
Si acaso pudiera decirse que la crítica literaria florece entre nosotros, entonces sería cierto que florece de manera profusa, pues fluye en las publicaciones periódicas como un río que ha reventado sus diques. Su cantidad es prolija, y es una mercancía de la que, sin importar en cuánto se estime la demanda, el suministro seguramente será lo último que se agote.
Lo que más impresiona al observador, en medio de tanta afluencia, es la inesperada proporción que el discurso pronunciado guarda con los objetos sobre los que discurre: la escasez de ejemplos, de ilustraciones y elaboraciones; el diluvio de doctrina suspendida en el vacío; la profusión del habla y la falta de examinación, de lo que uno podría llamar el cuidado literario. Esto, en efecto, deja de ser una anomalía tan pronto como echamos un vistazo a las condiciones del periodismo contemporáneo. Entonces vemos que estas condiciones han engendrado la práctica de «reseñar»: una práctica que en general no tiene nada en común con el arte de la crítica.
La literatura periódica es una enorme boca abierta que debe alimentarse: un buque de inmensa capacidad que hay que llenar. Es como un tren que sale a la hora anunciada, pero que sólo puede salir si cada asiento se ocupa. Hay muchos asientos, la longitud del tren lo hace torpe, y de ahí que se manufacturen sustitutos para las temporadas en las que no hay bastantes pasajeros. Un maniquí relleno se pone en el asiento vacío, donde hace de figura verosímil hasta el final del viaje. Luce como un pasajero, y se descubre que no es así sólo al advertir que ni habla ni se mueve. El guardia lo acomoda cuando el tren cambia de vía, sopla el polvo de su rostro de madera y ajusta el ángulo del codo, de manera que sirva para otra vuelta. Así, en una publicación periódica dirigida correctamente, los bloques de remplissage son los sustitutos de la crítica: las regulares olas que estallan en la marea de la habladuría.
Tienen su razón de ser y, cuando la asimilamos, la situación se vuelve más simple. Ayuda a explicar la desproporción que mencioné antes, así como, en muchos casos, la calidad del discurso individual. Nos ayuda a comprender que los «órganos de la opinión pública» no deben ser menos copiosos que concisos; que la publicidad debe conservar su estándar elevado; y que damas y caballeros pueden ganarse unos honrados centavos gastando tinta gratuitamente. Nos permite echar un vistazo al elevado monto que presuntamente alcanza la acumulación de honestos centavos por esa causa, y nos sumerge dentro del resplandor de la marcha civilizatoria y la manera en que hemos organizado nuestras conveniencias.
Desde este punto de vista puede que incluso nos lleve lejos en la dirección de hacernos sentir entusiasmo por nuestra propia época. ¿Qué cosa más efectiva hay para inspirarnos una complacencia justa que la visión de una nueva y floreciente industria, de una excelente economía productiva? El gran negocio de la reseña posee, en su bramadora rutina, muchos de los signos de la salud pletórica, muchas de las cualidades que nos seducen para rendir un homenaje involuntario a la empresa exitosa.
Pero no debe negarse que todavía podemos encontrar algunas personas escrupulosas que no se dejan llevar por el espectáculo, que lo miran con sospecha, que ven vagamente hacia dónde se inclina, y no encuentran verdadero esclarecimiento (sobre el brillo mismo, su espíritu y sus propósitos, entre otras cosas) en la gran luz[1], que tal vez pareció que se propagaría. «¿Existe acaso esa gran luz?», imaginamos que preguntan los más incansables escépticos, «¿y no será más bien su efecto algo propio de la penumbra pretenciosa e inútil?» La vulgaridad, la crudeza, la estupidez que ha puesto a circular en una escala tan vasta esta célebre combinación de la reseña apresurada con nuestro maravilloso sistema publicitario pueden representar, a ojos de esta actitud, una invención inmejorable para el extravío del juicio.
El espíritu desconcertado podría preguntarse, sin respuesta inmediata: ¿cuál es la función de semejante periodicidad de lugares comunes e irrelevancia en la vida de un hombre? Tal espíritu imaginará cómo la vida del hombre sobrevive a eso y, sobre todo –más importante aún– cómo la literatura resiste. Si es que, en efecto, la literatura resiste y no se derrumba ante esa periodicidad. Las señales de esta catástrofe no se considerarán tan sutiles en este caso como para no señalarlas: el fracaso de la distinción, del estilo, del conocimiento, el fracaso del pensamiento.
El caso por lo tanto amerita reconocer con consternación que estamos pagando un precio tremendo por la difusión de la caligrafía y el oportunismo; que la multiplicación de los fondos para el parloteo puede ser tan fatal como una enfermedad infecciosa; que la literatura vive esencialmente, en las profundidades sagradas de su ser, del ejemplo, de la perfección en bruto; que, como cualquier otro organismo sensible, es muy susceptible a la desmoralización, y que nada es más efectivo que la pedagogía irresponsable para hacer que se le cierren oídos y labios. Ser pueriles e ignorantes al tratarla la priva de aire y luz, y la consecuencia de que esté mal acompañada es que pierde todo corazón. Podemos, por supuesto, seguir hablando de ella mucho después de que haya muerto de aburrimiento, y todos los indicios apuntan a que ésta será principalmente la manera en que nuestros descendientes escucharán hablar de ella. Ellos, sin embargo, consentirán su extinción.
Reconozco que es una convicción deprimente, y no pretendo presentar el caso con alegría. Lo mejor que puedo decir es que hay tiempos y lugares en que esto parece menos desesperanzador que en otros. Uno de esos lugares es París, y uno de esos tiempos es alguna cómoda ocasión en que estemos ahí. La costumbre de la reseña improvisada es, entre los franceses, menos profunda que entre nosotros, y en consecuencia la dignidad de la crítica es, a mi parecer, más elevada. Este arte se considera uno de los más difíciles, de los más delicados, de los más esporádicos; y el material sobre el que se ejercita se somete a selección, a restricción. Esto es: más allá de si tengan o no siempre la razón sobre lo que observan, me parece que los franceses son infalibles en cuanto a lo que deciden no observar. Publican cientos de libros que nadie nota nunca, y aun así apuestan por algunos mucho mejor que nosotros.
Se reconoce que muchos volúmenes no tienen nada que decirle al sentido crítico, que no pertenecen a la literatura, y que la posesión del sentido crítico es lo que hace imposible leerlos y vuelve aburrido discutirlos: los coloca, como parte del interés crítico, fuera de él sin duda. El sentido crítico en Francia ne se dérange pas, como dice la frase, por tan poco. Nadie negaría, por otro lado, que cuando se pone en movimiento llega más lejos que entre nosotros. En general trata su objeto con un toque más fino. La aspereza del nuestro, como de mazos ocupados en un proceso exquisito, a veces todavía sorprende, incluso después de su frecuente exhibición.
Entramos y salimos de la crítica como si fuera una estación de trenes: el arte más público y sencillo. En realidad es el más complicado y el más especial. El sentido crítico es tan poco frecuente que es raro, y poseer el conjunto de cualidades que lo cultivan es una de las más altas distinciones. Es un regalo de valor y belleza inestimables; por lo tanto, lejos de pensar que es moneda corriente, uno sabe que basta con esperar una hora frente al mostrador para ver que se cierran negocios con billetes falsos. Tenemos demasiados predicadores ignorantes. Y no sólo no pongo en duda en la literatura la elevada utilidad de la crítica, sino que estoy tentado a decir que su papel acaso es el más beneficioso cuando proviene de fuentes profundas, de la eficaz combinación de experiencia y perspicacia. Bajo esta luz, uno ve al crítico como el verdadero asistente del artista, el custodio que lleva la antorcha, el intérprete, el hermano. Entre más acierte el tono y cuide la dirección, más disfrutaremos las ventajas de una literatura crítica. Cuando uno piensa en las herramientas requeridas para trabajar con libertad en este ánimo, uno está listo para rendir homenaje a la inteligencia que las emplea; y cuando uno observa a la noble figura completamente equipada —armada cap-á-pie de curiosidad y simpatía— queda enamorado de la aparición. Representa en verdad al caballero que ha pasado largas vigilias de rodillas y que posee la piedad de su oficio. Pues hay algo sacrificial en su función, en tanto que se ofrece a sí mismo como piedra de toque general. Entregarse a sí mismo, proyectarse y sumergirse, sentir y sentir hasta comprender, y comprender tan bien que pueda explicar, poseer una perspicacia atenta a las notas de la pasión y una expresión tan abarcadora como el aire, ser infinitamente curioso e incorregiblemente paciente, y sin embargo flexible e inflamable y determinado, inclinándose para conquistar y sirviendo para dirigir: éstas son buenas oportunidades para una mente activa, oportunidades para reunir la idea de belleza independiente con el concepto de éxito. Sólo en la medida en que es sensible e incansable, sólo en la medida en que reacciona y responde y dilucida, el crítico es un instrumento valioso; pues en la literatura podemos asegurar que la crítica es el crítico, justo como el arte es el artista; siendo cierto que fue el artista quien inventó el arte y el crítico quien inventó la crítica, y no al revés.
Y sucede lo mismo con la crítica que con el arte: la mejor, la única de la que vale la pena hablar, es la que nace de la experiencia más vital. En todo este asunto hay cientos de etiquetas y comprobantes que se han asignado desde afuera y que parecen existir para conveniencia de los transeúntes; pero el crítico que vive en la casa, paseando por sus innumerables habitaciones, no sabe nada acerca de los carteles en el frontispicio. Él sólo sabe que entre más impresiones tenga será más hábil su registro, y que entre más se sature, el pobre hombre, más podrá dar. Su vida, en este punto, es heroica, pues es inmensamente vicaria. Tiene que comprender para otros, responder por ellos; siempre está preparado para la batalla. Más allá del éxito acorde a sus propios ojos, sabe que el honor entero del asunto depende de que sea flexible, y ésa es una misión formidable. No me permitan hablar, sin embargo, de su trabajo como si fuera un quebranto intelectual, pues la sensación de esfuerzo se pierde fácilmente en el entusiasmo de la curiosidad. Cualquier vocación tiene horas de intensidad en que se enlaza de manera íntima con la vida. La del crítico, en literatura, se enlaza dos veces, pues él trata con la vida tanto de segunda mano como de primera; es decir, trata con la experiencia de los otros, que interpreta desde la suya propia, y no de aquellos otros seres escogidos e inventados con quienes el novelista se entiende cómodamente, sino del intransigente enjambre de escritores, los hijos clamorosos de la historia. Él tiene que presentarlos tan vívidos y libres como el novelista que fabrica sus títeres, y sin embargo debe, como dice la frase, aceptarlos por lo que son.
Debemos tratar al crítico con paciencia incluso cuando el cuadro, pese a que el objetivo ha sido dilucidar, llegue a ser confuso, pues hay temas que son desconcertantes e ingratos; y le compensamos todas las cosas con la pureza especial de nuestra estima cuando el retrato es realmente, como los dichosos retratos de cualquier otro arte, un texto preservado por la traducción.
Henry James
Publicado originalmente en la revista New Review en mayo de 1891
Trad. Abraham Villa Figueroa
[1] Referencia bíblica que usa James para referirse a la revelación divina.