El 29 de marzo de 2023 el gobierno de la Ciudad de México inauguró el albergue temporal de Tláhuac para personas migrantes, como respuesta a las quejas ciudadanas de las colonias más céntricas de la capital. En esta crónica, Yael Weiss relata su visita al campamento contiguo al albergue y retrata cómo miles de personas provenientes principalmente de Haití sobreviven en la intemperie.
Para Adrián Román
El campamento de refugiados no creció sobre una plaza pública a la vista del transeúnte, como sucede en muchas ciudades de nuestro país, ni puede adivinarse desde la calle. Simplemente, en las cercanías, de pronto sorprende la densidad de negros caminando por las banquetas. Algunos van con las manos vacías, acaso un folder con documentos, y en sus rostros fruncidos se lee la preocupación. Otros vuelven con la compra, momentáneamente felices con su carga de huevos, pan, plátano, leche, agua.
Para descubrir la pequeña ciudad de las carpas hay que entrar al “Bosque de Tláhuac”, en la periferia semi rural de la Ciudad de México. No se trata de un bosque propiamente dicho sino de un enorme parque bardeado y diseñado para el esparcimiento de los habitantes de esta alcaldía con pocos lujos. En principio las familias pueden patinar sobre hielo, rentar lanchas y remar sobre un lago artificial, echarse un partido de gotcha, admirar el cactario, visitar la granja pedagógica, asistir a talleres artísticos o soltar a sus crías en el “Parque para niñas y niños”, donde hay juegos. El día en que lo visito, sin embargo, no parece que las atracciones estén en funcionamiento.
Entro por una puerta lateral y atravieso primero un estacionamiento con vehículos utilitarios destartalados, como camiones de basura y tractores oxidados. Luego cruzo la granja pedagógica abandonada y unas plantas a medio morir con sus cartelitos informativos. De pronto se abre ante mí un vasto espacio con pastos verdes crecidos, áreas de tierra pelona y encima una nueva ciudad de tiendas de campaña de colores. Se han colocado en formación compacta, una junto a la otra como para protegerse.
Miles de personas se mueven en un bullicio desordenado entre las carpas. Algunas se alejan hacia los bordes del terreno en busca de la sombra de un árbol o de un poco de espacio para pensar a solas. Todos son negros. Las mujeres llaman la atención porque traen sobre la cabeza unos tocados que parecen gorritos de baño.
Hasta este momento solo había visto un campamento de refugiados así en reportajes sobre África, jamás en la Ciudad de México. Con “así” me refiero al tamaño, la desolación, la precariedad, el desorden.
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Tardo en comprender que el campamento se encuentra sobre una pista de cuatrimotos. Unos arcos de piedra informan en letras blancas que esta atracción se llama “Minimarquesa Tláhuac”, en alusión al paraje natural “La Marquesa” donde los citadinos practican senderismo, picniquean, montan a caballo, comen quesadillas o beben pulque, y cuyas pistas de go-carts, motos y cuatrimotos son famosas.
A espaldas de quien ingresa por los arcos se levanta una impresionante catrina. El esqueleto vestido de mujer mide unos diez metros de alto y forma parte de la decoración temática en torno al lago casi seco. Sus ropas están rasgadas por el viento y la lluvia. No porta sombrero, y levanta una mano huesuda como si fuera a agarrar a alguien. Desde las carpas se alcanza a ver ese símbolo de la muerte, quizá inquietante para ojos de quienes no están familiarizados con este folclor.
O quizá no, porque estas personas ya han visto de todo, su viaje no ha sido fácil.
En el campamento los niños están jugando entre hermanos o amiguitos recién hechos. Reúnen corcholatas y tapas de refresco que encuentran en el piso o hacen como que cocinan con tierra. Junto a las carpas o en la periferia del campamento se han encendido los anafres. Se guisa, ya sea para consumo de la familia, ya sea para vender. Un hombre ofrece carbón en una carreta. Otros mercan con aguas y refrescos.
Dicen que la fila empieza de noche. Dicen que algunos se forman dos o tres veces, aunque ya no tengan para qué. Hacer cola y hablar unos minutos con algún oficial les da la sensación de que no esperan en el tiempo vacío, sino que hacen algo. A las 7 de la mañana son quizá trescientas personas las que veo formadas ante la carpa blanca de la Comisión Mexicana de Ayuda a los Refugiados (Comar), por ahora vacía de funcionarios. Dentro hay personas disputándose un espacio para cargar el celular. Con ayuda de multicontactos que traen entre sus cachivaches o que fueron a comprar, recargan unos diez o quince teléfonos en cada toma de corriente. Nadie pierde de vista su aparato, todos están a las vivas. La electricidad se jala de las instalaciones oficiales del albergue por medio de un cablerío hechizo que sirve para conectar las computadoras e impresoras de los funcionarios que arribarán hacia las diez de la mañana.

El albergue en sí está a tope de capacidad, cerrado y cercado en todo su perímetro, que incluye unas cuantas barracas y una pequeña cancha de fútbol. Protegidos, pero también limitados por la malla anticiclónica, hay más haitianos. Algunos duermen en los dormitorios techados; otros en carpas a la intemperie como los de afuera, pero están “adentro” de este otro recinto y tienen acceso a baños, regaderas, tres comidas al día y servicio médico, lo cual es una ventaja enorme.
La ciudad de tiendas de campaña ha crecido ante las puertas de barrotes.
Los de afuera platican con los de adentro a través de la reja, a veces son familiares o amigos de otros tiempos. Una señora con un bebé discute desde adentro con un señor que podría ser el papá. Hay ropa secando sobre el amplio perímetro de malla. Las playeras, calzones, pantalones, shorts y calcetines forman pequeñas y coloridas constelaciones, bien separadas unas de las otras según la colada de cada quién.
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El 29 de marzo de 2023 el gobierno de la Ciudad de México inauguró el albergue temporal de Tláhuac para personas migrantes, como respuesta a las quejas ciudadanas de las colonias más céntricas de la capital. Algunos vecinos se inquietaban por el destino de las personas extranjeras que dormían en las calles con sus niños y sus maletas en los alrededores de las oficinas de la Comar, otros se molestaban porque sentían que su barrio se estaba convirtiendo en un vertedero de basura.
La apertura del albergue fue anunciada con pompa. Cabían cómodamente ciento cincuenta personas. Se llevaron en autobuses a las familias y mudaron la atención de la Comar al Bosque de Tláhuac.
Es inquietante que las autoridades no hayan calculado lo que se les venía encima. El albergue se desbordó en apenas un par de semanas. Alojaron a ochocientas personas como pudieron y luego cerraron herméticamente las puertas ante el arribo de más y más migrantes y refugiados necesitados de techo y atención.
Trataron de ahuyentarlos, advirtiendo que estaba prohibido acampar afuera del albergue. Pero fue en vano, las personas no tenían adónde ir y pusieron sus tiendas de campaña a unos metros de las rejas. Desde ahí comenzó a crecer la precaria ciudad de las carpas.
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Me pongo a conversar con dos muchachos que observan la enorme fila ante la Comar. Uno habla suficiente español para entendernos. Su pelo crespo y sus facciones apuntan a su lejano origen africano, pero su tez es más clara y tiene pecas. Sonríe hermosamente, se ve que está a gusto en su cuerpo joven, elástico y fuerte. El español lo aprendió en Chile, donde vivió dos años.
Su amigo tiene una sonrisa igual de hermosa pero mucho más brillante porque la línea de dientes blancos contrasta con el negro profundo de la piel. Él habla portugués porque vivió en Brasil.
—El francés no me sirve en ningún lugar, ya se me olvida —dice Paul Ouchnelson.
—Pero no se te olvida el créole, ¿o sí?
—¡No! —se ríe— el créole es mi lengua.
El créole se forjó en la colonia francesa y esclavista de Haití. Su base es la lengua de los colonos remodelada hasta volverse irreconocible en el crisol de las lenguas africanas que traían consigo los pueblos secuestrados, deportados y esclavizados para el cultivo de la caña de azúcar. Poco comprendían los amos franceses hijos de puta de esta nueva lengua que hablaban entre sí sus víctimas, que un día se rebelaron, los masacraron y fundaron la primera república independiente del continente americano.
Los miles de haitianos que acampan afuera del albergue hablan créole entre sí. Un buen porcentaje puede responder algo en español o en portugués. Habitar un par de años en Brasil o en Chile y luego seguir el viaje hacia el norte se ha convertido en la ruta migratoria más típica. Los haitianos abandonan sin nostalgia un primer idioma colonial, el francés aprendido en la escuela y que aún es lengua oficial en su isla, y lo sustituyen por el siguiente idioma colonial, el español, más útil para moverse por el continente americano, o el portugués. Muchos traen hijos chilenos y brasileños.
Haber obtenido el asilo en esos países les quita posibilidades de obtenerlo en México o en Estados Unidos. “Ya tenían refugio, regrésense”, les dirán.
Muchos no lo sabían y a la mayoría ya no le importa. En el viaje por el continente los asaltaron, violaron, secuestraron, arrestaron, extorsionaron. Ahora acampan sin agua, sin baños, sin luz, los niños se deshidratan y los adultos anhelan más que nada un trabajo. Llenan sus solicitudes y esperan en sus tiendas de campaña la posibilidad de ganar unos pesos y circular como ciudadanos libres, sin ser detenidos
Según las cifras oficiales, 17 % de estas personas obtendrá la condición de refugiado. ¿Qué hará el otro 83 %? A algunos desafortunados los deportan de vuelta a Haití, donde no les queda nada. El último presidente fue asesinado y no hay quien lo sustituya de manera oficial. El país está en manos de pandillas, se tiene que pedir permiso a hombres armados, a veces muchachitos, para salir o entrar a una ciudad, a un barrio, a una casa. No hay dinero, no hay trabajo y la mitad de los habitantes sufren desnutrición.
Ouchnelson me pregunta si tengo hijos.
—¿Por qué no? —se sorprende.
—Quiero hacer otras cosas —respondo vagamente.
—¡Puedes hacer lo que quieras con hijos también! Hasta viajar. Mira a estas mujeres, vienen con sus hijos, ¿ves? Eso no las detiene.
Me señala en la fila a un par de señoras con bebés en brazos y cuerpos pesados a pesar de la juventud, fatigados, carentes de brillo. Andan sin el arreglo ni la coquetería de muchos varones que se pasean con vistosos tenis Air Jordan, playeras de jugadores de básquet y pantalones baggy.
Aun así, más de la mitad de las personas, incluyendo a los niños, calza chanclas con calcetín.
—Estamos bien aquí —dice Ouchnelson—, es solo temporal. Lo más pesado es el calor durante el día y el frío en la noche.
El Bosque de Tláhuac pone a prueba la delgada resiliencia de las paredes de nylon a los cambios bruscos: la temperatura baja brutalmente en cuanto se pone el sol, pero el calor es insoportable apenas empieza el día. Además, por las tardes, ahora que empieza la época de lluvias, se encharca el suelo de tierra y llueve dentro de muchas casitas.
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Hay dos vías para quienes desean regularizar su estancia en México. Eso para evitar detenciones arbitrarias, extorsiones y encarcelamiento.
La primera es presentarse ante la Comar y pedir el asilo. Una semana o diez días más tarde, los solicitantes reciben una Constancia de Trámite de Reconocimiento de la Condición de Refugiado que deben presentar ante el Instituto Nacional de Migración (INM). Ahí les expiden una “Visa de visitante por razones humanitarias”, válida por un año. Con este documento, y mientras esperan que termine el largo trámite de asilo, pueden trabajar sin ser molestados, rentar una vivienda, tomar el metro, mandar a los hijos a la escuela. La condición es no salir de la entidad federativa donde se hizo la solicitud. O sea: nada de irse yendo hacia el norte.
La gran mayoría de los haitianos opta por esta opción. Algunos de verdad quieren vivir en México, otros sólo trabajar un par de años, como lo hicieron en Chile o Brasil, y luego seguir la ruta migratoria hacia Estados Unidos. Entre enero y mayo de 2023 ingresaron 18 mil solicitudes, lo cual rebasa por mucho la capacidad de un sistema que se encuentra colapsado.
La otra vía consiste en presentarse directamente ante el INM, como cualquier turista. Las políticas migratorias cambian sin cesar, pero durante este primer semestre de 2023, en la Ciudad de México se da una visa de turista a quien la pida, sin importar nacionalidad. Ese trámite, que otorga libertad de movimiento por 45 días, también se mudó a Tláhuac.
Es otra fila, al otro lado del campamento improvisado. Ante un aviso a plumón que promete que el INM iniciará operaciones a las 9 a. m., se forman venezolanos, chinos, guatemaltecos, peruanos, bangladesíes, hondureños y también, por qué no, algunos haitianos. Hay una chica marroquí rubia y gorda, con una niña de cinco años que se niega a comer su sándwich. Al final de la pelea, la madre desecha el emparedado a unos metros, sobre la tierra.
Cuando llegan por ahí de las 10, los agentes del INM se ponen a organizar filas: una de familias con niños menores de diez años, otra de adolescentes no acompañados y una tercera con todos los demás. Se hace un desmadre. Los que ya estaban formados en una fila no quieren perder su lugar por irse a otra.
Esto es Babel. Hay exclamaciones y gritos en todos los idiomas. También actitudes muy distintas. Los chinos, por ejemplo, empujan a los demás para hacer sus preguntas usando el micrófono del celular. Usan aplicaciones de traducción para entenderse con los oficiales. Aunque la tecnología aún falla un poco, al final se comprenden. O eso creen. Los quince bangladesíes, en cambio, prefieren comunicarse con señas y con retazos de inglés. Se han equivocado de fila y no quieren hacer caso. Se tapan la boca y nariz con sus bufandas, como si oliera muy feo. Un hondureño dice a otro que su lugar es en la fila de hombres solos y se pelean, “¡vete a dar consejos a tu madre!”. Los agentes, al final, logran doblegar a los rebeldes. Los venezolanos son los más ordenados, parecen bastante seguros de su causa, o acaso muy acostumbrados a las filas y a la paciencia. Hay un par de señoras argentinas de tez blanca y aspecto modesto que ponen cara de fastidio.
Una vez las personas en su sitio, las filas avanzan. La gente entrega sus pasaportes en unas tinajas de plástico y se va a esperar a la sombra de un árbol. La mujer uniformada que recibe los documentos de identidad se encuentra dentro del albergue oficial. Los documentos pasan entre los barrotes.
No muy lejos de ahí huele a mierda humana porque es justo adónde van a cagar las personas que acampan sin baños. Los pastos están más crecidos que en el resto del terreno. En esa área también se duchan a jicarazos algunos hombres en calzones. Otros con menos pudor se bañan a la vista del campamento. Una mujer se aleja unos quince metros de las tiendas de campaña y simplemente caga por debajo de su falda.
Dos horas más tarde, se instala una mesita cerca de los árboles donde esperan los solicitantes. Los agentes gritan nombres y entregan la Forma Migratoria Múltiple (FMM), idéntica a la que se expide para los turistas en los aeropuertos y otros puntos de llegada al país.
—A mí me bajaron del autobús con esa —se queja un hondureño.
—¿Pero de dónde venías? —pregunta una de las agentes.
—Me bajaron en Veracruz. Perdí el pasaje y el dinero.
—Es que traías el formato de Chiapas que solo es válido en Chiapas. Este que te damos es válido en todo el país, puedes ir adonde quieras.
El muchacho hondureño la mira como si no le creyera.
—Lo que quieres es ir a Estados Unidos, ¿no? —retoma la agente.
—Sí —responde el hondureño.
En realidad, responde por todos. Se ha formado un círculo atento.
—Tienen 45 días para lograr el cruce, ya verán que sí se puede.
A los que ya tienen su FMM en mano, se les ofrece un viaje gratuito a la terminal de autobuses del norte. Hay parada en el aeropuerto si alguien desea volar.
—Les aconsejo comprar en Volaris —dice la agente— ellos no piden pasaporte, solo con la cédula. Están cooperando.
Unos chinos rompen fila y se van por su lado.
—Esos viajan en Uber —explica la misma agente ante el desconcierto de la otra agente, que no ha abierto la boca— tienen recursos.
Los demás migrantes y refugiados con FMM siguen el camino de tierra hacia los buses turísticos rentados por el gobierno, esquivando a un señor de Honduras que difunde la noticia, sacada de quién sabe dónde, de que esto es un negocio entre el INM y las líneas de autobuses comerciales que van al norte.
Los 45 días que otorga la FMM inician una estresante cuenta regresiva. A quienes poseen este papel les entra una enorme prisa por llegar a la frontera con Estados Unidos y cruzarla. En la Terminal del Norte muchos se dan cuenta de que no les alcanza para comprar el pasaje. No hay tiempo de buscar alguna chambita así que optan por montar la Bestia, el tristemente célebre tren de carga. En el basurero de Lechería, al norte de la ciudad, cientos de personas esperan la oportunidad de subirse encima de los vagones como polizontes. Los guardias de Ferromex sólo los dejan agarrar el tren de las 10 p. m. o el de la 1 de la mañana.

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Los del INM casi han acabado la chamba cuando aparecen los de la Comar. Expulsan de su carpa a los que cargan celulares e instalan líneas de seguridad tras las cuales deben esperar las personas. Unos voluntarios haitianos, que sirven sobre todo de intérpretes, acercan las sillas y las mesas que se resguardan dentro del albergue temporal y que otros voluntarios haitianos, pero internos, les pasan por encima de las rejas.
Los de la Comar se ven cansados nada más llegar. Joroban la espalda, saludan con desgano, se preparan sin entusiasmo. ¿Cómo tenerlo? Los miles de haitianos rebasan su capacidad material de atender y de ayudar. Las peticiones de asilo por razones humanitarias son un derecho innegable, pero muy pocas tendrán éxito. Es desesperante.
Muchos haitianos no hacen cola, sino que se colocan detrás de las líneas de seguridad con la esperanza de escuchar su nombre. Hicieron la fila días antes y ahora aguardan el documento que les permitirá continuar con el trámite. Lo llaman “protocole”. Entre los que aguzan los oídos con la esperanza de al fin tener su papel está mi amigo que habla español, Paul Ouchnelson.
Lleva nueve días esperando. Como los nombres son impronunciables para el mexicano y nadie reconoce su propio apellido, un voluntario de Haití ayuda anunciándolos en voz alta ante la multitud ávida de escucharlos.
Mientras tanto, bajo la carpa, otros voluntarios ayudan a rellenar los formularios en creole. No comprendo esta lengua, pero los gestos son de “pon esto aquí”, “pon esto acá” o “¿Cómo? No, no: pon otra cosa, ese argumento no jala”. Los funcionarios también asesoran en lo que pueden.
Después del llenado correcto de la solicitud de asilo se pasa a la foto ante un tablón blanco suspendido con alambres de uno de los tubos superiores de la carpa. Está colocado a la altura promedio de los mexicanos, que son más chaparros que los haitianos, así que muchos se tienen que agachar para caber en el cuadro.
Una funcionaria toma la imagen con un celular de pantalla cuarteada. Apunta el nombre de cada persona retratada y la guarda en la memoria del teléfono.
Y ahora, a esperar entre una semana y diez días acampando sin agua en el centro de una pista de cuatrimotos en desuso.
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Se destensa el ambiente cuando se marchan los de la Comar, hacia las 4 de la tarde. Los refugiados se ocupan de las necesidades más apremiantes. Muchos van a buscar agua con botellas vacías de Red Cola o galones de Ciel. Hombres y mujeres apuntalan sus tiendas de campaña con piedras y palos, o tratan de impermeabilizar el techo con bolsas de basura, pedazos de toldo y asbesto. Otros lavan ropa en tinajas y cubetas afuera de sus habitáculos de tela. Una señora lo hace cantando, con el trasero dentro de la carpa y lo demás afuera. Solo a ella la escuché cantar. Por la mañana vi a otra chica bailar con la música que escuchaba dentro de su cabeza, y también fue sólo ella.
Una mujer corpulenta talla ropa ante un público de cinco niños de diferentes edades colocados en medio círculo. De su camisa sale un seno enorme, uno solo, desparramado y olvidado, colgando sin pena. Una vieja en cuclillas se lava el cabello trenzado con un bote de champú y un envase de plástico con agua. Dos niños pequeños meten sus manos torpes en el pelo espumoso con la intención de ayudarla. Un señor limpia sus tenis. Otro hace él mismo la colada mientras su esposa amamanta.
Llueve. En un instante los habitantes del campamento se resguardan como hacen los animales en el bosque cuando cae el agua. Las carpas cerradas se agitan y bambolean con los movimientos de las personas que se refugian adentro. Brillan sus colores hechos para el solaz contra el cielo gris y emborronado. La lona robusta de la Comar protege a quienes prefieren esperar a que escampe fuera de sus tiendas de campaña. También se apiñan en el lejano espacio techado donde hasta hace unos momentos dos hombres que rentan cuatrimotos aguardaban clientes en vano.
—Es que así la gente no se anima— se quejó uno.
Con un gesto de la mano señalaba el campamento. Eran víctimas colaterales en las que nadie pensaba, y se retiraron temprano sin haber ganado un solo peso.
Por los arcos entra apresuradamente una pareja con un bebé y un pequeño paraguas. Se dirigen hacia mí, quizá porque soy la única persona no haitiana aún presente en el área.
Son hondureños y buscan a la Comar.
—Vuelven hasta mañana —les informo.
La decepción se lee en sus caras, ya otean a los lados buscando una solución. La muchacha que carga al bebé tendrá quince, a lo más dieciséis años. El hombre que la protege con el paraguas le dobla la edad. Ninguno de los dos pesa más de cincuenta kilos. El bebé mismo, envuelto en una frazada delgada, tendrá por lo mucho un mes de nacido.
—Es que acabamos de llegar y nos dijeron que vengamos para acá —insiste el hondureño— Es que no sabemos leer —añade.
Los dos sonríen con timidez, como si me hubieran compartido una vulnerabilidad muy íntima.
Deciden caminar bajo la lluvia hacia la carpa de la Comar, quizá consigan más información. Yo me voy a explorar el resto del parque.
Escampa. A diez minutos de marcha por el borde del pequeño lago custodiado por cuatro catrinas gigantes, las personas acomodan en fila las botellas de plástico ante dos grifos de agua disponibles. Esperan su turno con los brazos cruzados. Cerca hay un par de kioscos donde se vende comida. Todos los comensales son negros. Hay platos con sopa Maruchan, pero la mayoría se deleita con milanesa de pollo empanizada, arroz y lechuga. Parece que el menú de quesadillas y gorditas ha cambiado para cubrir las necesidades de la nueva clientela.
Hay kioscos abandonados con carritos de paseo o maquinitas apagadas, espacios lúdicos y pedagógicos para toda la familia. En la penumbra de todos estos espacios techados hay haitianos, en grupo o solos. Pasar por ahí es como estar en otro país. Sólo quienes sirven la comida son mexicanos.
De regreso hacia la salida, me encuentro con la pareja de hondureños. Se han sentado en un círculo de concreto de unos tres metros de diámetro, con un pequeño techo redondo encima, una especie de sombrilla rígida. Parece que no quieren estar cerca del campamento. El hombre me pregunta si creo que hay haitianos que vendrán a dormir por la noche bajo ese mismo techito.
—No creo —respondo— ellos duermen por allá.
Sólo habla el hombre. La muchachita a veces sonríe dejando ver un incisivo casi negro, el resto del tiempo arrulla a su bebé y lo cubre de besitos.
—¿No traen cobija? —pregunto con algo de alarma.
Él carga una mochila pequeña y semi vacía, como si volviera a casa después del trabajo en una construcción, ella sólo una bolsita al hombro, del tipo para salir de noche. Su falda llega apenas debajo de la rodilla. Ya hace bastante frío, sobre todo desde que dejó de llover y se alzó el viento.
—No traemos —confirma él—. Es que nos fuimos de prisa. Venimos de Tapachula. Mi hijo nació allá. ¡Es tapachulteco!
Al escuchar esto, la niña sonríe y besa más a su bebé.
—Nos vinimos porque hubo una riña en el edificio que se estaba construyendo. Soy albañil, pero no me gustan los problemas.
En mi opinión se ve como un señor malicioso al que sí le gustan los problemas. Es nervioso y tiene ojos feroces.
—Mi mujer tiene que descansar, apenas se está recuperando del parto.
—¿Cómo se llama el bebé?
—Emanuel —responde ella con vehemencia, y luego sonríe abochornada. Deja ver su diente negro.
No tengo ni un suéter que ofrecer. Pasarán una noche helada y terrible sobre el círculo de cemento, pero sospecho —y esto es lo que más me entristece— que no será ni de cerca la peor noche de sus vidas.
Ella se pone a amamantar con sus pechitos diminutos. Los dejo tranquilos. No sé sus nombres, podrían ser María y José. Van buscando posada, algún refugio, un lugar para vivir con su hijo mexicano, que ya es la mejor de las promesas.

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El fin de semana del 13 y 14 de mayo el gobierno desalojó el albergue temporal y a las personas que acampaban afuera. Subieron a miles en autobuses rentados, aunque algunos tuvieron que irse por su propio pie porque no contaban todavía con una constancia emitida por la Comar ni un FMM. En una operación compleja de persuasión y luego a la fuerza sacaron a casi 6 mil personas de ahí.
Si las cosas seguían su rumbo, serían pronto 10 mil, 20 mil, quién sabe, una ciudad entera de refugiados fuera de control.
Las familias de haitianos atiborraron los albergues de la sociedad civil que existen en la ciudad y luego volvieron a las calles más céntricas, a la plaza Giordano Bruno en la alcaldía Cuauhtémoc, sobre todo. Algunos autobuses partieron con su carga humana hacia otros estados, donde algunas veces hay más albergues y algunas veces no. No se sabe bien, la información es difícil de conseguir. Las personas intimidadas subían a los vehículos sin conocer su destino final.
El albergue temporal de Tláhuac me remite a la aparición de una gran piedra en el centro de un río que parecía tranquilo. El agua se arremolina, salta y hace espuma en torno al obstáculo, mostrando así la fuerza de su corriente. Si se quita la piedra, el agua retoma su modo sigiloso de fluir hacia abajo.
Los haitianos se dispersaron por México y muchos se perdieron de vista.
Dos semanas más tarde, antes de que terminara el mes de mayo y ante la presión de la ciudadanía y las ONG, pero también ante las burlas por el estruendoso fracaso, se reabrió el albergue temporal de Tláhuac. Ahora contaba con más capacidad de alojamiento, gracias a las decenas de campers que se consiguieron no se sabe con quién ni a qué precio, pero con la increíble capacidad del gobierno para la improvisación.
Los miles de haitianos desalojados después del primer intento de albergue oficial ya pertenecen al pasado. Llegan los nuevos, otra ola. A ver ahora qué pasa. Será un poco diferente, pero al final muy parecido. Yo diría que casi igual.
23 de marzo-14 de mayo

Yael Weis
Es editora, escritora y traductora. Publicó Las cicadas (2021), Hematoma (2019), Cahier de violence (París, 2009) y Constelación de poetas francófonas de cinco continentes, Diez siglos (2010).