La desaparición de otro modo
Entrevista con Harold Torres

Desaparecer por completo de Luis Javier Henaine fue una gran sorpresa. Sobre todo para los que seguimos creyendo devotamente en el cine nacional. El problema, en general, con esta creencia, es que la fe no necesita que la realidad la acompañe. Cada vez que vamos a las salas con la promesa de una nueva película de horror mexicana, hay más recelo que esperanza. Pero Desaparecer por completo reavivó la creencia. Es una de las películas de género nacionales más interesantes de los últimos años. ¿Por qué? Porque se atreve a experimentar con la forma; porque no le importa ser local e idiosincrática; porque reflexiona sobre preocupaciones muy cotidianas, muy chilangas, muy mexicanas, sobre la violencia de las imágenes, la validez de la nota roja, la trascendencia del arte frente a la fugacidad de la prensa, el horror de traer hijos a este mundo y el oprobio por no hacerlo, las parejas actuales y cómo prefieren vivir con perritos, la forma en que imaginamos lo sobrenatural en los lugares ocultos de Cuemanco, del mercado de Sonora, del palo mayombe detrás del poder de narcos y diputados.

En la película hay un brujo omnipresente que nunca aparece y que siempre se percibe. El brujo maldice al protagonista, el fotógrafo de nota roja Santiago, interpretado por Harold Torres —quien recibió su primera nominación al Ariel hace 15 años con Norteado. Entre la trama personal del personaje y el meollo político en el que se metió por tomar fotos indiscretas, está la vivencia de su maldición. La idea es que, día a día, Santiago pierde uno de sus sentidos. Primero el olfato, luego el gusto, luego la escucha, el tacto y finalmente, la vista. Ahí está el horror de desaparecer por completo: en esta maldición hay una crueldad impensable. El cuerpo del maldito sigue ahí, los doctores no encuentran que tenga nada malo, pero simplemente pierde toda capacidad de contacto con el mundo. ¿Se imaginan quedarse atrapados en los confines de la mente, incapaces de recibir cualquier estímulo externo?

Ahora bien, ¿cómo mostrar esta desaparición progresiva con imágenes? Es ahí en donde entra la valentía de la producción de Luis Javier Henaine y Pablo Zimbrón que creyeron en la enorme capacidad física de un actor como Harold Torres. A Harold Torres le gusta preguntar. Investiga sus papeles, le interesa el funcionamiento formal de las películas que protagoniza, se sumerge en las dinámicas que mueven a sus personajes. Y sabe utilizar el gesto mínimo. Los ojos de Harold son capaces de espantosa violencia y empática ternura. Vulnerable y fuerte, tierno y aterradoramente frío, Harold tiene un registro que se expande en la manera de tornar los ojos, en la forma de torcer la boca, en la postura corporal que llena de presencia un cuarto, un set, toda una pantalla.

En esta entrevista, Harold nos platica cómo atajó la locura de proyecto que lo llevó al límite física y emocionalmente, y cómo esta producción se enfrenta a la gran maquinaria destructiva de los servicios de streaming y a las producciones hechas para complacer públicos en el extranjero.

Nicolás Ruiz Berruecos: ¿Cómo llegaste a este proyecto?

Harold Torres: Me pareció una propuesta complicada y riesgosa. Eso me gustó. Si no salía algo bueno, todos íbamos a quedar bastante mal.

NRB: Sin una actuación muy física que lo demuestre, no podemos sentir cómo es perder el tacto. ¿Cómo construyeron eso en el personaje de Santiago?

HT: Me basé mucho en investigaciones de neurociencia. Para la preparación física me basé en Oliver Sacks. En uno de sus libros, hay una descripción de un tipo que pierde el sentido de la distancia. El sentido más difícil de representar, por supuesto, era ese: el tacto. Con los otros sentidos te pueden acompañar los efectos sonoros, de cámara, los lentes, etcétera. El olfato y el gusto son complicados, pero se resuelven bastante bien con detalles de la trama. Pero el tacto es algo muy difícil de mostrar. Sobre todo como algo degenerativo. Hicimos varias escenas con diferentes calidades de movimiento, con más o menos pérdida. Y pudimos probar los movimientos con tanta libertad gracias a que existían las condiciones para hacerlo. En otras producciones no puedes aventarte dos o más tomas de la misma escena. Por eso es tan importante la producción de Pablo Zimbrón. Hace muy buena mancuerna con Luis Javier, lo apoya mucho creativamente y eso le permite crear la película que quiere. Eso es algo que ya no pasa.

Me inquieta mucho que, en esta era del streaming, haya tanta gente opinando en las producciones. Siete productores, quince escritores, opinando en el set. Se pierde la línea directa, ya no puedes hablar y crear junto al director. Tener un productor que permita estas libertades, como Zimbrón, es muy interesante. Por él la película creció muchísimo entre el primer corte y el último. Es algo que hay que aplaudir y lo digo como espectador, no como actor.

NRB: Santiago es un personaje que hace un trabajo artístico, muy físico, que tiene horarios dispares, que vive en pareja, en la Ciudad de México. Con todo esto, es un personaje muy cercano a tu propia vida. ¿Qué tanta cercanía sientes con él? ¿Cómo fue actuar eso? ¿Desapareciste por completo?

HT: Con cada personaje que interpreto hay cercanías y lejanías. Coincido en varias cosas con Santiago: tengo pareja, tenía perritos, vivo en la Ciudad de México, trabajo mucho… y comparto esa parte egoísta, individualista, del personaje. Pero luego. lo demás es algo muy diferente. Por ejemplo, me pregunto como actor una cuestión moral: ¿Qué tan ético es tomarle fotografías a alguien que está muerto o herido y no puede dar su consentimiento? Yo me hago esas preguntas como actor detrás de un personaje que tal vez no se las hace. ¿Estoy reivindicando el trabajo de Santiago? ¿Lo estoy criticando?

NRB: ¿Y podías creer en su maldición?

HT: Cuando me preguntan si creo o no en la brujería no sé qué responder. No sé qué tanto importa que yo crea o no en lo sobrenatural si vivo en una sociedad que sí cree en eso. Todo esto permea: aunque no seas católico, vivimos en un país atascado de iglesias. Aquí lo que más me pegó fue entrar en una dimensión de miedo. Así que traje toda mi lógica al entorno de la película para poder vivir mi miedo en esta situación ficticia. Cuestionaba cosas que había visto, cosas que había escuchado e hice que brotaran dudas. Ahí, con esas dudas, empecé a trabajar con el miedo. Pensar cómo debe ser estar maldito y progresivamente perder los sentidos es bastante fuerte, pero es más fuerte si lo piensas desde la lógica: hay enfermedades degenerativas que pueden hacerte esto en la realidad.

Trabajar así me colocó en una dinámica psicológica muy complicada. Es de los personajes que más me han quitado energía. Fue absolutamente desgastante. Las condiciones de rodaje lo requerían, pero también, actoralmente, el personaje era así y me fui con él. Entre más desaparecía el personaje del mundo, más tenía yo que conectar enérgicamente con el público. Por eso tenía que estar todo el tiempo hasta arriba, como si estuviera en estimulantes. No tomé ni café en todo el rodaje, pero tenía que estar siempre con una energía muy alta, con el cerebro dando vueltas permanentemente. En los tiempos muertos, me iba a gritar a mi camper, a leer en voz alta, manteniéndome en ese estado durante más de un mes. Terminé con muchos problemas. Estaba fundido.

Independientemente de qué tanto se parece a ti el personaje o de qué tanto le prestes tu mente a los personajes, tu cuerpo no te pide permiso y te cobra lo que le haces. Hay una disociación entre cuerpo y mente porque el esfuerzo es enorme. Después del rodaje, mi cuerpo se desactivó y dormí casi un día completo.

NRB: Parece que, como mexicanos, tenemos ya en el ADN una paranoia constante por el poder. El poder parece algo tan oscuro que se vuelve, en la opacidad, sobrenatural. Más allá de santerías, brujos o lo que sea. Siempre sentimos que, si le rascas, habrá algo más perverso detrás de los que nos gobiernan.

HT: Sí, hay algo profundamente cultural en todo esto que va más allá de la creencia. Jacobo Grinberg investigó a la Paca, una bruja que tenía relación con políticos y policías. La relación de la brujería con el poder existe. Ahí están los narcosatánicos y la lista de personas que ayudaron. No es sólo una cuestión popular, gente con dinero también alimenta esas creencias. Es algo que nos atraviesa socialmente. De manera sutil, todo eso está en la película. Sobre todo, es una idea muy mexicana: la de “mejor no te metas”, “no le juegues”, “no busques donde no te llaman”, “Si te acercas al poder, te quemas”…

NRB: Claro, quitando lo sobrenatural, siempre hay una amenaza tácita en México por acercarse demasiado al poder. Al poder lo puedes cuestionar hasta cierto punto, pero cruzando ese punto es peligroso. Aquí desaparece Santiago por una maldición, pero el miedo de desaparecer físicamente, por completo, en este país, es algo muy real…

HT: Claro. Las personas que pueden cuestionar a ciertas figuras de la política mexicana no lo hacen, prefieren lavar su imagen. Realmente no hay crítica. Está ese lado acolchonado y complaciente del periodismo nacional y luego está el periodismo de verdad en donde puedes acabar muerto, amenazado, desaparecido o exiliado. Lo vemos constantemente. Vivimos en una sociedad que siempre ha tenido miedo a los políticos. La autoridad siempre ha pintado todo color de rosa, pero eso sólo funciona si no hay crítica. Tal vez la nota roja tiene una función en todo esto. Como con la masacre palestina, si no llegan las imágenes, ¿cómo entendemos ese dolor? La nota roja, lo sé, es otra cosa. Pero cumple una función en la sociedad. Viendo las fotografías de Metinides, piensas en Goya y la belleza y la crudeza que acompaña ciertos retratos de lo real.

NRB: Creo que la película está hablando con un público particularmente chilango, pero también mexicano en general. Es una película hecha para el público nacional. Esto suena evidente, pero no lo es: mucho cine mexicano (y latinoamericano) se hace, más bien, para ser consumido en el extranjero. Esa necesidad de exotización para vendernos a los otros como los del narco, el crimen y la miseria no existe en esta película. ¿Qué piensas de todo esto?

HT: Sí, totalmente de acuerdo. Lucrecia Martel decía que no hay que tener miedo a hacer las cosas locales aunque no las entiendan en otros lados. Como público y como parte de esta industria, creo que la globalización nos da en la madre. Hay productos hechos para cumplir con ciertos parámetros, son productos para vender algo… o a alguien. Creo que es cada vez más difícil que los directores hagan las películas que quieren. Si trabajan en plataformas gigantes acaban haciendo lo que les dicen que hagan. Estas plataformas abren en todos los países, dicen que llevan trabajo, aunque sea trabajo mal pagado, dicen que van a llevar libertad creativa, pero no es cierto. A final de cuentas, tienen que ceñirse a un molde muy rígido para que lo que hagan sea vendible. Ahora Rodrigo Plá no puede levantar películas, Everardo Gout se fue a hacer series. Y no está mal, pero sí muestra una precariedad.

Las películas que queremos hacer no son necesariamente rentables.Tenemos una generación de cineastas en México muy poderosa, pero estamos entrando en un declive. Año con año, ya no hay tantas películas mexicanas interesantes… y eso es preocupante. Me interesa mucho que vean mi película, me encantaría que la viera mucha gente, pero no por una necesidad comercial. Vivimos en una época en donde hacer una película como Desaparecer por completo tiene un cierto mérito… Creo que esta película está llena de sutilezas, pero no creo que hayamos entrado en folclorismos para venderla. El folclorismo me molesta mucho en el cine nacional. Es algo complicado que te pidan que tu película tenga que ser un éxito global o en varios mercados y que te pidan una amplitud que abandona lo concreto. Te piden hacer generalidades. Cuando quieres abarcar tanto, a nadie le interesa. Mucho menos a los que te rodean.

NRB: Claro, y eso empobrece la cultura. La experiencia ajena se puede compartir porque es compleja, no porque es inmediatamente digerible. No necesitas vivir la realidad del otro para ser empático con su vivencia. Aun así, ¿para vendernos fuera, tenemos que vender violencia?

HT: Ahora hay una crítica fuerte de que no deberíamos hacer cine sobre las desapariciones. Pero también lo hacemos porque están pasando, porque nos duele, pues. También me he cuestionado mucho sobre si entrarle o no a películas que tratan estos temas. Pero lo cierto es que toda esta violencia nos rodea. Están matando a candidatos todos los días, Guerrero está muy mal, Quintana Roo, Guanajuato, Colima, Zacatecas, también. Y el mínimo común denominador es el narco. El problema no es hablar de eso, sino cómo hablas de eso. No necesitas mostrar un arma para mostrar la violencia.

NRB: Para acabar, la pregunta con la que siempre cierro: ¿crees que el cine puede cambiar al mundo?

HT: La mayoría de la gente, cuando le haces esa pregunta, demerita la importancia del cine. Existe un cine propagandístico estadunidense que genera millones de adeptos en el mundo. Si en esas películas alguien se viste como Brando en los sesenta o James Dean, de pronto todos se visten así. El ir y venir entre la realidad y la ficción siempre ha existido. Fuera de eso, sin pensar en lo macro, creo que hay películas que te hacen cambiar tu forma de ver el mundo. En lo individual, el cine cambia tu mundo. Y ese impacto individual no es poca cosa. Cuando un gobierno le quita dinero a la cultura pensando que la cultura no es prioridad están haciendo una estupidez. Si quitarle dinero a la cultura curara todos los males, no habría cultura, pero tampoco habría hambre.

 

 

Nicolás Ruiz Berruecos
Editor y crítico de cine @Pez_out

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Publicado en: Cine