La amistad, hoy más que nunca, es necesaria. Entrevista con Mariano Sigman

Mariana Ortiz: A propósito de la publicación de Amistad, un ensayo compartido (Debate, 2025), ¿cuál dirías que es el valor de la amistad en un mundo que todo el tiempo da malas noticias y desafía el tiempo que le dedicamos a otros?

Mariano Sigman: Creo que la amistad, hoy más que nunca, es necesaria. La amistad es un bien, un patrimonio. Es quien te cuida, protege, también quien te hace aprender, te desafía, te entiende. Y en un mundo con una demografía en la que muchos son hijos únicos y ya no hay hermanos… Los amigos son como los que te extienden fuera de tu propia carcasa. El primer descubrimiento del libro fue que no hay nadie que no tenga ganas de hablar de la amistad.

MO:  ¿Por qué la amistad es un tema más cercano a las artes, las humanidades y no a las ciencias duras?

MS: No estoy seguro de que sea así. Es decir, la amistad es el amor fundamental en la antigüedad. No sólo eso, en todo sentido, era el amor del que más se hablaba y el que más se veneraba. Y el amor romántico estaba visto en ese momento casi como una superficialidad; después, con la modernidad viene la proliferación de las tragedias y la narrativa, viene Romeo y Julieta y las tragedias de amor. Entonces el amor romántico ha tenido una enorme preponderancia en la literatura y la canción. Hay canciones de amistad, pero ínfimas comparadas con las canciones de amor romántico. Sin embargo, el amor romántico está un poquito en crisis, la gente ya ha entendido que tiene cosas muy obtusas y de una intensidad muy manejable. Entonces, ya hay un poco más de espacio para la amistad. Ésta, irónicamente, ha sido un poco ignorada tanto por la ciencia como por la ficción.

MO: ¿Cuáles son algunos referentes de los que Jacobo Bergareche, coautor del libro, y tú se valieron para pensar en un libro nuevo sobre la amistad?

MS:. Nosotros vimos en la historia de los ensayos de la literatura –que empiezan en Aristóteles, Cicerón, y después saltan a Montaigne– que se van modernizando y toman la visión del filósofo post-Aristóteles, que es alguien que se nutre en la soledad de su cuarto con sus libros y busca una mirada particular de las cosas. A nosotros nos pareció que era más interesante volver al método socrático: cuando no entiendes algo lo que haces es juntar gente diversa, con miradas muy distintas, y no tratas de dar tu opinión, sino que conversas y en esa conversación van apareciendo ideas que conviertes en una teoría, una historia, en un fresco, en un collage mucho más rico. Ese fue nuestro experimento. Y creo que fue un acierto, fue un proceso creativo sin duda mucho más interesante y fértil, porque en los ensayos de la amistad predomina mucho el imperativo.

Por ejemplo, Aristóteles dice que la amistad tiene que ser simétrica o recíproca, pero cualquier persona que haya vivido la amistad sabe que no lo es, que no puede serlo, y que si lo es es aburrido. Y si miras la historia de la literatura observamos que la amistad de Sancho y Quijote es la más asimétrica del universo, o Tintín y Milú también, o Asterix y Obelix, uno es listo, el otro es fuerte.

MO: En este collage del que hablabas, de todas estas personas que han terminado con un amigo, ¿cuáles son los aprendizajes al respecto de cómo nace y cómo termina una amistad?

MS: Las rupturas viven en dos grandes categorías: los portazos y las que decaen naturalmente con el tiempo. Algunas terminan de manera violenta, por ejemplo, porque tu amiga estuvo con alguien que tú querías, o porque le prestaste dinero y no te lo devolvió. Son aquellas en las que uno siente que la fibra que constituía la amistad se rompe de forma abrupta. Son las que suelen estar en la literatura, porque tienen esa tensión. Son muy violentas, pero esa violencia tiene que ver con algo que está fuera de la amistad. La gran mayoría de las amistades se disuelven en circunstancias mucho más mundanas. Te mudas un día de barrio, empiezas a dejar de ver a alguien, pasas de la primaria al instituto, del instituto a la universidad. Cambias tu orientación sexual y empiezas a ver a otra gente. O un día conoces a un amigo que le encanta un tipo de literatura, un tipo de cine que te fascina y empiezas a alejarte de tus viejos amigos que veían otras películas y ya te parecen un poco obsoletos y aburridos. No hubo ningún portazo, pero un día te das cuenta que ese amigo que era tan importante ya no lo tienes y que lo perdiste.

MO: ¿Cuáles fueron los retos que tanto tú como Jacobo descubrieron al momento de escribir un libro sobre la amistad, mientras desarrollaban su propia relación amistosa?

MS: Nosotros quisimos que éste fuese un libro luminoso y amistoso, no otra tesis solemne de gente que te dice “mira, una amistad tiene que ser así”. De hecho, el libro tiene algunas pautas de estilo y una de ellas es no usar ningún imperativo. Tanto Jacobo como yo somos narradores de historias, no queríamos hacer un libro de enorme pretensión intelectual, queríamos algo fresco, divertido. El segundo desafío era casi el contrario, que era que el libro no se convirtiese en “uy, qué buenas historias”. Nosotros queríamos hacer un libro que tuviera una contribución teórica, que te permitiera hacer preguntas que no te habías hecho, que te permitiera crecer en tus amistades, en tu forma de pensarlas.

MO: Y sobre cómo distinguir una amistad desde una perspectiva femenina a la perspectiva de una masculina…

MS: O sea, nosotros teníamos una limitación que entendimos muy clara al principio, que somos dos hombres escribiendo un libro. Lo que buscamos es que con la gente que conversamos estuviese plagado de mujeres y no hacer un club de amigos en el que invitábamos a todos nuestros amigos, al revés, buscar a través de toda la gente con la que hablamos con mucha curiosidad la mirada de las amistades femeninas y masculinas. Si tú miras la historia de la amistad de Aristóteles, ni siquiera menciona la posibilidad de la amistad con mujeres, porque para Aristóteles la amistad era cosa de hombres libres. Montaigne, tiempo después, dice “a mí me cuesta la idea de pensar una amistad con una mujer, pero cuando miro a los antiguos, veo que les costaba tanto que ni siquiera podían nombrarlos”, yo ahora puedo gozar esta idea.

Montaigne, además, tiene ya esta idea que para mí es tan importante que es entender tus propias limitaciones. Y dice “puede ser que en 300 años alguien me vea como un obtuso”. Nosotros tratamos de aumentar esa mirada y no hacer un tratado de la amistad, sino de un conglomerado de gente con miradas distintas jóvenes, niños y niñas pequeñas que todavía recién experimentan la amistad, gente muy grande ya muy curtida, gente famosa con grandes trabajos, gente que el trabajo no es tan importante en su vida, inmigrantes, gente que ha vivido la amistad de esplendorosamente, gente que la ha sufrido. Hay diversidad en el libro. Por ejemplo, Eva Serrano nos cuenta que ve las amistades de mujeres muy distintas de las amistades masculinas. Ella siente que las amistades femeninas transitan mucho más en la intimidad, mucho más en la palabra, mientras que las masculinas transitan mucho más en ir a jugar al futbol, en la acción, es decir, en el hacer algo que te ponga en movimiento. Yo no lo sé, pero lo que yo pienso es que esa idea misma de que las amistades femeninas transcurren más en la intimidad de las masculinas, más en el deporte, es una idiosincrasia cultural. A lo mejor dentro de cien años es al revés. Nosotros, los hombres, vamos a estar más hablando en cafés y conversando y las mujeres van a estar subiendo montañas.

MO: Son alrededor de 70 o 75 personas las que hablan en el libro. ¿Cómo las seleccionaron?

MS: Es una mezcla de muchas cosas, ¿no? Primero, gente que admiramos. O sea, empieza por, primero, algunos amigos. Pero luego nos damos cuenta, si tenemos nuestros amigos, va a estar muy sesgado, porque tienen nuestra edad, piensan todos más o menos parecidos.

MO: O sea, no todos son sus amigos.

MS: No, la minoría son nuestros. Muchos se convirtieron en nuestros amigos después del libro. Entonces, primero empezó así, como alguna gente que admiramos por distintas razones, por cómo sentimos que viven la amistad o por su claridad de pensar sobre algunos temas. Luego buscamos más mujeres y nos dimos cuenta que había gente más grande, buscamos gente más chica, nos dimos cuenta que había al principio mucha gente muy famosa, como Jorge Drexler o Leonor Watling. Y nos dimos cuenta que la mirada de esa gente también es muy particular. Después fuimos tratando de salir a la búsqueda de aquella mirada que no teníamos.

MO: ¿Hubo algún momento en el que Jacobo y tú no se entendieron?

MS: Nos fue bastante mejor de lo que pensaba. Desde el principio dudamos escribir una crónica anticipada de “amigo mata amigo tras escribir libros sobre la amistad”. Es una ironía saber que, por ejemplo, en la historia creativa hay mucho de eso. Una de las más famosas es Herzog y Kinski, que después de Fitzcarraldo, directamente se dispararon tiros. Terminaron a los tiros. Bueno, los Beatles, las peleas entre George Harrison, cuando George Harrison da un portazo y lo van a buscar Eric Clapton, o sea, las bandas de amigos que componen son muy difíciles, porque se juega algo de mucha emotividad. Yo me estoy convirtiendo en una especie de fanático de la escritura así como me parece que es un gran ejercicio de liviandad, de ceder. Una amiga mía decía que el secreto para escribir de a dos es no pelearse nunca por un adjetivo, no es tan importante como piensas. Creo que es un buen ejercicio en la vida en general, darte cuenta que nada es tan importante en general; entonces, el escribir de a dos es un ejercicio de sesión. Pero hay momentos en que ya no lo aguantas.

Fue un libro que escribimos con enorme energía, fue maratónico y extenuante. Los dos somos bastante resilientes, tenemos una capacidad de trabajar con amor y mucho empeño, pero era una carrera de fondo en la que uno iba a quebrar. Ya no estoy hablando del libro, estoy hablando ahora de mi propia experiencia en la amistad. Viendo a Jacobo me resultaba interesante como cosas que para mí serían imperdonables, él suelta con facilidad. Que nosotros mismos fuéramos como animales de la amistad bastante distintos también estuvo bien, porque si bien éramos muy amigos, era menos redundante que cada uno proyectara su propia amistad en el libro.

Mariana Ortiz

Ensayista y editora en nexos.

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Publicado en: Ciudad de libros