Parafraseando a Leila Guerriero en su entrañable perfil sobre el poeta chileno Nicanor Parra, Silvio Berlusconi fue un hombre, pero pudo haber sido otra cosa: una catástrofe, un rugido, el viento. Yo siempre lo advertí como una suerte de Howard Hughes contemporáneo, aunque después de ver la caracterización de Toni Servillo en Silvio (y los otros) me quedaron ciertas dudas. Lo que sí sostengo firmemente es que la radiografía que hizo Paolo Sorrentino sobre Berlusconi comparte territorio con varias más: con la de Gay Talese sobre Frank Sinatra; Norman Mailer sobre Muhammad Ali; Rex Reed sobre Ava Gardner; Truman Capote sobre Marilyn Monroe; y la propia Leila sobre Nicanor Parra o Fito Páez. Con el añadido de una secuencia cuya banda sonora incluye la magnífica “Domenica bestiale”, del cantautor milanés Fabio Concato, y diálogos que coquetean peligrosamente entre la ficción y el documental, que rezan más o menos así: “Nunca debemos dejar de lado el dinero, los pensamientos y los sentimientos, porque después no los usamos más. Lo dijo Natalia Ginzburg. Es lo único que ha dicho una comunista que comparto plenamente”.

Italia probablemente sea el país desarrollado —bajo la idea de desarrollo que envuelve al canon occidental— en el que el futbol tiene una injerencia más grande en la estabilidad emocional de la sociedad. La candidatura que permitió que Berlusconi consiguiera ser Primer Ministro de Italia en tres periodos distintos fue legitimada por su éxito como presidente del A. C. Milan de los neerlandeses y, luego, con el del conciliador Carlo Ancelotti. A todos nos conmocionó la defensa adelantada de Arrigo Sacchi y el sugerente árbol de navidad (4-3-2-1) de Carletto, pero… ¿tres veces Primer Ministro? Por suerte renunció recién a convertirse en presidente de la República en Italia tras el fracaso de la llamada “operación ardilla”, una campaña mediática montada por Forza Italia —su partido político— para sustituir a Sergio Mattarella al frente de la más alta institución del Estado. Aunque volvió a la palestra integrando la coalición de ultraderecha que permitió que la posfascista Giorga Meloni se convirtiera en la primera mujer de la historia en gobernar al país.
El ascenso al trono de Berlusconi estuvo siempre vinculado con su desmesura como personaje, su proclividad a los sobornos, creatividad para maquillar balances financieros e irrefrenable apetito sexual. Su fortuna se cimentó en la esfera inmobiliaria, pero su gran jugada política fue haber terminado con el monopolio de la televisión pública en Italia, al desarrollar una red de canales televisivos de cobertura nacional. Eso le permitiría más tarde comprar acciones del periódico milanés Il Giornale, para después fundar el holding financiero Fininvest y Mediaset —hoy parte de MFE-MediaForEurope—, gigante de medios y comunicación especializado en la producción y distribución de contenidos para la televisión pública y privada. En paralelo se haría de la editorial Mondadori, la agencia publicitaria Publitalia y la revista Panorama. Todo este precedente, aunado a los bonos que le dejó haber construido ciudades satélite de lujo, le convirtió en el mejor personaje posible para comprar a un Milan deprimido que cargaba con el estigma de haber descendido dos veces a Serie B, que había sido eliminado de la Copa UEFA por el Zulte-Waregem de Bélgica y cuyo presidente se había fugado a Sudáfrica para evitar una condena en prisión por evadir impuestos.
Había dudas razonables sobre cómo encajaría el perfil de un hombre tan excéntrico en un equipo que hasta entonces estaba más asociado con la clase trabajadora y progresista de la capital de Lombardía, siempre a contracorriente del Inter de Milán de las élites. Dichas dudas fueron paliadas, en buena medida, por la labor de un legendario tándem en la dirección deportiva: Adriano Galliani como gestor de los recursos y Ariedo Braida como ojeador en las sombras. Entonces no era normal pescar talentos emergentes a bajo costo en Países Bajos como Marco van Basten y Ruud Gullit, redimir a potenciales estrellas como Frank Rijkaard o pensar que un entrenador como Arrigo Sacchi, quien venía de dirigir al Parma en Serie C y Serie B, podría ser capaz de montar el proyecto más revolucionario de su tiempo a partir del marcaje zonal y la presión.
Resulta inolvidable pensar en aquella imagen durante la presentación oficial de Berlusconi como nuevo propietario del equipo, cuando descendió junto a los jugadores desde el cielo en helicóptero para tomar protesta en la Arena Cívica de Milán, bajo la épica de la famosa ópera wagneriana, “La cabalgata de las Valquirias”, remitiendo indiscutiblemente al ataque despiadado sobre las aldeas vietnamitas en Apocalypse Now, de Francis Ford Coppola. Al respecto, Franco Baresi, figura paradigmática de aquella época, le dijo a la revista Four Four Two que “no sólo se trató de un viaje en helicóptero, sino que tuvimos la sensación de que algo grande se estaba gestando y las cosas ya no volverían a ser como hasta entonces”.
En 2017, 31 años después de haberle entregado al Milan ocho Scudettos, seis Supercopas italianas y cinco Supercopas de Europa y cinco de las siete Champions que presume el equipo en sus vitrinas, consumó la venta del equipo a un grupo de inversionistas chinos a cambio de 740 millones de euros. Lo hizo, según sus palabras, como un “acto de amor”, asumiéndose incapaz de revertir la cada vez más acentuada decadencia competitiva, administrativa y financiera del club de fútbol que enalteció como la bandera de su faraónico imperio comercial.
Apenas un año más tarde, a los 82 años, cuando aparentemente ya no quería saber nada del futbol, apareció un modesto club de Serie C en el horizonte como oportunidad de compra tras una refundación: el Monza. Hasta antes de la llegada de Il Cavaliere, la ciudad situada al noroeste de Milán eran conocida por cuatro cosas: su pasado como capital de los lombardos, el asesinato de Humberto I a manos de un anarquista, ser la sede de Ferrari y por su presencia histórica en el circuito de Fórmula 1. Cuatro años y 116 millones de euros más tarde, el Monza se convirtió oficialmente en un equipo de Serie A tras sortear una emotiva final de play off de ascenso frente al Pisa en Serie B.
Hace tiempo, el propio Silvio Berlusconi, con esa vanagloria que tanto lo ha caracterizado, dijo que sólo Napoleón Bonaparte hizo más de lo que él ha hecho. Si al general corso le debemos la arqueología, el código napoleónico y la piedra de Rosetta, con Berlusconi aprendimos que debemos ser cautelosos con el bronceado, que un playboy vulgar y trasnochado puede dirigir un país y un club de futbol en simultáneo y que el odio a la izquierda comunista es la mejor canción de cuna para los capitalistas del norte acaudalado.
Ricardo López Si
Escritor y editor. Es autor de El viaje romántico.
Nota editorial: una versión de este texto aparece en el libro de Ricardo López Si, Norte-Sur. Historias de fútbol para entender la polarización en Italia, Librofútbol, Buenos Aires, 2023.