El éxito de un libro como Estrella de dos puntas de Malva Flores radica en su habilidad para entresacar los principales debates culturales y políticas del México de la segunda mitad del siglo XX. El tiempo en que Carlos Fuentes y Octavio Paz, como subraya esta reseña, defendieron con pasión crítica su particular visión del mundo.

Has muerto, camarada,
En el ardiente amanecer del mundo.
—O. Paz.
Lo que nos enseña el libro Estrella de dos puntas de Malva Flores de un plumazo y a lo largo de sus 650 páginas es que la cultura no es un monumento estático, una piedra inamovible para ser venerada, sino algo muy distinto. La cultura, y quienes la conforman y la crean, es confrontación de ideas, de ideologías y de posiciones políticas, que los artistas, poetas, escritores, periodistas, establecen por su propia naturaleza que no es otra que mantener un punto de vista sobre el mundo y defenderlo, apropiarse de una visión del hombre y de su tiempo con la que muchas veces maduran hasta hacerse viejos. Más que historia de una amistad —la de Carlos Fuentes y Octavio Paz como reza el subtítulo del libro—, se trata de la historia de las vicisitudes que vivió la literatura y la política, sus protagonistas y las publicaciones de varias décadas. Es la representación del debate que produce todo proceso histórico, y en el caso de México las encendidas controversias que suscitaron suplementos culturales y revistas, la aparición de libros, como El laberinto de la soledad (1950), Los días enmascarados (1955) y La región más transparente (1958), entre otros. La publicación de artículos como “El complot de los cobardes” (1968) de Helena Garro que prendió una polémica crítica hacia los participantes del movimiento estudiantil, y quienes, según ella, los manipulaban: escritores, artistas, intelectuales, hijos del poder.
Uno de los sucesos que más suscitó divisiones y desencuentros fue sin duda la Revolución cubana; el año del ascenso de los “barbudos de la Sierra Maestra” que tomaron el poder. Llegaron entonces a La Habana Carlos Fuentes y Fernando Benítez, Elena Poniatowska, Enrique González Pedrero, Julieta Campos, Francisco López Cámara, Jaime García Terrés y otros, encabezados por el general Lázaro Cárdenas para felicitar a Fidel Castro, a quien saludaron con enorme entusiasmo prometiendo ayudar en todo lo posible a una revolución hecha en nombre de la libertad y del futuro del hombre nuevo que nacía en Cuba. A partir de ese momento hubo dos ideologías a las que afiliarse: a favor del comunismo castrista-leninista o en contra y como críticos de ese camino. La polémica duró años: la Casa de las Américas tuvo como vocación afiliar a los escritores y artistas latinoamericanos a sus objetivos ideológicos y, aunque parezca inaudito, en 2021 esa llama se mantiene viva, a pesar de las evidencias de la dictadura de Fidel Castro.
En cada momento de esta historia del debate por la cultura y la política en México, en América Latina, con incursiones a la actualidad de Francia y Estados Unidos, hay una constante que divide a los intelectuales: ser de izquierda o de derecha, dos claras tendencias que el tiempo se ha encargado de limar hasta dejarlas sin cuerpo, pero en los años de 1950 a 1980 fueron claves en la discusión sobre cuál debía de ser el papel del escritor en la sociedad, su compromiso político por encima de su obra, inclusive por encima de sus gustos y sus vidas privadas.
Los protagonistas que aparecen en Estrella de dos puntas son bien conocidos, también las revistas y los suplementos culturales y periódicos en donde se enfrentaron a un debate sin vencidos ni vencedores, donde no hay víctimas o verdugos. Fernando Benítez, el gran protagonista de la difusión cultural entre 1950 y 1990; Carlos Fuentes y Octavio Paz, las dos figuras estelares, cosmopolitas y reconocidas como grandes escritores; Jaime García Terrés, intelectual de izquierda, poeta, traductor, durante un tiempo encargado de empresas editoriales de enorme prestigio; Enrique González Pedrero, admirador de los barbudos de la Sierra Maestra y de un libro que levantó mucho polvo —Escucha, yanqui—; Víctor Flores Olea en su etapa beligerante y en la que fue funcionario del gobierno de Carlos Salinas; Elena Poniatowska, la periodista inquieta que estuvo presente en la historia de la cultura mexicana durante varias décadas, y sigue estando; José Emilio Pacheco y Carlos Monsiváis, la pareja entrañable unida por una amistad sólida, punta de lanza de la nueva crítica en México a partir del suplemento La Cultura en México de la revista Siempre!; Tomás Segovia, tan cerca de Paz y sin embargo tan distinto; Gabriel Zaid desde luego; el argentino José Bianco; el catalán Gimferrer; y Sergio Pitol, Juan García Ponce, José Carlos Becerra, Salvador Elizondo, antes de un largo etcétera. Así pasan como en segundo plano escritores de otras generaciones como Salvador Novo, Carlos Pellicer, Xavier Villaurrutia, y muchos más. La lista es larga, pero es cierto que en el centro siempre aparecen Fuentes y Paz, como focos de irradiación de arduas luchas por la cultura con sus seguidores de fondo.
Más allá de la enumeración se encuentra el debate por las ideas, la lucha por dominar o conquistar el escenario cultural a través de la palabra, el vehículo único que los escritores echan mano para sus diatribas, sus enredos, sus equivocaciones. Y si algo hay en esta historia es otra larga lista de errores que comete cada protagonista: Paz o Fuentes no podían haber estado exentos de una apreciación errónea de la realidad que vivieron y del entorno en que se deslizaron sus miradas sobre el mundo, los hombres, los gobiernos, las revoluciones, las guerras, que pasaron junto a ellos.
La quema de la efigie de Octavio Paz en Paseo de la Reforma a raíz de su discurso entre los libreros de Frankfurt fue una herida que no cicatrizó jamás, dice Malva Flores con seguridad asombrosa. Habrá recordado tal vez aquella frase de 1966 que le escribió Paz a Carlos Fuentes: “¿Qué nos pasa con México, qué le pasa a México con nosotros?” Mientras vivían en el extranjero, el tiempo les robó el país lejano que no dejaban de apreciar y de analizar con pasión suprema; el país se fue convirtiendo en un espacio inabarcable, a ratos incomprensible desde la visión de ambos, un laberinto de paradojas, un “espacio mítico”. Ambos sintieron verdadera fascinación por discutir sobre la historia, las letras, el arte, la política y las revoluciones que habían sacudido a México. Y eso no cesó jamás. Hay allí materia incandescente para el análisis y la investigación, para el debate y la confrontación.
Se llegó a decir que Carlos Fuentes era parte de la “mafia” de Paz, y durante años se difundió la idea de que el poeta defendía las causas menos nobles de la sociedad mexicana, pues era un extranjero en su propia tierra. Una y otra vez se ponía en tela de juicio el espíritu crítico y cosmopolita de los dos escritores más sólidos de México, a pesar de la diferencia de edad. Pero el 68 es una fecha clave que los define y los une de una manera especial, pues cada uno a su manera se sintió responsable de ese movimiento abortado por la fuerza de la tropa, por el estrépito de las balas, y en sus ensayos sobre la matanza de Tlatelolco vieron el regreso a las formas primitivas, ancestrales de la pasión por la sangre que tuvieron los aztecas. El que más escribió y con una visión original sobre el 68 fue Paz, aunque su ausencia de México le haya impedido ver más de cerca y con mayor objetividad el conflicto entre gobierno y disidencia, entre el viejo molde de la Revolución mexicana y las nuevas tendencias de la juventud. La matanza de Tlatelolco fue una herida grave para la generación de Paz, de Fuentes, de Monsiváis y José Emilio Pacheco. Fue un tiempo particularmente oscuro y siniestro en el mundo y Pacheco lo vio con visión escéptica pero con mucha claridad en su columna “Calendario”: “nos señalaba —apunta Flores— que 1968 sería el año que cambiaría la historia y sería el principio del fin del imperialismo. El punto de inflexión era la Guerra de Vietnam, que había logrado que la ideología de la guerrilla pasara a las metrópolis”.
Es curioso que en el impulso que tuvo Paz por analizar la historia, la poesía y el arte, la vida pública y la identidad de México, se encuentre su deseo por crear una revista. Sueño desmedido, apetito incontrolable y a veces inexplicable porque él se encontraba en Europa o en la India: crear una revista crítica que pusiera un tope a la desmedida vulgaridad de la cultura fue su pasión número uno. También la vivió Fuentes, con el mismo ímpetu, y junto a Tomás Segovia, el secretario de redacción de la publicación imaginada y por mucho tiempo en ciernes. El proyecto iba y venía en la correspondencia de ambos escritores como la gran promesa que ellos le debían a su país en materia crítica. Al fin nació el niño esperado: la revista Plural bajo el auspicio de Excélsior y su director Julio Scherer, y Paz comenzó una batalla en tierra mexicana con la intención de rescatar la cultura y ponerse en la vanguardia. No podía la autora de Estrella de dos puntas dejar a un lado los últimos gritos disímbolos que provocaron el Coloquio de Invierno, el artículo desafortunado de Enrique Krauze —“La comedia mexicana de Carlos Fuentes”— y el enfrentamiento entre Nexos y Vuelta, hechos que aún ofrecen la oportunidad de un análisis amplio, a fondo, de una contienda que casi cerró el siglo XX y que generó menudo escándalo. Y eso conectado con el levantamiento zapatista de 1994 que trajo de nuevo a las filas periodísticas, intelectuales, ideológicas, un debate abierto, truculento, entre la izquierda y los grupos críticos del Subcomandante Marcos. Fuentes alzó la voz: era la primera revolución del siglo XXI. Pero una vez más es indispensable esclarecerla a través de una lectura atenta, crítica y nada sesgada que le explique a los lectores qué sucedió en realidad. El texto de Malva Flores me parece imprescindible en este sentido para entender mínimamente los resortes que movieron la historia de nuestra cultura más reciente y sus vicisitudes más significativas.
• Malva Flores, Estrella de dos puntas. Octavio Paz y Carlos Fuentes: crónica de una amistad, Ariel, México, 2020 (1.ª reimpresión, 2021), 652 p.
Álvaro Ruiz Abreu
Investigador y escritor