Nos acercamos a la sexta extinción masiva de fauna. Las causas son diversas y cercanas a nosotros. Muchas de las prácticas que dañan a los animales son parte de instituciones que también dañan a seres humanos socialmente vulnerables. Es indispensable analizar estos sistemas para poder entender y revertir las injusticias que sufren. Compartimos un adelanto de Crisis animal. Una nueva teoría crítica (Cátedra, 2023), que analiza la destrucción de animales y hábitats, los sistemas que la sostienen y sus delicadas consecuencias para la vida en el planeta.

Es innegable que el uso y la destrucción de los animales y sus hábitats por parte de los humanos, lo cual incluye prácticas que resultan en muertes animales masivas, tienen implicaciones existenciales no sólo para los animales no humanos sino también para los seres humanos y el planeta entero.
Las actividades humanas están contaminando y destruyendo hábitats terrestres y marítimos a tal ritmo que estamos confrontando lo que algunos científicos denominan la sexta extinción masiva. La contaminación está calentando los océanos y los ha dejado atiborrados de plásticos que degradan los ecosistemas, a la vez que aumenta el tamaño y el número de “zonas muertas” hipóxicas que son detonadas por la escorrentía y que se encuentran llenas de fertilizantes. La destrucción de ecosistemas terrestres también se ha intensificado. Asimismo, la destrucción antropogénica de animales es inmensa y es deliberadamente perpetrada en laboratorios, zonas de caza en cielo, mar y tierra, y en granjas industriales terrestres. La ganadería industrial de alcance global por sí sola es responsable de la masacre diaria de 200 millones de animales terrestres a nivel mundial, mientras que la cosecha industrial marítima extermina a más de un trillón de criaturas anualmente. Estas tecnologías contribuyen desproporcionadamente a la emisión de gases de efecto invernadero, así como a la contaminación y la aniquilación de hábitats animales.
Durante los últimos cincuenta años, la ética animal ha sido una disciplina fundamental para abordar esta crisis animal causada por los humanos. Una rama de la ética animal está enfocada en el sufrimiento que tiene lugar en mataderos, laboratorios y otros sitios de confinamiento animal. En lugar de enfocarse en la eliminación del sufrimiento, otra rama de la ética animal enfatiza el respeto por los derechos y la dignidad animal. Aunque quienes se dedican a estas ramas de la ética animal han contribuido enormemente al reconocimiento de las dificultades que enfrentan los animales, la gran mayoría de los expertos parten de ciertos presupuestos que oscurecen la naturaleza del problema. Muchas de las prácticas que dañan a los animales están incorporadas a instituciones que también dañan sistemáticamente a seres humanos socialmente vulnerables. Es indispensable analizar los sistemas que dañan a humanos y a otros animales, los cuales se refuerzan mutuamente, para que seamos capaces de intervenir significativamente en las injusticias sufridas por grupos animales y humanos.
Conforme transcurría la primavera de 2020 en Estados Unidos, se hicieron patentes los graves riesgos que corrían personas en asilos o cárceles al verse expuestas al COVID-19. Debido a la alta tasa de contagio del nuevo coronavirus, un solo caso positivo era capaz de contagiar a poblaciones enteras. En abril de 2022, la atención se centró en las plantas de la industria de procesamiento de carne en donde se dispararon los índices de infección entre los empleados. Repentinamente, ciertos lugares que generalmente quedan fuera del alcance de la vista y que comúnmente son ignorados empezaron a recibir más atención que de costumbre.
El término meatpacking (procesamiento de carne) pasa por alto el rol de los animales en estas plantas. Durante la pandemia, los reportajes periodísticos comúnmente incluían fotografías de almacenes inmensos y genéricos que portaban el nombre de reconocidas marcas como Tyson, o de algunas menos familiares como JBS, y que tenían estatuas de cerdos cerca de la entrada a los almacenes. Los animales vivos generalmente son excluidos de la imagen aun cuando son centrales para el propósito mismo de estas instalaciones, las cuales rápidamente matan a cerdos, vacas y pollos para convertirlos en partes consumibles.
Los reporteros describieron las condiciones sufridas por los trabajadores, predominantemente personas de color e inmigrantes, las cuales aumentaban la posibilidad de contraer la enfermedad. Los trabajadores permanecían de pie y codo a codo por turnos de ocho horas, mientras que los animales eran colocados en ganchos o en bandas para ser asesinados y, posteriormente, cortados en pedazos. Estas condiciones hacen que el área de trabajo sea sumamente peligrosa. Mucho antes de la pandemia ya estaba bien documentado que, dentro de los mataderos, las tasas de lesiones eran extremadamente altas, a pesar de que las compañías alimentarias sistemáticamente presentan datos engañosos respecto a este problema. La propagación del COVID-19 trajo nuevos riesgos letales y, en buena medida gracias a los esfuerzos de los activistas de Black Lives Matter, en Estados Unidos muchas personas comenzaron a poner atención a los abusos sufridos por trabajadores no blancos en ámbitos que anteriormente no se consideraban políticamente problemáticos. En este contexto, los trabajadores no eran capaces de mantener la sana distancia de dos metros recomendada por autoridades de salud. Un comentador notó que “el ritmo frenético y las extenuantes demandas físicas para descuartizar a tantos animales muertos puede hacer que las personas respiren rápidamente y tengan dificultades de mantener su cubrebocas en una posición adecuada.” Otros señalaron que los riesgos fueron creados por el hecho de que la maquinaria es ruidosa y que, para comunicarse, los trabajadores debían hablar en voz alta, lo cual aumenta la transmisión del virus, o permanecer muy cerca unos de otros.
Las condiciones en las plantas procesadoras de carne fueron creadas por fuerzas sociales que pueden ser cuestionadas y transformadas. Durante los primeros meses del 2020, el hecho de que la organización de los mataderos que ponía en riesgo a los trabajadores respondía a la necesidad corporativa de generar mayores ganancias fue sometida a un intenso escrutinio público. Cuando las bandas transportan cadáveres animales a través de los mataderos a una alta velocidad, las industrias son capaces de “procesar” más animales y generar mayores ganancias, a la par de que obligan a los trabajadores a permanecer de pie muy cerca unos de otros y a trabajar más rápidamente, lo cual los pone en riesgo de lesiones graves. Aun después de que se comprobó que el virus se esparcía rápidamente dentro de las plantas procesadoras de carne, las compañías se negaron a cerrar o a frenar su producción.
En una planta productora de carne porcina operada por Tyson en Waterloo, Iowa, 19,500 cerdos son asesinados y convertidos en chuletas y otros productos diariamente. Esto equivale a 40 cerdos por minuto. Conforme el virus se propagó, los inspectores de salud encontraron que, aunque algunos empleados usaban bandanas para cubrir sus rostros, otros no utilizaban ningún tipo de cubrimiento facial. Aun después de que tres de los trabajadores dieron positivo a COVID-19, la empresa no les proporcionó a sus empleados el equipo de protección adecuado. Las autoridades locales contactaron a Tyson para expresar su preocupación respecto a la propagación comunitaria del virus, en especial entre la población mayor o vulnerable. Incluso el proveedor de otra planta de Tyson distinta afirmó: “Yo trabajo junto a estas personas diariamente y no podría dejarles trabajar sabiendo que han sido expuestos al virus por una o varias personas.”
A pesar de ello, la atención volcada hacia las condiciones en las plantas procesadoras de carne provocada por la pandemia, así como las dificultades enfrentadas por los trabajadores, no lograron un mayor enfoque en los animales asesinados y descuartizados en los mataderos. Aun cuando la atención pública se centró en el maltrato animal, el énfasis generalmente recayó en la experiencia de los seres humanos y los animales permanecieron invisibilizados.
En una fábrica promedio, la corporación Tyson asesina a 155,000 vacas, 461,000 cerdos, y 45 millones de pollos semanalmente. Cuando una planta procesadora de cerdo cierra, tal como ocurrió con la planta en Waterloo por dos semanas, los ganaderos deben hacérselas con todos los animales que normalmente enviarían al matadero. La disrupción causada por el cierre de los mataderos provoca que muchos productores se vean obligados a gasear, sofocar o fusilar a sus animales. Sin embargo, al discutir lo anterior, el énfasis no recayó en los cerdos sino en las dificultades que enfrentaron los productores de cerdos al tener que asesinarlos. De acuerdo a un reportaje de The New York Times, los ganaderos porcinos en Iowa consideraban atroz “tener que asesinar ellos mismos a los animales para después deshacerse de los cadáveres.” Uno de los granjeros expresó su temor a que, como resultado, “hubiera mayores suicidios en las zonas rurales de Estados Unidos.”
Una manera de visibilizar a los animales es reflexionar acerca del daño emocional sufrido por los ganaderos. Es implausible pensar que los ganaderos estuvieran tan afectados meramente por la idea de “desperdiciar” a los cerdos que podrían alimentar a muchas personas. Es más razonable pensar que, mientras eran capaces de mandar a los animales al matadero, ellos podían abstraerse de los detalles concretos de la matanza, al igual que los consumidores de carne de cerdo no quieren reflexionar demasiado sobre los animales que eventualmente se convierten en las tortas de jamón que consumen. Este es un ejemplo particularmente claro de cómo es posible ser consciente de ciertos aspectos de la matanza animal sin registrar claramente lo que se les hace a los animales.
Existe una vasta literatura científica que describe claramente las prácticas físicas, legales, sociales, materiales y lingüísticas que obstaculizan que las personas registren lo que se les hace a los animales a su alrededor. Esta falla de captar lo que de hecho sucede fomenta modelos de pensamiento y acción internamente contradictorios. Una gran porción de esta literatura está dedicada a describir la red de prácticas que oscurecen, en particular, lo que sucede en la industria animal. Estas prácticas, las cuales incluyen la economía de la producción de alimentos, invisibilizan el sufrimiento de los animales.
Hace más de treinta años, en su libro La política sexual de la carne: una teoría crítica feminista vegetariana (1990), la activista animal y feminista Carol J. Adams identificó y describió algunas de estas prácticas, enfatizando el “referente ausente” que hace que los cuerpos y las experiencias de los animales permanezcan ocultos. Adams mostró que cuando hablamos de “carne” para referirnos al tejido de animales masacrados desaparecemos lingüísticamente a los animales asesinados en las plantas procesadoras y que cuando vendemos dichos tejidos en empaques que no permiten reconocer a los animales originales éstos son borrados materialmente. Dicha borradura se agrava por el hecho de que los mataderos industriales se localizan en almacenes lejanos que son físicamente irreconocibles.
Las jerarquías sociales también contribuyen a ocultar lo que ocurre en los mataderos industriales. Muchos de los individuos que trabajan en estos mataderos son miembros de grupos marginalizados por cuestiones raciales, migratorias o económicas que, aunque en ocasiones llaman la atención a los abusos que atestiguan, no están en condiciones para garantizar que los problemas sean notados y remediados eficazmente. Este último punto trae a cuenta una forma en la que la agricultura industrial animal es un sitio en donde tanto los humanos como los animales son agraviados. Se puede notar que hay otras maneras en las que los humanos y los animales sufren abusos al reflexionar sobre la contaminación del aire y el agua y su relación con los métodos de ganadería intensiva, y en cómo estos daños generalmente se les imponen a comunidades pobres y no blancas.
La ganadería intensiva no es la única práctica que combina la destrucción de vidas animales con daños devastadores a grupos humanos marginalizados. Lo mismo puede decirse de la industria de aceite de palma, la cual depende de deforestación a gran escala en lugares como Borneo y Sumatra (como Max Haiven ha descrito recientemente en Boston Review). De acuerdo a The New York Times, a lo largo de Indonesia, tres acres de bosques nativos son destruidos cada minuto para darle lugar a monocultivos para aceite palma. El aceite de palma está en casi todo lo que consumimos, incluso en productos veganos, como jabones, cosméticos, champús, dulces y comida chatarra. Para cultivar las palmas que producen los frutos de los que se extrae el aceite, las selvas nativas son arrasadas y quemadas. Del 2000 al 2015, 150,000 orangutanes en Borneo fallecieron debido a que sus hogares fueron destruidos y quedaron expuestos a los humanos. Sin embargo, los orangutanes no son las únicas criaturas que sufren debido a esta destrucción masiva. En 2015, los incendios utilizados para despejar bosques se descontrolaron, lo cual provocó un impacto negativo en la calidad del aire debido al humo y a la ceniza. El proceso de deforestación y quema para cultivar palmas genera gases de efecto invernadero, lo cual es irónico dado que el aceite de palma supuestamente se utiliza como un biocombustible sustentable. La producción de aceite de palma, así como la ganadería intensiva y otros usos industriales de los animales y sus hábitats, afectan severamente la salud, el bienestar y la subsistencia de poblaciones humanas a la par de que destruye a los animales.
Una intervención crucial en la ética animal conlleva la incorporación de ideas provenientes de teorías sociales críticas, tales como el ecofeminismo y el marxismo ecológico. Estas poderosas teorías nos ofrecen herramientas para desmantelar las ideologías que oscurecen lo que ocurre en las instituciones que dañan y asesinan animales y nos permiten reconocer que los mismos sistemas que dañan a los animales también dañan a los seres humanos. Estas teorías sociales críticas nos exhortan a enfocarnos en las historias de las instituciones que regularmente reproducen injusticias y nos ayudan a ver que, lejos de ser incidental u ocasional, el terrible trato hacia los animales y la opresión de grupos humanos marginalizados están estructural y sistemáticamente vinculados. Dichas intervenciones también nos ayudan a entender que estos daños interseccionales son expresiones de la lógica que rige las formas de organización social en la sociedad capitalista, las cuales sólo responden a la generación de utilidades. En el proceso, los animales y otras partes del mundo natural son vistos como “recursos” gratuitos, al igual que el trabajo humano enfocado en el cuidado, la reproducción y la subsistencia.
Al recurrir a estas tradiciones que son anteriores a, y generalmente son ignoradas por, la ética animal, seremos capaces de pensar en nuevas estrategias para combatir los sistemas nocivos que están llevando a su límite a la vida en este planeta. El pensamiento social crítico nos ayuda a imaginar acciones revolucionarias y transformadoras que aprecian el valor no cuantificable de los animales y las relaciones entre animales y humanos. Este tipo de acciones incluyen: atender a quienes resulten dañados por desastres causados directa o indirectamente por derrames petroleros, guerras o eventos meteorológicos extremos; contrarrestar la contaminación y el envenenamiento de tierra y agua mediante acciones comunitarias como las de Standing Rock; proporcionar alimentos basados en plantas en comunidades con poco acceso a ellos; y trabajar directamente para transformar las estructuras políticas que rigen las interacciones humanas con los animales y el ambiente.
Un componente importante de los actos de resistencia exitosos es la solidaridad entre todas las criaturas, tanto animales como humanos, que han sido devastadas por las estructuras que atentan contra la vida. No hay antecedentes que puedan guiarnos para desarrollar una solidaridad que pudiera eliminar la necesidad de que defensores de los animales respondan a las múltiples injusticias que afectan a humanos y otros animales. Sin embargo, la solidaridad interespecies es una oportunidad para improvisar informadamente gracias a la conciencia adquirida respecto a las complejas injusticias y a los mecanismos sociales responsables de generarlas. El reconocimiento de que las estructuras que dañan a los animales también dañan a los humanos ayuda a forjar nuevas formas de conciencia política que nos permiten establecer y preservar relaciones de respeto para la dignidad humana y animal. Este es un paso urgente para crear formas de vida más justas y liberadoras.
- Animal Crisis: A New Critical Theory se publicó en Polity (2022). La editorial Cátedra publica en estos días de septiembre la traducción al español. La versión en inglés de este ensayo se publicó originalmente en el Boston Review. Traducción del inglés de: Gonzalo Bustamante Moya
Alice Crary
Doctora en Filosofía por la Universidad de Pittsburgh. Es profesora en The New School for Social Research de Nueva York; y ofrece cátedras en distintas universidades del mundo, como la Universidad Humboldt, Oxford y la Universidad de París-1 Panthéon Sorbonne, entre otras.
Lori Gruen
Académica estadounidense en el profesorado de Filosofía William Griffin; profesora de Estudios Feministas, de Género y Sexualidad, y de Ciencia en la Sociedad en la Wesleyan University, donde también coordina Wesleyan Animal Studies.
Gonzalo Bustamante Moya
Doctorando en Filosofía en la Universidad de Oregon, y maestro en Filosofía por The New School of Social Research de Nueva York. Ha publicado traducciones de Chiara Bottici, Alice Crary, Markus Gabriel y Michael Naas.