La cumbre escarlata o elegía por Guillermo del Toro

¿Dónde estás, Guillermo del Toro? Pensé los primeros minutos de lo que es, a mi parecer, la película menos lograda del director tapatío hasta ahora. Todo parecía indicar que La cumbre escarlata sería, si no una obra maestra como El laberinto del fauno (2006), por lo menos una buena historia de fantasmas con el vasto y obscuro imaginario de una mente brillante que construye submundos y criaturas fantásticas. En pocas palabras, la nueva película de del Toro, cinta inaugural en el 13 Festival Internacional de Cine de Morelia, es una decepción para quienes esperan una cinta al nivel del resto de su filmografía.

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Situada a principios del siglo XX, La cumbre escarlata se inserta en la tradición del romanticismo gótico cuya mayor representante es Mary Shelley, autora de Frankenstein o el moderno Prometeo; aunque en términos de trama se acerca más a los romances de Anne Radcliffe. La película está construida a partir de los arquetipos y escenarios de la tradición gótica, con la exaltación del poder de la naturaleza y cánones de belleza del romanticismo, así como la aristocracia decadente del periodo victoriano. La bella damisela en peligro (supuestamente una mujer moderna con ambiciones intelectuales que abandona cuando un hombre entra en su vida), el misterioso seductor de sangre azul víctima de sus circunstancias y la hermana despiadada y manipuladora, protagonizan una historia predecible con valores de producción impresionantes que no logran esconder la ausencia de un argumento sólido.

Edith, una joven y rubia estadounidense (la bondad e ingenuidad encarnada en Mia Wasikowska), conoce a un enigmático aristócrata inglés: Thomas Sharpe, quien, obsesionado con extraer la arcilla roja debajo de su casona (utilizada, al parecer, para fabricar materiales de construcción), viaja con su hermana a Estados Unidos en un intento desesperado por conseguir los fondos necesarios para construir una máquina capaz de reactivar sus minas y salvar el patrimonio familiar. Thomas conquista a Edith con unas cuantas palabras halagadoras sobre su novela de fantasmas (imposible culparla considerando que él es Tom Hiddleston y ella un ser humano con ojos), pero, como buen héroe gótico, el apuesto extraño incluye oscuros secretos, un pasado tortuoso y una hermana posesiva. Por su parte, Lucille Sharpe, (Jessica Chastain) es la soltera eterna y venenosa decidida a preservar el techo paterno a toda costa. Este personaje fuerte en apariencia es en realidad el más lamentable de los tres arquetipos planos que protagonizan esta cinta llena de clichés y giros obvios, pues no sólo es la representación típica de la maldad femenina, sino que carece de motivaciones claras, pero sobre todo propias, para ejercer dicha maldad. Lo mismo sucede con Edith, quien a pesar de ser planteada como una joven rebelde a quien no le interesa desempeñar su rol de joven en busca de marido en las fiestas, cae rendida ante un hombre del que no sabe nada sin cuestionarse sus motivaciones o si está involucrado de alguna manera con la repentina y conveniente muerte de su padre. Sin chistar, Edith se entrega al extraño y lo sigue al fin del mundo, abandonando su vida y sus metas profesionales. En pocas escenas pasa de ser una joven escritora decidida a publicar su trabajo (aunque tras el primer comentario de un editor que le exige incluir una historia de amor porque no existe un mercado para escritoras que quieran hablar de otra cosa más allá del matrimonio, ella cede y modifica su historia), a una huésped pasiva de una casa maldita donde su curiosidad solo se despierta por influencia de terceros (ya sea vivos o muertos).

El grueso de la historia transcurre en una casona al borde del colapso por la extracción de la arcilla roja en su subsuelo –que convenientemente pinta la nieve de rojo sangre– llamada Allerdale Hall, un lugar que parece respirar por el incesante movimiento líquido en sus entrañas y por los recuerdos fantasmales que la habitan. La casa está viva –como la casona de “La caída de la casa de Usher” de Edgar Allan Poe–, e impregnada de los crímenes que los hermanos han cometido para preservar su patrimonio y su secreto. Al igual que en El espinazo del diablo (2001), Guillermo del Toro presenta fantasmas tangibles en descomposición gradual cuya representación física revela los detalles de una muerte violenta. A grandes rasgos, los fantasmas de La cumbre escarlata cumplen una función muy similar a la del fantasma de Santi en el tercer largometraje del director, e incluso se podría decir que ambas cintas cuentan con la misma estructura: el personaje principal es guiado por un fantasma para descubrir los secretos y crímenes de un lugar aislado del resto del mundo. No obstante, el contexto de El espinazo del diablo en la Guerra Civil española y la complejidad de los personajes que habitan el orfanato la hace una cinta profunda, aterradora y entrañable, un misterio que se desentierra poco a poco a través de sutilezas y un flujo dramático impecable. Por el contrario, el guión de La cumbre escarlata es innecesariamente explicativo y la construcción del misterio fallida por lo fácil que resulta anticipar cada segundo.

El problema de la cinta en términos de argumento es que el conflicto está basado en dos cosas por completo separadas: la necesidad de obtener dinero para mantener la casa en pie y la necesidad de proteger la relación codependiente de la familia Sharpe. En la película, las dos cosas no se siguen una de la otra (necesitan dinero para mantener la casa pero no la relación; y si la relación es lo importante entonces la casa se vuelve un lastre) y la vida que han elegido se transforma más en un capricho que en una verdadera condena, lo cual dificulta conectar con los personajes. Pero lo más molesto es el uso efectista de la arcilla roja, un elemento genial e innovador (ahí estás, Guillermo del Toro) que al final se desaprovecha por completo, pues no cumple ninguna función dramática esencial más allá de justificar débilmente ciertas partes de la historia y daría lo mismo eliminarla o reemplazarla por cualquier otra cosa.

En una entrevista para Google, Jessica Chastain declaró que le emocionó encontrar una historia protagonizada por dos personajes femeninos fuertes que de hecho hablan la una con la otra. Este comentario refiere de inmediato al Bechdel Test, una manera de medir la participación real de las mujeres en películas comerciales de los grandes estudios hollywoodenses. Sin embargo, aunque Edith y Lucille sí protagonizan la historia e interactúan en varias ocasiones sin la presencia del personaje masculino, sus conversaciones se limitan a temas relacionados a Thomas. De hecho, todas las acciones y decisiones de las dos mujeres giran en torno al hombre en sus vidas. En esta misma entrevista Guillermo del Toro apuntó que su intención era crear una heroína capaz de salvarse a sí misma y que los dos hombres involucrados de alguna manera resultaran inútiles para la resolución. Quizá en un principio se partió de dicha intención, pero el resultado es el opuesto: no sólo las mujeres no son independientes y autónomas, sino que al final son los hombres quienes les permiten reaccionar.

De entrada, una película con Jessica Chastain, Tom Hiddleston y Mia Wasikowska al frente es un éxito garantizado: tres actores sólidos cuya carrera ha despegado en los últimos años tanto en la cartelera comercial como en filmes de autor (Hiddleson y Wasikowska de hecho ya habían compartido pantalla en la más reciente película de Jim Jarmusch Solo los amantes sobreviven). Sin duda La cumbre escarlata será una buena opción para ver en esta temporada de fiestas de disfraces porque cumple con las expectativas de una película de fantasmas convencional, si bien no muy terrorífica, sí llena de efectos visuales fascinantes. Sin embargo, no es más que una película entretenida con una fórmula que esperaríamos de Tim Burton, no de Guillermo del Toro.

https://www.youtube.com/watch?v=SrRnNumclXo

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Publicado en: Cine

Un comentario en “La cumbre escarlata o elegía por Guillermo del Toro

  1. Yo creo que Del Toro algo nos tendrá que contar con respecto a Les Enfants Terribles de Melville y Cocteau y ésta su más reciente producción. ¿Alguien más encontró los paralelismos?

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