El gasto militar del gobierno va en aumento. Las cifras, puestas en perspectiva, como hace este ensayo, delatan una traición absoluta a lo que el mismo gobierno llama “cultura de paz”. No hay paz alguna tampoco entre los trabajadores de la cultura, cada vez más precarizados.
En 2023, cuando los dineros de la Guardia Nacional lleguen a engrosar el ya de por sí incomprensiblemente hinchado presupuesto de la Secretaría de la Defensa Nacional, ésta va a tener a su alegre disposición por lo menos 179 mil millones de pesos1 —además de los jugosos complementos que seguramente le irán entregando cada vez que el presidente tenga a bien extender sus encargos, que amenazan con llegar a áreas más y más insólitas. Es decir, la Sedena va a tener un gasto mínimo de 492 millones de pesos diarios. Prácticamente, el doble de lo que cuestan al año, juntos, el Sistema Nacional de Creadores de Arte y el programa Jóvenes Creadores.2 Cada día, repito. Dicho de otro modo, con lo que tiene la Sedena para una semana se podría apoyar a cerca de doce mil artistas a lo largo de un año, en lugar de los 891 que en la actualidad reciben estímulos de los programas antes mencionados. Doce mil artistas, insisto, con lo que el ejército gasta en siete días.
Si atendemos las cifras que en 2020 ofreció el primer y, por alguna oscura razón burocrática, único informe del Registro Nacional de Espacios, Prácticas y Agentes Culturales, Telar, de la Secretaría de Cultura, hay 26 087 agentes culturales en el país; o, mejor dicho, 26 087 agentes culturales que se vieron compelidos a registrarse, por ser la única manera de poder, entonces, acceder a alguno de los muy escasos apoyos culturales —de hecho, más bien préstamos— que dio el gobierno durante la pandemia. Seguramente, habrá unos cuantos más, pero quedémonos con esos 26 087: quince días del presupuesto militar bastarían para que cada uno de ellos recibiera un estímulo mensual parecido al del Sistema Nacional de Creadores a lo largo de un año. Esto no significa que un presupuesto semejante resolvería todas las carencias del sector cultural, lejos de eso, pero haría una diferencia importante.
Pero eso ocurriría si viviéramos en otro país y no en este. Mucho menos en el que han pintado para nosotros, con la brocha más gorda que encontraron, el señor presidente y sus legisladores afines. En este país, en vías de militarizar hasta las opiniones, la cultura merece apenas el 8.5 % de lo que perciben nuestras fuerzas armadas.3 Es más, si al de la Sedena sumamos los presupuestos para el año que entra de la Semar y el de la Secretaría de Seguridad y Protección Ciudadana (que no será más que una ventanilla de cobro de la Sedena),4 estamos hablando de un Estado dispuesto a dedicar dieciséis veces más recursos a lo que se da en llamar “seguridad” que a la cultura y las artes.5 O, puesto de otro modo, un país infame al que no le parece escandaloso gastar mil veces más en asuntos de corte militar que en apoyos para los artistas. Y tampoco es mucho más de lo que ya empleó en esa escabrosa materia este mismo año, sin que eso contribuyera a disminuir, ni por un segundo, la sensación escalofriante que tenemos los ciudadanos de vivir en un territorio expuesto a toda clase de violencias, muchas de las cuales podrían estarnos esperando a la vuelta de la esquina. Puedo apostar que si se invirtieran esas cantidades descomunales en cultura nos estaría yendo mucho mejor de lo que ahora nos va. No hablo, desde luego, de gastar por gastar, o de llevar violines a los niños de las comunidades remotas, como si eso bastara para construir una verdadera cultura de paz.6 Pero es innegable que la militarización por sí misma hace la guerra inevitable, y el arte y la cultura, desde luego, no.

El problema empieza desde la idea que este gobierno tiene de cultura, una idea muy alejada de definiciones más elaboradas —que las hay para aventar para arriba—, como la clásica noción de Charles Valentine que concebía la cultura como “todas aquellas formas de observar el mundo y de reflexionar sobre él, de comprender las relaciones existentes entre las personas, los objetos y los sucesos, de establecer preferencias y propósitos, de realizar acciones y perseguir objetivos”. Nada ni remotamente parecido a eso. La secretaria Alejandra Frausto, por ejemplo, la entiende como una herramienta magnífica para contribuir “a la prevención social de la violencia y a la construcción duradera de paz al trabajar principalmente con niños y jóvenes en situación de riesgo”, porque la cultura brinda, nos dice, “alternativas para el uso creativo del tiempo libre, que es tiempo que le ganamos a la delincuencia que, en múltiples zonas del país, coopta a infancias y juventudes”. Y, pues sí, si se piensa que la cultura no es más que un pasatiempo —literalmente, un tenmeaquí— pues resulta entonces lógico que cada año que pase su presupuesto se encoja.
Por increíble que pueda parecer, los gobiernos inmediatamente anteriores a éste, incluido el del conservador Partido Acción Nacional (aclaro que uso aquí la definición conservadora de conservador), gastaron más en cultura que la administración actual. Incluso casi el doble, en algunos años. Mientras los recursos de la Sedena han aumentado más de 350 % desde el año 2000, subiendo como cañonazo disparado al cielo, los de cultura han disminuido 40 %, en caída libre como triste nota de fagot que se desinfla.
En este sexenio lo notable es cómo nos hemos ido achicando frente al monstruo resignificador, que no sólo le ha dado la vuelta al uso de las palabras (dice paz cuando quiere decir guerra, izquierda cuando lo que lleva dentro es una derecha clavada), sino que ha trastocado también la importancia misma de las cosas. Asuntos que nos parecían capitales, como la ciencia, la educación, el arte y hasta la mismísima salud, han pasado a ocupar los márgenes, tanto de una conversación administrada monomaniacamente desde el centro —esa burda máquina de locuacidad— como de la vida pública. Todo se ha hecho más pequeño, menos visible. La austeridad extrema, que ha reducido al Estado a la mayor magrura posible, nos ha dejado con nada más que burocracia y ejército. Secretarías que no son sino cascarones llenos de escritorios inocuos, estériles. La de Cultura, por ejemplo, no pasa de ser una oficina irrelevante desde la cual se organizan pasarelas de moda y veladas, como “Tengo un sueño” (que por un pelito y se llama directamente “Bailando por un sueño”, igual que aquel popular concurso de televisión), que reúne anualmente a los niños de los semilleros creativos para encarnar la definición de cultura de la que ya hablábamos: es decir, la del entretenimiento.
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En la introducción a la trilogía La costa de la utopía, el dramaturgo Tom Stoppard relata que el germen de esas obras fue un episodio en la vida de Visarión Belinski, un crítico literario ruso activo en la primera mitad del siglo XIX. En algún momento, a Belinski se le permitió viajar a Alemania por cuestiones de salud, y de ahí brincó a París, donde se reencontró con amigos que habían optado por el exilio y que intentaron persuadirlo de no regresar a Rusia, a su existencia precaria y siempre “bajo la mirada maligna de la policía secreta del Zar”; mejor quedarse en París, pensaban ellos, donde podría vivir y sobre todo escribir libremente. Belinski no quiso ni considerarlo, y respondió lo siguiente: “En San Petersburgo, con todo y la censura punitiva, el público considera a los escritores sus verdaderos líderes: el título de poeta, novelista o crítico realmente cuenta”. En París, en cambio, era casi imposible hacerse oír en medio del bullicio. Así que regresó a su país. Su nombre, cuenta Stoppard, estaba en una lista de personas para ser arrestadas, pero la tuberculosis lo pescó antes y al año ya estaba muerto.
Por supuesto que no es culpa de este gobierno que la sociedad ya no busque a sus líderes entre las filas del arte, sino en las de la tecnología y otros campos del capitalismo más atroz, y vea en un personaje nefasto, como Elon Musk, al máximo genio de nuestro tiempo. Hacia allá se ha inclinado la balanza de nuestros afectos colectivos. Ni hablar. Pero, en semejantes circunstancias, lo que sí ha hecho es contribuir a degradar a los artistas y, en general, a los trabajadores de la cultura. La batalla, que se esperaría hubiera librado un gobierno de izquierda por la dignidad laboral del gremio, simplemente no se dio. Para esta administración poco importa que un grupo de teatro dedique meses a montar una obra sin recibir un centavo; que luego ese grupo dé si acaso una decena de funciones y, no obstante haberlas ya dado, y maravillosamente bien, los pagos tarden meses en llegar (y sólo habiendo pasado el viacrucis del trámite de cobro). También le parece correcto que haya trabajadores en instituciones públicas cuyos sueldos, siempre a la baja, empiecen a gotear en abril y se diluyan misteriosamente hacia octubre. Trabajadores, por cierto, que no cuentan con seguro social ni prestación alguna, pero que están al pie del cañón, trabajando incluso a deshoras si es necesario, para que pueda inaugurarse la exposición, estrenarse la obra, y llegue, entonces, el alto funcionario, corte el listón y se cuelgue olímpicamente la medalla.
A este gobierno no le resulta por lo menos extraño que sean tildados de meros proveedores de servicios los artistas que hacen las obras para que el mismo funcionario ocioso pueda decir que nunca se habían hecho cosas más buenas, más justas, más en contacto con las raíces, más en armonía con el universo, que ahora. ¿Cómo se le llamaría a ese servicio que proveen los artistas: soporte existencial, mejoramiento del alma? Incluso le parece aceptable a este gobierno ser uno de los pocos del mundo que simple y llanamente se negó a otorgar apoyos significativos a la cultura durante la pandemia; esa alianza del egoísmo y la fatalidad probó ser funesta. Con tal de no ofrecer antigüedad y beneficio alguno, no ha faltado la dependencia que ha dado con el modo de no contratar a la gente como se debe, sino otorgarle el título y sueldo miserable que se le asigna a un becario. El sueño de esta administración: un voluntariado masivo que no la haga soltar un peso, pero que al mismo tiempo le permita mostrar al país como un suelo fértil donde la cultura se derrama —entre las balas, suponemos— cual miel transformadora.
Puede resultar meramente anecdótico, pero en otros tiempos desde las oficinas públicas a los artistas se les llamaba “maestros”. Y no porque dieran clases, aunque muchos sí, ni porque tuvieran tal grado universitario, sino porque eran, son, los maestros en lo suyo. El maestro Toledo, la maestra Iturbide. Ahora ni el teléfono les contestan. Es extraño que Alejandra Frausto hable todo el tiempo de la ética del cuidado propio y el cuidado colectivo, cuando abandonó a la comunidad a su suerte. En cambio, la vimos aparecer hace unas semanas de lo más sonriente al lado del secretario de la Marina, con quien se reunió para acordar puntos estratégicos de la rehabilitación de las Islas Marías. “El que fuera prisión —escribió Frausto en su cuenta de Twitter— será un espacio para la cultura y la libertad”, a manos, le faltó añadir, de quienes están a punto de militarizar hasta la siesta y el café de la mañana.
En mayo de 2020, circunstancias históricas y una serie de movilizaciones artísticas, sobre las que sería imposible extenderse aquí, llevaron ni más ni menos que al gobierno de Jair Bolsonaro a invertir la mayor cantidad de recursos públicos de la historia para el campo de la cultura, a través de una ley a la que se le dio el nombre de un músico que acababa de morir en un hospital por complicaciones derivadas del covid-19: Aldir Blanc. No sin dificultades y fallas, se buscó distribuir los recursos de manera equitativa entre las distintas comunidades culturales de Brasil, para lo cual se diseñaron distintos apoyos que iban desde mensualidades para artistas hasta subsidios a espacios culturales, pasando por convocatorias diversas, premios, adquisición de bienes y servicios, entre otros. Además de la cantidad en sí misma —tres mil millones de reales (un poco más de 500 millones de dólares)—, impresiona que el Congreso, que aprobó la ley prácticamente por unanimidad, hubiera encontrado el modo de pergeñar tamaña suma, y encima para salvar a un sector, tradicionalmente desdeñado por los políticos. Y todo por “un mecanismo fruto de la inteligencia política en el uso del ‘presupuesto de guerra’, que permitió gastos extraordinarios para combatir la pandemia y sus efectos”, según explica la investigadora Sharine Machado.7
¡¿Presupuesto de guerra?! Como son las cosas, aquí está ocurriendo exactamente lo contrario: todos los presupuestos se están volviendo de guerra. El ejército está absorbiéndolo todo. Incluso, como vemos en las Islas Marías, la cultura. Gracias a un oscuro decreto presidencial, todas las obras de infraestructura realizadas por este gobierno han ascendido mágicamente a la categoría de asuntos de seguridad nacional. Incluido Chapultepec, esa aspiradora de los dineros de la cultura. ¿Qué tienen que hacer los artistas para competir con eso: marchar?
Visarión Belinski, el que prefirió volver al régimen de servidumbre feudal en que vivía a quedarse en el libre, pero frívolo París, escribió poco antes de morir que “sólo la literatura, a pesar de la censura tártara, da señales de vida y de movimiento progresivo. Por eso el escritor tiene tanta estima entre nosotros; por eso el éxito literario se alcanza fácilmente cuando se tiene poco talento. El calificativo de poeta y escritor ha eclipsado hace mucho tiempo el oropel de las charreteras y los uniformes militares llamativos”. ¿Le daremos la vuelta a la balanza algún día en México, de modo que pese más el trabajo del pintor o del músico que las tristes andanzas de nuestros soldados?
María Minera
Crítica y observadora cultural
1 La suma de lo que se propone en el PEF —que sin duda será aprobado sin moverle una coma en las semanas por venir— para la Sedena (111 911.6 mdp) y la GN (67 826.7 mdp). Y esto es sin contar, por ejemplo, los 24 mil 990 millones de pesos extras que uno de los documentos hackeados por el grupo Guacamaya revela que la Sedena está pidiendo para cumplir con nuevas responsabilidades, entre las que se cuentan la protección al turismo, la seguridad del Tren Maya y aeropuertos, el armado de una Fuerza Especial de Reacción e Intervención y de una serie de coordinaciones territoriales. Entonces, en lugar de 179, estaríamos hablando de una cifra por arriba de los 200 000 millones de pesos.
2 El SNCA contempla los apoyos a creadores (600 cada año) y creadores eméritos (en este momento, 66). Los primeros reciben un estímulo mensual de 32 173 pesos, durante tres años, y los segundos uno de 42 897, de por vida. Además, están los apoyos a los creadores más jóvenes (225 artistas), a los que se les otorga un estímulo mensual de 8532.20 pesos, por doce meses. Todo esto sumado da un total anual de 257 513 742 de pesos.
3 Y esto es sin restar los 3670 mdp que el proyecto prioritario de Chapultepec se va a llevar, dejando a la Secretaría de Cultura, no con 15 925 mdp, como apunta el PEF 2023, sino con 12 255. Una vez más, Chapultepec se queda con el 23 % del presupuesto general de cultura. De este modo, la brecha entre cultura y ejército se abre todavía más y llega así a un triste 7 %.
4 Semar: 41 878.1 mdp; SSPC (sin GN): 31 201.8 mdp. Estos dos rubros sumados a los 179 738.3 mdp de Sedena + GN dan un total de 252 818.2 mdp.
5 Visto de manera menos abstracta, en este sexenio se han creado 27 % más plazas para militares y marinos de las que ya había y ninguna para trabajadores de la cultura; las contrataciones en este rubro más bien han ido notablemente a la baja.
6 Y no hubiera que hacer muchísimo más, como lo ha señalado Jacobo Dayán, entre otros expertos, que ha insistido en que “una política de cultura de paz tiene que estar centrada en el Estado de derecho, en la prevención del delito, en la reinserción social, en la creación de oportunidades”.
7 En su ensayo “Pela onda luminosa: a Lei Aldir Blanc entre aplicativos digitais e políticas culturais brasileiras”, de pronta publicación.