ojo descifrara, a lo largo de las hileras de manchas, puntos y garabatos, una cadena de hormigas o el contorno de una mariposa confundida más allá, mimetizada en la escritura.

Un lugar común hace del escritor un asesino de insectos a los que va aplastando sobre la página en blanco, pero que, milagrosamente, gracias a la percepción distanciada de la mirada, esta serie de manchas adquiere significado. O también podría decirse que la escritura es el rastro de un insecto que se ha escapado del frasco del tintero y trabajosamente escapa por la página. Se trata de un insecto invisible, que sólo deja sus huellas para plantearnos el enigma de su existencia. Insecto en fuga permanente que nadie ha visto y que sería la delicia de un entomólogo. Escribir (y leer) sería una metáfora de la persecución de este elusivo insecto.

Escribir es aplastar insectos minuciosamente sobre las páginas en blanco.

La selva es al hombre lo que el pasto al insecto.

Algunas lenguas son especialmente propensas a este tipo de confusión. El árabe, con sus sinuosidades, recuerda las ondulaciones de una larva. El hebreo o el sánscrito asemejan un ejército de termitas distribuido a lo largo de la página. Ese hormigueo produce en la mirada un efecto vibrante, un zumbido mudo (si es que tal cosa existe): el texto ondula y canta. Los ideogramas chinos recuerdan el vuelo de las mariposas o la silueta estilizada de una Mantis Religiosa oculta entre las ramas de un arbusto.

La frialdad, la distancia, la metamorfosis son rasgos que nos fascinan del insecto; la minuciosidad, el sentido de la observación y el culto al detalle son características propias del entomólogo; la fusión de ambas cualidades es propia del escritor. El universo de lo diminuto es lo propio de la escritura. (Y aquí asalta la memoria aquella obsesión de Walter Benjamin para escribir páginas de cien líneas).

No es casual que escritores como Ernst Jünger y Vladimir Nabokov sean al mismo tiempo entomólogos, que Franz Kafka haya dado tanta importancia a los insectos, o que Roger Caillois les haya dedicado ensayos memorables. Si bien las perspectivas de estos escritores son completamente distintas, a menudo opuestas, hay una unidad profunda en su trabajo. El estilo helado de Jünger, el minucioso sentido de la observación de Nabokov, la capacidad taxonómica de Caillois o la distancia en blanco y negro de la escritura kafkiana no son sólo rasgos estilísticos, lo que los convertiría en mera retórica: son puntos de partida.

A este punto de vista habría que llamarle la perspectiva del insecto. La manida metáfora del hombre convertido en insecto por los estados totalitarios, proveniente de la clásica Fábula de las Abejas de Bernard de Mandeville —cuya idea fundamental es que el egoísmo y no la virtud son los fundamentos de la sociedad—, no es más que un principio. La presencia del insecto en la literatura va mucho más allá.

Ilustración: Sergio Bordón
Ilustración: Sergio Bordón

En el siglo XIX los insectos comenzaron a habitar algunas páginas de la literatura a través de la obra de dos precursores de la modernidad: Edgar Allan Poe y Lewis Carroll. El cuento “La esfinge” de Poe, que describe una alucinación característica del delirium tremens, nos introduce en el mundo de lo gigantesco, de lo desproporcionado. El personaje–narrador describe un enorme monstruo peludo que tiene alas metálicas y una calavera tatuada en el cuerpo. Al final el pretendido monstruo se revela como un inocente lepidóptero, la Sphinx Crepuscularia. Sin embargo, la revelación de la existencia de este ejemplar, que por un misterio casual tiene efectivamente tatuada una calavera en el dorso, es lo que otorga al relato una ambigüedad especial. No es tanto la revelación del misterio, sino la existencia de este insecto lo que constituye el enigma del relato. El cuento de Poe, en su aparente simplicidad, encarna sobre todo una de las preguntas básicas que recorren el mundo de Poe: la legibilidad del mundo. La idea (que dejaría como herencia al simbolismo) de que el universo encierra un mensaje que tiene que ser descifrado por el artista. Así es como podrían interpretarse las montañas y cañones que aparecen al final del Arthur Gordon Pym y que son un mensaje “grabado bajo el polvo, dentro de la roca”, las
cavilaciones de Eureka, las Correspondances de Baudelaire o el mapa astral de Un Coup de Dés de Stéphane Mallarmé.

En El escarabajo de oro, Poe utiliza al escarabajo como pretexto para elaborar una complicada construcción analítica de desciframiento a partir del hallazgo fortuito de una pedazo de papel que a su vez encierra un mensaje cifrado. En la imaginación de Poe el insecto sirve tanto para adentrarnos en el mundo de lo gigante como en el frío universo del análisis.

Alucinación y raciocinio, mántica y análisis puro se funden en la perspectiva del insecto. Estos rasgos serían retomados casi un siglo después por Kafka para la realización de La Metamorfosis. La minuciosa frialdad de la prosa kafkiana para describirnos las reacciones de Gregorio Samsa convertido en escarabajo recuerda el trabajo del científico y especialmente el del entomólogo al describir las costumbres del insecto–personaje.

En La mujer de la Arena del inevitable autor japonés Kobo Abe, un entomólogo se pierde en un mundo arenoso, donde los hombres habitan agujeros de los que no pueden salir salvo en ocasiones afortunadas. Las inmensas dunas, imposibles de escarbar, recuerdan el universo denso de los insectos a los que el protagonista pretendía capturar. Los insectos se mueven en el universo de lo gigante. Ningún ser vivo percibe mejor que ellos el tamaño verdadero de un zapato, el campo granulado de una hoja de papel o la textura de la piel de una muchacha (por ejemplo los vellos invisibles emergiendo del campo minado de los poros). El mundo de los insectos enfrentado al mundo de lo humano es de hecho semejante al de los humanos enfrentados al mundo del que se han rodeado, donde lo gigante convive con lo minúsculo.

Esta mezcla entre lo titánico y lo diminuto forma parte de la percepción de la modernidad. Ciudades enormes, miniaturización de las máquinas, desproporción semejante a la que percibe un escarabajo en una mesa: tazas enormes como edificios, mendrugos de pan gigantescos como meteoritos en un paisaje lunar.

El insecto más famoso de la literatura se llama Gregorio Samsa y es un escarabajo que no sabe que tiene alas bajo el caparazón y que, por lo tanto, podría salir volando de aquella opresiva habitación que lo encierra como un frasco. Desde entonces los insectos no han dejado de aparecerse a los escritores y de colonizar sus páginas. Autores tan aparentemente disímiles como Vladimir Nabokov, Ernst Jünger (entomólogos reconocidos), Roger Caillois, Robert Musil o Cyrill Connolly les han dedicado memorables páginas e, incluso, libros enteros. ¿A qué se debe esta fascinación por el insecto? ¿Es acaso una manía entomológica, una obsesión en miniatura, una constante gratuita o realmente tiene una incidencia profunda en la imaginación moderna?

Ninguna escritura tiene la distancia de la de Kafka. Esa percepción de alejamiento ha dotado a su obra de un sentido especial: el de la extrañeza. Kafka mira al mundo con los ojos de lo otro, parte de una alteridad radical. La transformación de Gregorio Samsa en escarabajo es el inicio de una serie de investigaciones en torno a la percepción del insecto. En su obra siempre es la alteridad quien nos observa desde el más allá. En sus Conversaciones con Kafka, de Edvard Janouch, el autor praguense afirmó que la fotografía ofrecía la visión fabulosamente amplificada de una mosca. Esta amplificación de la perspectiva, este destacar lo pequeño para volverlo inmenso puede apreciarse en muchas de sus obras.

Tomando como modelo el ojo de un insecto, se han hecho experimentos con cámaras especiales donde se reproduce la perspectiva del insecto; los resultados han sido sorprendentes. El insecto percibe el mundo a una velocidad mucho mayor que la nuestra y por lo tanto todo lo que le rodea va más lento, de ahí que escape muy a menudo del matamoscas. El espacio que le rodea es mucho más espeso que el que percibe un ser humano: el insecto “bucea” en el aire de la misma forma que los peces lo hacen en el agua. Su entorno es más denso, a diferencia del nuestro que es más leve y en apariencia vacío. El insecto, mientras vuela, tiene que eludir partículas de polvo, o turbulencias aéreas derivadas de un manotazo infructuoso o de las corrientes de aire. Quien haya visto a una mosca debatiéndose trabajosamente en una gota de agua hasta morir ahogada se dará cuenta de que el líquido para ella es una sustancia espesa, pegajosa, pesada, y lo mismo sucede con la luz: bajo la lupa el insecto puede arder.

Como en las fantasías de Lewis Carroll —uno de los pioneros de la perspectiva del insecto—, en las novelas y cuentos de Kafka también el tiempo suele adelantarse o atrasarse hasta convertirse en una pesadilla, como aquel capítulo de El Castillo cuando K, luego de levantarse muy temprano y habiendo apenas caminado algunas calles en dirección del Castillo, se encuentra con que comienza a anochecer. K ha entrado en la duración del insecto. Cada día que pasa para un insecto es un plazo mucho mayor que el de nosotros (existe, incluso, un coleóptero, las efímeras, que vive apenas un día). El suyo es un tiempo compacto que, paradójicamente, es “más largo” (Rulfo). Nuestros segundos son sus horas. El de ellos es un “tiempo enorme” (Beckett).

Roger Caillois ha estudiado el fenómeno del mimetismo en dos ensayos memorables: Medusa et Cie y Le mythe et l’Homme. Para Caillois los insectos y los hombres se emparentan en el hecho de que ambos hacen uso de la máscara para simular la alteridad. Dos mariposas con la misma apariencia pueden ser de especies muy distintas e, incluso, habitar regiones geográficamente muy alejadas entre sí. Ciertas larvas están dotadas de dibujos que simulan ojos gigantescos —ocelos— para aparentar que son cabezas de serpientes y de este modo ahuyentar a sus depredadores. Sin embargo, este uso de la máscara es infructuoso, es un fasto, un exceso, ya que los depredadores suelen devorarlas sin ninguna conmiseración.

Severo Sarduy, por su parte, ha visto en el maquillaje, el tatuaje y todas las formas de transformación de la apariencia, un parentesco profundo con los insectos. La modelo que se maquilla para destacar los ojos, el travesti que aparenta que es una mujer, el hombre que se tatúa un escorpión en un brazo para parecer más agresivo, no hacen sino repetir la actuación de los insectos, aunque éstos —infinitamente superiores— lo hacen gracias a un oscuro y enigmático saber genético.

Los insectos atraen y horrorizan. La Mantis Religiosa, en cuya mirada Cyrill Connolly veía uno de los mayores enigmas de la naturaleza (¿qué mira cuando nos voltea a ver?), es capaz de permanecer durante horas confundida entre los arbustos, balanceándose para simular el paso del viento o la caída de una gota de agua en una hoja (las he visto balancearse, incluso, dentro de un frasco, lo que indica que este movimiento es más un mecanismo de simulación que la reacción a un estímulo exterior). Cuando una presa confiada se ha acercado lo suficiente, la Mantis salta sobre ella provocando en su víctima una parálisis hipnótica que le impide moverse y que permite a su depredador capturarla con sus tenazas y devorarla. Este juego de aparición y desaparición, de Mimicry, es característico de los insectos.

Más allá de una significación simbólica hay una dinámica del insecto en la imaginación humana.

Los insectos están entre nosotros y no hay nada que hacer. Nos miran en espera de una mutación evolutiva y nos demuestran el carácter a menudo irrisorio o francamente limitado de la percepción humana. Cuando el hombre haya desaparecido de la faz de la tierra, ellos vagarán entre las ruinas, serán los dueños de un mundo sin conciencia, y repetirán sus simulacros, sus juegos miméticos, escribiendo sobre la tierra ideogramas y jeroglíficos: la escritura de un mundo que se niega a la interpretación.

 

Mauricio Molina
Editor y escritor. Fue uno de los mejores representantes de la literatura fantástica en México. Es autor de Tiempo lunar y Planetario, entre muchos otros.

© Herederos de Mauricio Molina. (Este texto se publicó por primera vez en la Revista de la Universidad, núm. 42, agosto 2007)

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Publicado en: Ensayo literario