
1
Hace unos meses me encontré con la autora de La dueña del Hotel Poe, o con una de ellas o con la única y verdadera y ficticia dueña y creadora de La dueña del Hotel Poe, y me platicó que estaba por salir o que acababa de aparecer su novela más reciente: La dueña del Hotel Poe. Ah, qué bien, o algo así dije para añadir de inmediato ¿y qué tal? Ella, la dueña de La dueña del Hotel Poe, me miró sonriente y luego luego volteó a ver a Vicente Rojo, a su lado. Dijo: está gruesa, a lo que respondí con inocencia literal haciendo una señal que indicaría la existencia de un libro voluminoso. Ella entonces me dijo está gruesa y está gruesa, ¿verdad?, añadió buscando con los ojos y una sonrisa de nuevo a su compañero.
Pocos días después tuve delante de mí un ejemplar de La dueña del Hotel Poe. Comencé a leer el texto de la contratapa y rápidamente dejé de hacerlo. Me pareció muy bien escrito; tanto, que podría revelarme algunas claves por lo menos de la novela, lo que instintivamente quise eludir. Abrí el libro y luego de algunas páginas caí en cuenta de que necesitaría una mayor calma a la que habitualmente reclama mi lectura. Estaba gruesa la novela, tenía razón la firmante del volumen que poseo de La dueña del Hotel Poe.
2
Yo no sé qué le parezca a Bárbara Jacobs, a quien corresponde la firma mencionada en las líneas de arriba, que yo revele que La dueña del Hotel Poe es, según su espontáneo, juguetón punto de vista, una novela “gruesa”. Bárbara Jacobs es, como todos sabemos o deberíamos saber, una escritora en la que convergen con inusitada naturalidad una imaginación ubicua, una inteligencia poderosa y una sensibilidad fuerte y flexible, como un junco acaso. Sus percepciones y sus ideas son precisas, certeras. Atina sin duda al decirme que La dueña del Hotel Poe es una novela “gruesa” empleando no sólo el sentido coloquial de ese adjetivo sino uno literal, tal vez insospechado. Quiero entender al menos por “gruesa” una novela de gran cuerpo, o de muchos cuerpos, que están siempre en movimiento, en movimiento perpetuo. En un sentido geométrico la novela es gruesa también porque, a su manera, a sus maneras, tiende a estar, a ser, cerrada, a enrollarse y desplegarse como una serpentina. Es, en esta línea, una novela que aspira a no dejar resquicios.
3
La novela no pierde ni un instante sus impulsos. No se da tiempo para el reposo, al tiempo en que está abierta a la renovación de aires y luces en un mundo que es a la vez cerrado y abierto. Si no deja resquicios, ello obedece a que tiende sin falta nuevas vías. Una verdad es varias verdades, y más que contradicciones lo que existe en este entramado son disyunciones. Por “resquicios” quiero decir, mejor tal vez, puntos de vista, perspectivas. Abundan en este extraño, elástico mapa de historias las miradas, y con las miradas los reflejos. Una de las virtudes mayores de La dueña del Hotel Poe radica en que al permanente juego de los desdoblamientos corresponde uno de las reverberaciones. Los serpenteantes episodios de la novela, tendidos, unidos, trazados con paciencia y magia de gran arquitecto corren junto a la prodigiosa pedrería de una escritura sin par en nuestra lengua, una escritura bordada con limpieza y gracia sobre lienzos amplios o en pequeñas superficies, a veces inclusive merced a palabras que, como las ideas, no terminan del todo para así poder engarzarse.
4
La novela es serpentina que gira por el aliento de una fuerza centrífuga a la vez que levanta vuelos a cada rato. Imagino a su autora zambullida en un duro tour de forcé, enamorada del motivo de sus gozos y sus padecimientos. El lector, uno como lector, disfruta y acepta los desafíos. Queda a prueba nuestra inteligencia en primer término y las recompensas pronto comienzan a sobrevenir. Disfrutemos la capacidad de jugar, la gana de reírse, la malicia de la narradora, la destreza de la artista. Disfrutemos insólitos aciertos de observaciones mínimas y contundentes (la eficacia de una madre, por ejemplo) o las admirables páginas de “A la sombra del limonero”, modelo de sensibilidad nacida de la evocación, escena autobiográfica y ficticia. Cito brevemente: “Las dos mujeres ante la vida, sin levantar la vista. La esposa, la hija; como viudas las dos; como huérfanas las dos. Siguen al joven de cuarto en cuarto, lo oyen transformar en su imaginación la casa vieja del abuelo, vieja, vivida, adorada… ‘Abriremos una ventana aquí para tener vista al limonero’ ‘¡No!’, exclama la huérfana, y madre e hija se abrazan y sollozan envueltas en mantas negras de lana. Vista no. ¡Que se haga la noche!”
5
La novela La dueña del Hotel Poe tiene una primera raíz: la novela Las hojas muertas, ambas escritas por Bárbara Jacobs. La primera de las dos ha tenido mucha mayor fortuna que la mayor parte de las obras mexicanas de su género en los lustros recientes, entre los críticos y el público. Es una hermosa novela, de corte autobiográfico, tejida con una sensibilidad feliz y conmovedora. Allí Bárbara Jacobs además de la naturalidad de su escritura, una escritura que desconfía de las elipsis y halla sus ritmos en la precisión de sus registros, viaja a sus semillas familiares, y por primera vez alude al Hotel Poe.
Como bien dice la autora es perfecta la esquina ficticia de ese hotel inventado que tuvo el padre de Bárbara en Polanco: Edgar Allan Poe y Agatha Christie, calle esta última que no existe en la realidad, o que no existía. De la existencia de aquel hotel se desgranan todas las asíntotas sobre estas coordenadas. Para recuperar su propiedad, parece menester crear una, dos, una, tres escritoras que urdan tramas en que ellas mismas sean los personajes, más otros cuantos, como los ancestros tan entrañablemente retratados, como otros personajes que algo más que actores de reparto terminarán siendo (como Bridge, el inquilino, central en el desenlace), como seres del mundo real (como pueden ser Julio Cortázar o Sergio Pitol), como es el casi omnipresente W, en cuya Uvé doble anuncia su fina y escultórica ubicuidad, o como Alegra, la sobrina de una de las narradoras y narradora ella misma, además de ser no sé cuántas otras cosas, todas cumplida, brillantemente, esa Alegra , la mujer joven que aquella autora habría querido ser, de atreverse, un alter ego paralizado por la obsesión perfeccionista. Para recuperar aquella casa común que es un hotel, casa propia, casa privada y casa abierta al visitante, casa de una puerta, con calor de hogar y aire de tránsito, casa refugio, morada, será necesario andar de viaje imaginario, recordar, inventar. Para vencer el perfeccionismo que aqueja a Alegra la primera autora, la primera narradora propone que ambas, cada una por su cuenta, escriban novelas que no pretendan ser piezas de arte sino best sellers llanamente. La primera narradora, a la manera de Cervantes en el Quijote, incluye así en estas páginas Objeto de segunda mano, una nouvelle o noveleta que es mucho más inquietante, perturbadora que librito comercial, con todo y que es muy divertida. Como quiera que sea Objeto de segunda mano viene a ser un continuo engarce, un resorte siempre listo en los cursos de La dueña del Hotel Poe, ya no por Alegra o por su extraño personaje (una suerte de figura carnavalesca inserta en una modernidad absurda) sino por la autora ficticia o real que la hace posible, la casa editorial a la que da pie y los empleados que allí trabajan…
6
“Cuando de joven por fin me fui de la casa paterna”, escribe la autora, “dejé una despedida en la que aseguraba a mis padres que mi casa estaría para siempre en dondequiera que ellos dos se encontraran. Durante muchos años se encontraron en la casa que dejé, la que después sería mía, la misma que ahora tengo desconchabadita”. Toda casa única que se tiene es casa originaria y casa que se lleva desde la infancia y sus juegos, sus canciones. En la mente, en el corazón, en las palabras. Si los que se alojan en el hotel son huéspedes, las narradoras de la novela, de las novelas, son huéspedes de las casas que portan, por las que pasan, casas que adornan, en las que miran la gran escultura de W, casas que son una sola casa, aquel hotel que es más de uno y más que un hotel. Es más de un hotel en cuanto que las identidades de la narradora son más de una y entonces cada vez son más una sola, una sola identidad. La propiedad del hotel es en consecuencia más que una propiedad legal o material sino una vital, es todo eso, como leemos en una nota acerca de Objetos de segunda mano: “Luego, esta misma crítica quiso saber no tanto cómo la dueña, autora literaria y tímida, se había convertido en propietaria de un hotel, estado para el que se requiere, aparte de medios económicos y conocimientos específicos, audacia y visión, es decir, dominio de sí mismo. En un ser escindido o múltiple, ¿cuál sí mismo podrá tener dominio absoluto de cuáles sí mismos otros?). Y entonces tocó mi turno de demostrar en la narración que mi personaje contaba con lo necesario para ser la dueña del Hotel Poe. Que si no fuera la propietaria del Hotel Poe, todo apuntaba a que podría serlo”.
7
La novela dentro de la novela no es cosa nueva. Tampoco lo es pensar en la necesaria otredad del yo. En el primer caso viene muy pronto a la cabeza el nombre de Unamuno. Pero las diferencias son enormes: mientras el personaje de Niebla se asume a sí mismo como personaje, como unívoca creatura del autor, los de La dueña del Hotel Poetienen vida propia desde que irrumpen en escena y se tornan ellos mismos autores/personajes, habitantes de un mundo tan ficticio como el que viven los otros personajes, en el que se cuentan Bárbara Jacobs y todos los demás, incluidos los lectores de la novela, las novelas. En la parte final de estas historias una narradora, que es de nuevo lamisma narradora y es otra, hace explícita la conciencia que posee de su propia obra. Lo hace en una carta electrónica de invitación a la escritora Claribel Alegría, a la que invita, como a otros treinta amigos y parientes a la fiesta de celebración del primer aniversario de su propiedad y dirección de aquella casa común. Se lee: “En el trabajo del que te hablo me he desdoblado en una escritora a la que le van tan bien con una novela que publica anónimamente que se convierte en propietaria de un hotel a unos pasos del bosque de Chapultepec, y que, gracias al buen desarrollo que hace de esta personalidad extra, pretende, entre otras cosas que a lo largo de la novela aclaran su identidad, reparar y compensar lo no muy apropiadamente amigable ni suficientemente buena anfitriona que ha sido en su vida, en particular con amigos y hasta con parientes que, con el tiempo, a su vez se han convertido en la gente viva más presente en su vida en su vida, por una razón o por otra”. Líneas adelante añade la imaginaria y auténtica narradora: “¿Viajará imaginariamente a la ciudad de México a la celebración?”.
8
Reales y ficticios somos los lectores del Hotel Poe, también sus huéspedes. Nos acogemos a su reglamento lúdico, terriblemente inteligente, tramado con insospechada transparencia, poliédrico en sus intenciones: lectura y crítica del lenguaje, de la narrativa, de la memoria, de la sensibilidad. Reconocimiento de la irremisible soledad y homenaje al moroso y vivo amor. Somos huéspedes de una casa con sólo una puerta de entrada y numerosísimas ventanas por donde cruzan nuevos aires y antiguas y renovadas sombras y luces.
Bárbara Jacobs, La dueña del Hotel Poe, Ediciones Era/CONACULTA, México, 2015.
Podrían indicarme, por favor, si saben si el libro está publicado en España; y de ser así, el nombre de la Editorial…?
Si la respuesta, fuera negativa, entonces, podrían ayudarme, indicándome, si es posible adquirirlo a través de un compra ON LINE.
Les quedó muy agradecido.
Quedó también encantado con la laberíntica crítica del genial JUAN JOSÉ REYES, cuya prosa sthendaliana, ayuda, más aún, acrecentar el interés por la obra de Bárbara Jacobs.
Muy agradecido, de antemano
Pablo Bucareli.
Las PALMAS de Gran Canaria.
ISLAS CANARIAS. ESPAÑA.
Próximamente se publicará en la editorial Navona de Barcelona. Mientras, lo puedes pedir a .
Ediciones Era.